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miércoles, 28 de junio de 2017

LA CASA DE LA AGONÍA (Luigi Pirandello)




Al entrar, el visitante dijo su nombre pero la vieja sirvienta que había abierto la puerta, o no había entendido o lo había olvidado. Por esa razón, desde hacía ya tres cuartos de hora él era, para toda aquella casa silenciosa, alguien sin nombre, "un señor que espera allí". "Allí" significaba en el salón.

En la casa, aparte de la negra -que con seguridad había regresado enseguida a la cocina-, no había nadie. El silencio era tal que el tic-tac lento de un antiguo reloj de péndulo, ubicado tal vez en el comedor, se oía pronunciadamente en el resto de las habitaciones, como si fuera el latido del corazón de la casa. Los muebles de cada uno de los cuartos, incluso de los más alejados, gastados pero en buen estado, con algo de rídiculo debido a sus diseños ya pasados de moda, daban la sensación de escuchar el tic-tac del reloj de péndulo, seguros de que nada nunca ocurriría en esa casa y que ellos permanecerían por siempre así, inútiles, admirándose o apiadándose mutuamente; o mejor todavía, pasarían su tiempo dormitando. Los muebles también tienen almas, especialmente los viejos; aquéllas provienen de los recuerdos de la casa donde han estado por tanto tiempo. Para corroborar dicha existencia, basta con que un mueble nuevo sea introducido entre ellos. Un mueble nuevo aún no posee alma, pero por el hecho mismo de haber sido elegido y comprado, tiene ya un imperioso deseo de poseerla. En esa situación, se puede observar cómo inmediatamente los viejos muebles lo miran mal: lo consideran una especie de intruso pretencioso, todavía ignorante e incapaz de decir algo, lleno de quién sabe qué tipo de ilusiones. Los otros, los muebles viejos, ya no se hacen ninguna ilusión, por eso están tan tristes: saben que con el tiempo los recuerdos comienzan a desvanecerse y con ellos se va el alma, que poco a poco ira debilitándose. Una vez cumplido esto, permanecen allí, descoloridos si son de tela, oscurecidos si son de madera, absolutamente callados también ellos. Si se da el caso, desgraciado, que algún recuerdo desagradable persista, corren el riesgo de terminar en la basura. Ese viejo sillón que está allí, por ejemplo, experimenta un auténtico tormento al ver el polvo que producen las polillas y que se acumula en una infinidad de montoncitos sobre la tabla de la mesita que está delante de él, y a la que aprecia mucho. Él es consciente de ser muy pesado, sabe de la debilidad de sus patas, especialmente de las traseras; tiene temor de ser agarrado por detrás -ojala esto no suceda nunca-, arrastrado y desplazado; con esa mesita delante se siente más seguro, al reparo. No querría que las polillas, afeándolo con todos esos groseros montoncitos de polvo sobre la tabla, terminaran provocando su transporte hasta el altillo.

Todas estas consideraciones y observaciones eran realizadas por el anónimo visitante olvidado en el salón. Casi absorbido por el silencio de la casa, habiendo ya perdido su nombre, daba la impresión de haber perdido también su condición de persona, convirtiéndose en uno de esos muebles en los que tanto había pensado, atento escuchar el tic-tac lento del reloj de péndulo que sonaba pronunciadamente, llegando hasta el salón a través de una puerta semiabierta.


De cuerpo pequeño, el visitante casi desaparecía en el gran sillón oscuro de terciopelo violeta sobre el cual se había sentado. Desaparecía, también, bajo las ropas que llevaba. Los bracitos, las manitas casi había que buscarlas bajo las mangas y los pantalones. Era sólo una cabeza calva, dos ojos estirados y dos bigotitos de ratón.

Evidentemente, el dueño de casa había olvidado la invitación de encontrarse que le había hecho. Más de una vez desde que había llegado, el hombrecito se preguntaba si era todavía su derecho permanecer allí sentado, esperándolo, traspasado ya todo límite de tolerancia respecto a la hora acordada. Pero él ya no esperaba al dueño de casa. Más aún, si éste hubiera aparecido, el hombrecito habría experimentado una sensación desagradable. Allí, tendiendo a confundirse con el sillón donde estaba sentado, con sus ojos estirados fijos y una angustia que crecía a cada instante, el visitante esperaba otra cosa, mucho más terrible: un grito que viniera desde la calle, y que le anunciara la muerte de alguien, de un transeúnte cualquiera que pasara por debajo de la ventana de aquel salón de un quinto piso; la muerte de uno de los muchos que caminaban por la calle en ese momento -hombres, mujeres, jóvenes, viejos, niños- produciendo ese murmullo confuso que llegaba a sus oídos. Y todo esto porque un gran gato pardo había entrado al salón sin notar su presencia, pasando por el espacio vacío que dejaba la puerta semicerrada, y de un salto se había subido al alféizar de la ventana abierta.

De todos los animales, el gato es el que menos ruidos hace; no podía faltar en una casa como ésta, llena de silencio.
Contra el rectángulo azulado de la ventana se recortaba un vaso con geranios rojos. El azul, antes vívido y ardiente, poco a poco había declinado hacia un violeta, como si la noche -que tardaba en llegar- hubiera echado un soplo de sombras sobre él. Las gaviotas que daban vueltas en bandadas, parecían haber enloquecido a causa de aquella última luz del día y cada tanto lanzaban agudísimos chillidos y se lanzaban violentamente contra la ventana como si quisieran entrar al salón; pero enseguida, ni bien apoyaban sus patas en el alféizar, volvían a levantar vuelo. Pero no todas. Primero una, luego otra, cada tanto, se metían debajo del alféizar. No se llegaba a entender cómo ni tampoco por qué.

Por curiosidad, antes de que el gato entrase, él se había acercado a la ventana, había corrido apenas un poco el vaso de geranios y se había asomado, tratando de encontrar una explicación. Y la había encontrado: un pareja de gaviotas había hecho su nido justo debajo del alféizar de aquella ventana.

Ahora bien, lo terrible de la situación era que nadie de los que continuamente pasaban por la calle, absortos en sus cuestiones y sus tareas, podía ponerse a pensar en un nido que colgaba debajo del alféizar de una ventana de un quinto piso de una de las tantas casas que había en esa calle; ni tampoco en un vaso de geranios rojos puesto sobre ese alféizar, ni mucho menos en un gato que intentaba cazar a las dos gaviotas del nido. Y menos todavía podía pensar en la gente que iba y venía por la calle debajo de la ventana el gato, que ahora, agazapado detrás del vaso, movía apenas la cabeza, siguiendo con los ojos perdidos en el cielo el vuelo de aquellas bandadas de gaviotas que, pasando por frente a la ventana, chillaban ebrias de aire y de luz. Al paso de cada bandada, agitaba apenas la punta de la cola que le colgaba, listo para atrapar con las uñas a la primera gaviota que intentara meterse en el nido.

Él, y solamente él, sabía que ese vaso rojo con geranios, al ser golpeado por el gato, se precipitaría hacia la calle y terminaría su caída en la cabeza de alguien. El vaso ya se había corrido de lugar dos veces debido a los movimientos impacientes del gato; ya estaba casi sobre el borde del alféizar. El hombre respiraba con dificultad y tenía la cabeza cubierta de gotas de sudor como perlas. Le resultaba tan insoportable la ansiedad de aquella espera que hasta llegó a pensar -diabólicamente- ir él mismo, en silencio y agachado, con un dedo extendido, hasta la ventana, y darle el último empujón al vaso, sin esperar a que lo hiciera el gato. Por lo demás, el siguiente golpe, por más leve que fuera, consumaría el hecho. No había nada por hacer.

Al haber sido reducido por el silencio de la casa, él ya no era nadie. Era el silencio mismo, medido por el tic-tac del reloj de péndulo. Él era esos muebles, testigos mudos e impasibles de la desgracia que estaba a punto de suceder allá abajo, en la calle, y de la cual ellos aquí arriba no se habrían enterado jamás. Sólo él la conocía, y de casualidad. Hacía ya un buen rato que no debía estar ahí. Podía hacer de cuenta, entonces, que en el salón no había nadie, y que el sillón al cual estaba como atado por la fascinación de la fatalidad que pendía -allí, en el borde del alféizar- sobre la cabeza de un completo desconocido, se encontraba desocupado. Era inútil que él modificara esa fatalidad: la combinación natural del gato con el vaso de los geranios rojos y el nido de las gaviotas. El vaso estaba allí, precisamente, para ser expuesto en la ventana. Si él lo hubiera movido para impedir la desgracia, habría cumplido su objetivo sólo por hoy; mañana, la vieja sirvienta negra habría colocado nuevamente el vaso sobre el alféizar: justamente porque el alféizar era el lugar de ese vaso. Y el gato, espantado hoy, volvería también mañana a sus intentos de atrapar a alguna de aquellas gaviotas.
Era inevitable.

El vaso había sido empujado todavía un poco más allá: ya estaba casi un dedo por fuera del borde del alféizar.

Él no pudo soportarlo más y huyó. Bajando por la escalera tuvo una idea fugaz: llegaría a la salida justo a tiempo para recibir sobre su cabeza el vaso de geranios que precisamente en ese momento comenzaba a caer desde la ventana.



martes, 27 de junio de 2017

TODO ES CINE (Manuel Vicent)



La goleta estaba fondeada en aguas de Denia y durante el descanso del rodaje Bette Davis, vestida de Catalina la Grande de Rusia, se paseaba entre las redes de los pescadores por la explanada del puerto devorando un bocadillo de carne de gato. En el año 1958 se rodó la película John Paul Jones en esa costa del Mediterráneo, dirigida por John Farrow, y en ella muchos extras del pueblo se codearon con otros actores de fama, Robert Stack, Marisa Pavan, Jean-Pierre Aumont, pero entre tantas estrellas Bette Davis era la diva que tenía la nariz más alzada. Un paisano de Denia se había hecho con la intendencia de aquella tropa. Preparar tres comidas diarias para medio centenar de técnicos y artistas caprichosos no era tarea fácil en un tiempo en que el espectro del hambre de posguerra acababa de abandonar las despensas.

Bette Davis era una carnívora militante. En el rodaje se la veía dura y majestuosa bajo el ropaje de Catalina la Grande en la popa de la goleta y esa misma crueldad de zarina, fuera de la escena, la ejercía también con aquel paisano encargado del avituallamiento, que no lograba servirle la calidad de carne que ella exigía. Las carnicerías estaban mal abastecidas y tampoco había ganado para sacrificar con las propias manos. El problema se fue agravando a medida que la cólera de Catalina la Grande aumentaba y la carne disminuía. Llegado el punto crítico Bette Davis amenazó al productor Samuel Broston con dejar el rodaje si no despedía a un tipo como aquél, incapaz de suministrarle carne de primera.

Ante la inminente pérdida del negocio este hombre pidió ayuda a un amigo en la barra de un bar, quien encontró el remedio de fortuna para dar gusto a la zarina. Esa misma noche los dos se fueron de caza por los pueblos de alrededor y lograron capturar un par de docenas de gatos. Como la carne de gato macerada presenta un color rojo demasiado impúdico la aderezó con una salsa de tomate para enmascararla y al día siguiente ofreció este plato a la diva con todos los honores. Esperó el veredicto con el ánimo suspendido. Después del primer bocado Bette Davis lanzó un grito de entusiasmo. Más, quería más. Era una carne magnífica. Con lo cual no quedó un minino en todo el contorno. He aquí un dato para cinéfilos. En 1958 Bette Davis se comió ella sola en Denia lo menos 20 gatos y a eso debió tal vez su carácter. ¿No se da esta noche en Hollywood un Oscar al mejor catering?




lunes, 26 de junio de 2017

LA CONFESIÓN (Dino Buzzati)



La señora Laurapaola se hallaba indispuesta en la cama, algo sin importancia, cuestión de tres o cuatro días, había dicho el médico. Hacía tiempo que sufría estos molestos achaques, pero sus familiares no se lo tomaban muy en serio sosteniendo que era una maniática, e incluso el médico decía que no había motivos para preocuparse.

Por la tarde, mientras estaba medio adormilada, la doncella le anunció al padre Quarzo, del vecino convento de los franciscanos, donde Laurapaola iba asiduamente a confesarse. ¿Por qué habría venido?

—Buenos días, querida hija —dijo el padre Quarzo al entrar—. Pasaba por aquí, estaba haciendo un recorrido en favor de mis pobres niños jocomelíticos, pensaba llamar a su puerta también. Y me dicen que usted… ¡Pero eso no puede ser! Vamos, vamos, ánimo, quiero verla sana y diligente como siempre. ¡Una señora moderna y activa como usted! Pero, a propósito… ¿Cómo es que ya no veo a aquella simpática viejecita que me abría siempre la puerta?

—Ay, no me hable, padre —dijo Laurapaola—. Demasiado vieja, ya no entendía nada, no hacía nada a derechas, he tenido que despedirla.

—¿Cuánto hacía que estaba con usted?

—Quien sabe, desde que nací siempre la he visto en esta casa. Y creo que ya entonces llevaba aquí varios años.

—¿La ha despedido?

—¿Y qué iba a hacer? Por fuerza, padre. Esta casa no es un asilo de ancianos…

—Entiendo, entiendo —dijo el padre Quarzo—. Pero cuénteme, hija mía, ¿qué ha hecho este verano?

Entonces Laurapaola empezó a referir los acontecimientos del verano, el viaje a España, las corridas, la boda de su joven cuñada en Arezzo, luego el crucero en barco, hasta Chipre y Anatolia.

—En agradable compañía, supongo…

—Desde luego, padre. Éramos ocho, si le contase qué días, qué alegría, qué sol, nunca me he divertido tanto.

—O sea que su marido, por fin, se tomó unos días de descanso, ¿no es así?

—Ah, no. Mi marido no soporta el mar. Y además tenía un montón de cosas que hacer, no sé qué congresos en Francia y en Suecia.

—¿Y los niños?

—¡Oh, mis hijos! Se quedaron en el colegio en Suiza, un verdadero paraíso, sabe usted, para ellos aquello son vacaciones todo el año.

Hablaba y hablaba, la nueva casa en Porto Ercole, las clases de yoga («Hasta espiritualmente, padre, uno se siente transformado, ¿sabe?»), el próximo viaje a Saas Fee, la última subasta de cuadros, hablaba y hablaba, todo su rostro aparecía encendido.

El padre Quarzo escuchaba. Sentado, permanecía rígido como una estatua. Ya no sonreía.

—Hija mía —dijo al fin— , ya ha hablado bastante, no querría que se fatigase —se levantó cuan largo era—. Ahora le daré la absolución.

—¿Cómo?

—¿No la quiere, hija mía?

—Oh, no, padre… Al contrario, gracias… Pero no comprendo…

—In nomine Patris et Filii —empezó el padre Quarzo, con expresión severa. Y también ella entrelazó sus manos.

Así Laurapaola supo que había llegado su hora.


domingo, 25 de junio de 2017

EL ÚLTIMO VIAJE EN EL TIEMPO DE CAMILO UNZUÉ (Sebastián Beringheli)



Después de casi sesenta años operando la máquina del tiempo, a lo largo de los cuales cosechó la admiración de sus colegas, el respecto de sus superiores, y la veneración casi histérica de sus aprendices, Camilo Unzué se enfrentó a su último viaje. Nunca, antes o después, se otorgó un privilegio semejante.

Ese último viaje estaba libre de protocolos: no había una misión que seguir, ni parámetros que cumplir, ni incipientes agitadores a los cuales asesinar. Debido a su probada lealtad al proyecto, se permitió que Unzué decidiera el destino de su último viaje en el tiempo.

Tampoco hicieron falta los estudios psicológicos de rigor, diseñados para evaluar posibles brotes psicóticos en el viajero del tiempo. En seis décadas de trabajo, Unzué jamás había estropeado una línea temporal. Su semblante etrusco, casi anodino, producía una absoluta indiferencia, motivo por el cual fue capaz de visitar épocas remotísimas, así como futuros increíblemente distantes, sin causar jamás asombro o curiosidad.

A lo largo de esos sesenta años Unzué se privó de cualquier beneficio o placer producto del conocimiento cabal de lo que fue y será: suprimió el deseo de asfixiar a Mussolini en su cuna, de quemar el Malleus Malleficarum, de salvar las vocales egipcias; esquivó la mirada entalcada de Madame de Pompadour, los secretos de Leonardo, la hirsuta geografía púbica de las chicas prerrafaelitas; y calló, como un monje de clausura, la verdadera identidad de Shakespeare, la roña proverbial de Epicuro, las varices de Helena de Troya.

A un hombre de semejante prudencia se le podía dar el beneficio de elegir su último viaje en el tiempo; aunque tiempo, curiosamente, era lo único que le faltaba a ese hombre.

El día de su cumpleaños número ochenta y cinco, ya encorvado y decrépito por los constantes viajes por las fronteras del tiempo, Unzué se subió por última vez a la máquina.

Muchos pensaron que su destino acaso sería el futuro. Unos 2000 o 3000 años hubiesen bastado para arribar a una época en la que nadie moriría de viejo, pero Unzué era un tipo impredecible. Situó el temporizador en el pasado; exactamente ochenta y tres años atrás.

Llegó a Buenos Aires en plena madrugada. Forzó una vieja puerta de rejas, atravesó un largo patio, y con absoluto sigilo se introdujo en una habitación modesta, saturada de humedad y olor a lavanda. Dos personas, un hombre y una mujer, dormían profundamente en el lecho matrimonial. Unzué, extraordinariamente hábil, se deslizó entre los dos cuerpos, se acurrucó entre ellos, y murió en la cama de sus padres.


sábado, 24 de junio de 2017

UNA EJECUCIÓN (George Orwell)



Ocurrió en Birmania, una mojada mañana durante la estación de las lluvias. Una luz enfermiza, como de papel de aluminio amarillento, se colaba sobre los altos muros y llegaba hasta el patio de la cárcel. Estábamos esperando cerca de las celdas de los condenados, que eran unos cobertizos semejantes a pequeñas jaulas para animales cerrados frontalmente por barrotes dobles. Cada celda medía alrededor de diez pies cuadrados y se hallaban completamente vacías a excepción de un tablón para dormir y un jarro con agua. En algunas de ellas se agazapaban, agarrados a los barrotes interiores, unos hombres morenos y silenciosos, envueltos en sus mantas. Eran los condenados, que serían ahorcados entre la próxima semana y la siguiente.

Sacaron de su celda a un prisionero. Era un hindú, un hombre delgado e insignificante con la cabeza afeitada y unos ojos vagos y acuosos. Tenía un bigote espeso y saliente, absurdamente grande para su pequeño cuerpo; parecía más bien un bigote como los de los actores cómicos de las películas. Seis altos carceleros hindúes lo custodiaban y lo preparaban para la horca. Dos de ellos se mantenían firmes con rifle y bayoneta calada, mientras que los otros le ponían unas esposas y pasaban una cadena a través de las esposas para sujetarlo a sus cinturones, además con una soga le ataban los brazos apretadamente contra su costado. Luego se apiñaron alrededor suyo, posando sus manos sobre él de forma cuidadosa, como acariciándolo. Parecía como si quieran asegurarse de que se encontraba allí. Eran como hombres que sostienen en las manos un pescado todavía vivo y que puede saltar de regreso al agua. Pero el hombre no oponía resistencia; sometía sus brazos a la soga como si apenas se diera cuenta de lo que ocurría.

Dieron las ocho, y un toque de corneta desoladoramente débil en el aire húmedo, llegó flotando desde los distantes cuarteles. El superintendente de la cárcel, que se hallaba apartado del resto de nosotros, con aire pensativo, pasando su bastón por la arena, levantó la cabeza al oír el sonido. Era un médico militar, con un bigote gris que parecía un cepillo y de voz áspera.

-¡Por Dios, dese prisa, Francis! -dijo irritado- Ese hombre ya tendría que estar muerto a esta hora. ¿No está listo todavía?

Francis, el jefe de carceleros, un grueso dravida que llevaba uniforme de dril y anteojos dorados, agitó su negra mano.

-Sí señor, sí señor -balbuceó-. Todo está satisfactoriamente preparado. El verdugo está esperando. Procedemos enseguida.

-Bueno, a toda marcha entonces. Los presos no pueden desayunar hasta que terminemos esto.

Nos encaminamos al patíbulo. Dos guardias marchaban uno a cada lado del condenado, con los rifles al hombro; otros dos marchaban junto a él, sujetándolo por brazos y hombros, como empujándolo y sosteniéndolo al mismo tiempo. Los demás, los magistrados y los otros, los seguíamos. De pronto, cuando habíamos recorrido diez yardas, la procesión se detuvo en seco sin que mediara ninguna orden o advertencia previa. Había ocurrido una cosa horrible: un perro, venido quién sabe de dónde, había aparecido en el patio. El animal se acercó hasta nosotros brincando y ladrando fuertemente. Saltaba a nuestro alrededor sacudiendo todo su cuerpo, loco de alegría al encontrar tanta gente. Era un perro muy lanudo, medio Airedale, medio callejero. Correteó durante un momento a nuestro alrededor y luego, antes de que nadie pudiera detenerlo, se fue derecho sobre el prisionero, tratando de lamerle la cara. Todos nos quedamos estupefactos, demasiado sorprendidos para intentar apartar al perro.

-¿Quién dejó entrar a ese maldito animal? -dijo enojado el superintendente- ¡Que alguien se lo lleve!

De la escolta salió un guardián que intentó, con bastante torpeza, sujetar el perro, pero éste saltó y se puso fuera de su alcance, tomando todo como parte del juego. Un joven carcelero euroasiático cogió un puñado de piedrecillas y trató de alejar al animal arrojándoselas, pero el perro las esquivó y vino de nuevo hacia nosotros. Sus ladridos resonaban contra los muros de la cárcel. El prisionero, sujeto por guardianes, miraba sin curiosidad, como si ésta fuera otra formalidad de la ejecución. Pasaron varios minutos antes de que alguien se las arregló para agarrar al perro. Entonces le sujetamos pasando mi pañuelo a través de su collar, y proseguimos nuestra marcha mientras el perro intentaba soltarse y se quejaba.

Faltaban unas cuarenta yardas para llegar a la horca. Miré la espalda desnuda y morena del prisionero, que marchaba delante de mí. Caminaba desgarbadamente al llevar los brazos atados, pero muy decididamente, con ese balanceo de los hindúes, que nunca enderezan las rodillas. A cada paso se movían sus músculos, los cabellos de su cabeza se movían arriba y abajo, y sus pies dejaban huellas impresas en la tierra húmeda. Y en un momento, a pesar de los hombres que le sujetaban los hombros, se hizo levemente a un lado para evitar un pequeño charco del camino.

Es curioso, pero hasta ese instante yo nunca me había dado cuenta de lo que significa matar a un hombre que tiene salud y es consciente. Cuando vi al prisionero hacerse a un lado para evitar el charquito comprendí el misterio, el indescriptible error de arrancar una vida humana cuando se halla en todo su vigor. Aquel hombre no se estaba muriendo, estaba tan vivo como nosotros. Todos los órganos de su cuerpo funcionaban: los intestinos digiriendo los alimentos, la piel renovándose, las uñas creciendo, los tejidos formándose. Todo ello trabajando sin sentido. Las uñas aún estarían creciendo cuando él se hallara sobre la plataforma, cuando estuviera cayendo por el aire con una décima de segundo de vida por delante. Él seguía viendo la grava amarillenta y los muros grises, y su cerebro todavía recordaba, preveía, razonaba..., sí, razonaba incluso acerca de los charcos. Él y nosotros formábamos un grupo de hombres que caminaban juntos, viendo, oyendo, sintiendo, comprendiendo el mismo mundo. Y en dos minutos, tras un brusco chasquido, uno de nosotros no estaría más... una mente menos, un mundo menos.

La horca se levantaba en un pequeño patio separado del cuerpo principal de la prisión y cubierto de una maleza alta y espinosa. Era una instalación de ladrillo, como tres paredes de un cobertizo, cubierta con tablas y por encima de éste dos vigas y un travesaño del cual colgaba la soga. El verdugo, un convicto de cabellos canos vestido con el uniforme blanco de la prisión, esperaba debajo. Cuando entramos nos saludó inclinándose servilmente. A una orden de Francis los dos guardianes, que sujetaban al prisionero más fuertemente que nunca, en parte le condujeron y en parte le empujaron hacia la horca, ayudándole torpemente a subir la escalera. Entonces subió el verdugo y colocó la soga alrededor del cuello del condenado.

Nos quedamos esperando, a cinco yardas de distancia. Los guardianes habían formado un tosco círculo alrededor del patíbulo. Y entonces, cuando el lazo corredizo estaba colocado, el prisionero comenzó a llamar a gritos a su dios. Era un grito fuerte y reiterado, "¡Ram!, ¡Ram!, ¡Ram!", no urgente y temeroso como un rezo o una llamada de auxilio, sino continuo y rítmico, casi como el tañido de una campana. El perro contestó con unos lamentos. El verdugo, de pie sobre el tablado, tapó el rostro del condenado con un saquito de algodón parecido a los de harina. Pero seguía oyéndose, a través de la tela, el grito que persistía, una y otra vez: "¡Ram!, ¡Ram!, ¡Ram!".

El verdugo bajó y sujetó la palanca, listo para actuar. Parecieron transcurrir minutos. El constante y apagado grito proseguía sin cesar: "¡Ram!, ¡Ram!, ¡Ram!". El superintendente, con la barbilla inclinada sobre el pecho, removía lentamente la tierra con su bastón; tal vez estuviera contando los gritos, concediendo al prisionero un número determinado de éstos, cincuenta quizás, o cien. Todos habían cambiado de color. Los hindúes se habían puesto grises como un café malo, y una o dos de las bayonetas temblaban. Mirábamos al hombre amarrado y encapuchado sobre la plataforma, y escuchábamos sus gritos... Cada uno de ellos representaba otro segundo de vida. Todos teníamos el mismo pensamiento: "¡Por favor, mátenlo pronto, acaben de una vez, terminen con ese ruido abominable".

De pronto el superintendente se decidió. Levantó la cabeza e hizo un rápido ademán con el bastón.

-¡Chalo! -exclamó casi ferozmente.

Se produjo un ruido estridente, y luego un silencio mortal. El prisionero había desaparecido por la trampa y la soga se enroscaba sobre sí misma por el peso que tenía más abajo. Solté al perro y éste se encaminó enseguida hacia la parte posterior de la horca, pero cuando llegó allí se detuvo bruscamente y luego se retiró a un rincón del patio, donde se quedó entre los arbustos, mirándonos con temor. Dimos la vuelta a la parte descubierta de la horca para inspeccionar el cuerpo. Éste se balanceaba con los dedos de los pies apuntando al suelo; giraba muy lentamente, inerte como una piedra.

El superintendente alargó el bastón hasta tocar el cadáver desnudo y moreno, que osciló levemente.

-Perfecto -dijo.

Se alejó de la horca y exhaló un profundo suspiro. La expresión de enfado había desaparecido de pronto de su rostro. Echó una mirada a su reloj de pulsera.

-Las ocho y ocho minutos. Bueno, eso es todo por esta mañana, a Dios gracias.

Los guardianes retiraron las bayonetas de los fusiles y se alejaron. El perro, tranquilo y consciente de haberse portado mal, se marchó tras ellos. Salimos del patio donde se levantaba la horca, pasamos después ante las celdas de los condenados con los prisioneros que esperaban, y entramos en el gran patio central de la prisión. Los convictos, custodiados por carceleros armados con lathis, ya estaban recibiendo el desayuno. Se hallaban sentados en cuclillas, formando largas filas; cada hombre tenía un cazo de estaño, mientras que dos guardianes con baldes les servían arroz con cucharones. Después de la ejecución, aquella parecía una escena doméstica y alegre. Experimentábamos un enorme alivio ahora que la tarea estaba terminada. Un impulso de cantar, de echar a correr, de bromear. A un mismo tiempo todo el mundo empezó a charlar alegremente.

El muchacho euroasiático que caminaba a mi lado volvió la cabeza hacia el camino por donde habíamos venido, sonriendo como persona entendida.

-¿Sabe usted, señor? Nuestro amigo -dijo refiriéndose al ahorcado-, cuando supo que se había desechado su apelación, se orinó sobre el piso de su celda. De miedo que tenía. Por favor, señor, sírvase uno de mi cigarrillos. ¿No le resulta estupenda mi nueva pitillera de plata, señor? De un vendedor ambulante, dos rupias y ocho annas. De clásico estilo europeo.

Algunos se rieron, aunque nadie pareció estar seguro del motivo.

Francis caminaba junto al superintendente, parloteando sin cesar.

-Y bien, señor, todo ha transcurrido muy satisfactoriamente. Terminó así... ¡flik! No siempre es así, ¡oh! ¡no! He conocido casos en que el doctor tuvo que ir hasta la horca y tirar de las piernas del prisionero para estar seguro de la muerte. ¡Sumamente desagradable!

-¿A tirones, eh? ¡Qué feo! -dijo el superintendente.

-¡Oh! Es peor cuando se ponen tercos, señor. Un hombre, recuerdo, se agarró a los barrotes de su celda cuando fuimos a buscarlo. No podrá creerlo, señor, pero se necesitaron seis carceleros para sacarlo, tres tirando de cada pierna. Nosotros razonábamos con él. "Buen hombre", le dijimos, "piensa en todas las molestias y retrasos que nos estáss causando". Pero, ¡nada! ¡No hacía caso! Fue de lo más fastidioso.

Descubrí que me estaba riendo a carcajadas. Todos se reían. Hasta el superintendente sonreía indulgentemente.

-Será mejor que salgamos todos a tomar un trago -dijo muy animado-. En el coche tengo una botella de whisky; nos vendrá bien.

Traspasamos las grandes verjas dobles de la prisión y salimos al camino.

-¡Conque tirándole de las piernas! -exclamó de pronto un magistrado birmano, estallando en una carcajada.

Todos volvimos de nuevo a reírnos. En ese momento la anécdota de Francis parecía extraordinariamente cómica. Nativos y europeos bebimos juntos, amigablemente. El cadáver se hallaba a cien yardas de nosotros.


viernes, 23 de junio de 2017

EL TURISTA (Fabio Morábito)


Fueron a ver la piedra esa misma tarde, acompañados por el médico Patak. El conde ya había dado instrucciones al posadero Matías de despertarlo muy temprano al día siguiente porque la jornada de viaje hasta Kolosvar era larga y quería llegar antes de que anocheciera. También el posadero judío, con sus ademanes ceremoniosos, había insistido en las bondades de la aldea:

–Una breve estancia en Werst no le caería a usted mal, señor conde. Aunque este pueblo no puede competir con París, su clima y los paisajes de los alrededores son lo más adecuado para la convalecencia de su señoría.

–No sé quién le dijo que estoy convaleciente, nunca me he sentido tan en forma.

La piedra a la que se refería el alcalde Koltz, situada en un recodo del camino principal, era un trozo alto y negro de basalto que parecía haberse desgajado con las lluvias de la pared del cerro. El conde no vio nada notable en él y cuando el alcalde Koltz le pidió su opinión, dijo:

–Es de basalto.

–Un basalto muy especial, señor conde, el basalto de Werst, único en su tipo. Mire las vetas, no encontrará otras semejantes en ninguna parte. Esa piedra bien vale la pena de que permanezca unos cuantos días con nosotros para estudiarla con todo detenimiento.

–No soy muy amante de las piedras.

–Entonces le interesará la Cueva del Sonámbulo, una de las grutas más hermosas que pueden verse por estos parajes.

Anduvieron medio kilómetro hasta entroncar con una vereda que se internaba en la espesura siguiendo el flanco rocoso del cerro. Llegaron a una abertura angosta cubierta por la vegetación y ahí entró el alcalde Koltz.

Lo que vio el conde no fue una gruta sino una entrante en la montaña, un nicho de respetables proporciones, un refugio ideal para un hombre durante una tormenta, nada más.

–Observe las rugosidades de la roca. Algo digno de verse.

–Ya veo...

–Se la conoce como la Cueva del Sonámbulo –intervino el doctor Patak– porque aquí, a veces, un hombre del pueblo, un sonámbulo...

El conde no pudo oír la letanía del doctor; un desgarre en el costado derecho lo obligó a apoyarse en la pared de la cueva.

–¿Le pasa algo?

Negó con un gesto de la mano y cuando volvió a enderezarse le lloraban los ojos. Ninguno de los dos hombres hizo el menor comentario. Después, mientras iban de regreso al camino principal, el doctor Patak exclamó:

–No hay nada mejor que el clima de Werst para aliviar las dolencias del hígado.

–Nada mejor –le hizo eco el alcalde Koltz.

Llegando a la calzada el conde se detuvo:

–Gentiles señores, les ruego que me disculpen pero tengo que poner fin a este hermosísimo paseo. Mañana me espera un viaje largo y fatigoso.

El doctor Patak sonrió:

–Entendemos, pero no puede marcharse de Werst sin ver la Mosca de Frick. Sí, oyó usted bien. Frick es uno de los pastores de la aldea. Hay una mosca en su casa que es preciso ver, lleva años viviendo en la cocina. Puede afirmarse que se trata de una mosca domesticada, la primera en su género. Le ruego que nos acompañe, la casa del pastor no queda lejos.

Llegaron en cosa de dos minutos a una modesta construcción de piedra con los muros sin encalar y el establo en la parte trasera. Varios niños aparecieron detrás de la figura de Frick cuando se abrió la puerta. Inmediatamente se abrieron las puertas de las otras casas y varios curiosos penetraron detrás del doctor para ver al ilustre visitante y sólo se detuvieron al llegar al umbral de la cocina del pastor, formando un muro de orejas y ojos. En el centro de la cocina el alcalde Koltz señaló un puntito en la pared junto al fregadero.

–Ahí la tiene. Es Adelaida.

Los presentes guardaron silencio. El conde se acercó despacio para no asustar al insecto. La mosca apenas se movía. Era una mosca común y corriente. Se preguntó cómo podrían saber el dueño de la casa y las otras personas que era siempre la misma. El pastor pareció adivinar su pensamiento porque se acercó y le dijo en voz baja, pero no tanto como para que no lo oyeran todos:

–Es inconfundible: observe las estrías del abdomen, las nervaduras de las alas transparentes; un dibujo raro, único en su género. Mi tía Adelaida, que en paz descanse, tenía en el rostro unas arrugas parecidas, por eso le pusimos su nombre a la mosca.

La mosca pareció adivinar que la miraban y empezó a moverse en redondo para lucir sus encantos. Era tanto el silencio que tal vez se hubiera oído el roce de sus patas contra la pared. El conde no podía creer en tanta absurdidad. Ahí estaba en medio de esa gente contemplando una mosca en un muro. Sus padres lo mandaban a codearse con la mejor sociedad de Europa y a sólo tres días de comenzado el viaje él perdía el tiempo en esa tosca casa, rodeado de campesinos, mirando una mosca. Un cierto recogimiento reinaba en la cocina. Tal vez fue ese silencio o el dolor del hígado la causa de que una súbita tristeza se apoderara de su ánimo. Creyó percibir un vago acomodamiento interno para hacer lugar a esa presencia que afloraba entre sus órganos y pensó que hay piedras que, rodando y rodando, llegan a encontrar un alvéolo exacto y definitivo y que de algún modo misterioso han de percibirlo cuando ocurre. Así su mirada: se había petrificado como si contemplara un majestuoso paisaje y no un minúsculo ser vivo.

Esa noche en la posada no pudo dormir por las punzadas en el hígado. Soñó todo el tiempo con la mosca. Era ella la que le causaba las punzadas. Se le metía en el cuerpo por la boca y lo martirizaba lentamente. Después su hígado aparecía pegado a la pared de la cocina, junto al fregadero, todos lo miraban.

–Mire esas estrías –decía el doctor Patak, y él ponía atención, preocupado. De pronto aparecía la mosca, que volaba hasta posarse sobre el hígado y empezaba a chuparlo y conforme lo chupaba se iba hinchando hasta adquirir unas dimensiones monstruosas y las estrías de su abdomen se dilataban mostrando unas feas callosidades internas.

El posadero, cuando fue a tocar a su puerta al amanecer, lo encontró despierto y sudado y fue a llamar al doctor Patak, quien acudió, palpó el hígado, recetó un jarabe de su invención, puso en duda la conveniencia de proseguir el viaje con aquel dolor en el costado y habló de una jornada de reposo.

–¿Otro día aquí? –el conde volteó hacia la ventana con el rostro tenso. Los otros dos contuvieron la respiración.

–No quise ofenderlos –balbució.

Se vistió, bajó a desayunar y pidió que le trajeran el jarabe.

Después del desayuno lo llevaron a pasear por los pastizales junto al río.

–Observe, señor conde –dijo el alcalde–, la particular curvatura del pasto.

El conde, que cada tanto se palpaba el flanco adolorido, recogió dos hilos de hierba, los observó por ambos lados, los miró a contraluz y dijo perentoriamente:

–Las estrías de esta hierba son diferentes de esta otra. Forman con el tallo un ángulo más agudo.

El doctor Patak y el alcalde Koltz se acercaron presurosos.

–Sí, hay una diferencia –dijeron.

El conde recogió otra hierba, la miró de la misma manera y dijo:

–En esta otra las estrías están más separadas, como si esta hierba necesitara respirar más hondamente, como si padeciera insuficiencia pulmonar.

–Ya veo, ya veo –dijo el doctor Patak.

El conde dejó caer los tres hilos de hierba y miró la amplia extensión de los pastizales que tenía enfrente. No vio una extensión homogénea sino un hervidero de pulsaciones, de luchas individuales, de agresiones y resistencias. Vio la enemistad y el caos generalizado que reinaban ahí y presintió la miseria que significa arraigar, tener raíces y luchar para no perderlas. El doctor Patak y el alcalde Koltz también miraron. Frente a ellos apareció una superficie plana que olía a estiércol. Vieron que el conde acababa de arrancar un fleco de hierba y se acercaron nerviosos. Fue el alcalde quien dijo:

–Ese fleco se parece a la escoba de la viuda Hermod. Una escoba única en su tipo. Valdría la pena que usted la viera. La casa de la viuda Hermod queda a dos pasos.

Llegaron en cinco minutos. La viuda Hermod estaba dando de comer a las gallinas. Los hizo entrar, trajo la escoba, se disculpó y regresó al gallinero. Los tres hombres se sentaron en la cocina a mirar la escoba. El conde fue separando las cerdas con los dedos; las convocaba un momento, las encerraba en un breve paréntesis de paz, luego las devolvía a la voracidad de las otras, viendo cómo naufragaban al instante. La escoba era profunda y vasta como un océano.

Esa noche la molestia del hígado le arrancó unos bramidos en el insomnio. El doctor llegó al amanecer, llamado por el posadero.

–Este hígado necesita reposo.

–Me prometió que podría partir hoy.

–No se lo aconsejo. Kolosvar queda lejos.

–¡Kolosvar queda lejos, Kolosvar queda lejos! ¿Qué tan lejos queda, demonios?

El doctor y el posadero se miraron; el conde volteó la cara, hizo un gesto vago de disculpa, por último tomó el frasco de jarabe que estaba sobre el buró y se sirvió una cucharada bajo la mirada benévola del doctor.

En la tarde, para que no se aburriera, lo llevaron a ver El Borde Descarapelado del Fregadero de la Señora Riatzy. El alcalde Koltz y el conde tomaron dos sillas y se encararon al fregadero mientras el doctor Patak y la señora Riatzy desaparecieron en la alcoba aprovechando que el señor Riatzy no estaba en casa.

–¿Qué es ese ruido? –preguntó el conde.

–Es el doctor Patak... solazándose con la señora Riatzy.

Cuando los dos entraron en la alcoba la señora Riatzy hizo el ademán de cubrirse, pero el alcalde Koltz la fulminó con la mirada:

–El señor conde quiere ver a El Doctor Patak Que Se Solaza Con La Señora Riatzy.

La señora Riatzy abrazó con fogosidad al doctor, que se le había subido y la penetraba con unas embestidas rápidas. El alcalde y el conde se encorvaron un poco para ver mejor.

–Una muestra única en su género –murmuró el alcalde Koltz.

La señora Riatzy, con los ojos desorbitados, exclamó:

–¡Ah, me encanta ponerle cuernos a mi esposo, el señor Riatzy!

El doctor exclamó:

–¡Ah, me encanta ponerle cuernos al señor Riatzy montándome a su mujer, la señora Riatzy!

El orgasmo los trenzó como dos lagartos.

–Observe las sacudidas –dijo el alcalde Koltz.

Saliendo de ahí, el conde sintió alivio en el hígado e invitó a sus dos acompañantes a tomar una cerveza de despedida en la posada.

–Su jarabe comienza a hacer efecto, doctor. Voy a comprarle un par de frascos.

–Créame –dijo el alcalde Koltz–, nuestro pueblo vale la pena de que permanezca un tiempo con nosotros.

El conde se limitó a sonreír. No hubiera resistido un día más la compañía de esos dos hombres. París le pareció tan vasto que aunque quedara lejos no dudó de que su benéfico influjo se haría sentir al dejar atrás los últimos pastizales excrementicios de la aldea. Levantó su tarro de cerveza y exclamó:

–¡Salud!

Esa noche soñó que ya estaba en París, en la Ópera, y los palcos rebosaban de damas hermosas y la orquesta se acercaba vertiginosamente a los últimos acordes. El tenor dio un paso hacia el público, extendió un brazo y respiró antes de la nota final. En ese momento una mosca, inconfundiblemente Adelaida, se le metió zumbando a la boca y lo ahogó.

El conde dio un salto. Alguien tocaba a la puerta. Era el posadero que venía a despertarlo al amanecer, como habían convenido.

–¡Ya voy!

Se vistió lentamente mientras empezaba a clarear afuera. Se palpó el costado derecho, sin novedad. Luego se acercó a la ventana y miró los pastizales que como una húmeda pizarra se extendían alrededor de las últimas casas. Un cierto nerviosismo recorrió su cuerpo. La luz lívida del amanecer los volvía inconcretos y demasiado próximos y parecían flotar junto al vidrio. Se quedó mirándolos fijamente, a medio vestir, entumido de frío, sin moverse. Se sintió invadido por la presencia multitudinaria de la hierba, el poder igualador de la hierba, los brazos infinitos de la hierba, el diluvio de la hierba. Le pareció que él era una piedra que resbalaba por ese declive sordo e impío. El declive cesó cuando una repentina contracción en el hígado le produjo una floración que le llenó de cobre la boca; tuvo que apoyarse en la pared y apretar los párpados y vio una eternidad intraspasable de hierba a su alrededor que lo cercaba y lo cubría. Supo que ese era su alvéolo exacto y definitivo. Una sola lágrima, exprimida desde quién sabe qué meandro de su ser, brotó, fría y dura. El doctor Patak abrió la puerta y el posadero a su lado explicó aquella irrupción con sus ademanes ceremoniosos:

–Puesto que su señoría tardaba, pensé que se sentía mal y fui a llamar al doctor.

A éste le basto mirar la mucosa interna de sus párpados para aumentar la dosis de jarabe.

–Kolosvar queda muy lejos para este hígado.

Él, que se apretaba el flanco con una mano, no dijo nada.

Cuando se repuso un poco, después de consumir el ligero desayuno que le preparó el posadero, lo llevaron a ver El Recodo Enmohecido Del Conducto De Desagüe De Los Lavaderos Públicos y, en la tarde, El Margen Carcomido De La Contratapa De la Biblia Del Señor Tusnesdor.

–Observe las rugosidades del cuero –dijo el alcalde Koltz–, una muestra única en su género.

Y él, acercándose tímidamente, se extravió en aquel intrincado laberinto de nervaduras y estuvo recorriéndolas con un dedo como si siguiera en un mapa la ruta de algún viaje fantástico.



jueves, 22 de junio de 2017

UNA ESCENA CALLEJERA (José Manuel Benítez Ariza)


Al principio me parece que están haciendo algo nefando al pobre animal. La escena está ocurriendo en la parcela ajardinada que tengo frente a mi ventana: un hombre joven trata de envolver a un perro, que parece no poder moverse, en una manta; a su lado, sentada en el césped junto a un cochecito de niño que parece haber sido usado para llevar hasta allí al animal impedido, una chica lo mira en silencio. Poco a poco, por fortuna, el cuadro va adquiriendo un sentido distinto al que quisieron darle mis temores. El animal, por razones que ignoro, no se sostiene sobre sus patas, y el hombre le ha pasado una manta bajo el tronco con la intención de sostenerlo poco menos que en volandas y ponerlo en situación de apoyar sus extremidades en el suelo y ejercitarlas. No quiero imaginar el origen del daño: fracturas debidas a un accidente, quizá, o a malos tratos -y quiero suponer, en ese caso, que las personas que se esfuerzan por hacerle recuperar sus fuerzas lo han rescatado de un entorno cruel-. El caso es que el animal intuye que le están haciendo bien y mueve alegremente el rabo, y más cuando se acerca otra pareja con perro y el recién llegado lo ronda cariñosamente y se muestra extrañado de que su congénere no se le una en sus carreras. Cobra entonces un nuevo sentido la presencia del cochecito de bebé: el otro hombre ha traído lo que, desde mi ventana, parece un juego de alambres o de esas tiras de sujeción que usan los electricistas para atar los manojos de cables. Con su ayuda, los dos hombres se afanan en convertir el coche, con la ayuda de la manta de antes, en una especie de arnés con ruedas, en el que el perro inválido pueda sostenerse a una altura desde la que sus patas toquen el suelo. Pero el empeño no parece tener éxito: el animal está demasiado débil y prefiere dejarse arrastrar, antes de hacer ningún esfuerzo efectivo por impulsarse con sus extremidades. De vez en cuando, no obstante, atina a dar un paso, lo que provoca el regocijo general de los allí congregados, que lo alientan con palabras cariñosas y le dan palmaditas en el lomo. Quiero pensar que todo este designio obedece a las instrucciones de un veterinario y que el animal no resultará dañado por un trato imprudente. La escena se prolonga durante una hora. Luego, en un instante en el que dejo de prestarle atención, sus protagonistas desaparecen…