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lunes, 19 de febrero de 2018

EL MAQUINISTA (Jean Ferry)


Hace mucho tiempo que circula este tren, caballero, mucho tiempo. Ha de saber, por cierto, que no puede usted permanecer en mi plataforma. ¿Cómo es que no viene acompañado de un responsable de locomotoras? El reglamento es taxativo en ese punto, como en todos los demás; de otro modo, no tendría razón de ser. Insisto. Usted, que es completamente ajeno a los ferrocarriles, créame que no puede permanecer sobre una locomotora en marcha sin tener a su lado a alguien que se responsabilice, alguien de rango superior. Para empezar, ¿cómo ha llegado hasta aquí? Ah, ¿no lo sabe? Es verdad que desde que partió este tren todo ha cambiado tanto… En todo caso, no puede usted bajarse en marcha, ni usted ni nosotros ni nadie. Hoy día pasan cosas muy raras, me dará la razón, y eso que hace treinta años que soy del oficio.

No es nada, es el timbre de la alarma. Al principio me preocupaba, pero a todo se acostumbra uno. Ya parará. Antes no paraba nunca. ¡Ya se imagina, cuando vieron que continuábamos rodando sin llegar a parte alguna! Luego tuvieron que resignarse. Yo no tengo la culpa, en todo caso, y han terminado por darse cuenta. Lo que pasa es que de vez en cuando vuelve a darles por ahí, pero ya no insisten mucho. A menos que se trate de una crisis, entonces estalla una especie de frenesí. Suena durante una hora seguida, con desesperación. Sí, con desesperación. Le extrañará, pero ya lo ve, también se acostumbra uno a los timbrazos de la alarma. Si uno conociera a los que están colgados al otro lado del hilo, acabaría por distinguirlos. Pues verá, me da la impresión, y me dirá usted que tan sólo es una idea y que de todas formas hay cosas que son imposibles, me da la impresión de que a veces son nuevos, de que en cuanto lo comprenden se ponen a darle al timbre a pesar de las advertencias de los demás, que les explican que no sirve de nada. Como bien dice, no es más que una idea. Porque igual que no se puede bajar, tampoco se puede subir, ¿verdad? ¡Ah! Lo ve, ya para.

No podemos ir en busca de noticias. No tenemos forma de abandonar la plataforma, eso está claro, ni yo ni el fogonero, y los demás no pueden venir, o no se atreven. No suele uno preocuparse mucho de lo que arrastra, sea un tren de lujo o vagones de cemento, pero he de decir que esta vez he pensado en el convoy más de lo que debería. Por otra parte, sólo puedo verlo en las curvas y no mucho al mismo tiempo. Y, además, ¿qué quiere usted que distinga en esta noche de nunca acabar que no parece tener fin? Antes me daba tiempo de verlos gesticular en las puertas, y los había incluso que iban agarrados a los estribos, pero cuando se acabó la electricidad las cosas volvieron a la normalidad. Si aún los hay que tratan de llamar la atención, ya no los veo. Aunque es como si los viera. Aparte de eso, todo marcha regularmente. Habrá alguien que se ocupe de la vía. Todo está en orden y no me he saltado ni una señal. No puedo decir que el paisaje me sea extraño, es como una llanura que atravesé en mi infancia y que continuamente vuelve a pasar. La cinta del velocímetro continúa funcionando, no se agota. Quien la verifique cuando lleguemos va a tener un trabajo de aúpa. Carbón parece que habrá de sobra. Se diría que crece, que cría. Si dejamos de quemarlo rueda sobre la plataforma, te llega primero a los tobillos y luego a las rodillas, es la peste. Antes lo tiraba al balastro, a paladas, pero reaparecía el doble. Lo mejor es quemarlo, para eso está hecho, ¿no? Es sólo que ya no hay frenos ni marcha atrás, y debo pedirle que crea que seguimos la ruta. Afortunadamente, la vía siempre está despejada y no hay estación que se interponga en nuestro camino. No he visto ni una desde que salimos. Otro tanto sucede con el agua.

Mi fogonero no parece mal tipo y no es ningún gandul, eso está claro. Pero no hay mucha complicidad entre nosotros. Es su primer viaje conmigo y tengo por principio no hablar con los nuevos fogoneros durante el primer viaje. Así puedo verlos venir. Además, bastante trabajo tiene con ese carbón que trata de ahogarnos o tirarnos abajo. Me pareció oír que se llamaba Edmond.

¿No vendrá usted del tren, por casualidad?

Vaya, se ha esfumado. Qué pasajero más raro. Me pregunto por dónde saldría el sol si un día le diera por amanecer. Parece que en América llevan un teléfono en las locomotoras que comunica por los raíles con las estaciones. Con un chisme así… En fin…

A fuerza de viajar sin parar, uno se cansa, aunque sea concienzudo. A fin de cuentas, ¿qué significa todo eso? Uno envejece, sí, y se cansa. Estoy tan cansado que si se agotara el carbón y tuviera el freno neumático donde corresponde, al alcance de la mano, y este tren se detuviera de una vez, me pregunto si me bajaría de la locomotora. ¿En qué país estaríamos? ¿Cómo volvería a casa? Después de tantas noches, ¿volvería a encontrar a los que dejé atrás, no para correr aventuras, sino para ejercer mi oficio? El fogonero puede hacer lo que le venga en gana. Yo no me apeo.


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