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lunes, 29 de enero de 2018

EL BOLIMARTE (Álvaro Cunqueiro)


Este animal de la fauna mágica gallega lo había inventado yo hace unos años, y recientemente un amigo mío me habló de él, preguntándome si lo había oído nombrar porque le habían contado del bolimarte. Yo me regocijé, porque a uno le gusta que las imaginaciones suyas pasen a la memoria popular, lo que es prueba de que ha acertado en algún punto de la fantasía propia nuestra, y que lo inventado corresponde, más o menos, a una realidad apetecida, o soñada. Pues bien, el bolimarte, mi bolimarte, era en imaginación algo así como una salamandra o un alacrán, pero se diferenciaba de ambos en que tenía en el medio y medio de la cabeza una cresta roja, como de gallo, de cinco puntas. Medirá el bolimarte algo así como media cuarta, y lo más de su cuerpo es rabo. Pone un huevo cada siete años, y precisamente en el nido del mochuelo, del moucho, que decimos los gallegos. Los huevos del moucho son blancos y el del bolimarte es negro, pero el moucho no se da cuenta. Cuando el bolimarte rompe la cáscara y sale fuera, lo primero que hace es comerse las crías del mochuelo.

El bolimarte se ve pocas veces, pero siempre se ve cuando va a haber eclipse de sol. El bolimarte le tiene miedo al fin del mundo, y con ocasión del eclipse, que sabe con días de anticipación que va a haberlo, busca la compañía del hombre. Para lograr que un hombre lo reciba en su casa, el bolimarte da cualquier cosa; es decir, da oro que escupe por la boca, o dice donde lo hay. Recibido en la casa, hay que alimentarlo bien: dos pollos y dos pichones por día. Alguna vez pide huevos con torreznos. Los pollos y los pichones no hay que guisarlos; basta con desplumarlos, y el bolimarte los come crudos. De todas formas, como paga en oro, sale barato como huésped. Parece ser que desde que yo he inventado el bolimarte, se sabe de más de una familia gallega que se ha hecho rica dando de comer al bolimarte cuando tiene miedo. No hay que darle cama y nadie sabe dónde duerme.

El bolimarte, expliqué yo, trae por encima del cuerpo una especie de camiseta, y entre la camiseta y el cuerpo, hilo de oro puro, que lo regala a quien le da cobijo y comida. Pero este hilo, desde que el bolimarte lo entrega al hombre, en una hora no hay que tocarlo, porque quema.

¡¿Y cómo dice el bolimarte que hay oro?!

Pues muy sencillo: salta a la ventana, tan pronto como pasó el eclipse, y escupe; lanza una salivaza fuerte, que parece que tuviese en la boca un tirabalas de estopa. Donde cae la saliva, brota una pequeña llama, y se ve algo de humo. Hay que ir allá, abrir un agujero, y en seguida, a menos de media vara, aparece el oro. Cuando el hombre regresa con el oro, ha de mostrárselo al bolimarte, el cual se impone en las patas traseras, y silba. Desde que yo lo inventé, que tenga noticia lo han visto en Pontedeume y en Santa Uxía de Ribeira. Si hubiera pronto un par de eclipses de sol, es seguro que sería visto en otros lugares de Galicia.


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