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sábado, 1 de julio de 2017

DE PRONTO (Saiz de Marco)



Salgo de la oficina con el maletín en la mano y de pronto, ¿qué pasa?, de pronto soy el inmigrante de la esquina que ofrece "La Farola" (el periódico de los "sin techo"). Mientras sostengo en mis manos los periódicos veo al inmigrante cruzar la calle, vestido con mi chaqueta y llevando mi maletín. Lo veo convertido en mí.

Apenas doy crédito a mis ojos: ahora él es yo y yo soy él.

El inmigrante (transformado ahora en ejecutivo) pasa de largo, no me compra el periódico, ni siquiera se para a mirarme.

El que en este momento cruza la calle es el alcalde. Sólo que ahora el alcalde es quien recoge los cubos de basura. Los pone boca abajo y vierte su contenido en un camión. Se me hace extraño verle así de sucio y vestido con un mono de trabajo.

Pero aún más raro se me hace ver al basurero ataviado con chaqueta y corbata, en el asiento de atrás del coche oficial de la Alcaldía.

Y esa chica con la que diariamente me cruzo mientras hace footing, ¿por qué va en silla de ruedas? ¿Acaso se ha invalidado? ¿Habrá sufrido un accidente?

¿O será otro intercambio, otra permuta de destinos? Sí, debe de ser eso, porque en este momento pasa junto a mí, corriendo como una gacela, la mujer parapléjica que vive en este barrio.

Han pasado varias horas. Sigo en la misma esquina, ofreciendo "La Farola". Tengo hambre, estoy cansado y me duelen los pies. En todo este tiempo sólo he vendido dos ejemplares. Con lo que me han dado por ellos (la limosna, a fin de cuentas, del mendigo que ahora soy) tengo que comprar la comida, la cena, el desayuno de mañana...

De mañana: porque es posible que mañana yo siga siendo el inmigrante en paro que vende "La Farola". Porque es posible que nunca vuelva a ser quien era: el ejecutivo que ayer mismo salía de la oficina con un maletín en la mano. Porque es posible, en fin, que los trueques no tengan marcha atrás.

viernes, 30 de junio de 2017

INSTRUCCIÓN 6 (Leila Guerriero)


Pase un buen rato en el supermercado. Esfuércese. No siempre hace las compras, así que aplíquese con entusiasmo. Mire la lista que han confeccionado juntos: harina, huevos, café. Cuando no encuentre lo que busca —eso que en la lista figura con todo detalle: marca, cantidad— pregúntese: “¿Qué hubiera comprado ella?”. Escoja en consecuencia. Después de un rato, chequee si falta algo y diríjase a la caja. Pague. Camine hasta su casa con brío, las bolsas colgando de los brazos potentes. Siéntase como un cazador-recolector que regresa a la cueva con la presa al hombro. Al llegar, anuncie: “¡Llegué!”. Vea cómo ella se acerca caminando por el pasillo, con esa actitud que tiene en los últimos tiempos, como si se sintiera molesta, incordiada por algo que usted no alcanza a saber qué es. Deje las bolsas sobre la mesa y empiece a sacar la mercadería. Diga: “Acá está el té, la harina”. Escuche cómo ella dice: “Esa no es la harina que te pedí”. Diga: “No había, pero traje esta que parecía igual”. Escuche cómo ella dice: “No es igual. Es más gruesa”. Sienta, dentro suyo, un cosquilleo en el que se mezclan la tristeza y la ira. Diga: “Bueno, la cambio”. Escuche que ella dice: “No vas a ir sólo para cambiar un paquete de harina. En algo la usaremos”. No responda. Vea cómo ella tiene en el rostro esa expresión que a usted le produce miedo y alarma: un gesto rígido de reprobación muda, como si todo su ser estuviera diciendo: “No se puede confiar en vos, no hacés nada bien”. Recuerde cómo, hasta hace poco, usted era su héroe: cómo ella tenía fe en que usted podía arreglarlo todo: un caño roto, la falta de dinero, incluso el clima. Diga: “Traje arándanos”. Escuche cómo ella, ya de espaldas, yéndose por el pasillo, dice: “Bueno. A vos te gustan”. Pregúntese cómo, por qué, en qué momento empezó a ser, para ella, un perfecto imbécil.


jueves, 29 de junio de 2017

EL SEÑOR BISCAIA (António Lobo Antunes)



Si no fuese por el señor Biscaia, aún hoy estaría en el mismo sitio en el mostrador de la perfumería. Fue él quien me pagó el arreglo de los dientes, me hizo enderezar esta cosa en la nariz y me puso al frente de la boutique para tener una vida decente: ¿cómo podía ser ingrata, cómo podían ser ingratos mis padres? Para colmo el piso a mi nombre, amueblado, y por no ser ingrata tengo la foto de él en la sala, en el estante de la enciclopedia, junto al bar con las botellas de licorcito de naranja, que el estómago del señor Biscaia es sensible y, de vez en cuando, viene aquí a conversar, a darme unos consejos, opiniones de un amigo que tiene más experiencia de la vida que yo, que siempre fui una ingenua con los ojos tapados y cualquier persona me engaña.

El señor Biscaia pasa por la boutique de tiempo en tiempo, comprueba las cuentas, me ayuda, cuando es necesario discute con los abastecedores y equilibra el presupuesto. Que discute es una forma de decir, porque el señor Biscaia no discute, propone, y si el señor Biscaia propone las personas no vacilan en aceptar. Tiene una forma de resolver los asuntos sin levantar la voz que deja sin palabras a todo el mundo. Y cuando se marcha se mantiene un silencio de respeto que dura toda la tarde. Su esposa, pobre, padece de un problema en la columna, nunca lo acompaña. Me informaron de que es una mujer hija de gente rica, y al principio fue ella quien ayudó al señor Biscaia a poner los negocios sobre ruedas. Por consideración a la enferma, el señor Biscaia no se quita la alianza ni ha pasado, en los cinco años que esto dura, una noche conmigo. Vuelve a su casa después de cenar y soy yo quien le hace el nudo de la corbata porque tengo mano para esas cosas y para él el nudo de la corbata es un enigma una vez bebida la quinta copita de licor de naranja. El señor Biscaia se levanta del sofá, informa

-Me voy al patíbulo

lo ayudo a llegar hasta el ascensor y me quedo junto a la ventana viendo cómo el coche se sube a las aceras hasta que llega a la esquina. Supongo que después de la esquina se mantiene más o menos: que yo recuerde, nunca he visto al señor Biscaia con un codo escayolado. Camino del patíbulo me deja en el cenicero media docena de billetes por cualquier imprevisto, que el día de mañana no se sabe lo que puede pasar, mis padres se dedican a envejecer y las farmacias y las consultas cuestan un ojo de la cara. Con la jubilación que reciben soy yo la que lleva el timón de la casa y el señor Biscaia, sensible y atento a los problemas de los demás, pone remedio a la cuestión.

A pesar de la gratitud que le debo no soy capaz de tratarlo de Artur: me he habituado a llamarlo señor Biscaia y no sirve de nada insistir porque de Biscaia no salgo. Opina que le crea dificultades que yo le diga

-Señor Biscaia

en los momentos en que estamos, por decirlo de alguna manera, más próximos, unas veces él en el sillón y yo en el brazo del sillón, otras en la cama de estilo llena de adornos que menudo trabajo da limpiar: cosas torcidas, roscas, conchas de cedro, cornucopias, una botella entera de aceite para dejarlo todo en condiciones, el señor Biscaia

-No me trates de señor Biscaia que no me empino

y yo intento suspirar

-Artur

pero no me sale, o sea sí consigo el suspiro y sin embargo el

-Artur

se atasca, para mí el señor Biscaia no tiene cara de Artur, tiene cara de señor Biscaia, la autoridad, las facciones, las hebras de pelo estiradas una a una de una oreja a la otra y que con el esfuerzo se sueltan, la dentadura que él acomoda con la lengua pidiendo

-Espera

o con el pulgar si la lengua no llega y las muelas de arriba del señor Biscaia mezcladas con las de abajo, al cabo de media hora de lencería y trabajo el señor Biscaia se empina un poco que siempre es mejor que nada, yo casi entre aplausos

-Qué hombre

y la reacción desaparece, debe de haber comprimidos para bajones así y sin embargo está claro que no voy a ofender al señor Biscaia hablando de pastilla, me cambio de peinado, me pongo unos pendientes largos, me rocío con agua de colonia española y el señor Biscaia, enfadado consigo mismo

-Qué disgusto

el señor Biscaia derrotado

-Tráeme una copita de licor

con la esperanza de que el licor lo ayude y no lo ayuda, dicen que el marisco es infalible en casos de imposibilidad y yo venga con platitos de gambas, percebes, el señor Biscaia irritándose

-Sácame eso de aquí

y cuando me voy para cambiarme el sostén lo encuentro panza arriba en la cama de estilo mirando el techo con odio a pesar de las gafas en la mesilla de noche. Cuando el señor Biscaia se quita las gafas se queda más desnudo que vestido, parece otra persona, y entonces lo distingo por la cicatriz de la mejilla, el señor Biscaia

-Es inútil que insistas

de manera que me quedo allí haciéndole compañía y sintiendo los hervores de su decepción y de su vergüenza. Con un esfuerzo que sólo Dios sabe lo que me cuesta logro un

-Artur

penoso con una última esperanza y el señor Biscaia, siempre tan educado, suelta un

-Artur y una mierda

que debe de oírse en la Junta de Distrito a tres calles de distancia. No me lo tomo a mal: si no fuese por el señor Biscaia, aún hoy estaría en el mismo sitio en el mostrador de la perfumería y esas atenciones cuentan. Mis padres me enseñaron a ser agradecida y lo soy, le doy valor a quien se interesa por mí. Mi madre no para de advertirme

-No pierdas a Biscaia

(en la hora de los consejos se le olvida el señor)

añade después de reflexionar

-Si pierdes a Biscaia estamos fritos

y tiene razón, porque no hay muchas personas con la bondad de él. Tiene su carácter, quién no tiene su carácter, de vez en cuando unos gritos, unos celos, unas miradas de reojo a todo hombre que pasa, un empleado suyo pendiente a ver con quién converso y diciéndome por la comisura de los labios.

-Debes ser fiel a Biscaia

yo que siempre fui fiel al señor Biscaia, Dios me libre de meter aquí en casa a un idiota cualquiera que se empina pero con los bolsillos vacíos, yo no ofendo a quien me ayuda, sé poner a las personas en el lugar que se merecen, y sé cuál es mi lugar, conmigo el señor Biscaia puede dormir en paz. El otro día me aseguró que si se muere su esposa nos casamos. Cuando se lo conté a mi madre casi se desmaya de la alegría. Para el año que viene, el señor Biscaia prometió que les regalaría un pisito en condiciones, por aquí cerca, dado que mi madre me ayuda en la cocina y a planchar la ropa y al señor Biscaia le gustan las casas limpias. Mi problema es si él se enferma o algo por el estilo, un virus en el hígado, un ataque. Lo mejor, en mi opinión, es no pensar en eso y hacerme a la idea de que el señor Biscaia es eterno. Por ese lado estoy tranquila: mi madre conoce a una vieja con poderes y la vieja le ha dicho que una tarde de éstas, cuando menos se lo espere, seguro que el señor Biscaia se empina.



miércoles, 28 de junio de 2017

LA CASA DE LA AGONÍA (Luigi Pirandello)




Al entrar, el visitante dijo su nombre pero la vieja sirvienta que había abierto la puerta, o no había entendido o lo había olvidado. Por esa razón, desde hacía ya tres cuartos de hora él era, para toda aquella casa silenciosa, alguien sin nombre, "un señor que espera allí". "Allí" significaba en el salón.

En la casa, aparte de la negra -que con seguridad había regresado enseguida a la cocina-, no había nadie. El silencio era tal que el tic-tac lento de un antiguo reloj de péndulo, ubicado tal vez en el comedor, se oía pronunciadamente en el resto de las habitaciones, como si fuera el latido del corazón de la casa. Los muebles de cada uno de los cuartos, incluso de los más alejados, gastados pero en buen estado, con algo de rídiculo debido a sus diseños ya pasados de moda, daban la sensación de escuchar el tic-tac del reloj de péndulo, seguros de que nada nunca ocurriría en esa casa y que ellos permanecerían por siempre así, inútiles, admirándose o apiadándose mutuamente; o mejor todavía, pasarían su tiempo dormitando. Los muebles también tienen almas, especialmente los viejos; aquéllas provienen de los recuerdos de la casa donde han estado por tanto tiempo. Para corroborar dicha existencia, basta con que un mueble nuevo sea introducido entre ellos. Un mueble nuevo aún no posee alma, pero por el hecho mismo de haber sido elegido y comprado, tiene ya un imperioso deseo de poseerla. En esa situación, se puede observar cómo inmediatamente los viejos muebles lo miran mal: lo consideran una especie de intruso pretencioso, todavía ignorante e incapaz de decir algo, lleno de quién sabe qué tipo de ilusiones. Los otros, los muebles viejos, ya no se hacen ninguna ilusión, por eso están tan tristes: saben que con el tiempo los recuerdos comienzan a desvanecerse y con ellos se va el alma, que poco a poco ira debilitándose. Una vez cumplido esto, permanecen allí, descoloridos si son de tela, oscurecidos si son de madera, absolutamente callados también ellos. Si se da el caso, desgraciado, que algún recuerdo desagradable persista, corren el riesgo de terminar en la basura. Ese viejo sillón que está allí, por ejemplo, experimenta un auténtico tormento al ver el polvo que producen las polillas y que se acumula en una infinidad de montoncitos sobre la tabla de la mesita que está delante de él, y a la que aprecia mucho. Él es consciente de ser muy pesado, sabe de la debilidad de sus patas, especialmente de las traseras; tiene temor de ser agarrado por detrás -ojala esto no suceda nunca-, arrastrado y desplazado; con esa mesita delante se siente más seguro, al reparo. No querría que las polillas, afeándolo con todos esos groseros montoncitos de polvo sobre la tabla, terminaran provocando su transporte hasta el altillo.

Todas estas consideraciones y observaciones eran realizadas por el anónimo visitante olvidado en el salón. Casi absorbido por el silencio de la casa, habiendo ya perdido su nombre, daba la impresión de haber perdido también su condición de persona, convirtiéndose en uno de esos muebles en los que tanto había pensado, atento escuchar el tic-tac lento del reloj de péndulo que sonaba pronunciadamente, llegando hasta el salón a través de una puerta semiabierta.


De cuerpo pequeño, el visitante casi desaparecía en el gran sillón oscuro de terciopelo violeta sobre el cual se había sentado. Desaparecía, también, bajo las ropas que llevaba. Los bracitos, las manitas casi había que buscarlas bajo las mangas y los pantalones. Era sólo una cabeza calva, dos ojos estirados y dos bigotitos de ratón.

Evidentemente, el dueño de casa había olvidado la invitación de encontrarse que le había hecho. Más de una vez desde que había llegado, el hombrecito se preguntaba si era todavía su derecho permanecer allí sentado, esperándolo, traspasado ya todo límite de tolerancia respecto a la hora acordada. Pero él ya no esperaba al dueño de casa. Más aún, si éste hubiera aparecido, el hombrecito habría experimentado una sensación desagradable. Allí, tendiendo a confundirse con el sillón donde estaba sentado, con sus ojos estirados fijos y una angustia que crecía a cada instante, el visitante esperaba otra cosa, mucho más terrible: un grito que viniera desde la calle, y que le anunciara la muerte de alguien, de un transeúnte cualquiera que pasara por debajo de la ventana de aquel salón de un quinto piso; la muerte de uno de los muchos que caminaban por la calle en ese momento -hombres, mujeres, jóvenes, viejos, niños- produciendo ese murmullo confuso que llegaba a sus oídos. Y todo esto porque un gran gato pardo había entrado al salón sin notar su presencia, pasando por el espacio vacío que dejaba la puerta semicerrada, y de un salto se había subido al alféizar de la ventana abierta.

De todos los animales, el gato es el que menos ruidos hace; no podía faltar en una casa como ésta, llena de silencio.
Contra el rectángulo azulado de la ventana se recortaba un vaso con geranios rojos. El azul, antes vívido y ardiente, poco a poco había declinado hacia un violeta, como si la noche -que tardaba en llegar- hubiera echado un soplo de sombras sobre él. Las gaviotas que daban vueltas en bandadas, parecían haber enloquecido a causa de aquella última luz del día y cada tanto lanzaban agudísimos chillidos y se lanzaban violentamente contra la ventana como si quisieran entrar al salón; pero enseguida, ni bien apoyaban sus patas en el alféizar, volvían a levantar vuelo. Pero no todas. Primero una, luego otra, cada tanto, se metían debajo del alféizar. No se llegaba a entender cómo ni tampoco por qué.

Por curiosidad, antes de que el gato entrase, él se había acercado a la ventana, había corrido apenas un poco el vaso de geranios y se había asomado, tratando de encontrar una explicación. Y la había encontrado: un pareja de gaviotas había hecho su nido justo debajo del alféizar de aquella ventana.

Ahora bien, lo terrible de la situación era que nadie de los que continuamente pasaban por la calle, absortos en sus cuestiones y sus tareas, podía ponerse a pensar en un nido que colgaba debajo del alféizar de una ventana de un quinto piso de una de las tantas casas que había en esa calle; ni tampoco en un vaso de geranios rojos puesto sobre ese alféizar, ni mucho menos en un gato que intentaba cazar a las dos gaviotas del nido. Y menos todavía podía pensar en la gente que iba y venía por la calle debajo de la ventana el gato, que ahora, agazapado detrás del vaso, movía apenas la cabeza, siguiendo con los ojos perdidos en el cielo el vuelo de aquellas bandadas de gaviotas que, pasando por frente a la ventana, chillaban ebrias de aire y de luz. Al paso de cada bandada, agitaba apenas la punta de la cola que le colgaba, listo para atrapar con las uñas a la primera gaviota que intentara meterse en el nido.

Él, y solamente él, sabía que ese vaso rojo con geranios, al ser golpeado por el gato, se precipitaría hacia la calle y terminaría su caída en la cabeza de alguien. El vaso ya se había corrido de lugar dos veces debido a los movimientos impacientes del gato; ya estaba casi sobre el borde del alféizar. El hombre respiraba con dificultad y tenía la cabeza cubierta de gotas de sudor como perlas. Le resultaba tan insoportable la ansiedad de aquella espera que hasta llegó a pensar -diabólicamente- ir él mismo, en silencio y agachado, con un dedo extendido, hasta la ventana, y darle el último empujón al vaso, sin esperar a que lo hiciera el gato. Por lo demás, el siguiente golpe, por más leve que fuera, consumaría el hecho. No había nada por hacer.

Al haber sido reducido por el silencio de la casa, él ya no era nadie. Era el silencio mismo, medido por el tic-tac del reloj de péndulo. Él era esos muebles, testigos mudos e impasibles de la desgracia que estaba a punto de suceder allá abajo, en la calle, y de la cual ellos aquí arriba no se habrían enterado jamás. Sólo él la conocía, y de casualidad. Hacía ya un buen rato que no debía estar ahí. Podía hacer de cuenta, entonces, que en el salón no había nadie, y que el sillón al cual estaba como atado por la fascinación de la fatalidad que pendía -allí, en el borde del alféizar- sobre la cabeza de un completo desconocido, se encontraba desocupado. Era inútil que él modificara esa fatalidad: la combinación natural del gato con el vaso de los geranios rojos y el nido de las gaviotas. El vaso estaba allí, precisamente, para ser expuesto en la ventana. Si él lo hubiera movido para impedir la desgracia, habría cumplido su objetivo sólo por hoy; mañana, la vieja sirvienta negra habría colocado nuevamente el vaso sobre el alféizar: justamente porque el alféizar era el lugar de ese vaso. Y el gato, espantado hoy, volvería también mañana a sus intentos de atrapar a alguna de aquellas gaviotas.
Era inevitable.

El vaso había sido empujado todavía un poco más allá: ya estaba casi un dedo por fuera del borde del alféizar.

Él no pudo soportarlo más y huyó. Bajando por la escalera tuvo una idea fugaz: llegaría a la salida justo a tiempo para recibir sobre su cabeza el vaso de geranios que precisamente en ese momento comenzaba a caer desde la ventana.



martes, 27 de junio de 2017

TODO ES CINE (Manuel Vicent)



La goleta estaba fondeada en aguas de Denia y durante el descanso del rodaje Bette Davis, vestida de Catalina la Grande de Rusia, se paseaba entre las redes de los pescadores por la explanada del puerto devorando un bocadillo de carne de gato. En el año 1958 se rodó la película John Paul Jones en esa costa del Mediterráneo, dirigida por John Farrow, y en ella muchos extras del pueblo se codearon con otros actores de fama, Robert Stack, Marisa Pavan, Jean-Pierre Aumont, pero entre tantas estrellas Bette Davis era la diva que tenía la nariz más alzada. Un paisano de Denia se había hecho con la intendencia de aquella tropa. Preparar tres comidas diarias para medio centenar de técnicos y artistas caprichosos no era tarea fácil en un tiempo en que el espectro del hambre de posguerra acababa de abandonar las despensas.

Bette Davis era una carnívora militante. En el rodaje se la veía dura y majestuosa bajo el ropaje de Catalina la Grande en la popa de la goleta y esa misma crueldad de zarina, fuera de la escena, la ejercía también con aquel paisano encargado del avituallamiento, que no lograba servirle la calidad de carne que ella exigía. Las carnicerías estaban mal abastecidas y tampoco había ganado para sacrificar con las propias manos. El problema se fue agravando a medida que la cólera de Catalina la Grande aumentaba y la carne disminuía. Llegado el punto crítico Bette Davis amenazó al productor Samuel Broston con dejar el rodaje si no despedía a un tipo como aquél, incapaz de suministrarle carne de primera.

Ante la inminente pérdida del negocio este hombre pidió ayuda a un amigo en la barra de un bar, quien encontró el remedio de fortuna para dar gusto a la zarina. Esa misma noche los dos se fueron de caza por los pueblos de alrededor y lograron capturar un par de docenas de gatos. Como la carne de gato macerada presenta un color rojo demasiado impúdico la aderezó con una salsa de tomate para enmascararla y al día siguiente ofreció este plato a la diva con todos los honores. Esperó el veredicto con el ánimo suspendido. Después del primer bocado Bette Davis lanzó un grito de entusiasmo. Más, quería más. Era una carne magnífica. Con lo cual no quedó un minino en todo el contorno. He aquí un dato para cinéfilos. En 1958 Bette Davis se comió ella sola en Denia lo menos 20 gatos y a eso debió tal vez su carácter. ¿No se da esta noche en Hollywood un Oscar al mejor catering?




lunes, 26 de junio de 2017

LA CONFESIÓN (Dino Buzzati)



La señora Laurapaola se hallaba indispuesta en la cama, algo sin importancia, cuestión de tres o cuatro días, había dicho el médico. Hacía tiempo que sufría estos molestos achaques, pero sus familiares no se lo tomaban muy en serio sosteniendo que era una maniática, e incluso el médico decía que no había motivos para preocuparse.

Por la tarde, mientras estaba medio adormilada, la doncella le anunció al padre Quarzo, del vecino convento de los franciscanos, donde Laurapaola iba asiduamente a confesarse. ¿Por qué habría venido?

—Buenos días, querida hija —dijo el padre Quarzo al entrar—. Pasaba por aquí, estaba haciendo un recorrido en favor de mis pobres niños jocomelíticos, pensaba llamar a su puerta también. Y me dicen que usted… ¡Pero eso no puede ser! Vamos, vamos, ánimo, quiero verla sana y diligente como siempre. ¡Una señora moderna y activa como usted! Pero, a propósito… ¿Cómo es que ya no veo a aquella simpática viejecita que me abría siempre la puerta?

—Ay, no me hable, padre —dijo Laurapaola—. Demasiado vieja, ya no entendía nada, no hacía nada a derechas, he tenido que despedirla.

—¿Cuánto hacía que estaba con usted?

—Quien sabe, desde que nací siempre la he visto en esta casa. Y creo que ya entonces llevaba aquí varios años.

—¿La ha despedido?

—¿Y qué iba a hacer? Por fuerza, padre. Esta casa no es un asilo de ancianos…

—Entiendo, entiendo —dijo el padre Quarzo—. Pero cuénteme, hija mía, ¿qué ha hecho este verano?

Entonces Laurapaola empezó a referir los acontecimientos del verano, el viaje a España, las corridas, la boda de su joven cuñada en Arezzo, luego el crucero en barco, hasta Chipre y Anatolia.

—En agradable compañía, supongo…

—Desde luego, padre. Éramos ocho, si le contase qué días, qué alegría, qué sol, nunca me he divertido tanto.

—O sea que su marido, por fin, se tomó unos días de descanso, ¿no es así?

—Ah, no. Mi marido no soporta el mar. Y además tenía un montón de cosas que hacer, no sé qué congresos en Francia y en Suecia.

—¿Y los niños?

—¡Oh, mis hijos! Se quedaron en el colegio en Suiza, un verdadero paraíso, sabe usted, para ellos aquello son vacaciones todo el año.

Hablaba y hablaba, la nueva casa en Porto Ercole, las clases de yoga («Hasta espiritualmente, padre, uno se siente transformado, ¿sabe?»), el próximo viaje a Saas Fee, la última subasta de cuadros, hablaba y hablaba, todo su rostro aparecía encendido.

El padre Quarzo escuchaba. Sentado, permanecía rígido como una estatua. Ya no sonreía.

—Hija mía —dijo al fin— , ya ha hablado bastante, no querría que se fatigase —se levantó cuan largo era—. Ahora le daré la absolución.

—¿Cómo?

—¿No la quiere, hija mía?

—Oh, no, padre… Al contrario, gracias… Pero no comprendo…

—In nomine Patris et Filii —empezó el padre Quarzo, con expresión severa. Y también ella entrelazó sus manos.

Así Laurapaola supo que había llegado su hora.


domingo, 25 de junio de 2017

EL ÚLTIMO VIAJE EN EL TIEMPO DE CAMILO UNZUÉ (Sebastián Beringheli)



Después de casi sesenta años operando la máquina del tiempo, a lo largo de los cuales cosechó la admiración de sus colegas, el respecto de sus superiores, y la veneración casi histérica de sus aprendices, Camilo Unzué se enfrentó a su último viaje. Nunca, antes o después, se otorgó un privilegio semejante.

Ese último viaje estaba libre de protocolos: no había una misión que seguir, ni parámetros que cumplir, ni incipientes agitadores a los cuales asesinar. Debido a su probada lealtad al proyecto, se permitió que Unzué decidiera el destino de su último viaje en el tiempo.

Tampoco hicieron falta los estudios psicológicos de rigor, diseñados para evaluar posibles brotes psicóticos en el viajero del tiempo. En seis décadas de trabajo, Unzué jamás había estropeado una línea temporal. Su semblante etrusco, casi anodino, producía una absoluta indiferencia, motivo por el cual fue capaz de visitar épocas remotísimas, así como futuros increíblemente distantes, sin causar jamás asombro o curiosidad.

A lo largo de esos sesenta años Unzué se privó de cualquier beneficio o placer producto del conocimiento cabal de lo que fue y será: suprimió el deseo de asfixiar a Mussolini en su cuna, de quemar el Malleus Malleficarum, de salvar las vocales egipcias; esquivó la mirada entalcada de Madame de Pompadour, los secretos de Leonardo, la hirsuta geografía púbica de las chicas prerrafaelitas; y calló, como un monje de clausura, la verdadera identidad de Shakespeare, la roña proverbial de Epicuro, las varices de Helena de Troya.

A un hombre de semejante prudencia se le podía dar el beneficio de elegir su último viaje en el tiempo; aunque tiempo, curiosamente, era lo único que le faltaba a ese hombre.

El día de su cumpleaños número ochenta y cinco, ya encorvado y decrépito por los constantes viajes por las fronteras del tiempo, Unzué se subió por última vez a la máquina.

Muchos pensaron que su destino acaso sería el futuro. Unos 2000 o 3000 años hubiesen bastado para arribar a una época en la que nadie moriría de viejo, pero Unzué era un tipo impredecible. Situó el temporizador en el pasado; exactamente ochenta y tres años atrás.

Llegó a Buenos Aires en plena madrugada. Forzó una vieja puerta de rejas, atravesó un largo patio, y con absoluto sigilo se introdujo en una habitación modesta, saturada de humedad y olor a lavanda. Dos personas, un hombre y una mujer, dormían profundamente en el lecho matrimonial. Unzué, extraordinariamente hábil, se deslizó entre los dos cuerpos, se acurrucó entre ellos, y murió en la cama de sus padres.