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viernes, 1 de septiembre de 2017

EL GRAN ESCRITOR (António Lobo Antunes)



Y aquí estoy yo, con una tremenda tiritera, afanándome en una crónica. Estamos en enero, en este lugar hace un frío de miedo, tengo las manos heladas. Las piernas también. No me he quitado el abrigo. De vez en cuando, chilla el teléfono: no atiendo. En una de ésas he muerto. Mañana cojo un avión para el triángulo de costumbre, charla-autógrafos-entrevistas, debidamente escoltado por el orgulloso editor, habitaciones de hotel, almuerzos y cenas con personas que esperan de mí ideas inteligentes y confesiones iluminadoras, el inevitable fotógrafo exigiendo que me apoye en la pared así, él mismo da el ejemplo poniéndose en pose, con los brazos cruzados y una actitud idiota que considera al mismo tiempo casual e irónica, respondo que nunca me apoyo en la pared así, me propone como alternativa un perfil soñador

La idea de un autor secante no es suficiente para consentirle libertades al oso del bolsillito

(sic)

me meto las manos en los bolsillos para no estrangularlo rechinando los dientes, el orgulloso editor, con temor a lenguas moradas fuera, le explica al fotógrafo que soy una persona extraña, voy caminando hacia el restaurante con el hombre detrás que, disparando magnesios desilusionados, intenta mostrarme el portfolio

(dicen siempre portfolio)

lleno de celebridades internacionales, casuales, irónicas y soñadoras, me presentan a una novelista viejísima, envejeciendo, con un echarpe despampanante y más anillos que dedos, que sujeta el tenedor y el cuchillo con delicadeza de relojero ajustando la hora en el pollo, a propósito de la hora intento verla en la muñeca pero las manecillas son minúsculas, aprovecha la mirada, pensando que estudio su escote, y me pide un cuento para la revista de un amigo, la informo de que nunca he escrito un cuento en mi vida mientras ella va dejando huellas de carmín en la servilleta

(antes en la servilleta que en el cuello de mi camisa)

acompañadas de un discurso florido acerca de la importancia de las pequeñas revistas literarias que por no dar dinero aureolan a los colaboradores de prestigio, mil quinientos ejemplares en un papel excelente, estupendo para encuadernaciones futuras y destinado a los lúcidos aficionados al genio ajeno

(entre paréntesis, su escote no tiene interés alguno)

y se lanza a un discurso extasiado acerca de mis cualidades verdaderamente únicas a medida que el escote, mala suerte la mía, se abre mostrando pecas tristes, no es que en una de ésas he muerto, he muerto sin ninguna duda, un crítico suizo anuncia con pompa que absorbo el mundo como un secante y aumenta la sonrisa del orgulloso editor, parece que le ha gustado la imagen del secante, lo imagino contándosela por la noche a su mujer, feliz, con los dientes recién cepillados y el pijama con un oso en el bolsillito

-Tengo un autor que absorbe el mundo como un secante

su mujer, que hojeaba una revista, se queda pensando en la imagen, distrayendo su atención de la primavera-verano 2006

-¿Como un secante?

mientras el oso del bolsillito se instala a su lado en las sábanas, acaba volviendo a la revista porque entre la moda y el secante vence la moda, gracias a Dios, el oso del bolsillito se pone las gafas, se quita las gafas, aventura una rodilla hacia el sitio de su mujer y su mujer, fingiendo no darse cuenta de nada, se aparta, la idea de un autor secante no es suficiente para consentirle libertades al oso del bolsillito que se pone las gafas de nuevo, resignado al manuscrito de un ensayista lituano, la mujer comienza a dormirse encima de la primavera-verano 2006, con el mecánico que le arregló el coche en el magín, el orgulloso editor corrige con lápiz una idea lituana, cierra el manuscrito marcándolo con el lápiz susodicho, acomoda las gafas en la mesilla de noche, hace un avance con la rodilla una última vez, no resulta, y yo solo en mi habitación de hotel, sin oso ni bolsillito alguno, sin pijama siquiera, oyendo la lluvia en la ventana, yo con añoranza de Lisboa y un poco de miedo a que la novelista que envejece me diga por teléfono que está esperándome abajo, un poco de miedo a que su escote se incline sobre mí balanceando desgracias y pecas, un poco de miedo a que el secante que soy se vea obligado a absorber todo aquello, saco el teléfono de la horquilla para defenderme de tales peligros e inicio el descenso de una rampa lenta en dirección al olvido del triángulo charla-autógrafos-entrevistas y del fotógrafo de las poses casuales-irónicas-soñadoras, me levanto para bajar el termostato antes de cocerme a fuego lento en esta cama del tamaño de la playa de la Costa de Caparica en bajamar, y ahí fuera, en alguna iglesia, una campana con horas medievales como las de mi infancia y yo con ocho o nueve años, ni viejo ni envejeciendo, pedaleando en la bicicleta bajo los castaños rumbo a la tienda del señor Casimiro, donde se compraban por una bicoca, palabra de honor, los mejores caramelos del mundo.


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