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martes, 7 de noviembre de 2017

BANQUETE DE BODA (Emilia Pardo Bazán)


Una noche de Carnaval, varios amigos que habían ido al baile y volvían aburridos como se suele volver de esas fiestas vacías y estruendosas, donde se busca lo imprevisto y lo romancesco y sólo se encuentra la chabacana vulgaridad y el más insoportable plato, resolvieron, viendo que era día clarísimo, no acostarse ya y desayunarse en el Retiro, con leche y bollos. La caminata les despejó la cabeza y les aplacó los nervios encalabrinados, devolviéndoles esa alegría espontánea que es la mejor prenda de la juventud. Sentados ante la mesa de hierro, respirando el aire puro y el olor vago y germinal de los primeros brotes de plantas y árboles, hablaron del tedio de la vida solteril, y tres de los cuatro que allí se reunían manifestaron tendencias a doblar la cerviz bajo el santo yugo. El cuarto -el mayor en edad, Saturio Vargas- como oyó nombrar matrimonio, hizo un mohín de desagrado, o más bien de repugnancia, que celebraron sus compañeros con las bromas de cajón y con intencionadas preguntas. Entonces Saturio, entre sorbo y sorbo de rica leche, anunció que iba a contar la causa de la antipatía que le inspiraba sólo el nombre y la idea del lazo conyugal.

Es una de las cosas -dijo- que no pueden justificarse con razones, y no pretendo que me aprobéis, sino que allá, interiormente, me comprendáis… Hay impresiones más fuertes y decisivas que todos los raciocinios del mundo; he sufrido una de éstas… y la obedezco y la obedecer

é hasta la última hora de mi vida. Estad ciertos de que moriré con palma… de soltero.

Recibí la tal impresión cuando vivía en provincia, bajo el ala de mi madre. Tenía dieciocho años de edad, no sé si cumplidos, cuando una mañana me anunció mamá que al día siguiente se casaba una prima nuestra, a quien había traído su tutor de un convento de Compostela, donde era educanda, y que estábamos convidados a la ceremonia en la iglesia y a la comidas de bodas, en casa del novio, cierto notario ya maduro. Me alegré como chico a quien esperaba un día de asueto y jolgorio; madrugué, y me situé en la iglesia de modo que no perdiese detalle. Cuando llegó la novia, entre el runrún del gentío que se apartaba para dejarle paso, y la vi de frente, me sorprendí de lo linda que era, y sobre todo de su aire candoroso y angelical, y de su mucha juventud -una niña más bien que una mujer-. No vestía de blanco; tal costumbre no existía en Marineda aún; llevaba un traje de seda negro, una mantilla de blonda española y en el pecho un ramito de azahar artificial; pero su cara de rosa y sus grandes y dulces ojos azules lucían más con clásico tocado español, que lucirían bajo el velo de Malinas.

De pronto retrocedí como asustado: acababa de aparecer el novio, don Elías Bordoy, cincuentón, alto, fornido, grueso y calvo. Recuerdo que estuve a punto de gritar: «¿Pero es este hipopótamo el que se lleva esa criatura tan preciosa?» El movimiento que hice fue marcadísimo; lo advirtió mi madre, y como estaba pegada a mí, me tiró de la manga y recuerdo que ¡la pobre! puso un dedo sobre los labios, sonriendo con malicia y gracia, como si me dijese:

-¿Pero a ti que te importa? No te metas en lo que no te va ni te viene».

Si hubiese podido responder en alta voz y dejar desbordarse mis sentimientos, le gritaría a mamá: «Pues sí me importa. Cuando se casa un hombre, idealmente se casan todos. El que es joven y hace versos a escondidas; el que siente y le hierven las ilusiones, se ha figurado mil veces esta ceremonia y el misterio que la acompaña, y lo ha revestido de todos los encantos de la belleza. El pudor, la pasión, la incertidumbre, la esperanza, la felicidad que se sueña, menor, sin embargo, que la realidad iluminan con tal aureola este momento supremo de la vida, que el espectador tiene derecho a silbar, si el espectáculo es vergonzoso y grotesco». Mientras pensaba así, la novia, con voz clarita y argentina, había articulado un sí redondo…

La hora señalada para la comida de bodas era la de las tres: don Elías vivía a la antigua española. Nos introdujeron en una sala anticuada, con sillería de marchito color, en que cuadros de santos se mezclaban con oleografías de pésimo gusto. Éramos, con los de la casa, quince o veinte personas las que debíamos disfrutar del banquete. La novia, ya sin mantilla, pero con su ramo de azahar en el pecho, charlaba con la hermana de don Elías, solterona avinagrada, que tenía una de esas bocazas negras que parecen un antro sepulcral. El novio se había retirado, apareciendo pocos minutos después despojado de la levita, con un macarrónico batín de franela verde, en zapatillas, y calada una especie de gorra grasienta, a pretexto de catarro y confianza; en realidad por no desmentir la añeja y groserísima costumbre de sentarse a la mesa cubierto.

Figuraba entre los comensales uno de esos graciosos de oficio que no faltaban en ninguna ciudad, y al ver al novio en tan extraño atavío, le soltó un ¡hurra! y le anunció que a los postres bailarían una danza con mucho y remucho aquel… Al oír esta proposición miré a la novia con angustia. Cándida y sonrosada, inclinando la cabeza gentil, la novia sonreía.

Una maritornes sucia, de arremangados brazos, anunció en voz destemplada que estaba «la comida lista»; y don Elías nos enseñó a empellones el camino del comedor. «Nada de cumplimientos -chillaba el cetáceo-, ya saben ustedes que esa palabra significa cumplo y miento». Porque cedí el paso a una señora, me llamaron señorito almidonado. Sentámonos a la mesa en tropel, y aquel desorden hizo que me colocase enfrente de la novia y pudiese estudiar con afán su rostro; pero nada advertí en él, más que el sencillo regocijo de una chiquilla salida del convento y que se divierte con el barullo y la novedad de la situación.

La comida era espantosa en su abundancia y en su pesadez: un pecado de gula colectivo. La hermana de don Elías, la de la bocaza sepulcral, sentada a mi lado, me hacía cucamonas aborrecibles, empezando por destapar un soperón ciclópeo, y echarme en el plato una cascada de tallarines humeantes y calientes como plomo derretido. El cocido le fue en zaga a la sopa: cada fuente encerraba una montaña de chorizos, patatas y garbanzos, libras de tocino, una costilla salada, y obra de dos rabos de cerdo.

Mis esfuerzos para abstenerse fueron inútiles: la terrible solterona, consagrada, según decía, «a cuidarme», notó que me faltaban garbanzos, que estaba privado de tocino, y que nadie más desprovisto de carne que yo, y remedió al punto estas faltas. Cuando uno es muchacho padece de raras aprensiones: cree que tiene que hacer el gusto a los demás, y no el propio. Obedecí a la arpía, y comprendiendo que me envenenaba, comí de aquellas porquerías grasientas. Era el tonel de las Danaides; cuanto más tragaba, más me ponía en el plato. Apenas me descuidaba veía venir por el aire una mano seca y rigurosa, y me llovía en el plato una media morcilla o un torrezno gordo. Y lo que acrecentaba mi indignación hasta convertirla en furor, era ver a la novia, la del rostro angelical, la de los ojos de luz y zafiro, comer con excelente apetito, y escoger con refinada golosina los mejores bocados. Onzas de sangre daría yo porque apareciese desganada y meditabunda. ¡Desganada! ¡A buena parte! Recuerdo que al ofrecerla su marido un platazo de aceitunas, exclamó hecha unas castañuelas, de vivaracha: «¡Ay, cómo me gustan! Y en el convento, espérate por ellas…».

Después de los innumerables principios, todavía trajeron un tostón o marranilla y un pavo relleno, de inmensa pechuga, tersa como el parche de un tambor, un pavo que me pareció la cría de un elefante. Destaparon el champagne, de pésima calidad, pero suficiente para alborotar las cabezas, y por primera vez oí reír alto a la novia, con risa cristalina, impulsiva, pueril, que a poco me arranca lágrimas… Sí; entre el calor, el vaho de la comida y el drama que se representaba en mi imaginación, declaro que estuve a pique de soltar el trapo allí mismo. El novio se había retirado a aflojarse los tirantes y volvía a la mesa hecho una fiera de puro feo, con el cogote rollizo, el rostro apopléjico y los ojos inyectados. Era el instante en que las chanzas del gracioso de oficio adquirían subido color; en que las señoritas y señoras, sofocadas, se abanicaban con periódicos, y en que empezaban a desfilar con los postres los licores -noyó, naranja, kummel y «perfecto amor»-. De este último quiso el gracioso escanciase el novio una copa a la novia, y aprovechando la algazara formidable que armó esta ocurrencia, yo me levanté, me deslicé hasta la puerta sin ser visto, salvé la antesala, salté a la escalera, bajé disparado y me encontré en la calle, respirando por primera vez desde tantas horas…

Al otro día caí en cama. La recia indigestión paró en fiebre, y fiebre de septenarios, tifoidea, que me puso a dos dedos de la sepultura. Convaleciente ya, un día desahogué con mi madre los recuerdos de la fatal comida. ¿Qué pasaba? ¿La novia había perdido la razón? ¿Se había escapado en bata del domicilio conyugal?

-¡Qué bonito eres! -respondió mi madre-. La novia, muy contenta; y don Elías y su hermana, entusiasmados. Entre meterse monja por falta de recursos o vivir hecha una señorona en casa de don Elías, que no se deja ahorcar, de fijo, por un par de millones… ya comprendes la diferencia, hijo.

No objeté nada. Mamá tenía razón. Me guardé mi desilusión, convertida, poco a poco, en horror profundo. Cada vez que pienso que pueden casarse conmigo como se casaron con don Elías… juro concluir mi existencia entre un gato y un ama de llaves… ¡Solo…, solo!… Mejor que mal acompañado.


-Comprendo -exclamó uno de los que oían a Saturio Vargas-. Se te indigestó la boda… y manjar que se nos indigesta, ya no lo catamos.


lunes, 6 de noviembre de 2017

MI DIFUNTO (Sandra Sánchez)


Cuando apago la luz suele cogerme la mano. Luego, como si fuera una nana, me susurra mi nombre al oído. Me gusta dormirme así. Sería todo perfecto si no tuviera los pies tan fríos... pero al menos, ahora, no ronca.


domingo, 5 de noviembre de 2017

LAS MANOS (Enrique Ánderson Imbert)


En la sala de profesores estábamos comentando las rarezas de Céspedes, el nuevo colega, cuando alguien, desde la ventana, nos avisó que ya venía por el jardín. Nos callamos, con las caras atentas. Se abrió la puerta y por un instante la luz plateada de la tarde flameó sobre los hombros de Céspedes. Saludó con una inclinación de cabeza y fue a firmar. Entonces vimos que levantaba dos manos erizadas de espinas. Trazó un garabato y sin mirar a nadie salió rápidamente. Días más tarde se nos apareció en medio de la sala, sin darnos tiempo a interrumpir nuestra conversación. Se acercó al escritorio y al tomar el lapicero mostró las manos inflamadas por las ampollas del fuego. Otro día -ya los profesores nos habíamos acostumbrado a vigilárselas- se las vimos mordidas, desgarradas. Firmó como pudo y se fue. Céspedes era como el viento: si le hablábamos se nos iba con la voz. Pasó una semana. Supimos que no había dado clases. Nadie sabía dónde estaba. En su casa no había dormido. En las primeras horas de la mañana del sábado una alumna lo encontró tendido entre los rododendros del jardín. Estaba muerto, sin manos. Se las habían arrancado de un tirón. Se averiguó que Céspedes había andado a la caza del arcángel sin alas que conoce todos los secretos. Quizá Céspedes estuvo a punto de cazarlo en sucesivas ocasiones. Si fue así, el arcángel debió de escabullirse en sucesivas ocasiones. Probablemente el arcángel creó la primera vez un zarzal, la segunda una hoguera, la tercera una bestia de fauces abiertas, y cada vez se precipitó en sus propias creaciones arrastrando las manos de Céspedes hasta que él, de dolor, tuvo que soltar. Quizá la última vez Céspedes aguantó la pena y no soltó; y el arcángel sin alas volvió humillado a su reino, con manos de hombre prendidas para siempre a sus espaldas celestes.

¡Vaya a saber!


sábado, 4 de noviembre de 2017

OSCURIDAD ES MI NOMBRE (Eddy C. Bertin)


Allí donde la oscuridad es más negra que el negro y tiene un color propio, donde la nada es algo y la oscuridad es aún más clara que la luz, allí estaba.

Siempre había estado allí; pensaba en aquellos momentos en que era capaz de pensar algo, aquellos cortos periodos de conciencia entre lo que parecían periodos eternos de lo que sólo podía ser el sueño o la no existencia y quizá moría cada vez y volvía a nacer, si es que podía morir, cosa que tampoco sabía.

Entonces intentó pensar en Sí mismo y supo que tenía nombre, que se llamaba Cyáegha, que no le dijo nada sobre Sí mismo excepto que existía.

Sólo era, no se podía tocar Su emplazamiento, un lugar que no era ningún sitio, pero tampoco podía tocar Él otras cosas. Podía llamarse mal, si el mal hubiera tenido un significado racional para Su existencia, cosa que no tenía. En realidad Cyáegha era algo que estaba más allá de las leyes hechas por el hombre sobre el bien y el mal, una fuerza natural, o un suceso natural como un incendio forestal o un tornado o una tormenta, o simplemente la muerte, algo a lo que no se aplican las leyes artificiales.

Algunas veces, durante aquellos escasos momentos en que se le permitía pensar, o quizá se permitía a Sí mismo pensar, porque Él no sabía si aquellos periodos de sueño-muerte los había creado o no Él mismo, intentaba recordar algo más que Su nombre. Entonces venían visiones de milenios de hielo azul y luego de volcanes que escupían fuego, verrugas en el rostro de la Tierra, y a Cyáegha todo le parecía tan completamente estúpido y poco importante que lo revolvía, así que volvía a la muerte y al sopor.

El tiempo tampoco tenía ningún significado real, sólo era algo que pasaba sin que se notara, algo que carecía de importancia para algo como Cyáegha, atrapado en lo que quizá fuera una cárcel voluntaria en la que sólo Su mente estaba en contacto con la realidad exterior.

Y en esos momentos en los que estaba despierto, totalmente despierto, odiaba, como sólo puede odiar algo que está más allá del bien y del mal. Toda Su conciencia se convertía en aquel odio, porque era lo único que podía hacer.

Veía con unos ojos que no eran ojos y oía con unos oídos que no eran oídos y pensaba con todo Su ser porque tampoco poseía un órgano tan primitivo como el cerebro.

Odiaba en silencio.

Porque Su nombre ya se había escrito hace mucho tiempo, o bien otros nombres que pensaban que era el Suyo, tallados en tablas de piedra caliza; y Su forma se había pintado en los muros de cuevas subterráneas, que todavía esperaban que las abrieran.

Pero Su forma no era real y cambiaba constantemente, y más tarde escribieron sobre Él con dedos temblorosos en rollos de pergaminos antiguos y todavía más tarde en pergaminos de imitación y todos los quemaron cuando los descubrieron.

Y cuando alguien se atrevía a imprimir Su nombre, se quemaba a los escritores y a los editores junto con sus libros.

Pero alguno siempre sobrevivía, alguno siempre permanecía cuerdo, al menos en parte e interpretaba Sus sueños. Algunos Le rezaban y Le ofrecían corazones aún calientes, todavía latiendo, arrancados de los pechos sangrantes de las víctimas del sacrificio, y sin embargo otros Lo maldecían en muchas lenguas, pero a Él no podía importarle menos.

No los odiaba más o menos por lo que hacían. Los odiaba a todos con todo Su ser. Y en ocasiones Cyáegha también soñaba, soñaba con los otros, iguales que Él mismo y sin embargo tan diferentes, tan antiguos como Él mismo y tan ocultos como Él mismo, durante eones de terror innombrable.
Y se preguntaba dónde estaban. ¿Ocultos, o encadenados, como Él mismo?

Esperando…, siempre esperando.

Odiando…, siempre odiando...

viernes, 3 de noviembre de 2017

NO-CUENTO DE TERROR (Aitor Suárez)


Ojalá fuera ficción, fabulación, mentira.

La mortalidad general registrada durante el viaje trasatlántico de los esclavos entre África y América, que duraba entre seis semanas y año y medio, se ha calculado entre el 10% y el 20%, es decir, entre un millón y medio y dos millones de esclavos. El promedio de vida de un esclavo rural no pasaba de cinco años en Cuba, aunque otros autores dicen que eran diez, mientras que en México era de entre siete y quince años.

Los datos ofrecen una amplia gama de causas posibles del suicidio, como no haber aceptado nunca su condición esclava, que correspondió a quienes se arrojaban al mar antes de embarcar o durante el traslado, así como a los que se dejaban morir de hambre y de sed en los barcos.

“Se desesperan, se ahorcan, se cortan la garganta sin más ni más”. Diversos documentos refieren suicidios, tanto colectivos como individuales, en casi todos los sitios donde llegaron. “Al ser descubierto, un esclavo que fue perseguido después de visitar a una negra de otra hacienda simplemente se ahorcó de un árbol”. “Al entrarles la desesperación se dejan morir de hambre”.

Otro hacendado refiere que, de sus esclavos, “el más joven de todos se colgó del balancín del molino un día que no se hacía azúcar”.

Los documentos apuntan a esa conducta desde el momento del embarque, pues “corrían al mar para ahogarse antes de iniciar el viaje”, y otros, ya embarcados, cuando lograban salir a cubierta: “Los esclavos se suicidaban a veces, arrojándose al mar saltando por la borda de los buques. Por eso algunos negreros hacían tender alrededor del barco una especie de redes muy resistentes, aunque muchos más se dejaron morir en el trayecto de hambre y sed”.

Se ha visto también que “ciertas naciones de entre ellos tienen por cierto el principio de la resurrección o metempsicosis, de que resulta arriesgado comprarlos y algunos hacendados no compran de éstos”, pues “si están descontentos con sus amos o tienen algún disgusto, no vacilan en darse muerte, se ahorcan o se asfixian, volviendo la lengua hacia dentro como si quisieran tragársela”.

El suicidio individual respondió a distintas causas: desesperación provocada por recibir castigos corporales terribles, corte de orejas y manos, cepo, encarcelamiento, vender separadamente a los parientes…

En cuanto pudieron, los colonos tomaron medidas. Así, antes de embarcar, los esclavos eran bautizados; al desembarcar, se le pedía al más anciano del grupo que los convenciera en su lengua de la ventaja de aceptar el bautismo, porque, al convertirse al catolicismo, tendrían temor de suicidarse. También se les hacía entender que esa religión les serviría como consuelo para soportar su nueva situación. Después de declarar la religión católica como religión única y hegemónica en sus territorios, el llamado Código Negro complementó la idea del bautismo, haciéndola obligatoria en su artículo segundo: “Todos los esclavos que residen en nuestras islas serán bautizados e instruidos en la religión católica en un plazo máximo de ocho días, bajo pena de multa”.

“Si se usa del rigor excesivo, toman la huida y se escapan a las montañas. Se les llama por eso negros cimarrones, es decir, salvajes; o bien se ahorcan de desesperación”.

El ejemplo de Teodoro, un esclavo de las Antillas Menores, bien puede ser el modelo de aquellos que nunca aceptaron su condición: “Teodoro, a causa de sus frecuentes fugas, andaba siempre con grillos. Apenas se los quitaban, cuando alguien intercedía por él, tornaba a huir. Fue perseguido, encontrándolo los perros agazapado. Un día, al percibir desde un jobo los ladridos de los perros, se echó al cuello un lazo con un arique, y cuando aquéllos le clavaron los dientes en los pies, ya estaba ahorcado”...

Ojalá fuera ficción. Ojalá fuera un cuento inveraz, fantasioso. Ojalá la realidad no lo hubiera admitido. Ojalá el existir no acogiera esos hechos. Ojalá no cupieran, ojalá no pudieran caber en lo real.



jueves, 2 de noviembre de 2017

SECÁNDOSE RÁPIDAMENTE (Wislawa Szymborska)


La realidad exige que también mencionemos esto: la vida sigue. Continúa en Cannae y en Borodino, en Kosovo Polie y en Guernica. Hay una estación de gasolina en una pequeña plaza de Jericó, pintura fresca en los bancos del parque de Bila Hora. Las cartas se cruzan entre Pearl Harbor y Hastings, una camioneta pasa debajo del ojo del león de Queronea, y los florecientes huertos cerca de Verdún no pueden escapar al atmosférico frente que se aproxima. Hay tanto Todo que la Nada se esconde casi gentilmente. La música brota de los yates anclados en Accio y las parejas bailan en las cubiertas bañadas por el sol. Hay tantas cosas sucediendo siempre que deben estar pasando en todas partes. Donde no hay ni una sola piedra en pie vemos al Hombre de los Helados rodeado de niños. Donde Hiroshima estuvo, Hiroshima está de nuevo, produciendo cosas para el uso de cada día. Este terrible mundo no está desprovisto de encantos, de las mañanas que hacen inestimables los despertares. La hierba es verde en los campos de Maciejowice, y salpicada de rocío, como es lo normal de la hierba. Quizá todos los campos son campos de batalla, todas las tierras lo son, las que recordamos y las que se han olvidado: los bosques de abedules, cedros, abetos, la blanca nieve, las amarillas arenas, la gris grava, los iridiscentes pantanos, los cañones de negra derrota, donde, en tiempos de crisis, puedes esconderte debajo de un arbusto. ¿Qué moral sacamos de esto? Probablemente ninguna. Sólo que la sangre fluye, secándose rápidamente, y, como siempre, unos cuantos ríos, unas cuantas nubes. Sobre trágicos pasos de montañas el viento hace volar sombreros de cabezas inconscientes y no podemos evitar reírnos de eso.

miércoles, 1 de noviembre de 2017

ALGUNAS PECULIARIDADES DE LOS OJOS (Philip K. Dick)


Descubrí, por accidente, que la Tierra fue invadida por una forma de vida procedente de otro planeta. Sin embargo, no he hecho nada al respecto; no se me ocurre qué.

Escribí al gobierno, y en respuesta me enviaron un folleto sobre la reparación y mantenimiento de las casas de madera. En cualquier caso, no soy el primero que lo ha descubierto. Hasta es posible que la situación esté controlada.

Estaba sentado en mi asiento, leyendo las páginas de un libro de bolsillo que alguien había olvidado en el autobús, cuando me topé con algo extraño. Por un instante no reaccioné. Tardé un rato en comprender su importancia. Cuando la asimilé, me pareció raro que no hubiera reparado en ella de inmediato.

Era una clara referencia a una especie no humana, extraterrestre, de increíbles características. Una especie, me apresuro a señalar, que adopta el aspecto de seres humanos. Sin embargo, las siguientes observaciones del autor no tardaron en desenmascarar su auténtica naturaleza. Comprendí en seguida que el autor lo sabía todo. Lo sabía todo, pero se lo tomaba con extraordinaria tranquilidad. La frase (aún tiemblo al recordarla) decía:

Sus ojos pasearon lentamente por la habitación.

Vagos escalofríos me asaltaron. Intenté imaginarme los ojos. ¿Rodaban como monedas? El fragmento indicaba que no; daba la impresión que se movían por el aire, no sobre la superficie. En apariencia, con cierta rapidez. Ningún personaje del relato se mostraba sorprendido. Eso es lo que más me intrigó. Ni la menor señal de estupor ante algo tan atroz. Después, los detalles se ampliaban.

...sus ojos se movieron de una persona a otra.

Lacónico, pero definitivo. Los ojos se habían separado del cuerpo y tenían autonomía propia.

Mi corazón latió con violencia y me quedé sin aliento. Había descubierto por casualidad la mención a una raza desconocida. Extraterrestre, desde luego. No obstante, todo resultaba perfectamente natural a los personajes del libro, lo cual sugería que pertenecían a la misma especie.

¿Y el autor?

Una sospecha empezó a formarse en mi mente. El autor se lo tomaba con demasiada tranquilidad. Era evidente que lo consideraba de lo más normal. En ningún momento intentaba ocultar lo que sabía. El relato proseguía:

...a continuación, sus ojos acariciaron a Julia.

Julia, por ser una dama, tuvo el mínimo decoro de experimentar indignación. La descripción revelaba que enrojecía y arqueaba las cejas en señal de irritación. Suspiré aliviado. No todos eran extraterrestres. La narración continuaba:

...sus ojos, con toda tranquilidad, examinaron cada centímetro de la joven.

¡Santo Dios! En este punto, por suerte, la chica daba media vuelta y se largaba, poniendo fin a la situación.

Me recliné en la butaca, horrorizado. Mi esposa y mi familia me miraron, asombrados.

—¿Qué pasa, querido? —preguntó mi mujer.

No podía decírselo. Revelaciones como ésta serían demasiado para una persona corriente. Debía guardar el secreto.

—Nada —respondí, con la voz quebrada.

Me levanté, cerré el libro de golpe y salí de la sala a toda prisa.

Seguí leyendo en el garaje. Había más. Leí el siguiente párrafo, temblando de pies a cabeza:

...su brazo rodeó a Julia. Al instante, ella le pidió que se lo quitara, a lo cual él accedió de inmediato, sonriente.

No consta qué fue del brazo después que el tipo se lo quitara. Quizá se quedó apoyado en la pared, o lo tiró a la basura. Da igual en cualquier caso, el significado era claro: era una raza de seres capaces de quitarse partes de su anatomía a voluntad. Ojos, brazos, y tal vez más.

En este punto, mis conocimientos de biología me resultaron muy útiles. Era obvio que se trataba de seres simples, elementales, no más desarrollados que una estrella de mar. Estas criaturas pueden hacer lo mismo.

Seguí con mi lectura. Y entonces topé con esta increíble revelación, expuesta con toda frialdad por el autor, sin que su mano temblara lo más mínimo:

...nos separamos frente al cine. Una parte entró, y la otra se dirigió al restaurante para cenar.


Fisión binaria, sin duda. Se dividían por la mitad y formaban dos entidades. Existía la posibilidad que las partes inferiores fueran al restaurante, pues estaba más lejos, y las superiores al cine.

Continué leyendo, con manos temblorosas. Había descubierto algo importante. Mi mente vaciló cuando leí este párrafo:

...temo que no hay duda. El pobre Bibney ha vuelto a perder la cabeza.


Al cual seguía:

...y Bob dice que no tiene entrañas.

Pero Bibney se las ingeniaba tan bien como el siguiente personaje. Éste, no obstante, era igual de extraño. No tarda en ser descrito como:

...carente por completo de cerebro.

El siguiente párrafo despejaba cualquier duda: Julia, que hasta ese momento me había parecido una persona de lo más normal, se revela también como una forma de vida extraterrestre:

...con toda deliberación, Julia había entregado su corazón al joven.


No descubrí a qué oscuro fin había sido destinado el órgano, pero daba lo mismo. Era evidente que Julia se había decidido a vivir a su manera, como los demás personajes del libro: sin corazón, brazos, ojos, cerebro, vísceras, dividiéndose en dos cuando la situación lo requería. Sin escrúpulos.

...a continuación le dio la mano.

Me horroricé.

El muy canalla no se conformaba con su corazón, también se quedaba con su mano. Me estremezco al pensar en lo que habrá hecho con ambos, a estas alturas.

...tomó su brazo.

Sin reparo alguno había pasado a la acción y procedía a desmembrarla sin más. Rojo como un tomate, cerré el libro y me levanté, pero no a tiempo de soslayar la última referencia a esos fragmentos de anatomía tan despreocupados, cuyos viajes me habían puesto en la pista desde un principio:

...sus ojos le siguieron por la carretera y mientras cruzaba el prado.


Salí como un rayo del garaje y me metí en casa, como si aquellas detestables cosas me persiguieran. Mi mujer y mis hijos jugaban al monopoli en la cocina. Me uní a la partida y jugué con frenético entusiasmo. Me sentía febril y los dientes me castañeteaban.

Ya había tenido suficiente. No quiero saber nada más. Que vengan. Que invadan la Tierra. No quiero mezclarme en ese asunto. No tengo estómago para esas cosas.