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jueves, 1 de junio de 2017

POLLO FRITO DESPUÉS DEL FUNERAL DE MAMÁ (Sebastián Beringheli)




Es curioso cómo funciona la memoria de un chico. Yo no recuerdo absolutamente nada del funeral de mi madre y, sin embargo, conservo en la memoria una enorme cantidad de acontecimientos vagos, superfluos: raspones en la rodilla, retos de la maestra, el ladrido de Tobías, la forma correcta de ordenar los soldaditos de juguete, el olor a lavanda en los cajones del ropero de la abuela.

Todo esto recuerdo, pero nada del funeral de mamá.

¿Por qué será?

Era chico, claro, y eso podría explicarlo todo; pero también convengamos que uno es capaz de recordar muchas cosas a los cuatro años. Si cierro los ojos, si realmente me concentro, podría describirle una cifra considerable de sucesos ocurridos por aquella época; algunos con lujo de detalles. Pero del funeral de mamá, nada.

Desde luego que la recuerdo a ella; también el accidente, el llanto de Eugenia y Victoria, mis hermanas mayores, el rostro imperturbable de papá. Recuerdo también que se me vistió con un trajecito negro, supongo que era negro. Pero del cementerio, del funeral, nada.

Me acuerdo también de que mi padre no quiso que volviéramos a casa después del funeral. Eso sí lo recuerdo. Habían llegado parientes, tíos y primos y gente que se frecuenta únicamente en las desgracias, pero que siempre lo tratan a uno con desconcertante familiaridad. Todos se sienten con derecho a pellizcarle los cachetes a un chico de cuatro años.

Nunca supe si papá quiso hablarnos de la muerte de mamá. A lo mejor sí. A lo mejor solo quería estar con nosotros, lejos de los parientes.

Lo cierto es que anduvimos en el auto durante un buen rato, lo cual era muy infrecuente. Después de no sé cuánto tiempo llegamos a uno de esos restaurantes de mala muerte, lo cual era todavía más infrecuente. A mamá no le habría gustado.

Fíjese usted hasta qué punto uno es capaz de acordarse de cosas insignificantes, que recuerdo el momento exacto en el que Eugenia me dijo que ya podía sacarme el saco. También que papá nos hizo ocupar una mesa junto a una ventana.

Mis hermanas no tenían apetito. Nunca lo tenían. Todo les daba asco. Yo sí. Muchísimo; y papá debió notarlo:

—¿Qué querés comer, Juan? Pedimos lo que quieras.

Ésa era una pregunta que nunca le había oído decir a mamá. Con ella comías lo que te servía, o no comías nada, así de simple. Papá era diferente, te dejaba comer cualquier porquería.

Recuerdo que me leyó algunas opciones del menú, pero por aquel entonces la descripción de ciertos platos, salvo los más elementales, no significaba demasiado para mí.

—Mirá —dijo papá, señalando las paredes—. Ésas son imágenes de lo que venden acá: pizza, hamburguesas, panchos. Fijate bien. Pedimos lo que quieras.

—¿Qué es eso? —pregunté, señalando la imagen de un enorme recipiente, un balde, casi, lleno de una masa amorfa que no logré identificar.

—Eso es pollo frito, tarado —dijo Eugenia.

—Euge, tratalo bien —dijo papá, con un desconcertante tono conciliador— ¿Eso es lo que querés, Juan? ¿Pollo frito?

Asentí.

—Pollo frito entonces.

Papá habló con la camarera; una chica linda, o eso me pareció, y en un rato nos trajo un recipiente en el que fácilmente habría entrado mi cabeza, de no estar lleno de pollo frito. Estoy casi seguro de que nadie tenía apetito. Yo sí. Muchísimo.

Es curioso cómo funciona la memoria de un niño. Yo no recuerdo absolutamente nada del funeral de mi madre y, sin embargo, me acuerdo de haber comido ese día hasta sentir que tenía pollo frito en las venas; y también de la mirada de los demás, la de papá y mis hermanas, mirando silenciosamente los huesos en el plato.




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