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martes, 17 de octubre de 2017

EL REY DE LAS BESTIAS (Philip José Farmer)


El biólogo guiaba al visitante en el interior del laboratorio y el zoológico.

—Nuestro presupuesto —dijo—, es demasiado limitado para recrear todas las especies extintas conocidas. Así que devolvemos a la vida sólo los animales superiores, los más bellos que fueron cruelmente exterminados. Por así decirlo, estoy tratando de compensar la crueldad y la estupidez. Se podría decir que el hombre abofeteaba el rostro de Dios cada vez que aniquilaba una especie del reino animal.

Hizo una pausa, y miraron más allá de los fosos y los campos de fuerza. Los cervatillos brincaban y galopaban, mientras el Sol les iluminaba los flancos. La foca sacaba sus humorísticos bigotes del agua. El gorila atisbaba tras los bambúes. Las palomas mensajeras se atusaban las plumas. Un rinoceronte trotaba como un cómico acorazado. Una jirafa los miró con delicados ojos y luego volvió a comer hojas.

—Ahí está el dronte. No es hermoso, pero es muy raro, y totalmente inerme. Venga, le mostraré el proceso de recreación.

En el gran edificio pasaron junto a hileras de voluminosos y altos tanques. Podían ver claramente por las ventanas de sus flancos, y a través de la gelatina interior.

—Esos son embriones de elefantes africanos —dijo el biólogo—. Planeamos producir una gran manada y soltarla en la nueva reserva gubernamental.

—Casi se le puede ver irradiar felicidad —dijo el distinguido visitante—. Ama mucho a los animales, ¿no?

—Amo todo lo vivo.

—Dígame —dijo el visitante—, ¿de dónde obtiene los datos para la recreación?

—Principalmente de esqueletos y pieles que había en los antiguos museos. Y de libros y películas que hemos encontrado en excavaciones arqueológicas y que hemos logrado restaurar y luego traducir. ¡Ah!, ¿ve esos grandes huevos? En su interior están gestándose los polluelos del gran moa. Y casi a punto para ser sacados del tanque se hallan los cachorros de tigre. Cuando estén crecidos serán peligrosos, pero estarán confinados en la reserva.

El visitante se detuvo ante el último de los tanques.

—¿Sólo uno? —preguntó—. ¿Qué es?

—Pobre criatura —dijo el biólogo, ahora triste—. ¡Estará tan solo! Pero yo le daré todo el cariño que pueda.

—¿Es tan peligroso? —preguntó el visitante—. ¿Peor que los elefantes, tigres, y osos?

—Tuve que conseguir un permiso especial antes de hacer crecer este —explicó el biólogo; su voz temblaba.

El visitante dio un paso hacia atrás asustado, apartándose del tanque. Y exclamó:

—Entonces, debe de ser... ¡Pero no, no se atrevería!

El biólogo asintió con la cabeza.

—Sí, es un hombre.



lunes, 16 de octubre de 2017

SÁBADO POR LA TARDE* (Thomas Bernhard)


Los sábados me sacaban de la tienda y del poblado de Scherzhauserfeld para llevarme directamente a la melancolía, ya en el poblado de Scherzhauserfeld reinaba siempre, durante todo el camino, ese silencio interrumpido sólo por ruidos de cubiertos que venían de las ventanas: es sábado, nadie trabaja en nada, la gente está echada en sus pisos en el sofá o en las camas, y no sabe qué hacer con su tiempo. Hasta las tres de la tarde reinaba ese silencio de la tarde, hasta que en los pisos se desarrollaban disputas, y entonces muchos salían de sus alojamientos al aire libre, muy a menudo maldiciendo, gritando o con el rostro devastado. Los sábados por la tarde los he sentido siempre como un tiempo muy peligroso para todos, la insatisfacción consigo mismo y con todas y cada una de las cosas, y la repentina conciencia de haber sido realmente explotado durante toda la vida y de carecer de sentido producían ese estado de espíritu, en el que la mayoría caía con aterradora profundidad. La mayoría de los hombres están acostumbrados a su trabajo y a alguna clase de trabajo u ocupación regular; si les falta, pierden instantáneamente su contenido y su conciencia y no son más que un morboso estado de desesperación. Al individuo le pasa lo que a la mayoría. Piensan que se regeneran, pero en verdad se trata de un vacío, en el que se vuelven medio locos. Por eso todos tienen las tardes de los sábados las ideas más demenciales, y todo termina siempre insatisfactoriamente. Empiezan a desplazar armarios y cómodas, mesas y sillones y sus propias camas, cepillan sus vestidos en los balcones, se limpian los zapatos como si se hubieran vuelto locos, las mujeres se suben al borde de las ventanas y los hombres se van al sótano y levantan torbellinos de polvo con escobas de ramas. Familias enteras creen que tienen que poner orden y se precipitan sobre el contenido de sus alojamientos y lo trastornan y se trastornan con ello. O se echan y se ocupan de sus dolencias, huyen y se refugian en sus enfermedades, que son enfermedades permanentes, de las que se acuerdan al terminar su trabajo el sábado por la tarde. Los médicos lo saben, los sábados por la tarde hay más visitas que en cualquier otro momento. Cuando el trabajo se interrumpe, irrumpen las enfermedades, llegan de pronto los dolores, el famoso dolor de cabeza de los sábados, las palpitaciones de las tardes de los sábados, los desmayos, los arrebatos de ira. Durante toda la semana las enfermedades son contenidas, mitigadas por el trabajo e incluso por una simple ocupación, el sábado por la tarde se hacen sentir y el hombre pierde en seguida su equilibrio. Y cuando el que ha dejado de trabajar al mediodía, cobra conciencia poco después de su auténtica situación, que en cualquier caso es siempre sólo una situación sin esperanzas, sea él quien sea, sea lo que sea, esté donde esté, tiene que decirse que no es más que un hombre desgraciado, aunque pretenda lo contrario. Los pocos afortunados a los que el sábado no trastorna sólo confirman la regla. En el fondo, el sábado es un día temido, mucho más temido aún que el domingo, porque el sábado sabe todo el mundo que queda el domingo aún, y el domingo es el día más horrible, pero después del domingo viene el lunes, que es un día laborable, y eso hace soportable el domingo. El sábado es terrible, el domingo horrible, el lunes es un alivio. Todo lo demás es una afirmación malévola y estúpida. El sábado se prepara la tormenta, el domingo descarga, el lunes vuelve la calma. El hombre no ama la libertad, todo lo demás es mentira, no sabe qué hacer con la libertad, apenas es libre, se dedica a abrir cómodas de vestidos y ropa blanca, a ordenar viejos papeles, busca fotografías, documentos, cartas, va al jardín y escarba la tierra o anda totalmente sin sentido ni objeto en cualquier dirección, sea la que fuere, y lo llama paseo. Y cuando hay niños, se los utiliza para el famoso matar el tiempo, y se los excita y azota y abofetea, para que produzcan ese caos que, en verdad, es la salvación. Y qué hay por otra parte más terrible que un paseo de sábado por la tarde, como visita a parientes o conocidos, en el que se satisface la curiosidad y se destruyen las relaciones con esos parientes o conocidos. Y si la gente lee, se tortura en verdad con una pena que se impone a sí misma, y nada es más ridículo que el deporte, esa coartada favorita entre todas para la absoluta falta de sentido del individuo. El fin de semana es el homicidio de todo individuo y la muerte de toda familia. El sábado, después de terminar el trabajo, el individuo y, por consiguiente, todo el mundo está súbitamente solo por completo, porque en verdad y en realidad los hombres sólo conviven durante toda su vida con su trabajo, sólo tienen en verdad y en realidad su ocupación, y nada más. Nadie puede sustituir al trabajo de otro, cuando alguien pierde a un ser, aunque sea para él decisivo, el más importante para él, el más querido, no perece; cuando se le quita el trabajo y la ocupación, se extingue y, en poco tiempo, muere. Las enfermedades surgen cuando los hombres no están plenamente utilizados, están demasiado poco ocupados, no deberían quejarse de demasiadas ocupaciones sino de demasiado pocas; si se limitan las ocupaciones, las enfermedades se extienden, la infelicidad lo abarca todo cuando el trabajo y las ocupaciones se limitan. En esa medida, el trabajo, en sí sin sentido, tiene su sentido, su finalidad propia original. Los sábados por la tarde podía observarse primero el silencio característico de los sábados por la tarde, la calma que precede a la tormenta, de repente la gente se precipitaba a la calle, se habían acordado de sus parientes y conocidos o simplemente de la Naturaleza, de que había cine o una función de circo, o se refugiaban en los jardines y empezaban a escarbar. Pero hacían lo que hacían entonces, en cualquier caso y por toda clase de razones, sin ilusión. Es evidente que quien no se refugiaba en una actividad y creía poder pasar el tiempo sólo meditando y superar su estado mental amenazado y, muy a menudo, mortalmente peligroso, por medio de la meditación, se abandonaba rápidamente y, además, al ciento por ciento, a su desgracia personal. El sábado ha sido siempre el día de los suicidios, y quien ha frecuentado alguna vez durante cierto tiempo los tribunales sabe que el ochenta por ciento de los asesinados lo son en sábado. Durante toda la semana, todo lo que tiene que hacer a un hombre insatisfecho e infeliz, porque está tan concentrado en la insatisfacción y en la infelicidad, se encuentra contenido, pero el sábado, después de terminar el trabajo, su insatisfacción y su infelicidad están otra vez presentes y, de hecho, presentes cada vez con mayor brutalidad. Y todos intentan descargar los sábados en otro su insatisfacción y su infelicidad. La insatisfacción y la infelicidad se llevan después de terminar el trabajo a casa, donde al fin y al cabo no esperan más que insatisfacción e infelicidad, y se descargan en casa. Como consecuencia, los sábados por la tarde tienen, en todas partes donde hay hombres y donde se reúnen hombres, un efecto devastador. Cuando hay varios reunidos, como en las familias, no lo soportan, y tienen que producirse explosiones, y cuando alguien está totalmente solo consigo mismo y, por consiguiente, solitario y aislado, es también una situación terrible. Los sábados son los verdaderos homicidas del mundo, y los domingos hacen evidente ese hecho de la forma más insoportable, y los lunes aplazan otra vez la insatisfacción y la infelicidad toda la semana hasta el sábado siguiente, hasta el siguiente empeoramiento del estado mental.

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* (Fragmento de la obra de T. Bernhard titulada "El sótano")


domingo, 15 de octubre de 2017

ARGUMENTO (Emilia Pardo Bazán)



¿Quién no conoce a aquel médico no sólo en la ciudad, sino en la provincia, y aun en Madrid, al que desdeña profundamente? Son muchas las cosas que desdeña, y entre ellas, el dinero. Lo desdeña con sinceridad, sin alharacas. Podría ser rico; su fama de mago, más que de hombre de ciencia, le permitiría exigir fuertes sumas por las curas increíbles que realiza; pero para él existen la conciencia, el alma, la otra vida -un sinnúmero de cosas que mucha gente suprime por estorbosas y tiránicas-, y se limita a tomar lo que basta al modesto desahogo de su existir. No tiene coche, ni hotel, ni cuenta corriente en el Banco; en cambio, espera tener un lugar en el cielo, al lado de los médicos que hayan cumplido con su deber de cristianos, que algunos hay, y hasta en el Santoral los encontramos, con su aureola y todo.

El doctor -llamémosle doctor Zutano- abre su consulta a las ocho de la mañana; y desde las cinco, en invierno, hay gente esperando en su portal, en su escalera y en su antesala, si el fámulo lo permite. Dentro ya, divídense los clientes: en un aposento aguardan los de pago, los ricos; en otro, aislado, los pobres, los que no pagan. Invariablemente, la consulta empieza por un pobre; pasa luego un rico, y así, alternativamente, hasta que el médico, rendido de cansancio, necesitando ya reparar las fuerzas con frugal almuerzo, da por terminada la faena del día. Jamás se vio ni leve diferencia en la duración de las consultas gratuitas y las pagadas. Con igual calma, con el mismo interés nuevo y fresco en cada caso, registra el doctor Zutano las peludas orejas de un faenero del muelle, que los limpios dientes, fregados con oralina, de la remilgada señorita, a la cual se dirige severo y conciso como un dómine. Porque el doctor reconoce siempre oídos y dientes ante todo, y uno de sus timbres de gloria es haber curado hasta casos de locura extrayendo, entre irónico y triunfante, una bolita de cera de un conducto auditivo.

Jamás se vio que el doctor aplazase operación que juzgara necesaria. Pocos preparativos, acción rápida, como la de un animal que se guía por el instinto, y esa felicidad en el resultado, que caracteriza al cirujano genial.

-Tanto aparato, tanto aparato para cosas tan sencillas -repite, despreciativo, burlándose un poco de la escenografía científica, que no se hizo para él-. ¡Bah, bah! Las cosas, a la pata la llana…

Lo más curioso de un hombre tan digno de estudio en su psicología, son seguramente sus ideas políticas y sociales. Para que nos las expliquemos, tendremos que retroceder hasta los místicos franciscanos de la Edad Media, aquellos que, prontos a la sumisión y al fervor y a la penitencia hasta morir, amaban a los pobres y a los humildes y reprendían dura y satíricamente los defectos del Papa. El doctor Zutano es grande amparador de los desheredados, y tiene para ellos preparado el auxilio y la generosa limosna de su ciencia a cada instante. A los poderosos de la tierra no los conoce sino cuando sufren, cuando son mísera carne enferma, iguales al menesteroso ante el dolor. De las señoritas y señoras que van a consultarle emperifolladas y trascendiendo a esencias, suele mofarse, poniéndolas como un trapo. Ni los personajes políticos, ni los aristócratas, ni los plutócratas impresionan al doctor. Hijo del pueblo, lo recuerda con fruición, como recuerda con expansión de gratitud íntima al señor que costeó su carrera. Lo demás, le es indiferente; los que acuden a su consulta no son sino hombres, y sus órganos que sufren no se diferencian de otros órganos encallecidos por el trabajo, o deformados y atrofiados por azares de una vida miserable, por falta de subsistencia, por miseria, en fin. Humanidad doliente ahora, polvo y ceniza mañana, excepto la luminosa partícula, el espíritu, que dará cuenta y será responsable ante la justicia inmanente… En el barro, el doctor no hace diferencias. Como ignora la ambición y la vanidad, no se inclina ante nadie. Tal vez se inclinase hasta el suelo ante dos cosas sagradas: la maternidad y la inocencia. Las madres que no aman a sus hijos con violento amor, le son antipáticas. La queja de la madre, la del padre, le ablandan, resuenan en su corazón. Y el doctor no tiene hijos.

Aceptador del destino y de la labor con la cual se gana el pan, el doctor detesta la agitación política. No conoce más ley que el trabajo. Nadie menos «burgués» y, sin embargo, nadie más enemigo de las huelgas, los meetings, las arengas y las luchas electorales. «Pillos que holgazanean y pillos que medran.» Tal es su definición, de la cual nadie le saca.

Un día, en aquella antesala del doctor, donde se entreoyen conversaciones palpitantes de oscura esperanza, y corre el vago estremecimiento de lo maravilloso, esperaba un hombre como de unos cuarenta y pico de años, vistiendo remendada blusa y acompañado por un niño de unos once, acaso más, porque la enfermedad que le consumía desmedraba su estatura y limitaba su desarrollo. La espera fue larga, y el fornido padre, para entretenerla, sacó del bolsillo del pantalón un zoquete e hizo que la criatura mordiscase, desganada, en él. Al cabo, llególes el turno, y, procurando no pisar fuerte, entraron respetuosos en el despacho sencillo, cuyas altas vitrinas, rellenas de instrumentos y material quirúrgico, relampagueaban con reflejos de acero, al rayo del sol que pasaba al través del cierre de cristales.

El doctor Zutano suele preguntar rápidamente, a veces no pregunta, porque adivina. Imponiendo las manos, como un antiguo taumaturgo, suele acertar con sólo el tacto.

-Ya sabemos, ya, lo que ocurre… El chiquillo padece un tumor…, bueno, un bulto…, no le importa a usted dónde…, dentro, ¿me entiende?, y hay que quitárselo, ¡y cuanto antes! Mejor ahora que mañana.

El padre se rascaba la cabeza indeciso.

-Y… eso… ¿me costará mucho dinero, señor?

-¡No le cuesta nada, santiño! ¿Qué le va a costar? Esta tarde vuelve usted con el chiquillo; le hago lo que hay que hacer; le pongo las vendas; trae usted una camilla o un colchón; se va con él a su casa; yo paso a verle unos días, hasta que no necesite más visitas; y concluido. ¿Piensa que no comprendo yo que usted no es ningún banquero?

-¡Soy un pobre obrero, señor!

-¿En qué trabaja? Mi padre era cerrajero, ¿sabe?

-Soy carpintero de armar… Pero ahora estamos en huelga.

-¿En huelga? -preguntó severamente el médico, frunciendo el ceño y clavando el mirar en la cara del cliente.

-Sí, señor… Eso no es cosa mala… Como usted me enseña, con la huelga nos defendemos de los patronos. Ejercemos un sagrado derecho.

-Bueno, bueno… ¿En huelga, eh? Pues venga esta tarde. Le espero.

A la tarde, el doctor desnudó al niño, le extendió sobre la mesa y le adurmió con el cloroformo, porque la operación era y tenía que ser larga. Con la celeridad asombrosa que le caracteriza, abrió de un seguro tajo el costado, por la espalda, y fue ensanchando la incisión y aislando el tumor para extraerlo.

El padre, de pie, y con el aliento congojoso, miraba el instrumento que sajaba y cortaba en aquella carne de sus amores. Un temblor agitaba sus miembros, y por su frente rezumaba un sudor frío, ¡Qué herida tan enorme! ¿No le sacarían por allí las tripas al malpocado? ¿No le vaciarían como a un cerdo? Y cuando la atroz hipótesis se le estaba ocurriendo, he aquí que el doctor suspende su trabajo, levanta el bisturí… y, sentándose cerca de la ventana, coge un libro y se pone a leer tranquilamente.

-¿Qué es eso, señor? ¿No sigue? -preguntó el padre, receloso.

-No, hombre… -exclamó el médico, calmosamente-. ¡Me declaro en huelga!

-¿Qué dice? -exclamó aterrado el obrero, sin saber si el doctor Zutano hablaba en serio o bromeaba.

-¿No está claro? Soy huelguista yo también… Vaya, esto se deja para otro día. Abur. Me retiro a descansar.

-Pero… ¿y el niño? ¿Va a quedarse así el niño?

-¿Y a mí qué me cuentas? La huelga es un derecho, un derecho sagrado.

-¡Pero, señor, el niño! ¡Que está abierto, que está ahí como muerto! ¡Señor, por el alma de quien tenga en el otro mundo!

-¿Crees tú en el otro mundo? -preguntó muy formal el doctor-. ¿Crees en el alma? Mira, lo dudo, porque os tienen mareados y ya ni sabéis lo que creéis… En fin, yo me voy a dormir una siesta; estoy en huelga, como sabes…

Más blanco que la cera el padre; empezando a entender que aquello iba de veras, que su hijo se moría, abierto, despedazado, con el estertor que le causaba el anestésico -echándose de rodillas, gimiendo, imploró:

-¡Señor! ¡Que es mi hijo! ¡Que soy su padre, señor! ¡Su padre!

-¡Eso te vale, zángano! -murmuró el médico-; y, dando un empujón ligero al hombre para desviarlo, y encogiéndose de hombros, continuó y remató brillantemente la operación emprendida.


sábado, 14 de octubre de 2017

MISHKENOT SHA'ANANIM (António Lobo Antunes)



Mishkenot Sha'Ananim es el nombre de la primera casa construida fuera de las murallas de Jerusalén donde estoy desde hace días. Por las ventanas, montañas y más montañas, hojas que tiemblan en un arbolillo cuyo nombre no sé. No todas: parece que hay sólo una temblando. Una sola, las demás quietas:


¿cuántas veces he tenido en mi vida una sensación así? Sólo una ínfima porción del mundo vibrando en silencio en el universo tranquilo. La impresión de que era yo quien vibraba. Después nada: la hoja ya no se mueve y un sol helado en las cosas. Piedras que vienen desde el principio de la tierra, blancas, sordas. Sentado en lo alto de la ciudad vieja, un joven pasa delante de mí empuñando una pistola. Otro, con ametralladora, me observa desde el ángulo de unos edificios. Cada persona importante tiene un guardaespaldas detrás, con una chaqueta demasiado grande, para que los instrumentos que disparan puedan caber allí dentro. Miran a diestro y siniestro con las manos dispuestas a deslizarse por el interior de las solapas. La hoja del arbolillo me estremece de nuevo. ¿Estará conversando conmigo? Y si conversa conmigo, ¿qué dice? Me dieron una habitación y tres salas, soy el huésped de honor. Hay un espejo en el escritorio en el que escribo: me viene a la mente el título de la autobiografía de Vittorio Gassman. Se llama Un gran futuro a mis espaldas, según la traducción de Celia Filipetto, y siento que mis facciones parecen descomponerse lentamente. Por momentos una de ellas desaparece, busca ubicarse en cualquier otro sitio, vuelve por hábito al de siempre, resignada. Si yo fuera un individuo como es debido, juntaría las palmas y le diría

Aquí hasta los difuntos corren peligro. ¿Qué les harán los enemigos de los cadáveres?

-Shalom

en lugar de quedarme así, frente a la hoja que se aquieta. Fotos en los periódicos que se presentan como mías. La necrológica de Arthur Miller, llena de frases elogiosas. En su opinión, escribir era la actividad más útil del mundo: ahora que se le han acabado las palabras, lo encajaron en media página junto con sus piezas de teatro. Ésta ya no tiene ningún futuro a sus espaldas: van a comenzar a olvidarlo poco a poco. Montañas y más montañas, calles estrechas. Un papel informa de que Mishkenot está protegida veinticuatro horas por día, sugiere "precauciones adicionales" e informa de que "por razones de seguridad las luces de los balcones se apagan automáticamente al anochecer". Indiferente a estas medidas cautelares, el arbolillo baila. Seguirá bailando cuando yo no esté y nadie se fije en él. Ayer asistí a una manifestación de extrema derecha contra el primer ministro: Sharom dictador. El hombre contrató una empresa de vigilancia para que se ocupe de la tumba de su mujer: aquí hasta los difuntos corren peligro. ¿Qué daño les harán los enemigos de los cadáveres? Nombres que me hacen soñar: Herodes el Grande, Solimán el Magnífico. El barrio armenio, las ruinas de Massada en el extremo del mundo. Más allá de las sierras, Moisés vio la tierra prometida. Cuando los peces llegan del Jordán al mar Muerto intentan volver atrás con la esperanza de sobrevivir. Cuervos. Ningunos otros pájaros fuera de los cuervos. Un agente de la policía, en el aeropuerto, me pregunta qué vengo a hacer a Israel. Lo miro con gratitud. Porque es una pregunta que me hago casi desde que nací: ¿qué vengo a hacer sea a donde fuere? Probablemente busco un hueso enterrado que, por falta de olfato, he perdido. Como las hojas del arbolillo están en suspenso no sé decir cuál es la que temblaba aún ahora. La única noticia sobre Portugal que encuentro es la de la muerte de la vidente de Fátima: dice que la Virgen aparecía cada mes y que, a partir de octubre, faltó a los encuentros sin previo aviso, desapareció para siempre. Mujeres. En la terraza de Mishkenot un horizonte sin fin. El comedor lleno de gente, cuervos que hablan, hablan. Escritores, me explica el camarero que parece salido de la película El tercer hombre, amenazador y fúnebre. Por la noche, en cuanto me disponga a dormir, me estrangulará. Escritores-damas y escritores-caballeros, los escritores-damas con el pelo teñido, los escritores-caballeros haciéndoles la corte, llenos de tiquismiquis. Intercambian libros, revistas. Uno de los escritores-damas, con los mechones tan negros que me hacen doler los ojos, se envuelve el cuello en un echarpe azul. Si se acercase el arbolillo cuyo nombre no sé, ¿se fijarían en él? ¿En la hoja que temblaba, temblaba? El camarero que me va a estrangular por la noche me pide un autógrafo al mismo tiempo que se abre en una sonrisa que me devora entero: estoy en su barriga, dando manotazos de ahogado, y las voces de los escritores me llegan atenuadas, distantes. Deben de seguir intercambiando libros, revistas. Y en eso, en el lugar oscuro donde me he quedado, vienes tú de repente y me coges de la mano.



viernes, 13 de octubre de 2017

MISSISSIPPI (Saiz de Marco)


Al atravesar Luisiana (Estados Unidos) el piloto informa “Estamos sobrevolando el río Mississippi”, y tú te tapas los ojos y evitas mirar por la ventanilla, porque lo quieres ensoñado, con Finn, con Sawyer, con el fugado Jim, con aquellos barcos de vapor, con su fluir aventurero... En voz baja repites (recreándote en las íes y consonantes dobles) Mississippi. Y no te arriesgas a mirarlo, ni siquiera a mil metros desde el avión, para preservar aquello, para que la realidad no lo estropee, por miedo a que no sea como imaginaste y por lealtad al niño que lo descubrió.


jueves, 12 de octubre de 2017

EL EPISODIO KUGELMASS (Woody Allen)


El profesor Kugelmass, quien dictaba clases de Humanidades en el City College, estaba infelizmente casado por segunda vez. Su esposa, Dafne Kugelmass, era una idiota. Él también tenía dos hijos tontos de su primera esposa, Flo, y estaba hasta el cuello de deudas ocasionadas por los costos de la separación y manutención de los niños.
“¿Acaso yo sabía que las cosas iban a salir tan mal?”, se lamentó un día Kugelmass dirigiéndose a su analista. “Dafne era muy prometedora. ¿Quién podría sospechar que ella iba a abandonarse y a engordar como tonel? Además, ella tenía algunos dolarillos, lo que no es – por supuesto – razón suficiente para contraer nupcias pero tampoco viene mal, teniendo en cuenta los problemas “operativos” que tengo. ¿Entiende lo que le digo?
Kugelmass era calvo y tan peludo como un oso, pero tenía un gran corazón.
“Tengo que buscarme otra mujer”, agregó. “Necesito tener un affair. Es posible que no sea un buen partido pero soy un hombre que necesita vivir un romance.
Necesito sentir ternura, coquetear con alguien. Estoy envejeciendo y por ello es muy tarde para sentir el deseo de hacer el amor en Venecia, burlarse el uno del otro en el “21” e intercambiar miradas tímidas sobre una copa de vino tinto a la luz de las velas. ¿Entiende lo que le digo?’’
El Dr. Mandel se movió en la silla y dijo: “No resolverá nada con una aventura amorosa. Usted es muy poco realista. Sus problemas son mucho más graves”.
“Debo tener una relación muy discreta”, seguía pensando en voz alta Kugelmass. “No puedo darme el lujo de divorciarme por segunda vez. Dafne me lo echaría en cara”
“Sr. Kugelmass – ”
“Sin embargo, no puede ser con nadie del City College porque Dafne también trabaja allí. De hecho, ninguna profesora de esa universidad vale gran cosa; sin embargo, alguna de las estudiantes …”
“Sr. Kugelmass – ”
“Ayúdeme. Anoche tuve un sueño. Estaba en una pradera y de pronto me puse a saltar con una cesta de comida y la cesta tenía un letrero que rezaba “Opciones”. Luego me di cuenta de que la cesta tenía un agujero”.
“Sr. Kugelmass, lo peor que puede hacer es representar de esa forma sus inhibiciones. Usted debe limitarse a expresar sus sentimientos para que los analicemos en conjunto. Usted ha estado en tratamiento el tiempo suficiente como para saber que no hay remedios instantáneos. Después de todo, soy un analista, no un mago”.
“Entonces, tal vez lo que necesite sea un mago”, dijo Kugelmass, levantándose de su asiento. Y con ello puso fin a su terapia.
Algunas semanas después, Kugelmass y Dafne se hallaban deprimidos en su apartamento como dos viejos muebles. De pronto, sonó el teléfono. Era de noche.
“Yo atiendo”, dijo Kugelmass. “Aló”.
¨Kugelmass?, se oyó al otro lado del teléfono. “Kugelmass, le habla Persky”.
“¿Quién?”
“Persky, ¿o debería decir “El Gran Persky?”
¿Perdón?
“He sabido que anda en búsqueda de un mago que le dé una nota exótica a su vida. ¿No es así?”
“­Chis!, susurró Kugelmass. “No cuelgue. ¿De dónde llama, Sr. Persky?”
Al día siguiente, por la tarde, Kugelmass subió por las escaleras de un decrépito edificio de apartamentos situado en el área de Bushwick, Brooklyn. Aguzando la mirada para romper la oscuridad del pasillo, Kugelmass finalmente encontró la puerta que buscaba y tocó el timbre. Voy a lamentarlo, pensó para sí.
Segundos después, era recibido por un hombre pequeño, delgado, con una mirada vidriosa.
¿Usted es Persky, el Grande?, dijo Kugelmass.
“El Gran Persky. ¿Quiere una taza de té?
“No. Quiero vivir un romance. Quiero sentir la música, el amor y la belleza”.
“Pero no quiere tomar té. ¿Ah? Es raro. Muy bien, tome asiento”.
Persky se paró y fue al cuarto de atrás. Kugelmass oyó un movimiento de cajas y muebles. Persky reapareció, empujando un objeto de gran tamaño montado sobre unos patines con las ruedas chirriantes. Persky quitó algunos viejos pañuelos de seda que se encontraban en la parte superior y los sopló para quitarle el polvo. Se trataba de un armario chino mal laqueado y de tosca apariencia.
“Persky”, ¿qué se trae entre manos?, preguntó Kugelmass.
“Preste atención”, le respondió Persky. “Esto va a producir un bello efecto. Lo diseñé el año pasado para una ceremonia de los Caballeros de Pitia, pero el acto se suspendió por falta de público. Entre en el mueble”.
“¿Por qué? ¿Acaso va a atravesarlo con un montón de espadas o algo así?
¿Usted ve alguna espada?
Kugelmass puso cara de circunstancia y lanzando un gruñido se introdujo en el armario. El profesor no pudo evitar observar varias imitaciones de diamante de mala calidad pegadas en la madera contrachapada justo frente a su cara. “Esto es un chiste de mal gusto”, dijo.
“Tiene algo de broma. Bien, oiga lo que le voy a decir. Si lanzo una novela al interior del armario en el que usted se encuentra, cierro las puertas y toco tres veces, usted se verá proyectado en ese libro”.
Kugelmass hizo un gesto de incredulidad.
“Es mi varita mágica”, dijo Perksy. “Mi contacto con Dios. No sólo funciona con novelas. Puede ser un cuento, una obra de teatro, un poema. Podrá conocer algunas de las mujeres creadas por los mejores escritores del mundo. Sea cual fuere la mujer de sus sueños. Podrá hacer todo lo que desee como un verdadero triunfador. Luego, cuando haya vivido suficientes experiencias, pega un grito y volverá aquí al instante.
“Persky, ¿Usted está enfermo?
“Le estoy diciendo que todo estará bien”, expresó Persky.
Kugelmass mantuvo su escepticismo. ¿Lo que usted me quiere decir es que este cajón casero me puede transportar tal y como usted me lo ha descrito?
“Por apenas 20 dólares”.
Kugelmass buscó su billetera. “Ver para creer”, dijo.
Persky guardó los billetes en sus bolsillos y se dirigió a su biblioteca ¿A quién desea conocer? ¿A la Hermana Carrie? ¿Hester Prynne? ¿Ofelia? ¨Tal vez a algún personaje de Saul Bellow? ¿Qué le parece un encuentro con Temple Drake? Aunque para un hombre de su edad, ella sería una prueba muy difícil”
“A una francesa. Quiero tener un affair con una amante francesa”
“¿Nana?”
“No quiero tener que pagar por ello”.
¿Qué le parece Natacha de La Guerra y la Paz
“Le dije que una francesa. ¡Ya sé! ¿Qué le parece Emma Bovary? Me parece perfecta”.
“Muy bien, Kugelmass. Pegue un grito cuando esté harto”.
Persky introdujo en el armario una edición rústica de la novela de Flaubert.
“¿Está seguro de que esto no implica ningún riesgo?”, preguntó Kugelmass mientras Persky comenzaba a cerrar las puertas del armario.
“Seguro. ¿Hay algo seguro en este mundo tan loco?” Persky tocó tres veces el armario y luego abrió de par en par las puertas.
Kugelmass se había ido. En ese mismo instante, apareció en el dormitorio de la casa de Charles y Emma Bovary en Yonville. Ante él, se hallaba una hermosa mujer, de pie y dándole la espalda a Kugelmass mientras doblaba la lencería. No puedo creerlo, pensó Kugelmass, mirando a la cautivadora esposa del doctor. Esto es algo sobrenatural. Estoy aquí junto a ella.
Emma se volteó sorprendida. “Dios mío, me asustó”, expresó. “¿Quién es usted?” Emma habló en perfecto español como la traducción que aparecía en la edición rústica de Persky.
Esto es increíble, pensó Kugelmass. Luego, dándose cuenta de que era a él, a quien ella se había dirigido, respondió: “Disculpe. Soy Sidney Kugelmass, del City College. Soy profesor de Humanidades en una universidad neoyorquina, situada en las afueras de la ciudad. Yo … ¡no puedo creerlo!
Emma Bovary sonrió con coquetería y le preguntó: “¿Desea tomar algo? ¿Tal vez una copa de vino?
Es hermosa, pensó Kugelmass. ¡Qué diferencia con el troglodita con el que comparte la cama! Sintió un impulso repentino de tener entre sus brazos esta visión y decirle que era el tipo de mujer con el que había soñado toda su vida.
“Sí, un poco de vino”, contestó con voz ronca. “Blanco. No, tinto. No, blanco. Una copa de vino blanco”.
“Charles estará fuera todo el día”, expresó Emma, con voz insinuante.
Después del vino, fueron a dar un paseo por la encantadora campiña francesa. “Yo siempre había soñado con un misterioso extranjero que aparecería y me rescataría de la monotonía de esta aburrida existencia rural”, le confesó Emma, tomando su mano. Pasaron frente a una pequeña iglesia. “Me encanta la ropa que llevas puesta”, murmuró. “Nunca había visto un traje como ese. Es tan … tan moderno”.
“Lo llaman traje casual”, le explicó Kugelmass con voz romántica. “Estaba en oferta”. De pronto, la besó. Durante más de una hora, estuvieron recostados bajo un árbol, susurrándose frases al oído y expresándose ideas profundamente significativas con sus miradas. Luego, Kugelmass se incorporó. Acababa de recordar que tenía que encontrarse con Dafne en Bloomingdale’s. “Debo irme”, le dijo. “Pero no te preocupes, volveré”.
“Eso espero”, le dijo Emma.
Kugelmass le dio un abrazo apasionado y los dos caminaron de vuelta a casa. Acunó el rostro de Emma en las palmas de sus manos, la besó de nuevo y gritó: “Ya está bien, Persky”. Tengo que estar en Bloomingdale’s a las tres y media”.
Se produjo un ruido seco y Kugelmass volvió a Brooklyn.
“¿Y entonces? ¿Le mentí?, preguntó Persky, triunfante.
“Persky, se me hace tarde para encontrarme con mi mujer en la Avenida Lexington. Pero, ¿cuando puedo volver a viajar? ¿Mañana?
“Seguro. Sólo debe traer 20 dólares. Y no le mencione esto a nadie”.
“Por supuesto. Nada más llamaré a Rupert Murdoch”.
Kugelmass tomó un taxi que enfiló hacia la ciudad. Su corazón latía desenfrenadamente. Estoy enamorado, pensó, y tengo en mi poder un secreto maravilloso. De lo que él no se había dado cuenta era de que en ese mismo momento los estudiantes de varios salones de clase del país les estaban preguntando a sus profesores: “¿Quién es ese personaje que aparece en la página 100?”. ¿Un judío calvo está besando a Madame Bovary? Un profesor de Sioux Falls, Dakota del Sur, suspiró y pensó: Dios mío, las cosas que se les ocurren a estos muchachos. Eso es culpa de la marihuana y de la coca.
Dafne Kugelmass se encontraba en el departamento de accesorios para baños en Bloomingdale’s cuando Kugelmass llegó jadeando. “¿Dónde estabas metido?”, preguntó molesta. “Son las cuatro y media”.
“Había mucho tráfico en la calle”, se excusó Kugelmass.
Al día siguiente, Kugelmass fue a visitar a Persky y a los pocos minutos había vuelto a viajar mágicamente a Yonville. Emma no pudo ocultar su emoción al verlo. Pasaron varias horas juntos, riendo y conversando sobre sus vidas. Antes de que Kugelmass partiera, hicieron el amor. ¡Dios mío, me acosté con Madame Bovary!” dijo entre dientes. “Yo, a quien le rasparon español en primer año”.
Transcurrieron los meses y Kugelmass fue a visitar a Persky en muchas oportunidades y desarrolló una íntima y apasionada relación con Emma Bovary. “Asegúrese de que siempre entre al libro antes de la página 120”, le dijo un día Kugelmass al mago. “Siempre tengo que encontrarme con ella antes de que Emma entre en contacto con el personaje de Rodolphe”,
“¿Por qué? ¿Acaso no puedes ganarle?”
“¿Ganarle?”. Él pertenece a la aristocracia provinciana. Esos tipos no tienen nada mejor que hacer que flirtear con las mujeres y montar a caballo. Podríamos decir que él es uno de esos rostros que aparece en la revista Women’s Wear Daily, con un corte de pelo al estilo Helmut Berger. Sin embargo, para Emma es un galán irresistible”.
“¿Y su esposo no sospecha nada?”
“El no sabe ni dónde está parado. Es un paramédico mediocre que comparte su vida con una bailarina. Siempre está listo para acostarse a las diez mientras ella se pone sus zapatillas de baile. Bueno, … nos vemos luego”.
Kugelmass entró al armario y pasó instantáneamente a la casa de los Bovary en Yonville. ¿Cómo te va, mi adorada?, le dijo a Emma.
¡Oh, Kugelmass!, susurró Emma. “Las cosas que tengo que soportar. Anoche mientras cenaba, el Sr. Personalidad se adormeció mientras comíamos el postre. Le estaba expresando todos mis sentimientos sobre Maxim’s y el ballet e inesperadamente oí un ronquido”.
“No te preocupes, mi amor. Estoy aquí contigo”, le dijo Kugelmass, abrazándola. Me he ganado esto a pulso, pensó, mientras olía el perfume francés de Emma y hundía su nariz en el cabello de su amada. He sufrido mucho. He gastado mucho dinero en analistas. He buscado hasta el cansancio. Ella es joven y núbil y yo estoy aquí, algunas páginas después de Léon y poco antes de Rodolphe. Como he aparecido en los capítulos adecuados, he podido manejar perfectamente la situación.
De hecho, Emma irradiaba tanta felicidad como Kugelmass. Ella estaba ansiosa de emociones y los relatos que Kugelmass le contaba sobre la vida nocturna de Broadway, los automóviles veloces y las estrellas de la televisión y de Hollywood, embelesaban a la preciosa joven francesa.
“Dime algo sobre O. J. Simpson”, le imploró una noche, mientras ella y Kugelmass paseaban cerca de la abadía de Bournisien.
“¿Qué te puedo decir? Es un gran atleta. Ha establecido una gran cantidad de marcas como corredor de fútbol americano. Tiene un gran movimiento. Es muy difícil tocarlo”.
“¿Y qué me dices de los premios de la Academia?”, preguntó Emma con melancolía. “Daría cualquier cosa por ganarme un Oscar”.
“Antes que nada debes recibir una nominación”.
“Ya lo sé. Tú me lo explicaste. Pero estoy convencida de que puedo actuar. Por supuesto, quisiera tomar algunas clases. Tal vez con Strasberg. Luego, si tuviera el agente adecuado ….”.
“Ya veremos, ya veremos. Hablaré con Persky”.
Esa noche, luego de haber regresado a salvo al apartamento del mago, Kugelmass le propuso la idea de traerse consigo a Emma para que visitara la Gran Manzana.
“Déjeme pensarlo”, le dijo Persky. “Tal vez pudiera hacer algo al respecto. Han ocurrido cosas más extrañas”. Desde luego, a ninguno de ellos se les vino a la cabeza ninguna.
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“¿Dónde diablos has estado metido todo este tiempo?”, le gritó Dafne Kugelmass a su marido cuando él volvió tarde a su casa. “¿Tienes una madriguera en la que te emborrachas a escondidas?”
“Sí, claro. Soy un borracho”, contestó Kugelmass con tono de desgano. “Estaba con Leonard Popkin. Estábamos discutiendo sobre la agricultura socialista en Polonia. Tú conoces muy bien a Popkin. Es un fanático del tema”.
“Has estado muy raro en los últimos tiempos”, comentó Dafne. “Distante. No te olvides del cumpleaños de mi padre. Es el sábado, ¿no?
“Sí, claro”, contestó Kugelmass, dirigiéndose al baño.
“Irá toda mi familia. Podremos ver a los mellizos. Y al primo Hamish. Deberías ser más amable con el primo Hamish. Le caes bien”.
“Sí, los morochos”, dijo Kugelmass, cerrando la puerta del baño y apagando con ello la voz de su mujer. El profesor se apoyó en la puerta, y respiró hondo. En pocas horas, se dijo a sí mismo, volvería a Yonville, para estar con su amada. Y en esta oportunidad, si todo salía de acuerdo a lo previsto, se traería a Emma consigo.
A las 3:15 p.m. del día siguiente, Persky volvió a realizar su acto de magia. Kugelmass se apareció ante Emma, sonriente y ansioso. Ambos pasaron varias horas en Yonville con Binet y luego se montaron en el carruaje de los Bovary. Siguiendo las instrucciones de Persky, se abrazaron con fuerza, cerraron sus ojos y contaron hasta diez. Cuando los abrieron, el carruaje estaba cerca de la puerta lateral del Hotel Plaza, en donde Kugelmass había reservado ese mismo día y con un gran optimismo, una suite.
“¡Me encanta!, es tal y como lo había soñado”, dijo Emma mientras daba saltos de alegría por la habitación y veía la ciudad desde su ventana. “Allí está Schwarz. Y allá veo el Central Park y ¿cuál es Sherry? Ah, allí está . ¡Es maravilloso!
En la cama había varias cajas de Halston y Saint Laurent. Emma abrió una de ellas y sacó un par de pantalones de terciopelo negro que puso delante de su perfecto cuerpo.
“Esos pantalones son de Ralph Lauren”, dijo Kugelmass. “Lucirás estupenda. Anda, cariño. Dame un beso”.
“Nunca había estado tan feliz”, gritó Emma mientras se paraba frente al espejo. “Vamos a pasear por la ciudad. Quiero ir a ver el musical “Chorus Line”, visitar el Guggenheim y ver el personaje de Jack Nicholson del que siempre me has hablado. “¿Están presentando alguna de sus películas?”
“No puedo entender lo que está pasando”, expresó un profesor de Stanford. “En primer lugar, aparece un extraño personaje llamado Kugelmass y ahora ella ha desaparecido de la obra. Supongo que la principal característica de una obra clásica es que uno puede releerla mil veces y siempre hallar algo nuevo”.
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Los amantes pasaron un dichoso fin de semana. Kugelmass le había dicho a Dafne que él iba a participar en un simposio en Boston y que regresaría el lunes. Saboreando cada momento, Kugelmass y Emma fueron al cine, cenaron en Chinatown, pasaron dos horas en una discoteca y se acostaron viendo una película en la televisión. El domingo durmieron hasta el mediodía, visitaron el SoHo, y miraron de soslayo a un grupo de celebridades que estaban en Elaine’s. Comieron caviar y bebieron champagne en su suite el domingo por la noche y conversaron hasta el amanecer. Esa mañana en el taxi que los llevaba al apartamento de Persky, Kugelmass pensó que era una cosa de locos pero valía la pena vivirla. No puedo traerla muy a menudo, pero el tenerla en Nueva York de vez en cuando representará un cambio significativo con respecto a Yonville.
En casa de Persky, Emma se introdujo en el armario, arregló sus nuevas cajas de ropa y le dio un tierno beso a Kugelmass. “Este será mi lugar la próxima ocasión, dijo con un guiño. Persky tocó tres veces el armario, pero no ocurrió nada.
“Este …”, dijo Persky, rascándose la cabeza. Tocó el mueble de nuevo, pero la magia no resultó. “Algo está funcionando mal”, masculló.
“Persky, estás bromeando”, gritó Kugelmass. “¡Cómo es posible que no funcione?”.
“Tranquilícese. ¿Estás todavía ahí adentro, Emma?
“Sí”.
Persky golpeó el mueble, esta vez con más fuerza.
“Todavía estoy aquí, Persky”.
“Ya lo sé, querida. No te muevas”.
“Persky, tenemos que hacerla volver”, susurró Kugelmass. “Soy un hombre casado, y tengo clase en tres horas. En estos momentos, sólo estoy preparado para un affair muy discreto”.
“No puedo entender lo que está ocurriendo”, murmuró Persky. “Es un truco tan sencillo y confiable”.
Sin embargo, no pudo hacer nada. “Esto me va a tomar algún tiempo”, le dijo a Kugelmass. “Voy a desarmar el mueble. Lo llamaré luego”.
Kugelmass lanzó a Emma dentro de un taxi y la llevó de vuelta al Plaza. Apenas pudo llegar a tiempo a su clase. Todo el día estuvo llamando por teléfono a Persky y a su amante. El mago le dijo que tal vez tendrían que pasar algunos días antes de que pudiera llegar al fondo del problema.
“¿Cómo te fue en el simposio?”, le preguntó Dafne esa noche.
“Muy bien, muy bien”, le contestó el esposo, encendiendo la colilla de un cigarrillo.
“¿Qué te pasa? Estás sumamente tenso”.
“¿Yo?” ­Ja, ja!, eso es un chiste. Estoy tan tranquilo como una noche de verano. Voy a salir a dar un paseo”. Cerró con cuidado la puerta, llamó un taxi que lo llevó al Plaza.
“Estoy en problemas”, dijo Emma. “Charles me extrañará”.
“Ten paciencia, cariño”, le dijo Kugelmass. Estaba pálido y sudoroso. La besó de nuevo, corrió hacia el ascensor, llamó desesperadamente a Persky desde una cabina telefónica en la recepción del Plaza y llegó a su casa poco antes de la medianoche.
“Según Popkin, los precios de la cebada en Cracovia no habían mostrado tanta estabilidad desde 1971”, le dijo a Dafne mientras esbozaba una sonrisa y se acostaba junto a ella.
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Toda la semana transcurrió igual. El viernes por la noche, Kugelmass le dijo a Dafne que iba a participar en otra conferencia, esta vez en Syracuse. Salió disparado al Plaza, pero el segundo fin de semana no se asemejó en nada al primero. “Llévame de vuelta a la novela o cásate conmigo”, le dijo Emma a Kugelmass. “Mientras tanto, quiero conseguir un trabajo o estudiar porque estoy harta de ver televisión todo el día”.
“Me parece bien. Podremos utilizar el dinero”, le dijo Kugelmass. “Estás gastando una fortuna pidiendo servicio a la habitación del hotel”.
“Ayer conocí a un productor de Off Broadway en el Central Park y me dijo que podría encajar a la perfección en un proyecto que está realizando”, dijo Emma.
“¿Quién es ese payaso?”, le preguntó Kugelmass.
“No es un payaso. Es un hombre sensible, amable y lindo. Se llama Jeff … algo y es candidato a un premio Tony”.
Esa misma tarde, Kugelmass fue a visitar a Persky en estado de ebriedad.
“Cálmese”, le dijo el mago. “Puede enfermarse de las coronarias”.
“¿Tranquilizarme?, ¿Cómo me voy a calmar si tengo a un personaje de ficción escondido en un hotel y creo que mi esposa me está siguiendo con un detective privado?”
“Está bien. Sé que estamos metidos en un problema”, Persky se arrastró bajo el mueble y comenzó a golpear algo con una llave inglesa.
“Parezco un animal salvaje”, prosiguió Kugelmass. “Ando a escondidas por toda la ciudad y Emma y yo estamos hartos de la relación. Por no hablar de la cuenta del hotel que ya se parece al presupuesto de defensa”.
“¿Qué puedo hacer? Así es el mundo de la magia”, masculló Persky. “Todo es cuestión de matices”.
“Matices, un carajo. Esta muchachita lo único que consume es Dom Perignon y caviar. A eso hay que sumarle su vestuario, la inscripción en el Neighborhood Playhouse y un portafolios con fotos profesionales. Además de eso, Persky, el profesor Fivish Popkind, que enseña Literatura Comparada y siempre ha estado celoso de mí, me identificó como el personaje que aparece esporádicamente en el libro de Flaubert. Me ha amenazado con que le va a contar todo a Dafne. Ya me veo arruinado, pagándole la pensión alimentaria a mi mujer, y en la cárcel. Por el pecado de adulterio con Madame Bovary, mi esposa me convertirá en un mendigo.
“¿Qué quiere que le diga?” Estoy trabajando día y noche para resolver el problema. En lo que respecta a su angustia, no puedo hacer nada por usted. Soy un mago, no un psicoanalista”.
El domingo por la tarde, Emma se había encerrado en el baño y se negaba a responder a los ruegos de Kugelmass. El atribulado profesor miró la ventana del edificio Wollman Rink y contempló la posibilidad de suicidarse. Lo malo es que me encuentro en un piso muy bajo, pensó; de no ser por ello, me lanzaría en el acto. También podría huir a Europa y comenzar una nueva vida … Tal vez podría vender el International Herald Tribune como lo solían hacer esas muchachas.
En ese momento sonó el teléfono y Kugelmass lo llevó mecánicamente a su oído.
“Traiga a Emma”, dijo Persky. “Creo que reparé el defecto que tenía el mueble”.
El corazón de Kugelmass estuvo a punto de detenerse. ¿Está hablando en serio?, le dijo ¿Logró arreglarlo?”
“Tenía un problema en la transmisión. ¿Quién se lo iba a imaginar?
“Persky, usted es un genio. Estaremos allí en un minuto. En menos de un minuto.
Una vez más, los amantes corrieron al apartamento del mago y de nuevo Emma Bovary se introdujo en el armario con sus cajas. En esta oportunidad no hubo besos. Persky cerró las puertas, respiró fuertemente y tocó la caja tres veces. Se produjo el ruido habitual y cuando Persky echó un vistazo al interior el mueble estaba vacío. Madame Bovary había regresado a su novela. Kugelmass exhaló un suspiro de alivio y estrechó efusivamente la mano del mago.
“Se acabó”, dijo. “Aprendí la lección. Nunca volveré a faltarle a mi mujer. Se lo juro”. Estrechó de nuevo la mano de Persky e hizo la promesa mental de que le iba a enviar un corbatín.
Tres semanas después, al terminar una bella tarde de primavera, Persky escuchó el timbre y abrió la puerta. Era Kugelmass, con una expresión avergonzada en el rostro.
“Está bien, Kugelmass’’, ¿adónde quiere ir ahora?
“Sólo una vez más”, indicó Kugelmass. “El tiempo es tan encantador y yo sigo envejeciendo. Persky, ¿usted ha leído el libro La Denuncia de Portnoy. ¿Recuerda el personaje del Mono?
“Ahora el precio es 25 dólares, ya que el costo de la vida ha aumentado. Sin embargo, la primera vez podrá ir gratis, debido a todos los problemas que le causé”.
“Usted sí es buena gente”, le dijo Kugelmass, mientras se peinaba los pocos cabellos que le quedaban y entraba en el armario. ¿Está funcionando bien?”
“Eso espero. Sin embargo, no lo he probado mucho desde que ocurrió todo ese desastre”.
“Sexo y romance”, dijo Kugelmass desde el interior del armario. “Lo que uno tiene que hacer por una cara bonita”.
Persky lanzó al interior un ejemplar de “La Denuncia de Portnoy” y tocó tres veces la caja. En esta oportunidad, en lugar de hacer un ruido seco, se produjo una ligera explosión, seguida por una serie de chisporroteos y una lluvia de centellas. Persky saltó hacia atrás, sufrió un ataque cardiaco y cayó muerto. El mueble se incendió y, al final, se quemó todo el apartamento.
Kugelmass, que no tenía conocimiento de esta catástrofe, también estaba en aprietos. El no había ido a parar al libro “La Denuncia de Portnoy” ni a ninguna otra novela sobre el mismo tema. El profesor había sido proyectado a un viejo libro de texto llamado “Curso básico de Español” y estaba corriendo sobre un terreno árido y pedregoso para salvar su vida mientras la palabra tener, un verbo peludo e irregular, corría tras él gracias a sus larguiruchas piernas.



miércoles, 11 de octubre de 2017

TARDE DE AGOSTO (José Emilio Pacheco)


Nunca vas a olvidar esa tarde de agosto. Tienes catorce años y estás en secundaria. Tu padre ha muerto, tu madre trabaja en una agencia de viajes. Ella te despierta a la las siete. Queda atrás el sueño de combates en la selva, desembarcos en islas enemigas. Entras en el día en que es preciso ir a la escuela, crecer, al abandonar la infancia. Por la noche, al terminar la cena, las tareas, la hora compartida ante el televisor, te encierras a leer los libros de la colección Bazooka, esas novelitas de la Segunda Guerra Mundial que transforman en hechos heroicos los horrores del campo de batalla. En la colección Bazooka siempre hay una mujer que recompensa con su amor a quien esté dispuesto a dar la vida por la causa.

De lunes a viernes el trabajo de tu madre te obliga a comer en casa de su hermano. Es hosco, te hace sentir intruso y exige un pago mensual por tus alimentos. Sin embargo, todo lo compensa la presencia de Julia. Tu prima estudia ciencias químicas, te ayuda en las materias más difíciles de la secundaria, te presta discos. Es la única que te toma en cuenta , sin duda, por compasión a quien ve como el niño, el huérfano, el sin derecho a nada. Piensas: Julia no puede amarte. Nos separan seis años y el ser primos hermanos.

Un día te presenta a un compañero de la Universidad, el primer novio a quien se permite visitarla en su casa. Pedro te desprecia y te considera un estorbo. Destruye la relación establecida con Julia. Ahora no tiene tiempo de vigilar tus tareas ni habla de discos ni van al cine. No sientes rencor hacia ella, te limitas a odiar a Pedro. Aquella tarde en que Julia cumple veinte años, cuando se levantan de la horrible comida de aniversario, Pedro la invita a pasear por los alrededores de la ciudad. Te ordenan acompañarlos. Suben al coche. Te hundes en el asiento posterior. Julia se reclina en el hombro de Pedro. Él la abraza y maneja con la izquierda. La música trepida en la radio del automóvil. El sol de las cuatro te parece una ofensa más. Pasan los cementerios y los últimos lugares habitados. Para no ver que Julia besa a Pedro y se deja acariciar, miras lo árboles a orillas de la carretera: cipreses, oyameles, pinos desgarrados por la luz del verano. Se detienen ante el convento perdido en la soledad de la montaña. Bajas con ellos y caminan por corredores y galerías desiertas. Se asoman a la escalinata de un subterráneo en tinieblas. Se hablan y escuchan (ellos, no tú) en los huecos de una capilla que trasmite susurros de una esquina a otra. Y mientras Julia y Pedro pasean por los jardines tú que no tienes nombre y no eres nadie inscribes en la pared cubierta de moho: Julia, 19 de agosto, 1954, Salen de las ruinas del monasterio, se internan en el bosque húmedo, bajan hasta un arroyo de aguas heladas. Un letrero prohíbe cortar flores y molestar a los animales. El bosque es un parque nacional. Quien desobedezca recibirá su castigo.

Vibran las frondas con el aire que revive tus sueños. Por un instante vuelves a ser el héroe de la colección Bazooka, el vencedor o el derrotado de Narvik, Tobruk , Midway, Iwo Jima , El Alamein, Stalingrado, Varsovia, Monte Cassino, las Ardenas … Te imaginas combatiente en la caballería polaca o en el Afrka Korps, soldado capaz de actos heroicos que una mujer premiará con su amor. Julia descubre una ardilla en la punta de un árbol. Me gustaría llevármela, dice. Las ardillas no se dejan atrapar, contestó Pedro, y si alguien lo intentara hay guardabosques para impedirlo y encarcelan a quien se atreva. Yo la agarro, aseguras sin pensarlo, y te subes al árbol a pesar de que Julia quiere detenerte. La corteza hiere tus manos, la resina te hace resbalar. La ardilla asciende aún más alto. La siguiente hasta poner los pies en una rama. Miras hacia abajo y ves acercarse al guardabosques y a Pedro que se pone a hacerle conversación. El guardabosques no alza la mirada hacia el árbol en el que estás inmóvil y oculto a medias en el follaje. Julia intenta no traicionarte con la vista. Pedro tampoco te delata: se propone algo más cruel. Retiene al guardabosques con pregunta tras pregunta, le da algunos billetes, lo deja hablar de sí mismo, quejarse de los paseantes y de lo poco que gana . Así te impide el triunfo y prolonga tu humillación.

Has pasado diez o quince minutos. La rama empieza a ceder bajo tu peso. Sientes miedo de caer desde esa altura y morir ante Julia o romperte lo huesos y quedar inválido para siempre. O de otro modo, date por vencido, dejar que el guardabosques te lleve preso.

Atrapado por Pedro, el guardabosque no se va. La ardilla te desafía a medio metro de la rama crujiente. En seguida baja por el tronco con agilidad que nunca será tuya y corre a perderse en el bosque. Julia se ha soltado a llorar, lejos del guardabosque y de la ardilla pero de ti más lejos e imposible. Al fin el guardabosque agradece la propina de Pedro, se despide y vuelve al convento. Entonces bajas, muerto de miedo, pálido, torpe, humillado, con lágrimas. Pedro se ríe de ti. Julia no llora: le reclama y lo llama estúpido. Suben otra vez al automóvil. Julia no se deja abrazar por Pedro y nadie habla de nada de nada ni una palabra. Bajas en cuanto llegan a la ciudad, caminas sin rumbo muchas horas y al llegar le cuentas a tu madre lo que ocurrió en el bosque y subes a la azotea y quemas en el boiler la colección Bazooka. Pero no olvidas nunca esa tarde de agosto. Esa tarde, la última en que tú viste a Julia.