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viernes, 14 de octubre de 2016

CUANDO UN AMIGO SE VA (Saiz de Marco)


No tiene nombre. No es un castaño, ni un roble, ni un peral, ni una higuera. Tendrá, a lo sumo, un nombre en latín en libros de botánica. Pero no lo necesita.

También se ignora quién lo plantó. Sólo se sabe que es alto, grueso y frondoso. Y que está desde siempre en el patio del colegio.

Bajo su copa han jugado varias generaciones de niños. Casi todos han trepado por su tronco, han atado una cuerda a alguna rama para hacer un columpio y se han sentado a su sombra a la hora del recreo. Algunos han escrito en su corteza el nombre de su amor, de ese amor inicial a los doce años.

La caída de sus hojas avisaba del otoño. El verdor de sus ramas anunciaba otro abril: de nuevo manga corta, el final de otro curso. Hacia mayo le brotaban unas flores pequeñas y blancas que esparcían por el patio un olor dulce. Y después unos frutos morados y redondos, supuestamente no comestibles (aunque muchos de Preescolar los mordieron y no les pasó nada), que servían para jugar a las canicas.

Hoy van a derribarlo. Se ha hecho viejo y su tronco se ha ablandado, como un hueso vegetal afectado por la artrosis. La madera presenta signos de podredumbre. Está enfermo.

La noticia ha corrido por el barrio. Los alumnos lo han dicho a sus padres, muchos de los cuales acudieron, de niños, también a ese colegio.

Por eso es numerosa la asistencia al derrumbe. Tres operarios van a talarlo. Mientras uno corta con la motosierra, los otros tiran de una cuerda atada al tronco.

Finalmente se tambalea y cae. Despacio, sin estrépito (las ramas amortiguan la caída), hasta quedar yacente en el patio. En ese patio que ya no será el mismo.

Cuando está en el suelo, muchos se acercan a verlo. El amputado tronco exhibe incontables círculos concéntricos. Hay quien arranca hojas y se las guarda en el bolsillo. Junto a una de las ramas se ve un nido. En el suelo hay trozos de cascarón: huevos de pájaro rotos al caer.

Algunos congregados huyen aprisa y corriendo, sin despedirse, no vaya a ser que les vean (llorica, llorica) derramar lágrimas por un árbol.


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