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jueves, 14 de diciembre de 2017

CRÓNICA PARA TOMAR (António Lobo Antunes)



Ahora, por la noche, yo solo en el silencio de la casa. Los libros tan quietos, las fotografías, los cuadros, una especie de eternidad breve en la esfera del reloj. Luces a lo lejos. Escribo, como siempre que escribo aquí, en la mesa del comedor. El estadio de fútbol apagado, pocas lámparas en los edificios. Me duele algo detrás de los ojos, no exactamente dolor, sino una impresión. Por la ventana abierta, el sonido de los automóviles. Abajo, en el solar, un perro comienza a llamar, entre dos olivos y unas ruinas: en este momento las ruinas son maraña de sombras, por la mañana un pedazo de muro. De vez en cuando se nota el viento: no muy alto, un susurro. ¿Qué dice? Me apetecería que alguien cantase, la voz de una mujer como en Tomar, hace muchos años, yo estaba en el ejército. En el sosiego del comedor de oficiales, en medio de la oscuridad, la voz. Me sentía bien en Tomar. El enfermero del Hospital de la Misericordia, lleno de gestos. Los árboles. Los árboles.

Me duele algo detrás de los ojos, no exactamente dolor, sino una impresión

En Tomar, en un tejado vecino, vi morirse a una paloma. En equilibrio en una cornisa se consumía día tras día, estremecida, acongojada, casi sin plumas. Una tarde, de repente, pareció derrumbarse, cayó. La impresión de que le cuento esto a alguien que no conozco y que, no obstante, existe. ¿Cómo se llama? Alguien que comprende

-Me lo está contando a mí

o no comprende, pasa de largo, no hace caso. La paloma se estremeció en el suelo, se quedó quieta. En la plaza del tribunal, el diálogo de las hojas. Familias después de cenar, en agosto, tomando el fresco en las calles. Parejas. Una vieja con bastón junto a una vieja sin bastón. En un café con billares los notables del lugar. Parecía que mis veintitantos años los ofendían. Horas después, una empleada de la limpieza tiró la paloma a la basura. La cogió por un ala y listo. Las profesoras del instituto. Una que otra vez el brigadier cenaba en el comedor de oficiales, peinadito, perfumado. Se asemejaba a un jugador de póquer de los barcos del Misisipí, todo manitas sutiles. Y coroneles ancianos, de vacaciones con sus esposas, tomando comprimidos durante toda la comida, preocupados por las traiciones del cuerpo. Una de las esposas verde. No exagero: verde.

La piel verde, una sonrisita angustiada, verde, un anillo extravagante, verde, en el índice. Se volvió loca por un alférez y el alférez la traicionó al transformarse en coronel de movimientos torpes con un frasco de pastillas en el bolsillo. En su sonrisita una pregunta:

-¿Qué puedo hacer?

no puede hacer nada, señora, su tiempo se acabó. No se enfade conmigo, no tengo la culpa, son las leyes de la vida, ¿comprende?: su tiempo se acabó. Seguirá un rato más en mi crónica y también se acabará. La esposa verde se quedó quieta, con la cuchara a mitad de camino entre el plato y la boca. Igualita a la paloma, las mismas patitas inútiles, la misma vacilación sin energía. Una empleada ha de tirarla a la basura y el coronel seguirá tragando sus medicamentos, sin compañía, en la mesa junto a la puerta.

Tomar. Autobuses de línea, uno al lado del otro, en la explanada. El tribunal oliendo a papel podrido, a tarjeta mohosa. Empleados absortos, arbustos que se agitaban como gallinas cuando los gallos se separan de ellas, con cacareos de follaje. El río en agosto con centenares de peces, como navajas, puro filo, agujereando el agua, hasta la superficie, para coger un insecto con los dos dedos de la boca: el labio de arriba el índice, el labio de abajo el pulgar. Sus ojos imperturbables, saltones. Sauces reflejados, más auténticos que los sauces de fuera. Se alquilaban barquitos, se remaba entre juncos, entre musgos. No sólo la esposa verde, todo verde, nunca pensé que el verde fuese tantos colores, nunca pensé que en el verde estuviesen todos los colores del mundo. Docenas. ¿Qué digo docenas? Miles. La foto, con un uniforme número uno prestado, para la tarjeta de oficial. Una mujer con peinado barroco aceptó salir conmigo

-¿Estás casado?

y no estaba casado

-¿Tienes alguna enfermedad?

y no tenía enfermedades

-¿No has traído condones?

y no traía condones

-¿Me prometes que tendrás cuidado?

y prometí que tendría cuidado. Una cicatriz en la barriga que la volvía tan vulnerable, tan próxima. Esto en la planta baja de una prima, a la salida de la ciudad, camino de la sierra. A la muñeca que embellecía los cojines no le gustó que la trasladasen a la cómoda, a hacer compañía a un toro de cerámica con uno de los cuernos roto. Sus pies, con las uñas pintadas de azul

-No querrás volver a verme, ¿no?

¿Qué se responde a esto? La muñeca y el toro furiosos conmigo, a la espera, y yo callado

-Eh, tú, ¿no me respondes?

Aventuré una caricia en su brazo, en silencio, luego los pies

-Ésa no es una respuesta

y volvía la cabeza fingiendo que no veía sus lágrimas. Se llamaba Amélia, trabajaba como dependienta, su novio estaba en la guerra, en Guinea:

-Todos vosotros os vais a la guerra, y yo no os importo nada

y más lágrimas

-¿No sabéis hacer otra cosa que no sean guerras?

mientras mis dedos se dedicaban a consolar su brazo, sin consolarla a ella. El pelo, rubio, negro en las raíces, la palma que apoyó en mi muslo

-¿Y cuándo vas a la guerra tú?

mientras la palma me encontraba.

En el techo de la habitación una lámpara recargada, fotografías en la pared a las que intenté no saludar. Si una furgoneta pasaba por la calle, vibraban los caireles de la lámpara: lágrimas también. La mujer

-Vete

con el atolondramiento metí dos piernas en la misma pernera del pantalón, ya amputado antes de los combates. Di unos saltos en la alfombra hasta que comprendí el error y ella en las sábanas llorando. O era el toro el que lloraba, o tal vez la muñeca. O Tomar entero. Yo no. Yo un ahogo, una congoja

-¿No sabéis hacer otra cosa que no sean guerras?

Sauces reflejados, más auténticos que los sauces de fuera. Me metí en el coche. No sé por qué le costó arrancar. Pero sí que lo sé: no tenía fuerzas para hacer girar la llave. Hay momentos, cuando lloran los toros y las muñecas

(nosotros no, claro, nosotros no)

en que no tenemos fuerzas para hacer girar una llave.



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