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viernes, 26 de enero de 2018

COSAS TRAÍDAS DE ROMA QUE DESCUBRÍ AL VACIAR LA MALETA (António Lobo Antunes)


La sonrisa del escritor siciliano Vincenzo Consolo, que me hizo acordar de un dicho brasileño (a una mujer de verdad le gustan los hombres ardientes), autor de una novela con un título hermosísimo (De noche, casa por casa) y tan parecido a Picasso en los ojos, en su grandeza, en la malicia, en la gorrita que se ponía para protegerse de la lluvia; la plaza donde me pasé horas viendo a los pintores callejeros y a las personas que posaban, sentadas en banquitos, para ellos: comenzaban por el pelo y seguían hacia abajo, favoreciéndolas, hasta que todas las señoras se hacían a la idea de ser actrices del cine mudo y todos los caballeros armadores griegos, mientras yo me sentía complacido por la piedad de los artistas y la sinceridad de sus mentiras: gracias, dibujantes de la Piazza Navona, espero que un día vayan al cielo de los pajaritos y de las

(como decía Bandeira)

vírgenes que envejecieron sin resquemor; los diferentes restaurantes adonde me llevaban y donde comí siempre, fiel, abnegada, desconsoladamente, el mismo plato, creo que por pereza y cansancio: pasar los días siendo amable, qué agobio; el escritor portugués Mário Cláudio, cuya niebla infantil en los párpados, imitando lágrimas, siempre me conmovió: la boca le temblaba de vez en cuando y se entendía que las lágrimas eran auténticas porque esto de los libros francamente duele tanto, o puede ser que la niebla no estuviese en él, estuviese en mí, desde regiones oprimidas de la infancia en las que me miraba, con un rencor de acusado, a la luz de la madrugada; iglesias, piedras, estatuas, un exceso de pasado que volvía a las piernas de las muchachas más efímeras y bellas, yéndose lejos de donde yo estaba, siempre lejos de donde yo estaba, erguidas sobre sus tacones: la emoción de la feminidad que me perturbará hasta el final, cuando yo sea unos huesos, unas palabras entrecortadas, unos músculos, pobres de ellos, sin fuerza; policías disfrazados de militares de Carnaval presenciando, en grupo, el espectáculo de esos individuos encima de una peana, con la caja de las limosnas al pie, que se ganan la vida quedándose quietos en medio de un gesto; terrazas en calles estrechas, con velas encendidas en las mesas, retorciendo sombras; la alemana sola que fumaba un cigarrillo tras otro con una desesperación lenta, toda velada por sus gafas oscuras; la alegría de una edición de 1812 de la obra de Tácito, en cinco volúmenes atados con una cintita roja; el sabor de los helados en el que recuperé mi primera visita a Roma, con mi abuelo, y luego esa congoja en el pecho que precede a los abrazos: Benfica de pronto, entera, completa, en la Via de Petra: ni siquiera faltaban los altos troncos de las tipas; Luciana Steganno Pichio, profesora jubilada, a la que no encontraba desde 1983, en Brasil, pidiendo que le autografiase una foto mía, y la sensación de estar en contacto con alguien que habitaba la otra margen de la vida, aunque se me ocurre que en la vida sólo existe esta margen y después un mar sin fondo de muebles antiguos, frascos vacíos, álbumes con antepasados de cofia, parientes míos a quienes cubre las caras una mano de tierra; Joana que vino en tren, desde Padua, para reunirse conmigo unas horas: se fue a las seis, cuando yo dormía, y el empleado de la recepción a ella

-¿Paga usted o el señor que se ha quedado arriba?

de lo que me enteré más tarde por teléfono, ya en Lisboa, pero no se salvará del puñetazo que le tengo prometido: aunque tenga que volver allí a propósito

(mi abuelo lo haría)

a partirle la cara por haber ofendido a mi hija; nombres: Daniela, Ana, Cristina, mujeres a las que el tiempo hirió, luchando sin resultado contra los años; un piano con ganas de contarme un secreto en la ventana de un primer piso: ¿cuál sería? Cuanto más intentaba comprenderlo más falto de cariño me sentía y, al marcharme, la certidumbre de que una nota me rozaba el hombro, llamándome; sueños confusos que prefiero no recordar; simientes de alegría aquí y allá, minúsculas, el remordimiento de no haber concluido mi vida y algo, con no sé qué de esperanza, entreabriéndome la puerta, después de la puerta un soldado

(¿yo?)

observándome desde una silla con tablas de barrica, mangos de Marinha, la cantina del señor António, un monopatín que ningún niño impulsa, el escritor siciliano Vincenzo Consolo que comienza a sonreír de noche, casa por casa, yo frente a claveles de balcón, la majestad de la esposa del farmacéutico, con un perrito en brazos, mi tío Fernando haciendo gimnasia, con el pecho desnudo, en invierno; al acabar de vaciar la maleta de Roma una cosita que apenas distingo, en el fondo, y es el anillo de roscón de Reyes que me tocó en suerte cuando yo tenía seis años, me entraba en el dedo, era de estaño o algo así, no valía un pimiento y yo me sentía un príncipe, es decir, yo con un anillo de príncipe, yo riquísimo, vea qué rico que soy, madre, mire, soy un príncipe, el escritor siciliano Vincenzo Consolo se pone la gorrita para protegerse de la lluvia, mientras la alemana apaga el último cigarrillo, estruja el paquete vacío, alza el mentón y su boca pronuncia despacio las letras, repentinamente enormes, de mi nombre.

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