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jueves, 27 de abril de 2017

NOCHE TRAS NOCHE (Pedro Martínez)


Como noche tras noche soñando con su cara tan bella, su voz en mi oído, sus caricias, su dulzura, su mirada, su cuerpo que me turba, sus palabras, su sabiduría, sus errores, su constancia, su lucha, su sentido de la vida, sus recuerdos, su presente, sus proyectos, su trabajo, su distancia, sus lágrimas, su deseo, su pasión, sus labios, su mano en la mía, sus cartas, sus abrazos, sus emociones, sus sentimientos, sus renuncias, su historia, sus silencios que son uno sólo –el silencio-, su determinación, su genio, sus conocimientos, sus posturas, aquella mirada sorprendida al cruzarse con la mía, su paciencia, su resignación, su aceptación, su pecho donde dejé todos mis secretos, su fumar compulsivo, su tos, su cuello, la curva de sus caderas, verla sentada mirando al mar, verla de pie esperándome, verla tumbada, su sudor juntándose a mi sudor, su curiosidad, cómo me pegaba riendo, su paciencia, su calma, su cabeza saliendo entre las sábanas, su manera de caminar sobre las piedras de la playa, sus celos, su seriedad, sus suspiros, sus gemidos, sus miedos, su valentía, sus pómulos de india, su pubis, su nariz, su frente, cuando volvió de Argentina, de Turquía, de Londres –cada vez-, cuando no volvió, cuando se iba, Barcelona, Madrid, Valencia, cuando no estaba preparada, cuando lo estaba, cuando le tocaba y sentía en ella rumores de fuentes, cuando me abrió la puerta de mi mundo oculto, cuando me curó la ceguera, cuando me salvó, cuando me condenó, cuando fui otro, cuando toqué el cielo con los dedos, su pelo largo, su pelo corto, muy corto, blanco, caoba, negro, ella pintándose delante de un espejo, duchándose, orinando, dándose cremas, ella sentada en el suelo esperando que abriesen una corsetería, apoyada en la biblioteca, corriendo desnuda por la playa, en cada momento del tiempo que vivimos juntos, mi amor flotando en lo imposible, en lo inalcanzable, en el limbo de los sueños no conseguidos.

martes, 25 de abril de 2017

NAVIDAD (Truman Capote)


Una mañana de últimos de noviembre. Un amanecer de invierno, hace más de veinte años. La cocina de una vieja casa espaciosa en una aldea. Constituye su rasgo principal una gran estufa negra; pero hay también una gran mesa redonda y una chimenea con dos mecedoras colocadas ante ella. Aquel día comenzaba en la chimenea el rugido invernal.

Una mujer de pelo corto y canoso está de pie ante la ventana de la cocina. Lleva zapatos de tenis y un informe suéter gris sobre un vestido de algodón veraniego. Es pequeña y vivaracha como una gallinita de bantam; pero, debido a una larga enfermedad de la infancia, sus hombros son lastimosamente gibosos. Su rostro es singular..., parecido al de Lincoln, así de áspero, curtido por el sol y el viento; pero también es delicado, de fino trazo, y sus ojos son tímidos, color de cereza.

-¡Oh, madre mía! -exclama, empañando el vidrio de las ventanas con su aliento-. ¡Llegó el tiempo de los pasteles de fruta!
La persona a quien habla soy yo. Tengo siete años; ella, sesenta y pico. Somos primos, muy distantes, y hemos vivido juntos..., bueno, desde que yo puedo recordar. Viven en la casa otras personas, parientes; y aunque tienen poder sobre nosotros, y con frecuencia nos hacen llorar, en general no advertimos mucho su existencia. Somos el mejor amigo uno de otro. Me llama Buddy, en recuerdo de un muchacho que fue antes su mejor amigo. El otro Buddy murió en 1880 y tantos, cuando ella era todavía una niña. Ahora es todavía una niña.
-Lo supe antes de levantarme -dice, alejándose de la ventana con una excitada decisión en los ojos-. ¡La campana de la Audiencia sonaba tan fría y clara! Y no había pájaros que cantasen; se habían marchado a tierras más cálidas, sí. ¡Oh, Buddy deja de tragar bizcochos y trae nuestro carrito! Ayúdame a buscar mi sombrero. Tenemos que hacer treinta pasteles.
Siempre lo mismo: llega una mañana de noviembre y mi amiga, como inaugurando oficialmente la época navideña que alboroza su imaginación y aviva las llamas de su corazón, anuncia: «¡Llegó el tiempo de los pasteles de frutas! trae nuestro carrito. Ayúdame a buscar mi sombrero».
Se encuentra el sombrero, una rueda de paja adornada con rosas de terciopelo que la intemperie ha marchitado: en otro tiempo perteneció a una parienta muy elegante. Los dos juntos empujamos nuestro carrito, un destrozado coche de niño, hacia el jardín y hacia un bosquecillo de pacanas. El carrito es mío, es decir, fue comprado para mí cuando nací. Está hecho de mimbre, bastante desbaratado, y las ruedas se bambolean como las piernas de un borracho. Pero es un servidor leal; en primavera, lo llevamos a los bosques y lo llenamos de flores, hierbas, helechos para las macetas de nuestra galería; un verano, lo cargamos con provisiones para el picnic y con cañas de azúcar para pescar, y lo empujamos hasta la orilla del arrollo; también tiene sus usos invernales: transportar leña del patio a la cocina, servir de cama tibia para Queenie, nuestra pequeña terrier anaranjada y blanca, vigorosa, que ha sobrevivido a enfermedades y a dos mordeduras de serpientes de cascabel. Ahora Queenie va trotando junto al carrito.

Tres horas más tarde estamos de regreso en la cocina con una carretada de pacanas caídas de los árboles. Nos dolía la espalda por el esfuerzo de recogerlas: era difícil encontrarlas (puesto que la cosecha principal había sido recogida sacudiendo los árboles y vendida por los propietarios de la huerta, que no éramos nosotros) entre las hojas que las ocultaban y la hierba escarchada y engañadora. ¡Craaac! Un alegre crujido y estallidos de un trueno en miniatura se oyen cuando se rompen las cáscaras y el dorado montón de dulces almendras aceitosas y marfileñas aumenta en la vasija de criolita. Queenie pide que lo dejemos probar, y de cuando en cuando mi amiga le da furtivamente un trocito, aunque insistiendo en que con ello nos privamos.
-No debemos, Buddy. Si empezamos, no pararemos. Y apenas si alcanza con esto. Para treinta pasteles.

La cocina está oscureciéndose. El crepúsculo convierte la ventana en un espejo: nuestro reflejo se mezcla con la luna naciente mientras trabajamos junto a la chimenea al resplandor del fuego. Por último, cuando la luna ya está alta, arrojamos la última cáscara al fuego y, suspirando al unísono, la vemos encenderse. El carrito está vacío, la vasija llena hasta el borde.

Cenamos (bizcochos fríos, tocino, dulce de zarzamora) y discutimos sobre lo que haremos mañana. Mañana empieza la clase de trabajo que me gusta más: comprar. Cerezas y sidra, jengibre y vainilla, pasas y nueces y whisky, y, ¡oh, tanta harina, mantequilla, tantos huevos, especias, esencias! ¡Caramba, necesitaremos un pony para tirar del carrito hasta la casa!

Pero antes de que se puedan efectuar esas compras, está la cuestión del dinero. Ninguno de los dos lo tiene. Excepto las miserables sumas que alguna vez obtenemos de las personas de la casa (diez centavos se considera una gran cantidad), o lo que ganamos con ciertas actividades: ventas diversas, de cubos llenas de moras cosechadas por nosotros, tarros de mermelada y jalea de manzana y conservas de melocotón hechas en casa, flores para los entierros y las bodas. Una vez ganamos un concurso sobre el fútbol nacional. No es que entendiéramos nada de fútbol. Es, simplemente, que participamos en cualquier concurso de que tuviéramos noticias: en aquel momento nuestras esperanzas se cifraban en el gran premio de cincuenta mil dólares ofrecidos para dar nombre a una nueva marca de café (propusimos «A.M.»; y después de alguna vacilación, pues mi amiga pensaba que acaso sería sacrílego el slogan «A.M. Amén»). Para decir la verdad, nuestra única empresa «realmente» provechosa fue el Museo de Rarezas y Diversiones que organizamos en el cobertizo de un patio, dos veranos antes. Las Diversiones consistían en una linterna mágica con vistas de Washington y de Nueva York que nos prestó una parienta que había estado en aquellos lugares (y se puso furiosa cuando descubrió para qué se la habíamos pedido); las Rarezas, un polluelo de tres patas empollado por una de nuestras gallinas. Todo el mundo quería ver aquel polluelo; hacíamos pagar un níquel a los mayores y dos centavos a los niños. Y habíamos colectado lo menos veinte dólares cuando se cerró el museo por la muerte de la principal atracción.

Pero de una manera o de otra, cada año reuníamos unos ahorros para Navidad, el Fondo de los Pasteles de Frutas. Guardábamos ese dinero en una vieja bolsa de cuentas, bajo una tabla suelta del piso, bajo el orinal, bajo la cama de mi amiga. Rara vez sacamos la bolsa de su seguro escondrijo, excepto para depositar dinero o, como sucede cada sábado, para retirarlo; pues los sábados se me conceden diez centavos para ir al cine. Mi amiga no ha ido nunca al cine ni piensa ir. Dice:
-Prefiero que me lo cuentes, Buddy. De esta manera puedo imaginar más. Por otra parte, una persona de mi edad no debe gastarse la vista. Cuando el Señor venga, que pueda verlo claramente.

Además de no haber visto nunca una película, nunca tampoco había: comido en un restaurante, viajado hasta más de cinco millas de la casa, recibido o enviado un telegrama, leído nada excepto tebeos y la Biblia, usado maquillaje, maldecido, deseado mal a nadie, mentido a sabiendas, dejado que un perro hambriento siguiera hambriento. He aquí algunas cosas que ha hecho y que hace: mató con un azadón la mayor serpiente de cascabel que se ha visto en este condado (de dieciséis anillos), toma rapé (secretamente), domestica colibríes (hagan la prueba) hasta que se posen sobre su dedo, cuenta historias de fantasmas (ambos creemos en fantasmas) tan escalofriantes que le hielan a uno en Julio, habla sola, pasea bajo la lluvia, cultiva las más hermosas camelias japonesas de la población y sabe la receta de toda clase de viejas curaciones indias, incluyendo un remedio mágico para extirpar verrugas.

Ahora, terminada la cena, nos retiramos a nuestra habitación, situada en una parte remota de la casa, donde mi amiga duerme en una cama de hierro cubierta con una vieja colcha y pintada de rosa, su color favorito. Silenciosamente, entregados a los placeres de la conspiración, sacamos la bolsa de su escondrijo y derramamos su contenido sobre la colcha. Billetes de a dólar apretadamente enrollados y verdes como brotes de mayo. Sombrías monedas de a cincuenta centavos, lo bastante pesadas para mantener cerrados los ojos de un muerto. Hermosas piezas de a diez, la moneda más viva, la que realmente tintinea. Níqueles y cuartos de dólar, pulidos por el uso como guijarros de arrollo. Pero, más que nada, un odioso montón de centavitos de color acre. El verano pasado los otros de la casa convinieron en pagarnos un centavo por cada veinticinco moscas que matáramos. ¡Oh, la carnicería de agosto, las moscas que volaron al cielo! Sin embargo, ése no era un trabajo que nos enorgulleciera. Y mientras estábamos sentados contando centavos, era como si volviéramos a hacer el recuento de moscas muertas. Ninguno de los dos tenía cabeza para los números; contábamos lentamente, nos equivocábamos, volvíamos a empezar. De acuerdo con los cálculos de mi amiga, tenía $ 12.73. Según los míos, exactamente $13.

-Espero que te hayas equivocado, Buddy. No podemos hacer nada con trece. Los pasteles saldrían mal. O alguien iría al cementerio. ¡Ni pensar en levantarme de la cama el día trece!

Eso es verdad: mi amiga siempre pasa los días trece en la cama. Por lo tanto, para asegurarnos, separamos un centavo y lo arrojamos por la ventana.

De todos los ingredientes que componen nuestros pasteles de frutas, el whisky es el más caro, así como el más difícil de obtener: las leyes estado prohíben su venta. Pero todo el mundo sabe que se puede comprar una botella al señor Jajá Jones. Al día siguiente, terminada nuestras compras más prosaicas, nos dirigimos al establecimiento del señor Jajá, un «pecaminoso» ( según la opinión pública) café, donde hay baile y frituras de pescado, a la orilla del río. Habíamos estado allí antes y con el mismo objeto; pero los años anteriores tratamos con la esposa de Jajá, una india oscura como el yodo, pelo oxigenado color latón y un aire de extrema fatiga. Nunca, en verdad, habíamos visto a su marido, aunque habíamos oído decir que también es indio. Un gigante con cicatrices de navaja en las mejillas. Lo llaman Jajá porque es muy ceñudo, un hombre que nunca ríe.
A medida que nos acercábamos al café (larga cabaña de troncos, festoneada dentro y fuera con filas alegres y deslumbradoras bombillas eléctricas, que se levantaban junto a la orilla fangosa del río, bajo la sombra de árboles ribereños donde el musgo sube entre las ramas como niebla gris), nuestros pasos se hacían más lentos. Hasta Queenie deja de corretear y anda muy pegada a nosotros. Ha habido asesinatos en el café de Jajá. Personas despedazadas. Descalabradas. Hay un caso que irá al tribunal el mes próximo. Naturalmente, tales sucesos ocurren por la noche, cuando las luces de colores proyectan dibujos fantásticos y el fonógrafo aúlla. De día, el establecimiento de Jajá se ve mísero y desierto. Llamo a la puerta, Queenie ladra, mi amiga grita:
-¿Señora Jajá? ¿Señora? ¿Hay alguien en la casa?
Pasos. La puerta se abre. Nuestros corazones dan un vuelco. ¡Es el propio señor Jajá Jones! Y «es» un gigante; y «sí» tiene cicatrices; y «no» sonríe. Ceñudo, nos mira con ojos oblicuos de Satán y pregunta:
-¿Qué quieren de Jajá?
Por un momento estamos demasiado paralizados para contestar. Al fin mi amiga encuentra a medias su voz, un susurro de voz a lo sumo:
-Si nos hace el favor, señor Jajá, quisiérrramos un litro de su mejor whisky.
Sus ojos se inclinan más. ¿Quién lo creería? ¡Jajá está sonriendo! Es más, ríe.
-¿Quién de ustedes es el bebedor?
-Es para hacer pasteles de fruta, señor Jaaajá. Para cocinar.
Eso lo calma. Frunce el ceño.
-¡Qué manera de malgastar el buen whisky!

No obstante, se retira dentro del sombrío café y unos segundos más tarde aparece con una botella sin etiqueta llena de licor de un amarillo de margarita. Muestra su reflejo a la luz del sol y dice:
-Dos dólares.
Le pagamos con monedas de a diez, cinco y un centavo. De pronto, mientras agita las monedas en su mano como si fuesen dados, su cara se suaviza.
-¿Saben qué les digo? -propone, volviendo a meter el dinero en nuestra bolsa de cuentas-. En vez de pagar, mándenme uno de esos pasteles de frutas.
-Bueno -observa mi amiga por el camino de regreso a casa-, es un hombre encantador. Pondremos una taza más de pasas en «su» pastel.

La estufa negra, cargada de carbón y leña, resplandece como una calabaza iluminada por dentro. Las batidoras de huevo giran, las cucharas revuelven las vasijas de mantequilla y azúcar, la vainilla endulza el aire, el jengibre lo hace picante; una mezcla de olores que producen hormigueo a las narices, satura la cocina, se difunde por la casa, se esparce por el mundo en bocanadas de humo de la chimenea. En cuatro días nuestra obra ha terminado. Treinta y un pasteles, empapados de whisky, en los antepechos de las ventanas y los anaqueles.
¿Para quién son?
Amigos. No necesariamente amigos de la vecindad: realmente, la mayor parte están destinados a personas a quienes hemos visto quizá una vez, quizá nunca. Personas que han impresionado nuestra imaginación. Como el presidente Roosevelt. Como el reverendo J. C. Lucey y su esposa, misioneros baptistas en Borneo que dieron conferencias aquí el invierno anterior. O el pequeño afilador que viene a recorrer la aldea dos veces al año. O Abne Packer, el conductor del autocar de Mobile de las seis, con quien cambiamos ademanes de saludo cada día cuando pasa en una nube veloz de polvo. O los jóvenes Wiston, una pareja de California, cuyo coche una tarde se averió frente a la casa y pasaron una hora agradable charlando con nosotros en la galería (el joven señor Wiston nos sacó una instantánea, la única fotografía que nos han hecho en nuestra vida). ¿Es debido a que mi amiga es tímida con todo el mundo «excepto» con los extraños, que esos extraños, y las relaciones más fugaces, nos parecen ser nuestros verdaderos amigos? Creo que sí. También los álbumes donde guardábamos las palabras de agradecimiento en papel de carta de la Casa Blanca, alguna que otra comunicación de California y Borneo, las postales de a centavo del afilador, nos hacían sentirnos unidos a unos mundos extraordinarios más allá de la cocina con sus vistas a un cielo limitado.

Ahora la rama desnuda de una higuera, en diciembre, roza la ventana. La cocina está vacía, los pasteles han desaparecido ayer llevamos el último de ellos a la oficina de correos, donde el importe de los sellos dejó vacía nuestra bolsa. Estábamos sin un centavo. Esto me deprime, pero mi amiga insiste en celebrarlo..., con dos dedos de whisky que queda en la botella de Jajá. Damos a Queenie una cucharada en una taza de café (le gusta el café con sabor de achicoria y fuerte). El resto lo dividimos entre dos copas. Ambos amedrentados ante la perspectiva de tomar whisky puro; su sabor provoca gestos contraídos y estremecimientos. Pero poco a poco nos ponemos a cantar, cada uno diferentes canciones, simultáneamente. No sé la letra de la mía, sólo: «Ven, ven a la ciudad oscura, al baile de los faroleros». Pero sé bailar: quiero ser un bailarín de cine. Mi sombra danzante retoza sobre las paredes; nuestras voces sacuden la vajilla; reímos como si manos invisibles nos hicieran cosquillas. Queenie rueda sobre su espalda, sus patas se agitan en el aire, algo como una sonrisa estira sus labios negros. Por dentro me siento arder y chispear como esos leños que se desmoronan, despreocupado como el viento en la chimenea. Mi amiga da vueltas de vals en torno a la estufa, sosteniendo entre sus dedos el borde de su pobre falda de algodón como si fuera un vestido de baile. «Enséñame el camino para ir a casa», canta, mientras sus zapatos de tenis chirrían sobre el piso. «Enséñame el camino para ir a casa...»
Entran dos parientas. Muy enojadas. Potentes, con ojos que escarban, lenguas que escaldan. Escuchad lo que tienen que decir, palabras que caen con tono iracundo:
-¡Un niño de siete años! ¡Whisky en su aliento! ¿Has perdido el juicio? ¡Licor a un niño de siete años! ¡Si serás necia! ¡Camino a la perdición! ¿Recuerdas a la prima Kate? ¿Al tío Charlie? ¿Al cuñado del tío Charlie? ¡Vergüenza! ¡Escándalo! ¡Humillación! ¡Arrodíllate, reza, ruega al señor!
Queenie se esconde bajo la estufa. Mi amiga mira sus zapatos, su barbilla tiembla, levanta su falda y se limpia la nariz y corre a su habitación. Cuando ya hace mucho que la ciudad duerme y la casa está silenciosa, excepto por los relojes al dar las horas y el chisporroteo de los fuegos que van apagándose, está llorando sobre una almohada ya tan mojada como el pañuelo de una viuda.
-No llores -le digo, sentado a los pies de su cama y temblando a pesar de mi camisa de noche de franela que huele a jarabe para la tos del invierno pasado-. No llores -le ruego tironeándole los dedos de los pies y haciéndole cosquillas-, eres demasiado vieja para eso.
-Es porque -dice en un hipo- «soy demasiado vieja. Vieja y ridícula.
-No ridícula. Divertida. Más divertida qqque nadie. Oye: si no dejas de llorar, mañana estarás tan cansada que no podremos ir a cortar un árbol.
Se incorpora. Queenie salta sobre la cama (cosa que le está prohibida) y le lame las mejillas.
-Sé donde encontraremos árboles verdaderamente hermosos, Buddy. Y acebo también. Con bayas grandes como tus ojos. Es muy adentro de los bosques. No hemos ido nunca tan lejos. Papá nos traía árboles de Navidad de allí; los cargaba sobre su hombro. De eso hace cincuenta años. Bueno, ¡no puedo esperar la mañana!

Mañana. La hierba resplandece con la escarcha; el sol, redondo como una naranja y anaranjado como las lunas del tiempo cálido, se alza en equilibrio sobre el horizonte, pule los bosques plateados de invierno. Un pavo silvestre canta. Un cerdo vagabundo gruñe entre la maleza. Pronto, a la orilla del agua de rápida corriente, profunda hasta llegar a la rodilla, tenemos que abandonar el carrito. Queenie es la primera en vadear el arroyo, chapotea ladrando plañideramente a la rapidez de la corriente y a su frialdad capaz de producir neumonía. Nosotros la seguimos, sosteniendo nuestros zapatos y equipo (un hacha y un saco de arpillera) sobre nuestras cabezas. Kilómetro y medio más: de espinas, zarzas y cardos atormentadores que se agarran a nuestros vestidos; de rojizas agujas de pino, brillantes, mezcladas con hongos de alegres colores y plumas de pájaros. Aquí y allá, un vuelo fugaz, un alboroto, una explosión de chillidos nos recuerdan que no todas las aves han volado hacia el sur. Siempre el sendero serpentea entre charcos de sol almidonado y oscuras bóvedas de ramas. Hay que cruzar otro arroyo: una alborotada flota de abigarradas truchas agita el agua a nuestro alrededor, y ranas del tamaño de platos practican las zambullidas de panza: obreros castores están construyendo un dique. En la otra orilla, Queenie se sacude y tiembla. Mi amiga también se estremece, no de frío sino de entusiasmo. Una de las maltrechas rosas de su sombrero suelta un pétalo cuando ella levanta la cabeza y aspira el aire cargado de aroma de pinos.
-Ya casi llegamos. ¿Los hueles, Buddy? -dice, como si nos acercáramos al océano.

Y, en efecto, es una especie de océano. Grandes extensiones perfumadas de árboles navideños, acebos de punzantes hojas. Bayas rojas como brillantes campanillas chinas: los negros cuervos se precipitan chillando sobre ellas. Ya llenos nuestros sacos de suficiente verde y escarlata para rodear de guirnaldas una docena de ventanas, vamos a elegir un árbol, por fin.

-Debe ser -murmura mi amiga- dos veces más alto que un muchacho. De esta manera ningún muchacho podrá robar la estrella.

El que elegimos es dos veces más alto que yo. Hermoso y valiente bruto que sobrevive a treinta hachazos antes de ceder con un crujiente grito de rendición. Tomándolo como un animal muerto, empezamos el largo arrastre. A los pocos metros abandonamos la lucha, nos sentamos y jadeamos. Pero tenemos la fuerza de los cazadores victoriosos; esto y el perfume frío y viril del árbol nos reanima, nos aguijonea. Muchos elogios acompañan nuestro regreso, a puesta de sol, por la carretera de arcilla roja que lleva a la aldea; pero mi amiga es taimada y evasiva cuando los viandantes alaban el tesoro cargado en nuestro carrito.
-¡Qué hermoso árbol! ¿De dónde lo traen? -De por allá - murmura ella, vagamente. Una vez se detiene un coche y la holgazana esposa del rico propietario del molino se asoma y relincha:
-Les doy veinte centavos por ese viejo árbol.
Ordinariamente mi amiga tiene miedo de decir que no; pero en esta ocasión sacude prontamente la cabeza:
-No lo daríamos ni por un dólar.
-¡Un dólar! ¡Madre! Cincuenta centavos. Es lo más que doy. ¡Por Dios, mujer!, pueden ir a buscar otro.
En respuesta, mi amiga observa suavemente:
-Lo dudo. Nunca hay dos de nada.
En casa, Queenie se deja caer junto al fuego y duerme hasta la mañana, roncando fuerte como un ser humano.

~ ~ ~

Un baúl en el desván contiene: una caja de zapatos llena de colas de armiño (procedentes de una capa de teatro de una curiosa dama que una vez alquiló una habitación en la casa), rollos de colgajos de relumbrón dorados por los años, una estrella de plata, una corta serie de bombillas acarameladas, viejas, indudablemente peligrosas. Excelente decoración hasta donde alcanza, que no es lo suficiente: mi amiga quiere que nuestro árbol resplandezca «como una ventana de los baptistas», que se doble bajo el peso de las nieves de adorno. Pero no podemos costear los esplendores de fabricación japonesa que venden en el «cinco y diez». Por lo tanto, hacemos lo que hemos hecho siempre: pasar días sentados ante la mesa de la cocina con tijeras y lápices y montones de papel de colores. Yo hago los dibujos y mi amiga los recorta: gran cantidad de gatos, peces también (porque son fáciles de dibujar), algunas manzanas, algunas sandías, unos pocos de ángeles alados hechos de envoltorios de papel de estaño que tenemos guardado. Empleamos imperdibles para sujetar al árbol esas creaciones: como toque final, salpicamos las ramas con algodón desmenuzado (recogido en agosto con ese propósito). Mi amiga, contemplando el efecto, junta sus manos.
-Ahora, francamente, Buddy, ¿no te parece bueno para comer?
Queenie trata de comerse un ángel.
Después de tejer y adornar con cintas las coronas de acebo para todas las ventanas de la fachada, nuestro proyecto inmediato es la preparación de los regalos para la familia. Pañoletas para las damas, para los hombres un jarabe, preparado en casa, de limón, regaliz y aspirina, para tomarlo «a los primeros síntomas de un resfriado y después de cazar». Pero cuando llega la hora de preparar nuestros mutuos regalos, mi amiga y yo nos separamos para trabajar secretamente. Me gustaría comprarle un cuchillo con mango de nácar, una radio, una libra de cerezas cubiertas de chocolate (una vez probamos algunas y ella siempre jura: «viviría siempre de cerezas, Buddy. ¡Señor, si, podría...!, y esto no es tomar Su nombre en vano»). En vez de todo eso, le estoy haciendo una cometa. A ella le gustaría regalarme una bicicleta (lo ha dicho un millón de veces: «si yo pudiera, al menos, Buddy. Ya es bastante malo pasar la vida sin lo que "uno" desea; pero, que Dios lo confunda, lo que me fastidia es no poder dar a "alguien" lo que deseo que tenga. Pero cualquier día lo haré, Buddy. Te encontraré una bicicleta. No preguntes cómo. La robaré quizá»). En vez de eso, estoy casi seguro de que me está haciendo una cometa..., igual que el año pasado, y que el anterior: el anterior a ese nos regalamos hondas. Todo lo cual me parece muy bien. Pues somos campeones de vuelo de cometa, sabemos estudiar el viento como los marineros; mi amiga, más experta que yo, puede elevar una cometa cuando ni siquiera sopla brisa suficiente para arrastrar a las nubes.
La víspera de Navidad, por la tarde, reunimos un níquel y vamos a la carnicería a comprar el regalo tradicional para Queenie, un buen hueso de ternera para roer. El hueso, envuelto en papel fantasía, se cuelga alto en el árbol, cerca de la estrella de plata. Queenie sabe que está allá. Se agazapa al pie del árbol mirando hacia arriba en un arrobo codicioso. Cuando llega la hora de ir a dormir se niega a moverse. Su excitación es igualada por la mía. Levanto a patadas las mantas y doy vueltas a la almohada como si fuese una abrasadora noche de verano. En algún lugar canta un gallo, falsamente, pues el sol está todavía al otro lado del mundo.
-¿Buddy, estás despierto?
Es mi amiga que me llama desde su habitación, contigua a la mía; y un momento más tarde está sentada en mi cama, sosteniendo una vela.
-Bueno, no puedo dormir ni tanto así -declara-. Mi pensamiento salta como una liebre. Buddy, ¿crees que la señora Roosevelt servirá nuestro pastel en la cena?
Nos arrebujamos en la cama y ella me oprime la mano con ternura.
-Diría que tu mano era mucho más pequeña. Creo que me disgusta verte crecer. Cuando seas mayor, ¿seremos amigos todavía?
Yo digo que lo seremos siempre.
-¡Me siento muy triste, Buddy! ¡Deseaba tanto regalarte una bicicleta! Traté de vender el camafeo que me regaló papá. Buddy... -vacila, como turbada-, te he hecho otra cometa.
Entonces, yo confieso que hice una para ella también; y reímos. La vela está demasiado agotada para seguir ardiendo. Se apaga, y deja ver la luz de las estrellas, esas estrellas que giran en la ventana como un visible villancico al que, lentamente, lentamente, el alba acalla. Posiblemente estamos adormilados; pero los primeros resplandores de la aurora nos rocían como agua fría; ya estamos levantados, con los ojos muy abierto y dando vueltas mientras esperamos que los demás despierten. Adrede, mi amiga deja caer un caldero sobre el suelo de la cocina. Yo bailo, repiqueteando con los pies, frente a las puertas cerradas. Uno a uno salen los de casa, con caras de querer matarnos a los dos; pero es Navidad y, por lo tanto, no pueden hacerlo. Primero, un espléndido desayuno: absolutamente todo lo que uno puede imaginar..., desde las tortas de sartén y la ardilla frita, hasta el pinole y la miel en panal. Lo cual pone a todos de buen humor, menos a mi amiga y a mí. 
Francamente, tenemos tanta impaciencia por ver los regalos, que no podemos tragar un bocado.
Bueno, quedo decepcionado. ¿Quién no lo estaría? Calcetines, una camisa para ir a la escuela dominical, algunos pañuelos, un suéter usado y un año de suscripción a una revista religiosa para niños. El Pequeño Pastor. Me indigna. Realmente me indigna.

Mi amiga saca mejor tajada. Un saco de ciruelas, que es su mejor regalo. Sin embargo, está más orgullosa de un chal de lana blanca tejido por su hermana casada. Pero «dice» que su regalo favorito es la cometa que yo le hice. Y «es» muy hermosa; aunque no tan hermosa como la que ella hizo para mí, que es azul y tachonada de estrellas de Buena Conducta doradas y verdes; además, en ella está pintado mi nombre, «Buddy».
-Buddy, está soplando el viento.
Sopla el viento, y nada haremos sino correr hasta unos prados que hay más abajo de la casa, adonde Queenie había volado para enterrar su hueso (y donde el otro invierno, Queenie será enterrada también). Una vez allí, sumergidos en la lozana hierba que nos llega hasta la cintura, soltamos nuestras cometas, las sentimos que tiran del cordel como peces del cielo que nadan en el viento. Satisfechos, calientes del sol, nos tendemos en la hierba y pelamos ciruelas y contemplamos el cabriolar de nuestras cometas. Pronto olvido los calcetines y el suéter usado. Soy tan feliz como si ya hubiéramos ganado el Gran premio de cincuenta mil dólares en aquel concurso de dar nombre a un café.
-¡Madre, que tonta soy! -exclama mi amiga, súbitamente alerta, como una mujer que recuerda demasiado tarde que tiene bizcochos en el horno-. ¿Sabes lo que he creído siempre? -pregunta en un tono de descubrimiento y no sonriéndome a mí, sino a un punto situado más allá-. Siempre he creído que un cuerpo tiene que estar enfermo y morir antes de ver al señor. Y me imaginaba que cuando Él viniese sería como mirar a través de la ventana de los baptistas: hermoso como un cristal de color atravesado por el sol, un brillo tal que no te enteras de que oscurece. Y ha sido un consuelo pensar en aquel resplandor que hace desaparecer todo el miedo al coco. Pero estoy segura de que eso no sucede nunca. Estoy segura de que en el último momento el cuerpo comprende que el Señor ya se ha mostrado. Que ver las cosas tal como son -su mano hace un ademán circular que abarca nubes y cometas y hierba y a Queenie echando tierra con las patas sobre su hueso-, simplemente como siempre las ha visto, era verlo a Él. En cuanto a mí, podría dejar el mundo con el día de hoy en los ojos.

~ ~ ~

Esta es nuestra última navidad juntos.

La vida nos separa. Aquellos que Saben Más deciden que debo ir a una escuela militar. Y de este modo sigue una miserable sucesión de prisiones donde suena la corneta, severos campamentos de verano con toque de diana. Tengo también un nuevo hogar. Pero no cuenta. El hogar es donde está mi amiga, y allí nunca voy.

Y allí permanece ella, entreteniéndose en la cocina. Sola con Queenie. Sola, pues. («Buddy querido -escribe con su letra salvaje, difícil de leer-, ayer el caballo de Jim Macy dio a Queenie una coz mortal. Gracias a Dios, no sufrió mucho. La envolví en una fina sábana de lino y la llevé en el carrito hasta el paso de Simpson, donde puede descansar con todos sus huesos...»). Durante algunos noviembres continúa haciendo sola sus pasteles de frutas; no tantos, pero algunos; y, naturalmente, siempre me manda «el mejor de la hornada». Además, en cada carta incluye diez centavos envueltos en papel higiénico: «ve al cine y cuéntame la película». Pero, gradualmente, en sus cartas tiende a confundirme con su otro amigo, el Buddy que murió en 1880 y tantos; cada vez más son no solo los días trece en que se queda en la cama: llega un mañana de noviembre, un amanecer de invierno sin hojas y sin pájaros, en que no puede levantarse y exclama: «¡Oh, madre mía! ¡Llegó el tiempo de los pasteles de fruta!»
Y cuando eso sucede, lo sé. El mensaje que me lo anuncia no hace más que confirmar una noticia que ha recibido ya cierta secreta fibra, amputando una parte insustituible de mi mismo, dejándola suelta como una cometa con el cordel roto. Es por eso que, al atravesar un patio de la escuela en esa particular mañana de diciembre, voy escudriñando el firmamento. Como si esperase ver, semejantes a corazones, un par de cometas sueltas que corren al cielo.


domingo, 23 de abril de 2017

TODO LO QUE VE LO VE BLANDO (Julio Cortázar)


Conozco a un gran ablandador, un sujeto que todo lo que ve lo ve blando, lo ablanda con sólo verlo, ni siquiera con mirarlo porque él más bien ve que mira, y entonces anda por ahí viendo cosas y todas son terriblemente blandas y él está contento porque no le gustan nada las cosas duras.

Hubo un tiempo en que a lo mejor veía duro, tal vez porque todavía era capaz de mirar, y el que mira ve dos veces, ve lo que está viendo y además es lo que está viendo o por lo menos podría serlo o querría serlo o querría no serlo, todas ellas maneras sumamente filosóficas y existenciales de situarse y de situar el mundo.

Pero este sujeto un día hacia los veinte años empezó a no mirar más, porque en realidad tenía la piel suavecita y las últimas veces que había querido mirar de frente el mundo, la visión le había tajeado la piel en dos o tres sitios y naturalmente mi amigo dijo che, esto no puede ser, entonces una mañana empezó solamente a ver, cuidadosamente a nada más que ver, y por supuesto desde entonces todo lo que veía lo veía blando, lo ablandaba con sólo verlo, y él estaba contento porque no le gustaban de ninguna manera las cosas duras.

A esto un profesor de Bahía Blanca le llamó la visión trivializante, y era una expresión muy afortunada por ser de Bahía Blanca, pero mi amigo no solamente se quedó tan pancho sino que al ver al profesor lo vio como es natural sumamente blando, lo invitó a tomar cocktails a su casa, le presentó a su hermana y a su tía, y la reunión transcurrió en un ambiente de gran blandura.

Yo me aflijo un poco porque cuando mi amigo me ve siento que me pongo completamente blando, y aunque sé que no se trata de mí sino de mi imagen en mi amigo, como diría el profesor de Bahía Blanca, lo mismo me aflijo porque a nadie le gusta que lo vean como un flan de sémola, y que en consecuencia lo inviten al cine donde pasan una de cowboys o le hablen durante un par de horas de lo bonitas que son las alfombras de la embajada de Madagascar.

¿Qué hacer con mi amigo? Nada, claro. En todo caso verlo pero nunca mirarlo; ¿cómo, pregunto, podríamos mirarlo sin la más horrible amenaza de disolución? El que solamente ve, solamente ha de ser visto; moraleja melancólica y prudente que va, me temo va más allá de las leyes de la óptica.

jueves, 20 de abril de 2017

LA CERTEZA (Roque Dalton)


Después de cuatro horas de tortura, el Apache y los otros dos cuilios le echaron un balde de agua al reo para despertarlo y le dijeron: «Manda decir el Coronel que te va a dar una chance de salvar la vida. Si adivinás quién de nosotros tiene un ojo de vidrio, te dejaremos de torturar».

Después de pasear su mirada sobre los rostros de sus verdugos, el reo señaló a uno de ellos: «El suyo. Su ojo derecho es de vidrio».

Y los cuilios asombrados dijeron: «¡Te salvaste! Pero ¿cómo has podido adivinarlo? Todos tus cheros fallaron, porque el ojo es americano, es decir, perfecto».

«Muy sencillo -dijo el reo, sintiendo que le venía otra vez el desmayo-, fue el único ojo que no me miró con odio».


miércoles, 19 de abril de 2017

SOBRE LA INUTILIDAD DE LAS CARTAS DE DESPEDIDA (Sebastián Beringheli)


Primero lo dispuso todo para el suicidio. No sabía bien por qué, pero imaginaba que lo normal en estos casos era escribir la carta de despedida, o de justificación, después de haber hecho los arreglos correspondientes.

Era extraño, pero lo que más le preocupaba era la opinión de los que tuvieran la mala fortuna de encontrar su cuerpo; no tanto por el impacto que supone descubrir un cadáver, sino por el estado lamentable en el que se encontraba su departamento. De modo tal que tomó una escoba, un balde con agua, y se entregó a la ingrata tarea de poner orden en un sitio que, desde hacía años, se caracterizaba por el desorden.

Intentó aprovechar ese tiempo pensando en las palabras exactas que escribiría en la carta de despedida, pero enseguida abandonó el trabajo, en realidad, los dos, limpieza y carta; después de todo, era lógico que un suicida viva en condiciones deplorables.

Libre de estas preocupaciones, dispuso la soga que utilizaría para quitarse la vida. Ató un extremo a una viga del techo; acto seguido, cargó un largo tutorial que explicaba de qué forma debía enlazarse el nudo para que el cuello se quebrara rápidamente, sin dolor.

Mientras realizaba esos preparativos pensó una y otra vez en las palabras que convenía emplear en la carta de despedida. No contaba con muchos amigos, tampoco con familiares cercanos. De todas formas, le parecía importante dejar testimonio de las causas que lo habían llevado a tomar esa terrible decisión. Pero las palabras se resistían. No encontraba ninguna, y las pocas que sí hallaba le parecían totalmente inadecuadas.

Así fueron transcurriendo las horas de su último día. Todos los arreglos estaban listos: la disposición de sus escasos bienes económicos, la entrega de su generosa biblioteca a la escuela en la que había cursado sus estudios, la donación de su importante colección de corchos, y la horca, por supuesto. Todo estaba listo, salvo la maldita carta.

Pensó entonces que quizás las palabras llegarían hasta él en los últimos instantes, de modo que se subió a la mesa, puso la soga alrededor de su cuello, y extrajo un anotador del bolsillo trasero.

Luego colocó la punta del lápiz sobre el papel, levantó un pie en el aire, aguardó unos segundos, que de a poco se transformaron en minutos, en una hora entera; y saltó, sin escribir una línea, un párrafo, una puta palabra de despedida, acaso entendiendo por fin que si hubiese tenido algo para decir no estaría haciendo esto.



lunes, 17 de abril de 2017

DE CAZA (Fabio Morábito)


Cuando fui a casa de Luis a preguntarle si quería ir a cazar lagartijas, me abrió su madre y me dijo malhumorada que Luis estaba (por su cara entendí que ella también) haciendo la siesta.

Pasé a casa de Osvaldo, pero Osvaldo también dormía (me lo dijo su hermana Concha, con los ojos amodorrados); fui a ver a Roberto, que afortunadamente estaba despierto pero tenía que arreglar no sé qué de la cañería del baño; y yo acababa de abrir la puerta para marcharme cuando de uno de los cuartos salió Arturo, el hermano menor de Roberto, y dijo que me acompañaría. Me había olvidado de él, como siempre. De haberme acordado no hubiera subido a casa de Roberto.

Arturo, que desde siempre se junta con unos muchachos de otra cuadra, se nos pega sólo de vez en cuando, cosa que todos le agradecemos, pues vive en un continuo estado de excitación, cuando habla grita, siempre se desvía del tema y cuenta unos chistes espantosos.

Además es feo, oblongo, con las piernas desproporcionadas para su cuerpo. Yo, que soy bajito, cuando lo veo doy gracias de mi poca estatura.

Y por si fuera poco, escupe cuando habla. Hay que oírlo de lado, esquivando sus salivazos. Mientras bajábamos las escaleras del edificio, me enseñó su flamante resortera y desde ahí empezó a caerme mal. Era una resortera de plástico, de esas que se venden en las papelerías para los babosos que no saben hacerse una con sus manos. Ninguno de nosotros las usaba, pero Arturo, que a lo mucho era la segunda o tercera vez que iba a cazar lagartijas (con sus amigos creo que sólo jugaba béisbol o basquetbol), me dijo que era infalible y daba resorterazos al aire para calentar la mano:

-Mira el ángulo de la horquilla, está perfectamente calculado

-y puso la resortera a unos centímetros de mis ojos, porque es típico de ciertos altos creer que a los bajitos hay que ponerles las cosas pegadas a la cara para que las vean. Me aguanté para no darle un manazo y él siguió hablándome de las ventajas de un arma como la suya. Yo todavía tenía la esperanza de encontrar aquello para lo que había salido de casa: el lagarto que tenía su guarida en un punto de la barda de la fábrica de ladrillos.

Anduvimos las seis cuadras hasta llegar a la fábrica y yo casi no abrí la boca, porque él no me dejó. Brincaba de un tema a otro mientras yo me agachaba para recoger piedras para la resortera. Pensaba en el lagarto y las fui eligiendo más gruesas que de costumbre. Arturo me imitaba, pero agarraba las piedras sin fijarse en la forma ni el tamaño, como si recogiera pasto, y ese fue el segundo detalle que me cayó mal.

Yo llevaba apenas unas diez o quince y él ya se había atascado los bolsillos. Parecía que iba a una matanza de cucarachas y no a cazar lagartijas. La fábrica de ladrillos no era ninguna fábrica de ladrillos sino una barda interminable de cemento y nadie sabía qué había del otro lado. Estaba llena de agujeros pequeños y redondos que las lagartijas usaban como madrigueras. Cuando uno acercaba la cara a los agujeros, las lagartijas se escabullían por la parte opuesta. Había que esperar que salieran a tomar el sol sobre el muro y, una vez que corrían por la barda, se les disparaba.

Disparar a ciegas dentro de los agujeros, sin tomar la puntería ni nada, era cosa de idiotas, y naturalmente fue lo que hizo Arturo desde el principio. Se acercó al muro, puso cuidadosamente la resortera junto a un agujero y tiró.

Después se agachó para mirar y levantó los brazos:

-¡La maté, la maté! ¡Ven a ver!

Me imaginé soltándole un tiro en la nuca y lo vi desplomarse cuan largo era, apreté los dientes y seguí pensando en el lagarto.

-¡No la puedo sacar, ayúdame! -gritó él.

Su grito espantó una lagartija que estaba parada a media barda y yo no pude tirarle y vi cómo se colaba por uno de los hoyos. Me volví hacia Arturo sintiendo una punzada en el pecho. Con un palito estaba tratando de sacar la lagartija que había matado, desistió y tiró el palito. Seguí caminando, pero ya incapaz de concentrarme en las lagartijas, sintiendo cómo el odio me colmaba y nublaba. No pasó medio minuto y volvió a gritar:

-¡Maté otra, maté otra! ¡Ven a ver!

Esta vez, ayudándose con un pedazo de alambre, el idiota logró sacar la lagartija del agujero y vino hacia mí sosteniendo el pequeño cadáver sobre una cajetilla de cigarros que recogió del suelo. Por poco me la vuelve a poner junto a los ojos.

-Ya van dos -y agitó triunfalmente su resortera, como para demostrarme que era mejor que la mía.

Sentí los brazos pesados y calientes y tragué saliva. Miré la calle desolada y sentí todo el bochorno de la siesta; no hacía nada de viento, desde que estábamos ahí habían pasado sólo uno o dos coches. Arturo aventó la lagartija entre los arbustos y de golpe me pregunté qué hacia con una resortera en la mano persiguiendo lagartijas sobre un muro. Ya estaba grande. Por algo ninguno de mis amigos estaba conmigo, sólo Arturo.

Me sentí como si me hubieran agarrado robándome algo. ¿O era Arturo, con su absoluta falta de decoro para la caza, que me hacía sentir un estúpido? Me dieron ganas de tirar la resortera y regresarme, pero de sólo imaginar sus preguntas, sobre todo sus salivazos, me quedé quieto. Además él habría interpretado ese gesto como una aceptación de que mi resortera no servía para nada y preferí quedarme para no darle esa satisfacción.

Miré los matorrales pardos y luego la barda. Me di cuenta de cuán feo era todo, lleno de hedores y basura, y me pregunté qué había detrás del muro. Cuando andábamos en bola las lagartijas nos absorbían tanto que nadie pensaba en eso. Me acerqué para ver por uno de los agujeros, no había ninguna lagartija adentro, o acababa de huir, y Arturo me preguntó a gritos qué estaba mirando.

-Si ya llegaron las prostitutas -dije.

-¿Las qué?

-Las prostitutas. Las que se dejan coger por dinero.Las putas.

Me puse a mirar por otros agujeros, pero eran demasiado pequeños para poder ver algo. Arturo se había acercado:

-¿A poco hay putas del otro lado?

-Está lleno.

Me separé y lo miré gélido:

-¿A poco creíste de veras que venía a cazar lagartijas?

Se quedó con la boca abierta:

-Déjame ver -y se agachó sobre el agujero por el que yo acababa de mirar; le quedaba tan bajo que tuvo que echarse de rodillas.

-No se ve nada -dijo.

Entonces yo me alejé unos pasos del muro, como estudiando su altura, y Arturo me miró excitado:

-¿Te vas a subir?

Le dije que ya lo había hecho, pero ahora me dolía la pierna. Mientras mirábamos el muro, dos lagartijas salieron del mismo agujero y empezaron a trepar hacia arriba, pero no nos movimos.

-¿Y cómo se pasan del otro lado?

-¿Las lagartijas?

-Las putas.

Le dije que por una puerta de la otra calle, que estaba siempre cerrada con llave.

-¿Y qué hacen?

-No seas idiota, se encueran para que se las cojan.

Pregúntale a tu hermano. A la palabra “cojan” Arturo se pegó a otro agujero, poniéndose otra vez de rodillas.

-No se ve nada.

-Para verlas hay que treparse, mejor vámonos-me despegué del muro y me enfundé la resortera en los pantalones. Empecé a caminar, pero él no se movió. Me paré y miré su cara cónica. Estaba estudiando la altura del muro. Aun teniendo su talla yo no me hubiera atrevido a trepar tan alto.

-No hay de dónde agarrarse -dijo.

Sin moverse le señalé dos pequeñas salientes, una cerca de la otra, que sólo una lagartija habría notado.

-Con lo alto que eres, subes en dos patadas -dije.

Miró las salientes, se mordió el labio y me miró a mí. Yo creo que al verme tan chaparro le picó el orgullo.

-Ayúdame -dijo.

Me acerqué al muro, doblé la pierna y él puso su pata sobre mi muslo, colocó la rodilla en mi cuello y con mucha torpeza, agarrándose del muro, logró pararse sobre mis hombros mientras yo me cimbraba todo.

-No alcanzo -dijo.

Sé que no lo dijo para ofenderme, pero me molestó. Tuve que poner la cabeza dura, sentí su patota sobre mi cráneo y esta vez alcanzó la cresta y lo empujé por abajo para que pudiera encaramarse hasta los codos; por fin, pateando como una araña, logró ponerse a horcajadas sobre el muro. Cuando lo vi allá arriba, en precario equilibrio, me dieron ganas de marcharme y dejarlo que se las arreglara solo para bajarse. Pero quería saber qué había del otro lado.

-¿Qué ves?

-No hay nada -dijo nervioso-, aquí no hay nadie.

-Agáchate, que no te vean.

Se agachó pegando el pecho contra la cima de la barda.

-Dime qué ves.

-Puros pilares de cemento.

-¿Es una construcción abandonada?

-Sí.

-Mira bien detrás de los pilares, ahí se ponen las putas.

Arturo, sin levantar el pecho del muro, empezó a arrastrarse con dificultad; al levantar la rodilla, su resortera de plástico, que le colgaba del bolsillo, se cayó y se hundió en unos arbustos, pero él no se dio cuenta y yo no dije nada.

-No hay nadie -le temblaba la voz-, ya me quiero bajar.

-Mira bien, a esta hora siempre está lleno.

-Ayúdame a bajar -graznó.

-A lo mejor hubo una redada.

-¡Ya me quiero bajar, ayúdame!

-Mejor bríncate.

-¡Cómo me voy a brincar, me mato!

-Todos brincamos, pregúntale a tu hermano.

-¡No seas cabrón, ayúdame!

En eso vi el lagarto sobre el muro. Había salido de las hierbas y ahí estaba, abajo de Arturo, marrón e inmóvil, grueso como un sapo, como si lo hubiera parido el cemento. Arturo se puso blanco y no se atrevió a moverse. Yo cargué la resortera. El lagarto lo miraba a él, y en seguida, como obedeciendo a un impulso eléctrico, trepó unos centímetros más y volvió a pararse.

-¡Mátalo, mátalo! -Arturo levantó las nalgas del muro, listo para saltar, y yo solté el tiro. Por un pelo le doy, el lagarto subió disparado y Arturo brincó, vi sus

patotas en el aire y no me di cuenta de que había saltado hasta que cayó sobre los matorrales pardos. Cayó mal, o será que un alto como él produce una sensación lastimosa al despeñarse.

Vi al lagarto alcanzar la cima y desaparecer del otro lado, me acerqué a Arturo que gritaba agarrándose la pierna, traté de levantarlo pero no quiso y vi que tenía el brazo y la mano derechos cubiertos de una pelusa verdosa. Había caído justo sobre unos matorrales de ortigas. Le dije que se calmara, me agaché a revisarle la pierna y lanzó un grito cuando le toqué el pie.

-Es el tobillo -dije.

Miré el muro para asegurarme de que el lagarto no venía de regreso, luego lo ayudé a levantarse, él se quedó parado sobre un pie y entonces gimió por el dolor en la mano y en el brazo, que se habían puesto rojos por las ortigas. Parado sobre una pierna, se rascó con frenesí y de la desesperación le salieron unas lágrimas. Tuvo que recargarse en mi hombro. Sólo podía pisar con un pie y empezamos a caminar muy despacio, pero a los pocos metros tuvimos que pararnos para que se rascara con furia.

Lloraba sin lágrimas, de la pura desesperación, y hasta me dio lástima. No me pregunten cómo anduvimos las seis cuadras hasta llegar a su casa. Él era un solo gemido y yo le hablaba de la redada a las putas.

Lo ayudé a subir las escaleras de su edificio, y su madre, cuando nos abrió, se llevó las manos a la cara.

-Me rompí la pata -fue el escueto anuncio de Arturo.

Entre su madre y yo lo sentamos en una silla y yo acerqué otra silla para que Arturo depositara su pierna. Roberto había salido a un mandado. Ante los gritos de su madre, alta y oblonga como él, Arturo mantuvo la calma y dijo que había tropezado en un agujero en medio de unos arbustos de ortigas.

-¡Por andar matando lagartijas! -gritó ella, y Arturo, que ya se sentía un poco más aliviado, me miró con aire de inteligencia. Entonces se palpó el bolsillo, vio que había perdido la resortera, le entró la desesperación y otra vez rompió a llorar, cosa que me dio gusto.

-¡Me da gusto -dijo su madre-, así no vuelves a esos lugares!

Arturo le contestó de mala manera, empezaron a gritarse (los gritos de la gente alta tienen algo de cómico, como si se fueran a despegar) y yo aproveché ese momento para deslizarme hacia la puerta, murmuré un tenue “con permiso” y me despedí con varias inclinaciones de cabeza, pero no me vieron. Juré que nunca más volvería a esa casa.

Me imagino que después, esa misma tarde, hablando con Roberto, Arturo se enteró de que yo le había tomado el pelo con la historia de las prostitutas.

Debió de odiarme porque las pocas veces que volvimos a vernos se las arregló para no dirigirme la palabra, cosa que le agradecí. Había librado a los otros y a mí mismo de su nefasta presencia, ya que nunca más, después de que le quitaron el yeso, volvió a cazar lagartijas con nosotros, y yo me enteré de qué había del otro lado de la barda.



domingo, 16 de abril de 2017

EL IMITADOR DE VOCES (Thomas Bernhard)


El imitador de voces, que ayer por la tarde fue huésped de la Asociación de Cirujanos, se mostró dispuesto, después de su representación en el Palais Pallavicini, al que lo había invitado la Asociación de Cirujanos, a ir con nosotros a Kahlenberg, para allí, donde tenemos una casa siempre abierta a todos los artistas, exhibirnos también su arte, naturalmente a cambio de unos honorarios.

Rogamos al imitador de voces, que procedía de Oxford, Inglaterra, pero había ido al colegio de Landhurst y había sido en otro tiempo armero de Berchtesgaden, que no se repitiera en el Kahlenberg, sino que nos representara algo totalmente distinto de lo de la Asociación de Cirujanos, es decir, que imitase en el Kahlenberg voces totalmente distintas de las del Palais Pallavicini, lo que nos prometió a nosotros, que habíamos estado entusiasmados con el programa que presentó en el Palais Pallavichini. Realmente, el imitador de voces nos imitó en el Hahlenberg voces totalmente distintas, más o menos famosas, de las de la Asociación de Cirujanos. Pudimos formular también deseos, que el imitador de voces satisfizo con la mejor voluntad. Con todo, cuando le propusimos que, para terminar, imitase su propia voz, nos dijo que eso no sabía hacerlo.