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lunes, 27 de marzo de 2017

REPLICANTES (Manuel Vicent)


Sangre, sudor y lágrimas: estas excreciones del cuerpo humano con las que se amasan las gestas heroicas de la historia son en realidad un compuesto de agua y sal procedente de ese mar que en gran parte todavía llevamos dentro. Fuimos peces, fuimos anfibios, fuimos monos, luego primates bípedos, homos habilis, erectus, sapiens y todo lo que la evolución nos ha deparado después hasta ganarle la espalda a Einstein, pero sea cual sea nuestro destino final en el fondo nuestra carne seguirá siendo agua de mar hasta que en el futuro cedamos el testigo de la existencia racional a los robots creados por nosotros mismos. La nanotecnología hará posible que toda la información neurológica condensada en nuestro cerebro sea copiada en nanochips y almacenada en la estantería de la nube y desde allí podrá ser insertada en los robots, de manera que ellos tomarán nuestro lugar, incluyendo la capacidad genética para reproducirse o autorreplicarse. Su inteligencia artificial desarrollada exponencialmente en la era cuántica les permitirá ejercer acciones autónomas, incluso contrarias a nuestras órdenes. Los humanos iremos perdiendo las partes del cuerpo a medida que sean innecesarias y caigan en desuso; finalmente quedaremos reducidos a algo inmaterial similar a lo que ahora llamamos alma, compuesto por partículas subatómicas, aptas para moverse a velocidades lumínicas con capacidad omnisciente, propia de la divinidad. Mientras tanto, en nuestro planeta, si todavía existe, los robots habrán tomado forma y textura humanoide. Sufrirán todos los problemas que el hombre abandonó. Entrarán en conflictos sentimentales, laborales y en guerras cruentas, pero sus gestas históricas no producirán sangre, sudor ni lágrimas porque, no habiendo salido del mar, los robots no tendrán agua ni sal, ingredientes básicos del dolor y la gloria de la humanidad.


domingo, 26 de marzo de 2017

GRAFFITI (Julio Cortázar)



Tantas cosas que empiezan y acaso acaban como un juego, supongo que te hizo gracia encontrar el dibujo al lado del tuyo, lo atribuiste a una casualidad o a un capricho y sólo la segunda vez te diste cuenta de que era intencionado y entonces lo miraste despacio, incluso volviste más tarde para mirarlo de nuevo, tomando las precauciones de siempre: la calle en su momento más solitario, ningún carro celular en las esquinas próximas, acercarse con indiferencia y nunca mirar los graffiti de frente sino desde la otra acera o en diagonal, fingiendo interés por la vidriera de al lado, yéndote enseguida.

Tu propio juego había empezado por aburrimiento, no era en verdad una protesta contra el estado de cosas en la ciudad, el toque de queda, la prohibición amenazante de pegar carteles o escribir en los muros. Simplemente te divertía hacer dibujos con tizas de colores (no te gustaba el término graffiti, tan de crítico de arte) y de cuando en cuando venir a verlos y hasta con un poco de suerte asistir a la llegada del camión municipal y a los insultos inútiles de los empleados mientras borraban los dibujos.

Poco les importaba que no fueran dibujos políticos, la prohibición abarcaba cualquier cosa, y si algún niño se hubiera atrevido a dibujar una casa o un perro, lo mismo los hubieran borrado entre palabrotas y amenazas. En la ciudad ya no se sabía demasiado de qué lado estaba verdaderamente el miedo; quizá por eso te divertía dominar el tuyo y cada tanto elegir el lugar y la hora propicios para hacer un dibujo. Nunca habías corrido peligro porque sabías elegir bien, y en el tiempo que transcurría hasta que llegaban los camiones de limpieza se abría para vos algo como un espacio más limpio donde casi cabía la esperanza.

Mirando desde lejos tu dibujo podías ver a la gente que le echaba una ojeada al pasar, nadie se detenía por supuesto pero nadie dejaba de mirar el dibujo, a veces una rápida composición abstracta en dos colores, un perfil de pájaro o dos figuras enlazadas. Una sola vez escribiste una frase, con tiza negra: A mí también me duele. No duró dos horas, y esta vez la policía en persona la hizo desaparecer.

Después solamente seguiste haciendo dibujos. Cuando el otro apareció al lado del tuyo casi tuviste miedo, de golpe el peligro se volvía doble, alguien se animaba como vos a divertirse al borde de la cárcel o algo peor, y ese alguien por si fuera poco era una mujer. Vos mismo no podías probártelo, había algo diferente y mejor que las pruebas más rotundas: un trazo, una predilección por las tizas cálidas, un aura.

A lo mejor como andabas solo te imaginaste por compensación; la admiraste, tuviste miedo por ella, esperaste que fuera la única vez, casi te delataste cuando ella volvió a dibujar al lado de otro dibujo tuyo, unas ganas de reír, de quedarte ahí delante como si los policías fueran ciegos o idiotas. Empezó un tiempo diferente, más sigiloso, más bello y amenazante a la vez. Descuidando tu empleo salías en cualquier momento con la esperanza de sorprenderla, elegiste para tus dibujos esas calles que podías recorrer en un solo rápido itinerario; volviste al alba, al anochecer, a las tres de la mañana. Fue un tiempo de contradicción insoportable, la decepción de encontrar un nuevo dibujo de ella junto a alguno de los tuyos y la calle vacía, y la de no encontrar nada y sentir la calle aún más vacía.

Una noche viste su primer dibujo solo; lo había hecho con tizas rojas y azules en una puerta del garaje, aprovechando la textura de las maderas carcomidas y las cabezas de los clavos.

Era más que nunca ella, el trazo, los colores, pero además sentiste que ese dibujo valía como un pedido o una interrogación, una manera de llamarte. Volviste al alba, después que las patrullas ralearon en su sordo drenaje, y en el resto de la puerta dibujaste un rápido paisaje con velas y tajamares; de no mirarlo bien se hubiera dicho un juego de líneas al azar, pero ella sabría mirarlo. Esa noche escapaste por poco de una pareja de policías, en tu departamento bebiste ginebra tras ginebra y le hablaste, le dijiste todo lo que te venía a la boca como otro dibujo sonoro, otro puerto con velas, la imaginaste morena y silenciosa, le elegiste labios y senos, la quisiste un poco.

Casi enseguida se te ocurrió que ella buscaría una respuesta, que volvería a su dibujo como vos volvías ahora a los tuyos, y aunque el peligro era cada vez mayor después de los atentados en el mercado te atreviste a acercarte al garaje, a rondar la manzana, a tomar interminables cervezas en el café de la esquina. Era absurdo porque ella no se detendría después de ver tu dibujo, cualquiera de las muchas mujeres que iban y venían podía ser ella. Al amanecer del segundo día elegiste un paredón gris y dibujaste un triángulo blanco rodeado de manchas como hojas de roble; desde el mismo café de la esquina podías ver el paredón (ya habían limpiado la puerta del garaje y una patrulla volvía y volvía rabiosa), al anochecer te alejaste un poco pero eligiendo diferentes puntos de mira, desplazándote de un sitio a otro, comprando mínimas cosas en las tiendas para no llamar demasiado la atención. Ya era noche cerrada cuando oíste la sirena y los proyectores te barrieron los ojos.

Había un confuso amontonamiento junto al paredón, corriste contra toda sensatez y solo te ayudó el azar de un auto dando la vuelta a la esquina y frenando al ver el carro celular, su bulto te protegió y viste la lucha, un pelo negro tironeado por manos enguantadas, los puntapiés y los alaridos, la visión entrecortada de unos pantalones azules antes de que la tiraran en el carro y se la llevaran.

Mucho después (era horrible temblar así, era horrible pensar que eso pasaba por culpa de tu dibujo en el paredón gris) te mezclaste con otras gentes y alcanzaste a ver un esbozo en azul, los trazos de ese naranja que era como su nombre o su boca, ella ahí en ese dibujo truncado que los policías habían borroneado antes de llevársela; quedaba lo bastante para comprender que había querido responder a tu triángulo con otra figura, un círculo o acaso una espiral, una forma llena y hermosa, algo como un sí o un siempre o un ahora.

Lo sabías muy bien, te sobraría tiempo para imaginar los detalles de lo que estaría sucediendo en el cuartel central; en la ciudad todo eso rezumaba poco a poco, la gente estaba al tanto del destino de los prisioneros, y si a veces volvían a ver a uno que otro, hubieran preferido no verlos y que al igual que la mayoría se perdieran en ese silencio que nadie se atrevía a quebrar. Lo sabías de sobra, esa noche la ginebra no te ayudaría más que a morderte las manos, a pisotear las tizas de colores antes de perderte en la borrachera y el llanto.

Sí, pero los días pasaban y ya no sabías vivir de otra manera. Volviste a abandonar tu trabajo para dar vueltas por las calles, mirar fugitivamente las paredes y las puertas donde ella y vos habían dibujado. Todo limpio, todo claro; nada, ni siquiera una flor dibujada por la inocencia de un colegial que roba una tiza en la clase y no resiste al placer de usarla. Tampoco vos pudiste resistir, y un mes después te levantaste al amanecer y volviste a la calle del garaje.

No había patrullas, las paredes estaban perfectamente limpias; un gato te miró cauteloso desde un portal cuando sacaste las tizas y en el mismo lugar, allí donde ella había dejado su dibujo, llenaste las maderas con un grito verde, una roja llamarada de reconocimiento y de amor, envolviste tu dibujo con un óvalo que era también tu boca y la suya y la esperanza. Los pasos en la esquina te lanzaron a una carrera afelpada, al refugio de una pila de cajones vacíos; un borracho vacilante se acercó canturreando, quiso patear al gato y cayó boca abajo a los pies del dibujo. Te fuiste lentamente, ya seguro, y con el primer sol dormiste como no habías dormido en mucho tiempo.

Esa misma mañana miraste desde lejos: no lo habían borrado todavía. Volviste a mediodía: casi inconcebiblemente seguía ahí. La agitación en los suburbios (habías escuchado los noticiosos) alejaba a las patrullas urbanas de su rutina; al anochecer volviste a verlo como tanta gente lo había visto a lo largo del día. Esperaste hasta las tres de la mañana para regresar, la calle estaba vacía y negra.

Desde lejos descubriste el otro dibujo, solo vos podrías haberlo distinguido tan pequeño en lo alto y a la izquierda del tuyo. Te acercaste con algo que era sed y horror al mismo tiempo, viste el óvalo naranja y las manchas violeta de donde parecía saltar una cara tumefacta, un ojo colgando, una boca aplastada a puñetazos. Ya sé, ya sé, ¿pero qué otra cosa hubiera podido dibujarte? ¿Qué mensaje hubiera tenido sentido ahora? De alguna manera tenía que decirte adiós y a la vez pedirte que siguieras. Algo tenía que dejarte antes de volverme a mi refugio donde ya no había ningún espejo, solamente un hueco para esconderme hasta el fin en la más completa oscuridad, recordando tantas cosas y a veces, así como había imaginado tu vida, imaginando que hacías otros dibujos, que salías por la noche para hacer otros dibujos.

sábado, 25 de marzo de 2017

ESPELEÓLOGOS (Thomas Bernhard)



Los llamados espeleólogos, que dedican su vida a explorar cuevas y suscitan siempre el mayor interés, sobre todo entre los lectores de revistas ilustradas de las grandes ciudades, han explorado recientemente también la cueva existente entre Taxenbach y Schwarzach, que hasta ahora había estado siempre totalmente inexplorada, como hemos sabido por el periódico. A finales de agosto y en condiciones metereorológicas ideales, según informa el Salzburger Volksblatt, los espeleólogos penetraron en la cueva con la firme intención de volver a salir de esa cueva. A finales de septiembre, un equipo de salvamento, formado con el nombre de Equipo de salvamento de espeleólogos, se dirigió a la cueva para socorrer a los espeleólogos que penetraron originalmente en la cueva a finales de agosto. Pero tampoco ese equipo de salvamento de espeleólogos había vuelto a mediados de octubre de la cueva, lo que indujo al Gobierno del Land de Salzburgo a enviar a la cueva un segundo equipo de salvamento de espeleólogos. Este segundo equipo de salvamento de espeleólogos se componía de los hombres más fuertes y valientes del Land y estaba equipado con los más modernos, así llamados, aparatos de salvamento espeleológico. Sin embargo, el segundo equipo de salvamento de espeleólogos, igual que el primero, penetró, sí, en la cueva, de acuerdo con lo previsto, pero ni siquiera a principios de diciembre había regresado de la cueva. En vista de ello, la oficina responsable de la espeleología del Gobierno del Land de Salzburgo encargó a una empresa construcora de Pongau que tapiase la cueva existente entre Taxenbach y Schwarzach, lo que se hizo ya antes del nuevo año.


viernes, 24 de marzo de 2017

UN HOMBRE DE SU PASADO (Lydia Davis)


Creo que Madre coquetea con un hombre de su pasado que no es Padre. Me digo: ¡Madre no debería tener relaciones impropias con este hombre, Franz! Franz es europeo. ¡Digo que ella no debería ver a este hombre impropiamente mientras Padre está lejos! Pero confundo una antigua realidad con una nueva: Padre no regresará a casa. Él se quedará en Vernon Hall. En cuanto a Madre, tiene noventa y cuatro años. ¿Cómo pueden existir relaciones impropias con una mujer de noventa y cuatro? Sin embargo, mi confusión es la siguiente: aunque su cuerpo es viejo, su capacidad para la traición aun se mantiene joven y saludable.



jueves, 23 de marzo de 2017

TOCA PAGAR (Anton Chéjov)


En un restaurante. Después de una cena copiosa, dos dandis piden la cuenta. Traen la cuenta. Uno de los dandis tiene intención de pagar. El camarero está esperando.

-¡Suelta eso! -dice el primero-. Pago yo.

-No, hermano, es mi deber.

-¡No digas bobadas! Fue mía la idea de cenar, así que pago yo.

-¡No puede ser que yo vaya a cenar a tu costa!

-¿Y por qué iba a hacerlo yo a cuenta tuya?

-La última vez pagaste tú, así que me toca a mí.

-Aquella vez solo bebimos una botella de cerveza.

-De todos modos, no tengo ninguna razón para no dejar que...

-¡Me estás insultando, Sasha!

-¡Igual que tú a mí, Kolia!

-¡Bien! Si eso es lo que deseas, entonces...

-Eso es: paga, paga.

-Estoy de acuerdo en que pagues.

-Me parece que yo ya estaba de acuerdo.

-Bien, pero, de todos modos, paga.

-Así que... No quieres...

-No, al contrario. Solo porque eres tan insistente.

-¡Bien, estoy dispuesto a pagar! Solo tienes que saber, hermano, que se me ha olvidado la cartera en casa. Así que ponlo tú y después te lo pago.

-¡Anda mira! Yo estoy en la misma situación. Pero yo confiaba en ti.

-¿Entonces por qué querías pagar? Yo también confiaba en ti. No tengo ni medio rublo.

-Lo mismo tengo yo.



martes, 21 de marzo de 2017

ELOGIO DE LOS PÁJAROS (Wislawa Szymborska)


Me gustan los pájaros porque vuelan y no vuelan. Porque se zambullen en las aguas y en las nubes. Porque sus huesos están llenos de aire. Por la pelusa impermeable que tienen bajo las plumas. Por esas garras que han desaparecido de las alas pero que se han conservado en las patas, salvo en esas en forma de remo, dignas también de todo nuestro respeto. Me gustan los pájaros por sus patas de palillo, y por las torcidas también, cubiertas en ocasiones por escamas púrpuras, amarillas o azules. Por su andar elegante y majestuoso, y por su cojera, que siempre da la impresión de que la tierra que hay bajo sus pies se balancee. Por esos ojillos desorbitados que nos ven a su manera. Por los picos puntiagudos, con forma de tijeras, curvos, aplastados, largos o cortos. Por las pecheras emplumadas, los penachos, las crestas, los collarines, los volantes, las almillas, los pantalones, los abanicos y los ribetes. Yo misma valoro en gran medida no solo la grisura en el pelaje del ave, la cual nunca resulta monótona, sino también el abigarramiento, el cual durante la época del celo siempre se las arregla para ofrecernos algún efecto adicional. Me gustan los pájaros por sus nidos, sus huevos y las bocas reptilianas abiertas de par en par de los polluelos. Y, finalmente, por esas voces chirriantes y melodiosas que gorjean, trinan y gorgotean. El autor de este atlas sobre los pájaros le ha dedicado una atención muy especial a todas esas voces. Por ejemplo, el «pst pst tik tik» es la voz de reclamo del papamoscas gris, mientras que el «bit bit cyt crr» corresponde al papamoscas negro, una diferencia sustancial que impide la confusión amorosa entre estas dos familias tan cercanas. Como es de suponer, todo intento por reproducir las voces de las aves mediante los sonidos del lenguaje humano es claramente impreciso, y sería todo mucho más fácil si el atlas incluyera algunos discos. Pero Jan Sokołowski sabía muy bien qué hacía: dada la ya conocida presteza de nuestra industria musical, un atlas como éste con grabaciones aparecería dentro de setenta años. Por ello, su laboriosa aunque imperfecta trascripción merece nuestro reconocimiento; si bien, debe añadirse también que su trabajo es fruto de varios siglos de tradición literaria. Y dado que hablamos de literatura, debo decir que también me gustan los pájaros porque han revoloteado durante siglos dentro de la poesía polaca. Desgraciadamente, no todos ellos. El protagonista y el predilecto de la poesía es el ruiseñor. El águila, el cuervo, el búho, la golondrina, la cigüeña, la paloma, la gaviota, el cisne, la grulla, la alondra y el cuclillo también pertenecen a esa casta privilegiada. También encontramos a la garza, el tordo, el camachuelo, el aguzanieves, el pinzón, el mirlo y muchos otros, aunque más esporádicamente. Hay pájaros cuya existencia la poesía calla, simplemente porque sus nombres son tan desparpajados que arruinarían el ambiente lírico. Nunca me he encontrado con el verderón, el triguero, el trillador marrón o, incluso, con el bigotudo. El desafortunado chotacabras no es para nada más feo que la golondrina, pero no ha conseguido hacer carrera poética. Solo podemos albergar la esperanza de que, en el futuro, algún poeta se apiade finalmente de él o de algún porrón osculado. Al menos, este no es el peor de los futuros, ya que aún hay esperanza. Otro cantar es el de aquellos pájaros condenados por tener un nombre ambiguo. El alcaraván, el colirrojo o el gorrión sólo añadirían confusión al paisaje poético. ¿Y qué pasa con la cogujada o galerita cristata? En otra época prestó su nombre a las jóvenes doncellas y lo echó todo a perder. Un poeta que escribiese «A mi tranquila choza llegó volando una galerita», sería hoy considerado como un donjuán fanfarrón. ¿Y qué tal sería el pato havelda? «Una vez me senté en la empalizada y me rozó, al vuelo, una havelda...» No, no puede ser. ¿Y qué tal el pájaro combatiente? «No vagues junto al Narew, vida mía, para que los combatientes no se asusten al verte...» ¿Qué clase de poeta se arriesgaría por algo así? El que esos parias voladores se sientan dolorosamente afectados por su ausencia en nuestra poesía es un asunto aparte. Siempre pueden resarcirse incorporándose a la poesía de algún país extranjero en donde su nombre no pueda asociarse con ninguna otra cosa. 


sábado, 18 de marzo de 2017

CAPITÁN LUISO FERRAUTO (Juan Rodolfo Wilcock)



Una vez al año, en primavera, el capitán Luiso Ferrauto cambia de piel; de la piel vieja emerge lustroso y rosado como un recién nacido, pero al cabo de unas horas la piel nueva recobra su color normal, que es aceitunado, y también el pelo, que se ha desprendido junto con la piel del cráneo, vuelve a crecer rápidamente, como corresponde a un oficial de la Seguridad Pública. Su mujer, unida a él por un amor inusitado en estos tiempos, suele guardar estas pieles usadas de su marido y rellenarlas de goma espuma color carne, para hacer así un muñeco bastante presentable, bien cosido y armado, con su uniforme puesto. Ya tiene unos quince, en el garaje: todos oficiales de policía, tan parecidos a su marido que da gusto verlos a todos juntos, tan dignos, tan rectos, tan inalcanzables por la corrupción. La señora hizo instalar un equipo estéreo en el garaje y cuando el capitán está de servicio fuera de casa, la mujer baja para hacerles oír a sus ex-maridos las mejores páginas de la lírica mundial. Absortos, como embelesados, los quince policías escuchan inmóviles la muerte de Desdémona, el merecido asesinato de Scarpia, la disputa fatal entre Carmen y Don José, delitos todos que exigen el arresto inmediato del culpable, hechos de sangre y de violencia como tantas veces han visto a lo largo de su carrera. Puesto que los muñecos de piel policíaca son producidos a razón de uno por año y cada uno es de edad más avanzada que el anterior, presentan esta insólita característica: que el más joven de los quince es el más viejo de todos.