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viernes, 15 de diciembre de 2017

UNO DE ELLOS (Saiz de Marco)


Treinta años después, él también tiene una cita con la madera. Durante todo ese tiempo algún gallo le ha hecho recordar, diariamente, el momento en que negó a su maestro.

Recuerda que al principio estuvo dispuesto a correr la misma suerte que él. Incluso estuvo a punto de cortarle una oreja a uno de los que le prendían. Pero en el último momento se achantó. Luego una mujer dijo “Éste es uno de los que iban con el preso”. Él lo negó tres veces y a continuación cantó un gallo. Desde entonces, quiquiriquí significa deslealtad.

Recuerda también que al maestro lo crucificaron, entre dos ladrones, en el monte de la Calavera. Y que él ni siquiera se acercó a verlo.

Sin embargo, hoy va a arrancarse aquella espina. Está lejos de donde pasó todo aquello, pero le espera una cruz parecida. Como la del hombre al que, de no haber negado, pudo acompañar hasta el final.

Han pasado tres décadas. Ya no es joven ni fuerte. Sabe que va a sufrir, pero aguarda anhelante.

El viento trae ladridos y relinchos. No se oye cacarear a ningún gallo.

Pero no importaría: el gallo que ahora cantase no llevaría razón.


jueves, 14 de diciembre de 2017

CRÓNICA PARA TOMAR (António Lobo Antunes)



Ahora, por la noche, yo solo en el silencio de la casa. Los libros tan quietos, las fotografías, los cuadros, una especie de eternidad breve en la esfera del reloj. Luces a lo lejos. Escribo, como siempre que escribo aquí, en la mesa del comedor. El estadio de fútbol apagado, pocas lámparas en los edificios. Me duele algo detrás de los ojos, no exactamente dolor, sino una impresión. Por la ventana abierta, el sonido de los automóviles. Abajo, en el solar, un perro comienza a llamar, entre dos olivos y unas ruinas: en este momento las ruinas son maraña de sombras, por la mañana un pedazo de muro. De vez en cuando se nota el viento: no muy alto, un susurro. ¿Qué dice? Me apetecería que alguien cantase, la voz de una mujer como en Tomar, hace muchos años, yo estaba en el ejército. En el sosiego del comedor de oficiales, en medio de la oscuridad, la voz. Me sentía bien en Tomar. El enfermero del Hospital de la Misericordia, lleno de gestos. Los árboles. Los árboles.

Me duele algo detrás de los ojos, no exactamente dolor, sino una impresión

En Tomar, en un tejado vecino, vi morirse a una paloma. En equilibrio en una cornisa se consumía día tras día, estremecida, acongojada, casi sin plumas. Una tarde, de repente, pareció derrumbarse, cayó. La impresión de que le cuento esto a alguien que no conozco y que, no obstante, existe. ¿Cómo se llama? Alguien que comprende

-Me lo está contando a mí

o no comprende, pasa de largo, no hace caso. La paloma se estremeció en el suelo, se quedó quieta. En la plaza del tribunal, el diálogo de las hojas. Familias después de cenar, en agosto, tomando el fresco en las calles. Parejas. Una vieja con bastón junto a una vieja sin bastón. En un café con billares los notables del lugar. Parecía que mis veintitantos años los ofendían. Horas después, una empleada de la limpieza tiró la paloma a la basura. La cogió por un ala y listo. Las profesoras del instituto. Una que otra vez el brigadier cenaba en el comedor de oficiales, peinadito, perfumado. Se asemejaba a un jugador de póquer de los barcos del Misisipí, todo manitas sutiles. Y coroneles ancianos, de vacaciones con sus esposas, tomando comprimidos durante toda la comida, preocupados por las traiciones del cuerpo. Una de las esposas verde. No exagero: verde.

La piel verde, una sonrisita angustiada, verde, un anillo extravagante, verde, en el índice. Se volvió loca por un alférez y el alférez la traicionó al transformarse en coronel de movimientos torpes con un frasco de pastillas en el bolsillo. En su sonrisita una pregunta:

-¿Qué puedo hacer?

no puede hacer nada, señora, su tiempo se acabó. No se enfade conmigo, no tengo la culpa, son las leyes de la vida, ¿comprende?: su tiempo se acabó. Seguirá un rato más en mi crónica y también se acabará. La esposa verde se quedó quieta, con la cuchara a mitad de camino entre el plato y la boca. Igualita a la paloma, las mismas patitas inútiles, la misma vacilación sin energía. Una empleada ha de tirarla a la basura y el coronel seguirá tragando sus medicamentos, sin compañía, en la mesa junto a la puerta.

Tomar. Autobuses de línea, uno al lado del otro, en la explanada. El tribunal oliendo a papel podrido, a tarjeta mohosa. Empleados absortos, arbustos que se agitaban como gallinas cuando los gallos se separan de ellas, con cacareos de follaje. El río en agosto con centenares de peces, como navajas, puro filo, agujereando el agua, hasta la superficie, para coger un insecto con los dos dedos de la boca: el labio de arriba el índice, el labio de abajo el pulgar. Sus ojos imperturbables, saltones. Sauces reflejados, más auténticos que los sauces de fuera. Se alquilaban barquitos, se remaba entre juncos, entre musgos. No sólo la esposa verde, todo verde, nunca pensé que el verde fuese tantos colores, nunca pensé que en el verde estuviesen todos los colores del mundo. Docenas. ¿Qué digo docenas? Miles. La foto, con un uniforme número uno prestado, para la tarjeta de oficial. Una mujer con peinado barroco aceptó salir conmigo

-¿Estás casado?

y no estaba casado

-¿Tienes alguna enfermedad?

y no tenía enfermedades

-¿No has traído condones?

y no traía condones

-¿Me prometes que tendrás cuidado?

y prometí que tendría cuidado. Una cicatriz en la barriga que la volvía tan vulnerable, tan próxima. Esto en la planta baja de una prima, a la salida de la ciudad, camino de la sierra. A la muñeca que embellecía los cojines no le gustó que la trasladasen a la cómoda, a hacer compañía a un toro de cerámica con uno de los cuernos roto. Sus pies, con las uñas pintadas de azul

-No querrás volver a verme, ¿no?

¿Qué se responde a esto? La muñeca y el toro furiosos conmigo, a la espera, y yo callado

-Eh, tú, ¿no me respondes?

Aventuré una caricia en su brazo, en silencio, luego los pies

-Ésa no es una respuesta

y volvía la cabeza fingiendo que no veía sus lágrimas. Se llamaba Amélia, trabajaba como dependienta, su novio estaba en la guerra, en Guinea:

-Todos vosotros os vais a la guerra, y yo no os importo nada

y más lágrimas

-¿No sabéis hacer otra cosa que no sean guerras?

mientras mis dedos se dedicaban a consolar su brazo, sin consolarla a ella. El pelo, rubio, negro en las raíces, la palma que apoyó en mi muslo

-¿Y cuándo vas a la guerra tú?

mientras la palma me encontraba.

En el techo de la habitación una lámpara recargada, fotografías en la pared a las que intenté no saludar. Si una furgoneta pasaba por la calle, vibraban los caireles de la lámpara: lágrimas también. La mujer

-Vete

con el atolondramiento metí dos piernas en la misma pernera del pantalón, ya amputado antes de los combates. Di unos saltos en la alfombra hasta que comprendí el error y ella en las sábanas llorando. O era el toro el que lloraba, o tal vez la muñeca. O Tomar entero. Yo no. Yo un ahogo, una congoja

-¿No sabéis hacer otra cosa que no sean guerras?

Sauces reflejados, más auténticos que los sauces de fuera. Me metí en el coche. No sé por qué le costó arrancar. Pero sí que lo sé: no tenía fuerzas para hacer girar la llave. Hay momentos, cuando lloran los toros y las muñecas

(nosotros no, claro, nosotros no)

en que no tenemos fuerzas para hacer girar una llave.



miércoles, 13 de diciembre de 2017

Les da igual todo


LA AVENTURA DEL PADRE VICENTIO (Francis Bret Harte)


Una víspera de Año Nuevo, hace unos cuarenta años, el padre Vicentio, que venía de la Misión Dolores, seguía lentamente su camino a través de las arenosas colinas. Cuando trepaba por la cresta más elevada, cerca de la Misión Creek, su ancha y luminosa faz podía confundirse fácilmente con la benéfica imagen de la luna saliente: tan blanda era su sonrisa y tan indefinidas sus facciones. Era el padre Vicentio hombre de notable reputación y carácter, su ministerio en la Misión de San José había sido recibido con cordialidad y unción; los salvajes, de corta inteligencia, le adoraban, y había logrado imprimir su individualidad entre ellos con tal firmeza, que, según se decía, los niños tenían un milagroso parecido con él.

Cuando llegó el santo sacerdote a la parte más solitaria del camino, espoleó a su mula para acelerar el paso al que el obediente animal se había acostumbrado durante su larga experiencia de los hábitos de su amo. Aquella localidad tenía mala fama. Con frecuencia se veían marineros -desertores de barcos balleneros- que se ocultaban en los suburbios de la ciudad, pues los espesos matorrales y los troncos de robles caídos en tierra, que por todas partes interrumpían la marcha, eran propicios para servir de cómodo escondrijo en caso de alguna desesperada huida. Además de estos obstáculos materiales, se decía que el Diablo, cuya hostilidad hacia la Iglesia era bien conocida, a veces frecuentaba las proximidades de la población en la figura de un ballenero espectral que había encontrado la muerte, en una jarana con abundante vino, en la mano de un compañero. El espíritu de este infeliz marinero era visto frecuentemente sentado sobre la colina, a la hora del crepúsculo vespertino, empuñando su arma favorita y con un cubo lleno de cuerdas, en acecho de algún viajero retrasado sobre quien ejercitar su destreza profesional.

Se cuenta que el buen padre José María, de la Misión Dolores, había sido atacado en dos ocasiones por ese fantasma deportivo; que una vez, al volver de San Francisco, jadeante por el esfuerzo necesario para trepar por la colina, se había sobresaltado al oír un estentóreo «¡Aquí está!», seguido de un agudo arpón que se enterró en la arena inmediatamente delante de él, y en otra ocasión había escapado de la muerte con dificultad, pues el diabólico arpón atravesó su sarape y se lo llevó enganchado como un trofeo.

Al parecer, la opinión popular se hallaba dividida en cuanto a la razón de la preferencia del Diablo por el padre José: aseguraban unos que la extremada piedad del sacerdote excitaba la animosidad del Malo, mientras otros creían que simplemente pretendía, desde el punto de vista profesional, conseguir una provechosa captura.

Aunque el padre Vicentio hubiera sido hombre inclinado a la burla, considerando tales apariciones como novedades heréticas, había otra historia semejante: la de Concepción, el vaquero, cuya terrible reata era tan certera como el arpón del ballenero. Concepción había sido en vida un celebrado vaquero y cazador de caballos salvajes, del cual se refería que había perseguido al Demonio en figura de un veloz potro pinto desde San Luis hasta San Francisco, haciendo voto de no cesar en la persecución hasta dar alcance al enmascarado Enemigo. El Demonio interrumpió tal designio recobrando su propia figura; pero el infortunado vaquero persistió en el cumplimiento de su voto temerario, y todavía recorría la costa sobre un corcel fantasma, rompiendo la monotonía de su eterna persecución con la compañía de diestros individuos provistos de lazos, a quienes obligaba a seguirle hasta que un día eran recogidos casualmente, medio muertos de fatiga, a un lado del camino.

El padre había escuchado atentamente la relación de las correrías de aquel terrible jinete; sin embargo, ningún tropiezo alteraba la tranquilidad de la noche, y los cascos de su mula se hundían silenciosamente en la movediza arena. De cuando en cuando, pasaba rápidamente a su lado un conejo, o una codorniz se ocultaba entre los arbustos. La melancólica llamada del avefría en los pantanos inmediatos a la Misión Creek llegaba a él con tan fantástica languidez, que parecía más un recuerdo del pasado que una realidad del presente.

Para aumentar su inquietud, una de aquellas densas nieblas marinas peculiares de la localidad había empezado a amontonarse sobre las colinas, y ya envolvía al sacerdote. Mientras hacía esfuerzos para sustraerse a sus fríos abrazos, el padre Vicentio clavó las duras espuelas en los ajares de la mula y, al poco rato, el animal, indeciso, vaciló sobre el borde de un escarpado declive. No se sabe si la pobre bestia se indignó por este nuevo ultraje o estuvo algún tiempo reflexionando sobre los inconvenientes que tiene el ser sacerdote montado; pero lo cierto es que de repente el padre levantó los talones, cayó el reverendo cuerpo de cabeza y, después de este acontecimiento, la mula dobló tranquilamente las manos y rodó por tierra tras de su jinete.

Dio el padre algunas vueltas, seguido de cerca por su fiel mula. Afortunadamente, la pequeña cavidad donde cayeron era de arena, y cedió bajo su peso, medio enterrándolos, pero sin causarles grandes desperfectos. Durante algunos momentos, el pobre hombre quedó inmóvil, haciendo inútiles esfuerzos por recuperar sus dispersos sentidos. Una mano que irrespetuosamente le fue puesta en el cuello y una áspera sacudida le ayudaron a recobrar el conocimiento, y cuando el padre se ponía dificultosamente en pie se encontró cara a cara con un forastero.

Visto oscuramente al través de la bruma, y en circunstancias que, a decir verdad, no eran nada tranquilizadoras, el recién venido tenía un aspecto indeciblemente misterioso y trazas de bandido. Una larga capa marinera ocultaba su figura y un chambergo escondía sus facciones, permitiendo solamente ver el brillo de sus ojos profundos. Con un hondo gemido, el padre se deslizó de los brazos del forastero y cayó de nuevo sobre la blanda arena.

-¡Por vida de…! -dijo el forastero con enojo-. ¿No tienes huesos en tu cuerpo, como si fueras una medusa? ¡Dame la mano, hombre! ¡Arriba! -y puso al padre en posición vertical-. Y ahora, pues, ¿quién y qué eres?

El padre no pudo evitar el pensamiento de que tal pregunta podía haber sido hecha más propiamente por él mismo; pero con una singular mezcla de dignidad y vacilación, empezó a enumerar sus diversos títulos, lo que de ningún modo era breve y por sí solo habría sido suficiente para infundir temor a un adversario vulgar. Irrespetuosamente le cortó la palabra el forastero, y asegurándole que precisamente era un sacerdote la persona que él buscaba, con toda tranquilidad puso sobre la cabeza del anciano el sombrero, que había rodado por el suelo en la caída, y le mandó que le acompañase inmediatamente para desempeñar una comisión de consulta espiritual cerca de uno que en aquel momento yacía en extrema situación.

-¡Quién pensara -dijo el forastero- que iba a tropezar precisamente con el hombre que buscaba! ¡Cuerpo de Baco! Esto es suerte. Seguidme rápidamente, pues no hay tiempo que perder.

Como ocurre a las naturalezas dóciles, la positiva aserción del forastero, sumada a cierto aire de autoridad y de mando, venció algunas leves objeciones que el padre pudiera haber madurado durante la rara entrevista. La espiritual invitación era, además, de tal naturaleza, que no se atrevía a rechazarla; no solamente eso, sino que el aceptarla podía contribuir un tanto a alejar el miedo supersticioso que había empezado a sentir hacia el misterioso personaje. Porque, siguiéndole a respetuosa distancia, el padre no pud

o por menos de observar, con un estremecimiento de horror, que las pisadas del forastero no dejaban huella en la arena, y su figura parecía de vez en cuando mezclarse e incorporarse a la bruma, hasta el punto de que el sacerdote tenía a veces que aguardar su reaparición. En uno de esos intervalos embarazosos, oyó el tañido de la campana de la lejana Misión, anunciando la medianoche. Apenas se había extinguido la última campanada, el anuncio fue repetido por multitud de campanas de todos tamaños, y el aire se pobló de sonidos de relojes dando la hora y repiques de campanarios. El anciano lanzó un grito alarmado, y el forastero le preguntó acremente la causa.

-¡Las campanas! ¿No las oyes? -dijo el padre Vicentio con voz expirante.

-¡Puf, puf! -contestó el forastero-. Tu caída ha hecho que se multiplicaran los sonidos en tus orejas. ¡Adelante!

Se sentía el padre demasiado inquieto para aceptar la explicación implícita en aquella descortés respuesta. Pero el destino le reservaba otra singular experiencia. Cuando alcanzaron la cima de la eminencia conocida actualmente con el nombre de Colina Rusa, lanzó el padre una nueva exclamación. El forastero se volvió hacia él con gesto de impaciencia, pero el padre no se cuidó de él. El espectáculo que brotaba ante su vista era tal, que podía muy bien absorber la atención de un temperamento más entusiasta. La bruma no había aún alcanzado la colina, y los prolongados valles y los declives del embarcadero resplandecían con la luz de una populosa ciudad.

-¡Mira! -dijo el padre, extendiendo la mano sobre el vasto paisaje-. ¡Mira! ¿No ves las magníficas plazas y la brillante iluminación de las avenidas de metrópolis poderosas? ¿No ves algo semejante a otro firmamento bajo nosotros?

-No prosigas, reverendo padre, y cesa en tu locura -respondió el forastero, arrastrando al extraviado sacerdote detrás de él-. Mira más bien las estrellas arrojadas de tu cabeza hueca a causa de la caída que has sufrido. Te ruego que te cures de tus visiones y rapsodias, pues el tiempo corre velozmente.

Siguió el padre, sin más palabras. Cuando bajaron la colina hacia el Norte, mostrando el camino el forastero, a los pocos momentos descubrió el padre la espuma de las olas, y sus pies hollaron la más firme arena de la playa. El forastero se detuvo, y el padre vio cerca un bote listo para navegar. Pasó a los asientos de popa, obedeciendo la orden de su compañero, y advirtió que los remeros parecían participar de la incorpórea y nebulosa estructura del desconocido, sensación que se hizo más agobiante al percibir también que los remos, moviéndose a compás, no producían el menor ruido.

El forastero, haciéndose cargo del timón, guió el bote suavemente, mientras la bruma, adhiriéndose a la superficie del agua y envolviéndolos, parecía interponer un muro de niebla entre ellos y el rudo choque del mundo exterior. Se internaron más en aquel lugar recóndito, y el padre escuchó con ansiedad: se oían crujidos de bloques y rechinar de cuerdas, pero ninguna vibración alteraba la brumosa calma ni el vaho ardiente de la espesa niebla. Sólo un incidente rompió la monotonía del misterioso viaje. Un remero que no tenía más que un ojo, y que se sentaba enfrente del padre, se apoderó de la mirada del sacerdote, hizo una horrible mueca y mostró una espantosa sonrisa, guiñando su penetrante ojo con tan diabólica intensidad, que el padre se vio obligado a articular una piadosa jaculatoria, que tuvo por desastroso efecto el hacer que el marinero echase los pies por el aire y metiese la cabeza en el fondo del bote. Pero ni siquiera este incidente turbó la gravedad del resto de la horrible tripulación.

Cuando, según le pareció al padre, habían transcurrido diez minutos, apareció a lo lejos el perfil de un gran buque, que se presentaba de costado ante la proa del bote. Antes de que pudiera lanzar el grito de advertencia que brotaba de sus labios o prevenirse contra el irremediable choque, el bote pasó tranquila y silenciosamente a través del costado del buque, y el santo sacerdote se encontró de pie sobre el puente de lo que parecía ser una carabela antigua. El bote y su tripulación se habían desvanecido. Solamente permanecía allí su misterioso amigo el forastero. A la luz de una lámpara que se balanceaba, el padre observó que estaba ante una hamaca, sobre la cual, aparentemente, yacía el moribundo para asistir al cual había sido tan misteriosamente requerido. Cuando el padre, obedeciendo a una indicación de su compañero, se acercó al doliente, éste abrió débilmente los ojos y le dirigió estas palabras:

-Tienes ante ti, reverendo padre, a un desvalido mortal no sólo en lucha con las últimas agonías de la carne, sino vencido y agitado por la dolorosa congoja del espíritu. Importa poco cuándo o cómo me convertí en lo que ves ahora. Basta saber que mi vida ha sido impía y pecadora, y que mi única esperanza de absolución descansa en la revelación que voy a hacerte, de un secreto de mucha importancia para la Santa Iglesia y que afecta grandemente a su poder, a su riqueza y a su dominio en estas playas. Pero la revelación de tal secreto y mi absolución han de hacerse con una condición especial. Sólo me quedan cinco minutos de vida. En este tiempo he de recibir la extremaunción de la Iglesia.

-¿Y tu secreto? -dijo el santo sacerdote.

-Lo sabrás después -contestó el moribundo-. ¡Vamos! Mi vida se acaba. Absuélveme inmediatamente.

El padre vaciló.

-¿No puedes decirme antes el secreto?

-¡Imposible! -respondió el moribundo, con algo que pareció al padre un momentáneo relámpago de triunfo.

Luego, como su respiración se hacía más débil, dijo con impaciencia:

-¡Absuélveme! ¡Absuélveme!

-Que yo sepa a qué se refiere tu secreto.

-¡Absuélveme antes! -replicó el moribundo.

Pero el sacerdote vacilaba todavía, y se hallaba debatiendo con el enfermo cuando sonó la campana del buque y, en medio de una triunfante y burlona carcajada del forastero, el barco se hizo pedazos repentinamente y las turbulentas aguas se precipitaron sobre ellos, envolviendo al moribundo, al sacerdote y al personaje misterioso.

El padre no recobró el conocimiento hasta la tarde del día siguiente, cuando se encontró echado en una pequeña cavidad entre las colinas de la Misión. Su fiel mula, a pocos pasos de él, pacía tranquilamente la rala hierba. El padre hizo lo mejor que pudo el camino de su residencia, pero, discretamente, se abstuvo de narrar los sucesos antes mencionados, hasta después de descubiertos los áureos tesoros; entonces fue relatado todo este verídico acontecimiento, con la aserción del padre de que el secreto del que había sido misteriosamente desposeído no era otro que el del paradero del oro hallado años antes por los marineros fugados de la expedición de sir Francis Drake.


martes, 12 de diciembre de 2017

AVENTURA INCOMPRENSIBLE (Marqués de Sade)


Hay muchísimas mujeres que piensan que con tal de no llegar hasta el fin con un amante, pueden permitirse, sin ofensa para su esposo, un cierto comercio de galantería, y a menudo esta forma de ver las cosas tiene consecuencias más peligrosas que si la caída hubiese sido completa. Lo que le ocurrió a la Marquesa de Guissac, mujer de elevada posición de Nimes, en el Languedoc, es una prueba evidente de lo que aquí proponemos como máxima.

Alocada, aturdida, alegre, rebosante de ingenio y de simpatía, la señora de Guissac creyó que ciertas cartas de amor, escritas y recibidas por ella y por el barón de Aumelach, no tendrían consecuencia alguna, siempre que no fueran conocidas; y que si, por desgracia, llegaban a ser descubiertas, pudiendo probar su inocencia a su marido, no perdería en modo alguno su favor. Se equivocó. El señor de Guissac, desmedidamente celoso, sospecha el intercambio, interroga a una doncella, se apodera de una carta, al principio no encuentra en ella nada que justifique sus temores, pero sí mucho más de lo que necesita para alimentar sus sospechas, toma una pistola y un vaso de limonada e irrumpe como un poseso en la habitación de su mujer.

—Señora, he sido traicionado —ruge enfurecido—; leed: él me lo aclara, ya no hay tiempo para juzgar, os concedo la elección de vuestra muerte.

La Marquesa se defiende, jura a su marido que está equivocado, que puede ser, es verdad, culpable de una imprudencia, pero que no lo es, sin lugar a duda, de crimen alguno.

—¡Ya no me convenceréis, pérfida! —responde el marido furioso—, ¡ya no me convenceréis! Elegid rápidamente o al instante este arma os privará de la luz del día.

La desdichada señora de Guissac, aterrorizada, se decide por el veneno; toma la copa y lo bebe.

—¡Deteneos! —le dice su esposo cuando ya ha bebido parte—, no pereceréis sola; odiado por vos, traicionado por vos, ¿qué querríais que hiciera yo en el mundo? —y tras decir esto bebe lo que queda en el cáliz.

—¡Oh, señor! —exclama la señora de Guissac—. En terrible trance en que nos habéis colocado a ambos, no me neguéis un confesor ni tampoco el poder abrazar por última vez a mi padre y a mi madre.

Envían a buscar en seguida a las personas que esta desdichada mujer reclama, se arroja a los brazos de los que le dieron la vida y de nuevo protesta que no es culpable de nada. Pero, ¿qué reproches se le pueden hacer a un marido que se cree traicionado y que castiga a su mujer de tal forma que él mismo se sacrifica? Sólo queda la desesperación y el llanto brota de todos por igual. Mientras tanto llega el confesor.

—En este atroz instante de mi vida -dice la Marquesa- deseo, para consuelo de mis padres y para el honor de mi memoria, hacer una confesión pública —y empieza a acusarse en voz alta de todo aquello que su conciencia le reprocha desde que nació.

El marido, que está atento y que no oye citar al barón de Aumelach, convencido de que en semejante ocasión su mujer no se atrevería a fingir, se levanta rebosante de alegría.

—¡Oh, mis queridos padres! —exclama abrazando al mismo tiempo a su suegro y a su suegra—, consolaos y que vuestra hija me perdone el miedo que le he hecho pasar, tantas preocupaciones me produjo que es lícito que le devuelva unas cuantas. No hubo nunca ningún veneno en lo que hemos tomado, que esté tranquila; calmémonos todos y que por lo menos aprenda que una mujer verdaderamente honrada no sólo no debe cometer el mal, sino que tampoco debe levantar sospechas de que lo comete.

La Marquesa tuvo que hacer esfuerzos sobrehumanos para recobrarse de su estado; se había sentido envenenada hasta tal punto que el vuelo de su imaginación le había ya hecho padecer todas las angustias de muerte semejante. Se pone en pie temblorosa, abraza a su marido; la alegría reemplaza al dolor y la joven esposa, bien escarmentada por esta terrible escena, promete que en el futuro sabrá evitar hasta la más pequeña apariencia de infidelidad. Mantuvo su palabra y vivió más de treinta años con su marido sin que éste tuviera nunca que hacerle el más mínimo reproche.



lunes, 11 de diciembre de 2017

EL ESPEJO DE MATSUYAMA (Anónimo japonés)


En Matsuyama, lugar remoto de la provincia japonesa de Echigo, vivía un matrimonio de jóvenes campesinos que tenían a su pequeña hija como centro y alegría de sus vidas. Un día, el marido tuvo que viajar a la capital para resolver unos asuntos y, ante el temor de la mujer por un viaje tan largo y a un mundo tan desconocido, la consoló con la promesa de regresar lo antes posible y de traerle, a ella y a su hijita, hermosos regalos.

Después de una larga temporada, que a ella se le hizo eterna, vio por fin a su esposo de vuelta a casa y pudo oír de sus labios lo que le había sucedido y las cosas extraordinarias que había visto, mientras que la niña jugaba feliz con los juguetes que su padre le había comprado.

-Para ti -le dijo el marido a su mujer- te he traído un regalo muy extraño que sé que te va a sorprender. Míralo y dime qué ves dentro.

Era un objeto redondo, blanco por un lado, con adornos de pájaros y flores, y, por el otro, muy brillante y terso. Al mirarlo, la mujer, que nunca había visto un espejo, quedó fascinada y sorprendida al contemplar a una joven y alegre muchacha a la que no conocía. El marido se echó a reír al ver la cara de sorpresa de su esposa.
-¿Qué ves? -le preguntó con guasa.
-Veo a una hermosa joven que me mira y mueve los labios como si quisiera hablarme.
-Querida -le dijo el marido-, lo que ves es tu propia cara reflejada en ese lámina de cristal. Se llama espejo y en la ciudad es un objeto muy corriente.
La mujer quedó encantada con aquel maravilloso regalo; lo guardó con sumo cuidado en una cajita y sólo, de vez en cuando, lo sacaba para contemplarse.
Pasó el tiempo y la niña se había convertido en una linda muchacha, buena y cariñosa, que cada vez se parecía más a su madre; pero ella nunca le enseñó ni le habló del espejo para que no se vanagloriase de su propia hermosura. De esta manera, hasta el padre se olvidó de aquel espejo tan bien guardado y escondido.
Un día, la madre enfermó y, a pesar de los cuidados de padre e hija, fue empeorando de tal manera que ella misma comprendió que la muerte se le acercaba. Entonces, llamó a su hija, le pidió que le trajera la caja en donde guardaba el espejo, y le dijo:
-Hija mía, sé que pronto voy a morir, pero no te entristezcas. Cuando ya no esté con vosotros, prométeme que mirarás en este espejo todos los días. Me verás en él y te darás cuenta de que, aunque desde muy lejos, siempre estaré velando por ti.
Al morir la madre, la muchacha abrió la caja del espejo y cada día, como se lo había prometido, lo miraba y en él veía la cara de su madre, tan hermosa y sonriente como antes de la enfermedad. Con ella hablaba y a ella le confiaba sus penas y sus alegrías; y, aunque su madre no le decía ni una palabra, siempre le parecía que estaba cercana, atenta y comprensiva.
Un día el padre la vio delante del espejo, como si conversara con él. Y, ante su sorpresa, la muchacha contestó:
-Padre, todos los días miro en este espejo y veo a mi querida madre y hablo con ella.
Y le contó el regalo y el ruego que su madre la había hecho antes de morir, lo que ella no había dejado de cumplir ni un solo día.
El padre quedó tan impresionado y emocionado que nunca se atrevió a decirle que lo que contemplaba todos los días en el espejo era ella misma y que, tal vez por la fuerza del amor, se había convertido en la fiel imagen del hermoso rostro de su madre.


domingo, 10 de diciembre de 2017

UNA NUBECILLA (James Joyce)


Ocho años atrás había despedido a su amigo en la estación de North Wall diciéndole que fuera con Dios. Gallaher hizo carrera. Se veía enseguida: por su aire viajero, su traje de lana bien cortado y su acento decidido. Pocos tenían su talento y todavía menos eran capaces de permanecer incorruptos ante tanto éxito. Gallaher tenía un corazón de este tamaño y se merecía su triunfo. Daba gusto tener un amigo así.

Desde el almuerzo, Chico Chandler no pensaba más que en su cita con Gallaher, en la invitación de Gallaher, en la gran urbe londinense donde vivía Gallaher. Le decían Chico Chandler porque, aunque era poco menos que de mediana estatura, parecía pequeño. Era de manos blancas y cortas, frágil de huesos, de voz queda y maneras refinadas. Cuidaba con exceso su rubio pelo lacio y su bigote, y usaba un discreto perfume en el pañuelo. La medialuna de sus uñas era perfecta y cuando sonreía dejaba entrever una fila de blancos dientes de leche.

Sentado a su buró en King's Inns pensaba en los cambios que le habían traído esos ocho años. El amigo que había conocido con un chambón aspecto de necesitado se había convertido en una rutilante figura de la prensa británica. Levantaba frecuentemente la vista de su escrito fatigoso para mirar a la calle por la ventana de la oficina. El resplandor del atardecer de otoño cubría céspedes y aceras; bañaba con un generoso polvo dorado a las niñeras y a los viejos decrépitos que dormitaban en los bancos; irisaba cada figura móvil: los niños que corrían gritando por los senderos de grava y todo aquel que atravesaba los jardines. Contemplaba aquella escena y pensaba en la vida; y (como ocurría siempre que pensaba en la vida) se entristeció. Una suave melancolía se posesionó de su alma. Sintió cuán inútil era luchar contra la suerte: era ése el peso muerto de sabiduría que le legó la época.

Recordó los libros de poesía en los anaqueles de su casa. Los había comprado en sus días de soltero y más de una noche, sentado en el cuarto al fondo del pasillo, se había sentido tentado de tomar uno en sus manos para leerle algo a su esposa. Pero su timidez lo cohibió siempre: y los libros permanecían en los anaqueles. A veces se repetía a sí mismo unos cuantos versos, lo que lo consolaba.

Cuando le llegó la hora, se levantó y se despidió cumplidamente de su buró y de sus colegas. Con su figura pulcra y modesta salió de entre los arcos de King's Inns y caminó rápido calle Henrietta abajo. El dorado crepúsculo menguaba ya y el aire se hacía cortante. Una horda de chiquillos mugrientos pululaba por las calles. Corrían o se paraban en medio de la calzada o se encaramaban anhelantes a los quicios de las puertas o bien se acuclillaban como ratones en cada umbral. Chico Chandler no les dio importancia. Se abrió paso, diestro, por entre aquellas sabandijas y pasó bajo la sombra de las estiradas mansiones espectrales donde había baladronado la antigua nobleza de Dublín. No le llegaba ninguna memoria del pasado porque su mente rebosaba con la alegría del momento.

Nunca había estado en Corless's, pero conocía la valía de aquel nombre. Sabía que la gente iba allí después del teatro a comer ostras y a beber licores; y se decía que allí los camareros hablaban francés y alemán. Pasando rápido por enfrente de noche había visto detenerse los coches a sus puertas y cómo damas ricamente ataviadas, acompañadas por caballeros, bajaban y entraban a él fugaces, vistiendo trajes escandalosos y muchas pieles. Llevaban las caras empolvadas y levantaban sus vestidos, cuando tocaban tierra, como Atalantas alarmadas. Había pasado siempre de largo sin siquiera volverse a mirar. Era hábito suyo caminar con paso rápido por la calle, aun de día, y siempre que se encontraba en la ciudad tarde en la noche apretaba el paso, aprensivo y excitado. A veces, sin embargo, cortejaba la causa de sus temores. Escogía las calles más tortuosas y oscuras y, al adelantar atrevido, el silencio que se esparcía alrededor de sus pasos lo perturbaba, como lo turbaba toda figura silenciosa y vagabunda; a veces el sonido de una risa baja y fugitiva lo hacía temblar como una hoja.

Dobló a la derecha hacia la calle Capel. ¡Ignatius Gallaher, de la prensa londinense! ¿Quién lo hubiera pensado ocho años antes? Sin embargo, al pasar revista al pasado ahora, Chico Chandler era capaz de recordar muchos indicios de la futura grandeza de su amigo. La gente acostumbraba a decir que Ignatius Gallaher era alocado. Claro que se reunía en ese entonces con un grupo de amigos algo libertinos, que bebía sin freno y pedía dinero a diestro y siniestro. Al final, se vio involucrado en cierto asunto turbio, una transacción monetaria: al menos, ésa era una de las versiones de su fuga. Pero nadie le negaba el talento. Hubo siempre una cierta... algo en Ignatius Gallaher que impresionaba a pesar de uno mismo. Aun cuando estaba en un aprieto y le fallaban los recursos, conservaba su desfachatez. Chico Chandler recordó (y ese recuerdo lo hizo ruborizarse de orgullo un tanto) uno de los dichos de Ignatius Gallaher cuando andaba escaso:

-Ahora un receso, caballeros -solía decir a la ligera-. ¿Dónde está mi gorra de pegar?

Eso retrataba a Ignatius Gallaher por entero, pero, maldita sea, había que admirarlo.

Chico Chandler apresuró el paso. Por primera vez en su vida se sintió superior a la gente que pasaba. Por primera vez su alma se rebelaba contra la insulsa falta de elegancia de la calle Capel. No había duda de ello: si uno quería tener éxito tenía que largarse. No había nada que hacer en Dublín. Al cruzar el puente de Grattan miró río abajo, a la parte mala del malecón, y se compadeció de las chozas, tan chatas. Le parecieron una banda de mendigos acurrucados a orillas del río, sus viejos gabanes cubiertos por el polvo y el hollín, estupefactos a la vista del crepúsculo y esperando por el primer sereno helado que los obligara a levantarse, sacudirse y echar a andar. Se preguntó si podría escribir un poema para expresar esta idea. Quizá Gallaher pudiera colocarlo en un periódico de Londres. ¿Sería capaz de escribir algo original? No sabía qué quería expresar, pero la idea de haber sido tocado por la gracia de un momento poético le creció dentro como una esperanza en embrión. Apretó el paso, decidido.

Cada paso lo acercaba más a Londres, alejándolo de su vida sobria y nada artística. Una lucecita empezaba a parpadear en su horizonte mental. No era tan viejo: treinta y dos años. Se podía decir que su temperamento estaba a punto de madurar. Había tantas impresiones y tantos estados de ánimo que quería expresar en verso. Los sentía en su interior. Trató de sopesar su alma para saber si era un alma de poeta. La nota dominante de su temperamento, pensó, era la melancolía, pero una melancolía atemperada por la fe, la resignación y una alegría sencilla. Si pudiera expresar esto en un libro quizá la gente le hiciera caso. Nunca sería popular: lo veía. No podría mover multitudes, pero podría conmover a un pequeño núcleo de almas afines. Los críticos ingleses, tal vez, lo reconocerían como miembro de la escuela celta, en razón del tono melancólico de sus poemas; además, que dejaría caer algunas alusiones. Comenzó a inventar las oraciones y frases que merecerían sus libros. "El señor Chandler tiene el don del verso gracioso y fácil..." "Una anhelante tristeza invade estos poemas..." "La nota celta". Qué pena que su nombre no pareciera más irlandés. Tal vez fuera mejor colocar su segundo apellido delante del primero: Thomas Malone Chandler. O, mejor todavía: T. Malone Chandler. Le hablaría a Gallaher de este asunto.

Persiguió sus sueños con tal ardor que pasó la calle de largo y tuvo que regresar. Antes de llegar a Corless's su agitación anterior empezó a apoderarse de él y se detuvo en la puerta, indeciso. Finalmente, abrió la puerta y entró.

La luz y el ruido del bar lo clavaron a la entrada por un momento. Miró a su alrededor, pero se le iba la vista confundido con tantos vasos de vino rojo y verde deslumbrándolo. El bar parecía estar lleno de gente y sintió que la gente lo observaba con curiosidad. Miró rápido a izquierda y derecha (frunciendo las cejas ligeramente para hacer ver que la gestión era seria), pero cuando se le aclaró la vista vio que nadie se había vuelto a mirarlo: y allí, por supuesto, estaba Ignatius Gallaher de espaldas al mostrador y con las piernas bien separadas.

-¡Hola, Tommy, héroe antiguo, por fin llegas! ¿Qué quieres? ¿Qué vas a tomar? Estoy bebiendo whisky: es mucho mejor que al otro lado del charco. ¿Soda? ¿Lithia? ¿Nada de agua mineral? Yo soy lo mismo. Le echa a perder el gusto...

Vamos, garçon, sé bueno y tráenos dos líneas de whisky de malta... Bien, ¿y cómo te fue desde que te vi la última vez? ¡Dios mío, qué viejos nos estamos poniendo! ¿Notas que envejezco o qué? Canoso y casi calvo acá arriba, ¿no?

Ignatius Gallaher se quitó el sombrero y exhibió una cabeza casi pelada al rape. Tenía una cara pesada, pálida y bien afeitada. Sus ojos, que eran casi color azul pizarra, aliviaban su palidez enfermiza y brillaban aún por sobre el naranja vivo de su corbata. Entre estas dos facciones en lucha, sus labios se veían largos, sin color y sin forma. Inclinó la cabeza y se palpó con dos dedos compasivos el pelo ralo. Chico Chandler negó con la cabeza. Ignatius Gallaher se volvió a poner el sombrero.

-El periodismo -dijo- acaba. Hay que andar rápido y sigiloso detrás de la noticia y eso si la encuentras: y luego que lo que escribas resulte novedoso. Al carajo con las pruebas y el cajista, digo yo, por unos días. Estoy más que encantado, te lo digo, de volver al terruño. Te hacen mucho bien las vacaciones. Me siento muchísimo mejor desde que desembarqué en este Dublín sucio y querido... Por fin te veo, Tommy. ¿Agua? Dime cuándo.

Chico Chandler dejó que le aguara bastante su whisky.

-No sabes lo que es bueno, mi viejo -dijo Ignatius Gallaher-. Apuro el mío puro.

-Bebo poco como regla -dijo Chico Chandler, modestamente-. Una media línea o cosa así cuando me topo con uno del grupo de antes: eso es todo.

-Ah, bueno -dijo Ignatius Gallaher, alegre-, a nuestra salud y por el tiempo viejo y las viejas amistades.

Chocaron los vasos y brindaron.

-Hoy me encontré con parte de la vieja pandilla -dijo Ignatius Gallaher-. Parece que O'Hara anda mal. ¿Qué es lo que le pasa?

-Nada -dijo Chico Chandler-. Se fue a pique.

-Pero Hogan está bien colocado, ¿no es cierto?

-Sí, está en la Comisión Agraria.

-Me lo encontré una noche en Londres y se le veía boyante... ¡Pobre O'Hara! La bebida, supongo.

-Entre otras cosas -dijo Chico Chandler, sucinto. Ignatius Gallaher se rió.

-Tommy -le dijo-, veo que no has cambiado un ápice. Eres el mismo tipo serio que me metías un editorial el domingo por la mañana si me dolía la cabeza y tenía lengua de lija. Debías correr un poco de mundo. No has ido de viaje a ninguna parte, ¿no?

-Estuve en la isla de Man -dijo Chico Chandler. Ignatius Gallaher se rió.

-¡La isla de Man! -dijo-. Ve a Londres o a París. Mejor a París. Te hará mucho bien.

-¿Conoces tú París?

-¡Me parece que sí! La he recorrido un poco.

-¿Y es, realmente, tan bella como dicen? -preguntó Chico Chandler.

Tomó un sorbito de su trago mientras Ignatius Gallaher terminaba el suyo de un viaje.

-¿Bella? -dijo Ignatius Gallaher, haciendo una pausa para sopesar la palabra y paladear la bebida-. No es tan bella, si supieras. Claro que es bella... Pero es la vida de París lo que cuenta. Ah, no hay ciudad que sea como París, tan alegre, tan movida, tan excitante...

Chico Chandler terminó su whisky y, después de un poco de trabajo, consiguió llamar la atención de un camarero. Ordenó lo mismo otra vez.

-Estuve en el Molino Rojo -continuó Ignatius Gallaher cuando el camarero se llevó los vasos- y he estado en todos los cafés bohemios. ¡Son candela! Nada aconsejable para un puritano como tú, Tommy.

Chico Chandler no respondió hasta que el camarero regresó con los dos vasos: entonces chocó el vaso de su amigo levemente y reciprocó el brindis anterior. Empezaba a sentirse algo desilusionado. El tono de Gallaher y su manera de expresarse no le gustaban. Había algo vulgar en su amigo que no había notado antes. Pero tal vez fuera resultado de vivir en Londres en el ajetreo y la competencia periodística. El viejo encanto personal se sentía todavía por debajo de sus nuevos modales aparatosos. Y, después de todo, Gallaher había vivido y visto mundo. Chico Chandler miró a su amigo con envidia.

-Todo es alegría en París -dijo Ignatius Gallaher-. Los franceses creen que hay que gozar la vida. ¿No crees que tienen razón? Si quieres gozar la vida como es, debes ir a París. Y déjame decirte que los irlandeses les caemos de lo mejor a los franceses. Cuando se enteraban que era de Irlanda, muchacho, me querían comer.

Chico Chandler bebió cinco o seis sorbos de su vaso.

-Pero, dime -le dijo-, ¿es verdad que París es tan... inmoral como dicen?

Ignatius Gallaher hizo un gesto católico con la mano derecha.

-Todos los lugares son inmorales -dijo-. Claro que hay cosas escabrosas en París. Si te vas a uno de esos bailes de estudiantes, por ejemplo. Muy animados, si tú quieres, cuando las cocottes se sueltan la melena. Tú sabes lo que son, supongo.

-He oído hablar de ellas- dijo Chico Chandler.

Ignatius Gallaher bebió de su whisky y meneó la cabeza.

-Tú dirás lo que quieras, pero no hay mujer como la parisina. En cuanto a estilo, a soltura.

-Luego es una ciudad inmoral -dijo Chico Chandler, con insistencia tímida-. Quiero decir, comparada con Londres o con Dublín.

-¡Londres! -dijo Ignatius Gallaher-. Eso es media mitad de una cosa y tres cuartos de la otra. Pregúntale a Hogan, amigo mío, que le enseñé algo de Londres cuando estuvo allá. Ya te abrirá él los ojos... Tommy, viejo, que no es ponche, es whisky: de un solo viaje.

-De veras, no...

-Ah, vamos, que uno más no te va a matar. ¿Qué va a ser? ¿De lo mismo, supongo?

-Bueno... vaya...

-François, repite aquí... ¿Un puro, Tommy?

Ignatius Gallaher sacó su tabaquera. Los dos amigos encendieron sus cigarros y fumaron en silencio hasta que llegaron los tragos.

-Te voy a dar mi opinión -dijo Ignatius Gallaher, al salir después de un rato de entre las nubes de humo en que se refugiara-, el mundo es raro. ¡Hablar de inmoralidades! He oído de casos... pero, ¿qué digo? Conozco casos de... inmoralidad...

Ignatius Gallaher tiró pensativo de su cigarro y luego, con el calmado tono del historiador, procedió a dibujarle a su amigo el cuadro de la degeneración imperante en el extranjero. Pasó revista a los vicios de muchas capitales europeas y parecía inclinado a darle el premio a Berlín. No podía dar fe de muchas cosas (ya que se las contaron amigos), pero de otras sí tenía experiencia personal. No perdonó ni clases ni alcurnia. Reveló muchos secretos de las órdenes religiosas del continente y describió muchas de las prácticas que estaban de moda en .la alta sociedad, terminando por contarle, con detalle, la historia de una duquesa inglesa, cuento que sabía que era verdad. Chico Chandler se quedó pasmado.

-Ah, bien -dijo Ignatius Gallaher-, aquí estamos en el viejo Dublín, donde nadie sabe nada de nada.

-¡Te debe parecer muy aburrido -dijo Chico Chandler-, después de todos esos lugares que conoces!

-Bueno, tú sabes -dijo Ignatius Gallaher-, es un alivio venir acá. Y, después de todo, es el terruño, como se dice, ¿no es así? No puedes evitar tenerle cariño. Es muy humano... Pero dime algo de ti. Hogan me dijo que habías... degustado las delicias del himeneo. Hace dos años, ¿no?

Chico Chandler se ruborizó y sonrió.

-Sí -le dijo-. En mayo pasado hizo dos años.

-Confío en que no sea demasiado tarde para ofrecerte mis mejores deseos -dijo Ignatius Gallaher-. No sabía tu dirección o lo hubiera hecho entonces.

Extendió una mano, que Chico Chandler estrechó.

-Bueno, Tommy -le dijo-, te deseo, a ti y a los tuyos, lo mejor en esta vida, viejito: toneladas de plata y que vivas hasta el día que yo te pegue un tiro. Estos son los deseos de un viejo y sincero amigo, como tú sabes.

-Yo lo sé -dijo Chico Chandler.

-¿Alguna cría? -dijo Ignatius Gallaher. Chico Chandler se ruborizó otra vez.

-No tenemos más que una -dijo.

-¿Varón o hembra?

-Un varoncito.

Ignatius Gallaher le dio una sonora palmada a su amigo en la espalda.

-Bravo, Tommy -le dijo-. Nunca lo puse en duda.

Chico Chandler sonrió, miró confusamente a su vaso y se mordió el labio inferior con tres dientes infantiles.

-Espero que pases una noche con nosotros -dijo-, antes de que te vayas. A mi esposa le encantaría conocerte. Podríamos hacer un poco de música y...

-Muchísimas gracias, mi viejo -dijo Ignatius Gallaher-. Lamento que no nos hayamos visto antes. Pero tengo que irme mañana por la noche.

-¿Tal vez esta noche...?

-Lo siento muchísimo, viejo. Tú ves, ando con otro tipo, bastante listo él, y ya convinimos en ir a echar una partida de cartas. Si no fuera por eso...

-Ah, en ese caso...

-Pero, ¿quién sabe? -dijo Ignatius Gallaher, considerado-. Tal vez el año que viene me dé un saltito, ahora que ya rompí el hielo. Vamos a posponer la ocasión.

-Muy bien -dijo Chico Chandler-, la próxima vez que vengas tenemos que pasar la noche juntos. ¿Convenido?

-Convenido, sí -dijo Ignatius Gallaher-. El año que viene si vengo, parole d'honneur.

-Y para dejar zanjado el asunto -dijo Chico Chandler-, vamos a tomar otra.

Ignatius Gallaher sacó un relojón de oro y lo miró.

-¿Va a ser ésa la última? -le dijo-. Porque, tú sabes, tengo una c.t.

-Oh, sí, por supuesto -dijo Chico Chandler.

-Entonces, muy bien -dijo Ignatius Gallaher-, vamos a echarnos otra como de deoc an doirus, que quiere decir un buen whisky en el idioma vernáculo, me parece.

Chico Chandler pidió los tragos. El rubor que le había subido a la cara hacía unos momentos, se le había instalado. Cualquier cosa lo hacía ruborizarse; y ahora se sentía caliente, excitado. Los tres vasitos se le habían ido a la cabeza y el puro fuerte de Gallaher le confundió las ideas, ya que era delicado y abstemio. La excitación de ver a Gallaher después de ocho años, de verse con Gallaher en Corless's, rodeados por esa iluminación y ese ruido, de escuchar los cuentos de Gallaher y de compartir por un momento su vida itinerante y exitosa, alteró el equilibrio de su naturaleza sensible. Sintió en lo vivo el contraste entre su vida y la de su amigo, y le pareció injusto. Gallaher estaba por debajo suyo en cuanto a cuna y cultura. Sabía que podía hacer cualquier cosa mejor que lo hacía o lo haría nunca su amigo, algo superior al mero periodismo pedestre, con tal de que le dieran una oportunidad. ¿Qué se interponía en su camino? ¡Su maldita timidez! Quería reivindicarse de alguna forma, hacer valer su virilidad. Podía ver lo que había detrás de la negativa de Gallaher a aceptar su invitación. Gallaher le estaba perdonando la vida con su camaradería, como se la estaba perdonando a Irlanda con su visita.

El camarero les trajo la bebida. Chico Chandler empujó un vaso hacia su amigo y tomó el otro, decidido.

-¿Quién sabe? -dijo al levantar el vaso-. Tal vez cuando vengas el año que viene tenga yo el placer de desear una larga vida feliz al señor y a la señora Gallaher.

Ignatius Gallaher, a punto de beber su trago, le hizo un guiño expresivo por encima del vaso. Cuando bebió, chasqueó sus labios rotundamente, dejó el vaso y dijo:

-Nada que temer por ese lado, muchacho. Voy a correr mundo y a vivir la vida un poco antes de meter la cabeza en el saco... si es que lo hago.

-Lo harás un día -dijo Chico Chandler con calma.

Ignatius Gallaher enfocó su corbata anaranjada y sus ojos azul pizarra sobre su amigo.

-¿Tú crees? -le dijo.

-Meterás la cabeza en el saco -repitió Chico Chandler, empecinado-, como todo el mundo, si es que encuentras mujer.

Había marcado el tono un poco y se dio cuenta de que acababa de traicionarse; pero, aunque el color le subió a la cara, no desvió los ojos de la insistente mirada de su amigo. Ignatius Gallaher lo observó por un momento y luego dijo:

-Si ocurre alguna vez puedes apostarte lo que no tienes a que no va a ser con claros de luna y miradas arrobadas. Pienso casarme por dinero. Tendrá que tener ella su buena cuenta en el banco o de eso nada.

Chico Chandler sacudió la cabeza.

-Pero, vamos -dijo Ignatius Gallaher con vehemencia-, ¿quieres que te diga una cosa? No tengo más que decir que sí y mañana mismo puedo conseguir las dos cosas. ¿No me quieres creer? Pues lo sé de buena tinta. Hay cientos, ¿qué digo cientos?, miles de alemanas ricas y de judías podridas de dinero, que lo que más querrían... Espera un poco, mi amigo, y verás si no juego mis cartas como es debido. Cuando yo me propongo algo, lo consigo. Espera un poco.

Se echó el vaso a la boca, terminó el trago y se rió a carcajadas. Luego, miró meditativo al frente, y dijo, más calmado:

-Pero no tengo prisa. Pueden esperar ellas. No tengo ninguna gana de amarrarme a nadie, tú sabes.

Hizo como si tragara y puso mala cara.

-Al final sabe siempre a rancio, en mi opinión -dijo.

Chico Chandler estaba sentado en el cuarto del pasillo con un niño en brazos. Para ahorrar no tenían criados, pero la hermana menor de Annie, Mónica, venía una hora, más o menos, por la mañana y otra hora por la noche para ayudarlos. Pero hacía rato que Mónica se había ido. Eran las nueve menos cuarto. Chico Chandler regresó tarde para el té y, lo que es más, olvidó traerle a Annie el paquete de azúcar de Bewley's. Claro que ella se incomodó y le contestó mal. Dijo que podía pasarse sin el té, pero cuando llegó la hora del cierre de la tienda de la esquina, decidió ir ella misma por un cuarto de libra de té y dos libras de azúcar. Le puso el niño dormido en los brazos con pericia y le dijo:

-Ahí tienes, no lo despiertes.

Sobre la mesa había una lamparita con una pantalla de porcelana blanca y la luz daba sobre una fotografía enmarcada en cuerno corrugado. Era una foto de Annie. Chico Chandler la miró, deteniéndose en los delgados labios apretados. Llevaba la blusa de verano azul pálido que le trajo de regalo un sábado. Le había costado diez chelines con once; ¡pero qué agonía de nervios le costó! Cómo sufrió ese día esperando a que se vaciara la tienda, de pie frente al mostrador tratando de aparecer calmado mientras la vendedora apilaba las blusas frente a él, pagando en la caja y olvidándose de coger el penique de vuelto, mandado a buscar por la cajera, y, finalmente, tratando de ocultar su rubor cuando salía de la tienda examinando el paquete para ver si estaba bien atado. Cuando le trajo la blusa, Annie lo besó y le dijo que era muy bonita y a la moda; pero cuando él le dijo el precio, tiró la blusa sobre la mesa y dijo que era un atraco cobrar diez chelines con diez por eso. Al principio quería devolverla, pero cuando se la probó quedó encantada, sobre todo con el corte de las mangas y le dio otro beso y le dijo que era muy bueno al acordarse de ella.

¡Hum!...

Miró en frío los ojos de la foto y en frío ellos le devolvieron la mirada. Cierto que eran lindos y la cara misma era bonita. Pero había algo mezquino en ella. ¿Por qué eran tan de señorona inconsciente? La compostura de aquellos ojos lo irritaba. Lo repelían y lo desafiaban: no había pasión en ellos, ningún arrebato. Pensó en lo que dijo Gallaher de las judías ricas. Esos ojos negros y orientales, pensó, tan llenos de pasión, de anhelos voluptuosos... ¿Por qué se había casado con esos ojos de la fotografía?

Se sorprendió haciéndose la pregunta y miró, nervioso, alrededor del cuarto. Encontró algo mezquino en el lindo mobiliario que comprara a plazos. Annie fue quien lo escogió y a ella se parecían los muebles. Las piezas eran tan pretenciosas y lindas como ella. Se le despertó un sordo resentimiento contra su vida. ¿Podría escapar de la casita? ¿Era demasiado tarde para vivir una vida aventurera como Gallaher? ¿Podría irse a Londres? Había que pagar los muebles, todavía. Si sólo pudiera escribir un libro y publicarlo, tal vez eso le abriría camino.

Un volumen de los poemas de Byron descansaba en la mesa. Lo abrió cauteloso con la mano izquierda para no despertar al niño y empezó a leer los primeros poemas del libro.

Quedo el viento y queda la pena vespertina,

Ni el más leve céfiro ronda la enramada,

Cuando vuelvo a ver la tumba de mi Margarita

Y esparzo las flores sobre la tierra amada.

Hizo una pausa. Sintió el ritmo de los versos rondar por el cuarto. ¡Cuánta melancolía! ¿Podría él también escribir versos así, expresar la melancolía de su alma en un poema? Había tantas cosas que quería describir; la sensación de hace unas horas en el puente de Grattan, por ejemplo. Si pudiera volver a aquel estado de ánimo...

El niño se despertó y empezó a gritar. Dejó la página para tratar de callarlo: pero no se callaba. Empezó a acunarlo en sus brazos, pero sus aullidos se hicieron más penetrantes. Lo meció más rápido mientras sus ojos trataban de leer la segunda estrofa:

En esta estrecha celda reposa la arcilla,

Su arcilla que una vez...

Era inútil. No podía leer. No podía hacer nada. El grito del niño le perforaba los tímpanos. ¡Era inútil, inútil! Estaba condenado a cadena perpetua. Sus brazos temblaron de rabia y de pronto, inclinándose sobre la cara del niño, le gritó:

-¡Basta!

El niño se calló por un instante, tuvo un espasmo de miedo y volvió a gritar. Se levantó de su silla de un salto y dio vueltas presurosas por el cuarto cargando al niño en brazos. Sollozaba lastimoso, desmoreciéndose por cuatro o cinco segundos y luego reventando de nuevo. Las delgadas paredes del cuarto hacían eco al ruido. Trató de calmarlo, pero sollozaba con mayores convulsiones. Miró a la cara contraída y temblorosa del niño y empezó a alarmarse. Contó hasta siete hipidos sin parar y se llevó el niño al pecho, asustado. ¡Si se muriera!...

La puerta se abrió de un golpe y una mujer joven entró corriendo, jadeante.

-¿Qué pasó? ¿Qué pasó? -exclamó.

El niño, oyendo la voz de su madre, estalló en paroxismos de llanto.

-No es nada, Annie... nada... Se puso a llorar.

Tiró ella los paquetes al piso y le arrancó el niño.

-¿Qué le has hecho? -le gritó, echando chispas.

Chico Chandler sostuvo su mirada por un momento y el corazón se le encogió al ver odio en sus ojos. Comenzó a tartamudear.

Sin prestarle atención, ella comenzó a caminar por el cuarto, apretando al niño en sus brazos y murmurando:

-¡Mi hombrecito! ¡Mi muchachito! ¿Te asustaron, amor?... ¡Vaya, vaya, amor! ¡Vaya!... ¡Cosita! ¡Corderito divino de mamá!... ¡Vaya, vaya!

Chico Chandler sintió que sus mejillas se ruborizaban de vergüenza y se apartó de la luz. Oyó cómo los paroxismos del niño menguaban más y más; y lágrimas de culpa le vinieron a los ojos.