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sábado, 14 de octubre de 2017

MISHKENOT SHA'ANANIM (António Lobo Antunes)



Mishkenot Sha'Ananim es el nombre de la primera casa construida fuera de las murallas de Jerusalén donde estoy desde hace días. Por las ventanas, montañas y más montañas, hojas que tiemblan en un arbolillo cuyo nombre no sé. No todas: parece que hay sólo una temblando. Una sola, las demás quietas:


¿cuántas veces he tenido en mi vida una sensación así? Sólo una ínfima porción del mundo vibrando en silencio en el universo tranquilo. La impresión de que era yo quien vibraba. Después nada: la hoja ya no se mueve y un sol helado en las cosas. Piedras que vienen desde el principio de la tierra, blancas, sordas. Sentado en lo alto de la ciudad vieja, un joven pasa delante de mí empuñando una pistola. Otro, con ametralladora, me observa desde el ángulo de unos edificios. Cada persona importante tiene un guardaespaldas detrás, con una chaqueta demasiado grande, para que los instrumentos que disparan puedan caber allí dentro. Miran a diestro y siniestro con las manos dispuestas a deslizarse por el interior de las solapas. La hoja del arbolillo me estremece de nuevo. ¿Estará conversando conmigo? Y si conversa conmigo, ¿qué dice? Me dieron una habitación y tres salas, soy el huésped de honor. Hay un espejo en el escritorio en el que escribo: me viene a la mente el título de la autobiografía de Vittorio Gassman. Se llama Un gran futuro a mis espaldas, según la traducción de Celia Filipetto, y siento que mis facciones parecen descomponerse lentamente. Por momentos una de ellas desaparece, busca ubicarse en cualquier otro sitio, vuelve por hábito al de siempre, resignada. Si yo fuera un individuo como es debido, juntaría las palmas y le diría

Aquí hasta los difuntos corren peligro. ¿Qué les harán los enemigos de los cadáveres?

-Shalom

en lugar de quedarme así, frente a la hoja que se aquieta. Fotos en los periódicos que se presentan como mías. La necrológica de Arthur Miller, llena de frases elogiosas. En su opinión, escribir era la actividad más útil del mundo: ahora que se le han acabado las palabras, lo encajaron en media página junto con sus piezas de teatro. Ésta ya no tiene ningún futuro a sus espaldas: van a comenzar a olvidarlo poco a poco. Montañas y más montañas, calles estrechas. Un papel informa de que Mishkenot está protegida veinticuatro horas por día, sugiere "precauciones adicionales" e informa de que "por razones de seguridad las luces de los balcones se apagan automáticamente al anochecer". Indiferente a estas medidas cautelares, el arbolillo baila. Seguirá bailando cuando yo no esté y nadie se fije en él. Ayer asistí a una manifestación de extrema derecha contra el primer ministro: Sharom dictador. El hombre contrató una empresa de vigilancia para que se ocupe de la tumba de su mujer: aquí hasta los difuntos corren peligro. ¿Qué daño les harán los enemigos de los cadáveres? Nombres que me hacen soñar: Herodes el Grande, Solimán el Magnífico. El barrio armenio, las ruinas de Massada en el extremo del mundo. Más allá de las sierras, Moisés vio la tierra prometida. Cuando los peces llegan del Jordán al mar Muerto intentan volver atrás con la esperanza de sobrevivir. Cuervos. Ningunos otros pájaros fuera de los cuervos. Un agente de la policía, en el aeropuerto, me pregunta qué vengo a hacer a Israel. Lo miro con gratitud. Porque es una pregunta que me hago casi desde que nací: ¿qué vengo a hacer sea a donde fuere? Probablemente busco un hueso enterrado que, por falta de olfato, he perdido. Como las hojas del arbolillo están en suspenso no sé decir cuál es la que temblaba aún ahora. La única noticia sobre Portugal que encuentro es la de la muerte de la vidente de Fátima: dice que la Virgen aparecía cada mes y que, a partir de octubre, faltó a los encuentros sin previo aviso, desapareció para siempre. Mujeres. En la terraza de Mishkenot un horizonte sin fin. El comedor lleno de gente, cuervos que hablan, hablan. Escritores, me explica el camarero que parece salido de la película El tercer hombre, amenazador y fúnebre. Por la noche, en cuanto me disponga a dormir, me estrangulará. Escritores-damas y escritores-caballeros, los escritores-damas con el pelo teñido, los escritores-caballeros haciéndoles la corte, llenos de tiquismiquis. Intercambian libros, revistas. Uno de los escritores-damas, con los mechones tan negros que me hacen doler los ojos, se envuelve el cuello en un echarpe azul. Si se acercase el arbolillo cuyo nombre no sé, ¿se fijarían en él? ¿En la hoja que temblaba, temblaba? El camarero que me va a estrangular por la noche me pide un autógrafo al mismo tiempo que se abre en una sonrisa que me devora entero: estoy en su barriga, dando manotazos de ahogado, y las voces de los escritores me llegan atenuadas, distantes. Deben de seguir intercambiando libros, revistas. Y en eso, en el lugar oscuro donde me he quedado, vienes tú de repente y me coges de la mano.



viernes, 13 de octubre de 2017

MISSISSIPPI (Saiz de Marco)


Al atravesar Luisiana (Estados Unidos) el piloto informa “Estamos sobrevolando el río Mississippi”, y tú te tapas los ojos y evitas mirar por la ventanilla, porque lo quieres ensoñado, con Finn, con Sawyer, con el fugado Jim, con aquellos barcos de vapor, con su fluir aventurero... En voz baja repites (recreándote en las íes y consonantes dobles) Mississippi. Y no te arriesgas a mirarlo, ni siquiera a mil metros desde el avión, para preservar aquello, para que la realidad no lo estropee, por miedo a que no sea como imaginaste y por lealtad al niño que lo descubrió.


jueves, 12 de octubre de 2017

EL EPISODIO KUGELMASS (Woody Allen)


El profesor Kugelmass, quien dictaba clases de Humanidades en el City College, estaba infelizmente casado por segunda vez. Su esposa, Dafne Kugelmass, era una idiota. Él también tenía dos hijos tontos de su primera esposa, Flo, y estaba hasta el cuello de deudas ocasionadas por los costos de la separación y manutención de los niños.
“¿Acaso yo sabía que las cosas iban a salir tan mal?”, se lamentó un día Kugelmass dirigiéndose a su analista. “Dafne era muy prometedora. ¿Quién podría sospechar que ella iba a abandonarse y a engordar como tonel? Además, ella tenía algunos dolarillos, lo que no es – por supuesto – razón suficiente para contraer nupcias pero tampoco viene mal, teniendo en cuenta los problemas “operativos” que tengo. ¿Entiende lo que le digo?
Kugelmass era calvo y tan peludo como un oso, pero tenía un gran corazón.
“Tengo que buscarme otra mujer”, agregó. “Necesito tener un affair. Es posible que no sea un buen partido pero soy un hombre que necesita vivir un romance.
Necesito sentir ternura, coquetear con alguien. Estoy envejeciendo y por ello es muy tarde para sentir el deseo de hacer el amor en Venecia, burlarse el uno del otro en el “21” e intercambiar miradas tímidas sobre una copa de vino tinto a la luz de las velas. ¿Entiende lo que le digo?’’
El Dr. Mandel se movió en la silla y dijo: “No resolverá nada con una aventura amorosa. Usted es muy poco realista. Sus problemas son mucho más graves”.
“Debo tener una relación muy discreta”, seguía pensando en voz alta Kugelmass. “No puedo darme el lujo de divorciarme por segunda vez. Dafne me lo echaría en cara”
“Sr. Kugelmass – ”
“Sin embargo, no puede ser con nadie del City College porque Dafne también trabaja allí. De hecho, ninguna profesora de esa universidad vale gran cosa; sin embargo, alguna de las estudiantes …”
“Sr. Kugelmass – ”
“Ayúdeme. Anoche tuve un sueño. Estaba en una pradera y de pronto me puse a saltar con una cesta de comida y la cesta tenía un letrero que rezaba “Opciones”. Luego me di cuenta de que la cesta tenía un agujero”.
“Sr. Kugelmass, lo peor que puede hacer es representar de esa forma sus inhibiciones. Usted debe limitarse a expresar sus sentimientos para que los analicemos en conjunto. Usted ha estado en tratamiento el tiempo suficiente como para saber que no hay remedios instantáneos. Después de todo, soy un analista, no un mago”.
“Entonces, tal vez lo que necesite sea un mago”, dijo Kugelmass, levantándose de su asiento. Y con ello puso fin a su terapia.
Algunas semanas después, Kugelmass y Dafne se hallaban deprimidos en su apartamento como dos viejos muebles. De pronto, sonó el teléfono. Era de noche.
“Yo atiendo”, dijo Kugelmass. “Aló”.
¨Kugelmass?, se oyó al otro lado del teléfono. “Kugelmass, le habla Persky”.
“¿Quién?”
“Persky, ¿o debería decir “El Gran Persky?”
¿Perdón?
“He sabido que anda en búsqueda de un mago que le dé una nota exótica a su vida. ¿No es así?”
“­Chis!, susurró Kugelmass. “No cuelgue. ¿De dónde llama, Sr. Persky?”
Al día siguiente, por la tarde, Kugelmass subió por las escaleras de un decrépito edificio de apartamentos situado en el área de Bushwick, Brooklyn. Aguzando la mirada para romper la oscuridad del pasillo, Kugelmass finalmente encontró la puerta que buscaba y tocó el timbre. Voy a lamentarlo, pensó para sí.
Segundos después, era recibido por un hombre pequeño, delgado, con una mirada vidriosa.
¿Usted es Persky, el Grande?, dijo Kugelmass.
“El Gran Persky. ¿Quiere una taza de té?
“No. Quiero vivir un romance. Quiero sentir la música, el amor y la belleza”.
“Pero no quiere tomar té. ¿Ah? Es raro. Muy bien, tome asiento”.
Persky se paró y fue al cuarto de atrás. Kugelmass oyó un movimiento de cajas y muebles. Persky reapareció, empujando un objeto de gran tamaño montado sobre unos patines con las ruedas chirriantes. Persky quitó algunos viejos pañuelos de seda que se encontraban en la parte superior y los sopló para quitarle el polvo. Se trataba de un armario chino mal laqueado y de tosca apariencia.
“Persky”, ¿qué se trae entre manos?, preguntó Kugelmass.
“Preste atención”, le respondió Persky. “Esto va a producir un bello efecto. Lo diseñé el año pasado para una ceremonia de los Caballeros de Pitia, pero el acto se suspendió por falta de público. Entre en el mueble”.
“¿Por qué? ¿Acaso va a atravesarlo con un montón de espadas o algo así?
¿Usted ve alguna espada?
Kugelmass puso cara de circunstancia y lanzando un gruñido se introdujo en el armario. El profesor no pudo evitar observar varias imitaciones de diamante de mala calidad pegadas en la madera contrachapada justo frente a su cara. “Esto es un chiste de mal gusto”, dijo.
“Tiene algo de broma. Bien, oiga lo que le voy a decir. Si lanzo una novela al interior del armario en el que usted se encuentra, cierro las puertas y toco tres veces, usted se verá proyectado en ese libro”.
Kugelmass hizo un gesto de incredulidad.
“Es mi varita mágica”, dijo Perksy. “Mi contacto con Dios. No sólo funciona con novelas. Puede ser un cuento, una obra de teatro, un poema. Podrá conocer algunas de las mujeres creadas por los mejores escritores del mundo. Sea cual fuere la mujer de sus sueños. Podrá hacer todo lo que desee como un verdadero triunfador. Luego, cuando haya vivido suficientes experiencias, pega un grito y volverá aquí al instante.
“Persky, ¿Usted está enfermo?
“Le estoy diciendo que todo estará bien”, expresó Persky.
Kugelmass mantuvo su escepticismo. ¿Lo que usted me quiere decir es que este cajón casero me puede transportar tal y como usted me lo ha descrito?
“Por apenas 20 dólares”.
Kugelmass buscó su billetera. “Ver para creer”, dijo.
Persky guardó los billetes en sus bolsillos y se dirigió a su biblioteca ¿A quién desea conocer? ¿A la Hermana Carrie? ¿Hester Prynne? ¿Ofelia? ¨Tal vez a algún personaje de Saul Bellow? ¿Qué le parece un encuentro con Temple Drake? Aunque para un hombre de su edad, ella sería una prueba muy difícil”
“A una francesa. Quiero tener un affair con una amante francesa”
“¿Nana?”
“No quiero tener que pagar por ello”.
¿Qué le parece Natacha de La Guerra y la Paz
“Le dije que una francesa. ¡Ya sé! ¿Qué le parece Emma Bovary? Me parece perfecta”.
“Muy bien, Kugelmass. Pegue un grito cuando esté harto”.
Persky introdujo en el armario una edición rústica de la novela de Flaubert.
“¿Está seguro de que esto no implica ningún riesgo?”, preguntó Kugelmass mientras Persky comenzaba a cerrar las puertas del armario.
“Seguro. ¿Hay algo seguro en este mundo tan loco?” Persky tocó tres veces el armario y luego abrió de par en par las puertas.
Kugelmass se había ido. En ese mismo instante, apareció en el dormitorio de la casa de Charles y Emma Bovary en Yonville. Ante él, se hallaba una hermosa mujer, de pie y dándole la espalda a Kugelmass mientras doblaba la lencería. No puedo creerlo, pensó Kugelmass, mirando a la cautivadora esposa del doctor. Esto es algo sobrenatural. Estoy aquí junto a ella.
Emma se volteó sorprendida. “Dios mío, me asustó”, expresó. “¿Quién es usted?” Emma habló en perfecto español como la traducción que aparecía en la edición rústica de Persky.
Esto es increíble, pensó Kugelmass. Luego, dándose cuenta de que era a él, a quien ella se había dirigido, respondió: “Disculpe. Soy Sidney Kugelmass, del City College. Soy profesor de Humanidades en una universidad neoyorquina, situada en las afueras de la ciudad. Yo … ¡no puedo creerlo!
Emma Bovary sonrió con coquetería y le preguntó: “¿Desea tomar algo? ¿Tal vez una copa de vino?
Es hermosa, pensó Kugelmass. ¡Qué diferencia con el troglodita con el que comparte la cama! Sintió un impulso repentino de tener entre sus brazos esta visión y decirle que era el tipo de mujer con el que había soñado toda su vida.
“Sí, un poco de vino”, contestó con voz ronca. “Blanco. No, tinto. No, blanco. Una copa de vino blanco”.
“Charles estará fuera todo el día”, expresó Emma, con voz insinuante.
Después del vino, fueron a dar un paseo por la encantadora campiña francesa. “Yo siempre había soñado con un misterioso extranjero que aparecería y me rescataría de la monotonía de esta aburrida existencia rural”, le confesó Emma, tomando su mano. Pasaron frente a una pequeña iglesia. “Me encanta la ropa que llevas puesta”, murmuró. “Nunca había visto un traje como ese. Es tan … tan moderno”.
“Lo llaman traje casual”, le explicó Kugelmass con voz romántica. “Estaba en oferta”. De pronto, la besó. Durante más de una hora, estuvieron recostados bajo un árbol, susurrándose frases al oído y expresándose ideas profundamente significativas con sus miradas. Luego, Kugelmass se incorporó. Acababa de recordar que tenía que encontrarse con Dafne en Bloomingdale’s. “Debo irme”, le dijo. “Pero no te preocupes, volveré”.
“Eso espero”, le dijo Emma.
Kugelmass le dio un abrazo apasionado y los dos caminaron de vuelta a casa. Acunó el rostro de Emma en las palmas de sus manos, la besó de nuevo y gritó: “Ya está bien, Persky”. Tengo que estar en Bloomingdale’s a las tres y media”.
Se produjo un ruido seco y Kugelmass volvió a Brooklyn.
“¿Y entonces? ¿Le mentí?, preguntó Persky, triunfante.
“Persky, se me hace tarde para encontrarme con mi mujer en la Avenida Lexington. Pero, ¿cuando puedo volver a viajar? ¿Mañana?
“Seguro. Sólo debe traer 20 dólares. Y no le mencione esto a nadie”.
“Por supuesto. Nada más llamaré a Rupert Murdoch”.
Kugelmass tomó un taxi que enfiló hacia la ciudad. Su corazón latía desenfrenadamente. Estoy enamorado, pensó, y tengo en mi poder un secreto maravilloso. De lo que él no se había dado cuenta era de que en ese mismo momento los estudiantes de varios salones de clase del país les estaban preguntando a sus profesores: “¿Quién es ese personaje que aparece en la página 100?”. ¿Un judío calvo está besando a Madame Bovary? Un profesor de Sioux Falls, Dakota del Sur, suspiró y pensó: Dios mío, las cosas que se les ocurren a estos muchachos. Eso es culpa de la marihuana y de la coca.
Dafne Kugelmass se encontraba en el departamento de accesorios para baños en Bloomingdale’s cuando Kugelmass llegó jadeando. “¿Dónde estabas metido?”, preguntó molesta. “Son las cuatro y media”.
“Había mucho tráfico en la calle”, se excusó Kugelmass.
Al día siguiente, Kugelmass fue a visitar a Persky y a los pocos minutos había vuelto a viajar mágicamente a Yonville. Emma no pudo ocultar su emoción al verlo. Pasaron varias horas juntos, riendo y conversando sobre sus vidas. Antes de que Kugelmass partiera, hicieron el amor. ¡Dios mío, me acosté con Madame Bovary!” dijo entre dientes. “Yo, a quien le rasparon español en primer año”.
Transcurrieron los meses y Kugelmass fue a visitar a Persky en muchas oportunidades y desarrolló una íntima y apasionada relación con Emma Bovary. “Asegúrese de que siempre entre al libro antes de la página 120”, le dijo un día Kugelmass al mago. “Siempre tengo que encontrarme con ella antes de que Emma entre en contacto con el personaje de Rodolphe”,
“¿Por qué? ¿Acaso no puedes ganarle?”
“¿Ganarle?”. Él pertenece a la aristocracia provinciana. Esos tipos no tienen nada mejor que hacer que flirtear con las mujeres y montar a caballo. Podríamos decir que él es uno de esos rostros que aparece en la revista Women’s Wear Daily, con un corte de pelo al estilo Helmut Berger. Sin embargo, para Emma es un galán irresistible”.
“¿Y su esposo no sospecha nada?”
“El no sabe ni dónde está parado. Es un paramédico mediocre que comparte su vida con una bailarina. Siempre está listo para acostarse a las diez mientras ella se pone sus zapatillas de baile. Bueno, … nos vemos luego”.
Kugelmass entró al armario y pasó instantáneamente a la casa de los Bovary en Yonville. ¿Cómo te va, mi adorada?, le dijo a Emma.
¡Oh, Kugelmass!, susurró Emma. “Las cosas que tengo que soportar. Anoche mientras cenaba, el Sr. Personalidad se adormeció mientras comíamos el postre. Le estaba expresando todos mis sentimientos sobre Maxim’s y el ballet e inesperadamente oí un ronquido”.
“No te preocupes, mi amor. Estoy aquí contigo”, le dijo Kugelmass, abrazándola. Me he ganado esto a pulso, pensó, mientras olía el perfume francés de Emma y hundía su nariz en el cabello de su amada. He sufrido mucho. He gastado mucho dinero en analistas. He buscado hasta el cansancio. Ella es joven y núbil y yo estoy aquí, algunas páginas después de Léon y poco antes de Rodolphe. Como he aparecido en los capítulos adecuados, he podido manejar perfectamente la situación.
De hecho, Emma irradiaba tanta felicidad como Kugelmass. Ella estaba ansiosa de emociones y los relatos que Kugelmass le contaba sobre la vida nocturna de Broadway, los automóviles veloces y las estrellas de la televisión y de Hollywood, embelesaban a la preciosa joven francesa.
“Dime algo sobre O. J. Simpson”, le imploró una noche, mientras ella y Kugelmass paseaban cerca de la abadía de Bournisien.
“¿Qué te puedo decir? Es un gran atleta. Ha establecido una gran cantidad de marcas como corredor de fútbol americano. Tiene un gran movimiento. Es muy difícil tocarlo”.
“¿Y qué me dices de los premios de la Academia?”, preguntó Emma con melancolía. “Daría cualquier cosa por ganarme un Oscar”.
“Antes que nada debes recibir una nominación”.
“Ya lo sé. Tú me lo explicaste. Pero estoy convencida de que puedo actuar. Por supuesto, quisiera tomar algunas clases. Tal vez con Strasberg. Luego, si tuviera el agente adecuado ….”.
“Ya veremos, ya veremos. Hablaré con Persky”.
Esa noche, luego de haber regresado a salvo al apartamento del mago, Kugelmass le propuso la idea de traerse consigo a Emma para que visitara la Gran Manzana.
“Déjeme pensarlo”, le dijo Persky. “Tal vez pudiera hacer algo al respecto. Han ocurrido cosas más extrañas”. Desde luego, a ninguno de ellos se les vino a la cabeza ninguna.
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“¿Dónde diablos has estado metido todo este tiempo?”, le gritó Dafne Kugelmass a su marido cuando él volvió tarde a su casa. “¿Tienes una madriguera en la que te emborrachas a escondidas?”
“Sí, claro. Soy un borracho”, contestó Kugelmass con tono de desgano. “Estaba con Leonard Popkin. Estábamos discutiendo sobre la agricultura socialista en Polonia. Tú conoces muy bien a Popkin. Es un fanático del tema”.
“Has estado muy raro en los últimos tiempos”, comentó Dafne. “Distante. No te olvides del cumpleaños de mi padre. Es el sábado, ¿no?
“Sí, claro”, contestó Kugelmass, dirigiéndose al baño.
“Irá toda mi familia. Podremos ver a los mellizos. Y al primo Hamish. Deberías ser más amable con el primo Hamish. Le caes bien”.
“Sí, los morochos”, dijo Kugelmass, cerrando la puerta del baño y apagando con ello la voz de su mujer. El profesor se apoyó en la puerta, y respiró hondo. En pocas horas, se dijo a sí mismo, volvería a Yonville, para estar con su amada. Y en esta oportunidad, si todo salía de acuerdo a lo previsto, se traería a Emma consigo.
A las 3:15 p.m. del día siguiente, Persky volvió a realizar su acto de magia. Kugelmass se apareció ante Emma, sonriente y ansioso. Ambos pasaron varias horas en Yonville con Binet y luego se montaron en el carruaje de los Bovary. Siguiendo las instrucciones de Persky, se abrazaron con fuerza, cerraron sus ojos y contaron hasta diez. Cuando los abrieron, el carruaje estaba cerca de la puerta lateral del Hotel Plaza, en donde Kugelmass había reservado ese mismo día y con un gran optimismo, una suite.
“¡Me encanta!, es tal y como lo había soñado”, dijo Emma mientras daba saltos de alegría por la habitación y veía la ciudad desde su ventana. “Allí está Schwarz. Y allá veo el Central Park y ¿cuál es Sherry? Ah, allí está . ¡Es maravilloso!
En la cama había varias cajas de Halston y Saint Laurent. Emma abrió una de ellas y sacó un par de pantalones de terciopelo negro que puso delante de su perfecto cuerpo.
“Esos pantalones son de Ralph Lauren”, dijo Kugelmass. “Lucirás estupenda. Anda, cariño. Dame un beso”.
“Nunca había estado tan feliz”, gritó Emma mientras se paraba frente al espejo. “Vamos a pasear por la ciudad. Quiero ir a ver el musical “Chorus Line”, visitar el Guggenheim y ver el personaje de Jack Nicholson del que siempre me has hablado. “¿Están presentando alguna de sus películas?”
“No puedo entender lo que está pasando”, expresó un profesor de Stanford. “En primer lugar, aparece un extraño personaje llamado Kugelmass y ahora ella ha desaparecido de la obra. Supongo que la principal característica de una obra clásica es que uno puede releerla mil veces y siempre hallar algo nuevo”.
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Los amantes pasaron un dichoso fin de semana. Kugelmass le había dicho a Dafne que él iba a participar en un simposio en Boston y que regresaría el lunes. Saboreando cada momento, Kugelmass y Emma fueron al cine, cenaron en Chinatown, pasaron dos horas en una discoteca y se acostaron viendo una película en la televisión. El domingo durmieron hasta el mediodía, visitaron el SoHo, y miraron de soslayo a un grupo de celebridades que estaban en Elaine’s. Comieron caviar y bebieron champagne en su suite el domingo por la noche y conversaron hasta el amanecer. Esa mañana en el taxi que los llevaba al apartamento de Persky, Kugelmass pensó que era una cosa de locos pero valía la pena vivirla. No puedo traerla muy a menudo, pero el tenerla en Nueva York de vez en cuando representará un cambio significativo con respecto a Yonville.
En casa de Persky, Emma se introdujo en el armario, arregló sus nuevas cajas de ropa y le dio un tierno beso a Kugelmass. “Este será mi lugar la próxima ocasión, dijo con un guiño. Persky tocó tres veces el armario, pero no ocurrió nada.
“Este …”, dijo Persky, rascándose la cabeza. Tocó el mueble de nuevo, pero la magia no resultó. “Algo está funcionando mal”, masculló.
“Persky, estás bromeando”, gritó Kugelmass. “¡Cómo es posible que no funcione?”.
“Tranquilícese. ¿Estás todavía ahí adentro, Emma?
“Sí”.
Persky golpeó el mueble, esta vez con más fuerza.
“Todavía estoy aquí, Persky”.
“Ya lo sé, querida. No te muevas”.
“Persky, tenemos que hacerla volver”, susurró Kugelmass. “Soy un hombre casado, y tengo clase en tres horas. En estos momentos, sólo estoy preparado para un affair muy discreto”.
“No puedo entender lo que está ocurriendo”, murmuró Persky. “Es un truco tan sencillo y confiable”.
Sin embargo, no pudo hacer nada. “Esto me va a tomar algún tiempo”, le dijo a Kugelmass. “Voy a desarmar el mueble. Lo llamaré luego”.
Kugelmass lanzó a Emma dentro de un taxi y la llevó de vuelta al Plaza. Apenas pudo llegar a tiempo a su clase. Todo el día estuvo llamando por teléfono a Persky y a su amante. El mago le dijo que tal vez tendrían que pasar algunos días antes de que pudiera llegar al fondo del problema.
“¿Cómo te fue en el simposio?”, le preguntó Dafne esa noche.
“Muy bien, muy bien”, le contestó el esposo, encendiendo la colilla de un cigarrillo.
“¿Qué te pasa? Estás sumamente tenso”.
“¿Yo?” ­Ja, ja!, eso es un chiste. Estoy tan tranquilo como una noche de verano. Voy a salir a dar un paseo”. Cerró con cuidado la puerta, llamó un taxi que lo llevó al Plaza.
“Estoy en problemas”, dijo Emma. “Charles me extrañará”.
“Ten paciencia, cariño”, le dijo Kugelmass. Estaba pálido y sudoroso. La besó de nuevo, corrió hacia el ascensor, llamó desesperadamente a Persky desde una cabina telefónica en la recepción del Plaza y llegó a su casa poco antes de la medianoche.
“Según Popkin, los precios de la cebada en Cracovia no habían mostrado tanta estabilidad desde 1971”, le dijo a Dafne mientras esbozaba una sonrisa y se acostaba junto a ella.
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Toda la semana transcurrió igual. El viernes por la noche, Kugelmass le dijo a Dafne que iba a participar en otra conferencia, esta vez en Syracuse. Salió disparado al Plaza, pero el segundo fin de semana no se asemejó en nada al primero. “Llévame de vuelta a la novela o cásate conmigo”, le dijo Emma a Kugelmass. “Mientras tanto, quiero conseguir un trabajo o estudiar porque estoy harta de ver televisión todo el día”.
“Me parece bien. Podremos utilizar el dinero”, le dijo Kugelmass. “Estás gastando una fortuna pidiendo servicio a la habitación del hotel”.
“Ayer conocí a un productor de Off Broadway en el Central Park y me dijo que podría encajar a la perfección en un proyecto que está realizando”, dijo Emma.
“¿Quién es ese payaso?”, le preguntó Kugelmass.
“No es un payaso. Es un hombre sensible, amable y lindo. Se llama Jeff … algo y es candidato a un premio Tony”.
Esa misma tarde, Kugelmass fue a visitar a Persky en estado de ebriedad.
“Cálmese”, le dijo el mago. “Puede enfermarse de las coronarias”.
“¿Tranquilizarme?, ¿Cómo me voy a calmar si tengo a un personaje de ficción escondido en un hotel y creo que mi esposa me está siguiendo con un detective privado?”
“Está bien. Sé que estamos metidos en un problema”, Persky se arrastró bajo el mueble y comenzó a golpear algo con una llave inglesa.
“Parezco un animal salvaje”, prosiguió Kugelmass. “Ando a escondidas por toda la ciudad y Emma y yo estamos hartos de la relación. Por no hablar de la cuenta del hotel que ya se parece al presupuesto de defensa”.
“¿Qué puedo hacer? Así es el mundo de la magia”, masculló Persky. “Todo es cuestión de matices”.
“Matices, un carajo. Esta muchachita lo único que consume es Dom Perignon y caviar. A eso hay que sumarle su vestuario, la inscripción en el Neighborhood Playhouse y un portafolios con fotos profesionales. Además de eso, Persky, el profesor Fivish Popkind, que enseña Literatura Comparada y siempre ha estado celoso de mí, me identificó como el personaje que aparece esporádicamente en el libro de Flaubert. Me ha amenazado con que le va a contar todo a Dafne. Ya me veo arruinado, pagándole la pensión alimentaria a mi mujer, y en la cárcel. Por el pecado de adulterio con Madame Bovary, mi esposa me convertirá en un mendigo.
“¿Qué quiere que le diga?” Estoy trabajando día y noche para resolver el problema. En lo que respecta a su angustia, no puedo hacer nada por usted. Soy un mago, no un psicoanalista”.
El domingo por la tarde, Emma se había encerrado en el baño y se negaba a responder a los ruegos de Kugelmass. El atribulado profesor miró la ventana del edificio Wollman Rink y contempló la posibilidad de suicidarse. Lo malo es que me encuentro en un piso muy bajo, pensó; de no ser por ello, me lanzaría en el acto. También podría huir a Europa y comenzar una nueva vida … Tal vez podría vender el International Herald Tribune como lo solían hacer esas muchachas.
En ese momento sonó el teléfono y Kugelmass lo llevó mecánicamente a su oído.
“Traiga a Emma”, dijo Persky. “Creo que reparé el defecto que tenía el mueble”.
El corazón de Kugelmass estuvo a punto de detenerse. ¿Está hablando en serio?, le dijo ¿Logró arreglarlo?”
“Tenía un problema en la transmisión. ¿Quién se lo iba a imaginar?
“Persky, usted es un genio. Estaremos allí en un minuto. En menos de un minuto.
Una vez más, los amantes corrieron al apartamento del mago y de nuevo Emma Bovary se introdujo en el armario con sus cajas. En esta oportunidad no hubo besos. Persky cerró las puertas, respiró fuertemente y tocó la caja tres veces. Se produjo el ruido habitual y cuando Persky echó un vistazo al interior el mueble estaba vacío. Madame Bovary había regresado a su novela. Kugelmass exhaló un suspiro de alivio y estrechó efusivamente la mano del mago.
“Se acabó”, dijo. “Aprendí la lección. Nunca volveré a faltarle a mi mujer. Se lo juro”. Estrechó de nuevo la mano de Persky e hizo la promesa mental de que le iba a enviar un corbatín.
Tres semanas después, al terminar una bella tarde de primavera, Persky escuchó el timbre y abrió la puerta. Era Kugelmass, con una expresión avergonzada en el rostro.
“Está bien, Kugelmass’’, ¿adónde quiere ir ahora?
“Sólo una vez más”, indicó Kugelmass. “El tiempo es tan encantador y yo sigo envejeciendo. Persky, ¿usted ha leído el libro La Denuncia de Portnoy. ¿Recuerda el personaje del Mono?
“Ahora el precio es 25 dólares, ya que el costo de la vida ha aumentado. Sin embargo, la primera vez podrá ir gratis, debido a todos los problemas que le causé”.
“Usted sí es buena gente”, le dijo Kugelmass, mientras se peinaba los pocos cabellos que le quedaban y entraba en el armario. ¿Está funcionando bien?”
“Eso espero. Sin embargo, no lo he probado mucho desde que ocurrió todo ese desastre”.
“Sexo y romance”, dijo Kugelmass desde el interior del armario. “Lo que uno tiene que hacer por una cara bonita”.
Persky lanzó al interior un ejemplar de “La Denuncia de Portnoy” y tocó tres veces la caja. En esta oportunidad, en lugar de hacer un ruido seco, se produjo una ligera explosión, seguida por una serie de chisporroteos y una lluvia de centellas. Persky saltó hacia atrás, sufrió un ataque cardiaco y cayó muerto. El mueble se incendió y, al final, se quemó todo el apartamento.
Kugelmass, que no tenía conocimiento de esta catástrofe, también estaba en aprietos. El no había ido a parar al libro “La Denuncia de Portnoy” ni a ninguna otra novela sobre el mismo tema. El profesor había sido proyectado a un viejo libro de texto llamado “Curso básico de Español” y estaba corriendo sobre un terreno árido y pedregoso para salvar su vida mientras la palabra tener, un verbo peludo e irregular, corría tras él gracias a sus larguiruchas piernas.



miércoles, 11 de octubre de 2017

TARDE DE AGOSTO (José Emilio Pacheco)


Nunca vas a olvidar esa tarde de agosto. Tienes catorce años y estás en secundaria. Tu padre ha muerto, tu madre trabaja en una agencia de viajes. Ella te despierta a la las siete. Queda atrás el sueño de combates en la selva, desembarcos en islas enemigas. Entras en el día en que es preciso ir a la escuela, crecer, al abandonar la infancia. Por la noche, al terminar la cena, las tareas, la hora compartida ante el televisor, te encierras a leer los libros de la colección Bazooka, esas novelitas de la Segunda Guerra Mundial que transforman en hechos heroicos los horrores del campo de batalla. En la colección Bazooka siempre hay una mujer que recompensa con su amor a quien esté dispuesto a dar la vida por la causa.

De lunes a viernes el trabajo de tu madre te obliga a comer en casa de su hermano. Es hosco, te hace sentir intruso y exige un pago mensual por tus alimentos. Sin embargo, todo lo compensa la presencia de Julia. Tu prima estudia ciencias químicas, te ayuda en las materias más difíciles de la secundaria, te presta discos. Es la única que te toma en cuenta , sin duda, por compasión a quien ve como el niño, el huérfano, el sin derecho a nada. Piensas: Julia no puede amarte. Nos separan seis años y el ser primos hermanos.

Un día te presenta a un compañero de la Universidad, el primer novio a quien se permite visitarla en su casa. Pedro te desprecia y te considera un estorbo. Destruye la relación establecida con Julia. Ahora no tiene tiempo de vigilar tus tareas ni habla de discos ni van al cine. No sientes rencor hacia ella, te limitas a odiar a Pedro. Aquella tarde en que Julia cumple veinte años, cuando se levantan de la horrible comida de aniversario, Pedro la invita a pasear por los alrededores de la ciudad. Te ordenan acompañarlos. Suben al coche. Te hundes en el asiento posterior. Julia se reclina en el hombro de Pedro. Él la abraza y maneja con la izquierda. La música trepida en la radio del automóvil. El sol de las cuatro te parece una ofensa más. Pasan los cementerios y los últimos lugares habitados. Para no ver que Julia besa a Pedro y se deja acariciar, miras lo árboles a orillas de la carretera: cipreses, oyameles, pinos desgarrados por la luz del verano. Se detienen ante el convento perdido en la soledad de la montaña. Bajas con ellos y caminan por corredores y galerías desiertas. Se asoman a la escalinata de un subterráneo en tinieblas. Se hablan y escuchan (ellos, no tú) en los huecos de una capilla que trasmite susurros de una esquina a otra. Y mientras Julia y Pedro pasean por los jardines tú que no tienes nombre y no eres nadie inscribes en la pared cubierta de moho: Julia, 19 de agosto, 1954, Salen de las ruinas del monasterio, se internan en el bosque húmedo, bajan hasta un arroyo de aguas heladas. Un letrero prohíbe cortar flores y molestar a los animales. El bosque es un parque nacional. Quien desobedezca recibirá su castigo.

Vibran las frondas con el aire que revive tus sueños. Por un instante vuelves a ser el héroe de la colección Bazooka, el vencedor o el derrotado de Narvik, Tobruk , Midway, Iwo Jima , El Alamein, Stalingrado, Varsovia, Monte Cassino, las Ardenas … Te imaginas combatiente en la caballería polaca o en el Afrka Korps, soldado capaz de actos heroicos que una mujer premiará con su amor. Julia descubre una ardilla en la punta de un árbol. Me gustaría llevármela, dice. Las ardillas no se dejan atrapar, contestó Pedro, y si alguien lo intentara hay guardabosques para impedirlo y encarcelan a quien se atreva. Yo la agarro, aseguras sin pensarlo, y te subes al árbol a pesar de que Julia quiere detenerte. La corteza hiere tus manos, la resina te hace resbalar. La ardilla asciende aún más alto. La siguiente hasta poner los pies en una rama. Miras hacia abajo y ves acercarse al guardabosques y a Pedro que se pone a hacerle conversación. El guardabosques no alza la mirada hacia el árbol en el que estás inmóvil y oculto a medias en el follaje. Julia intenta no traicionarte con la vista. Pedro tampoco te delata: se propone algo más cruel. Retiene al guardabosques con pregunta tras pregunta, le da algunos billetes, lo deja hablar de sí mismo, quejarse de los paseantes y de lo poco que gana . Así te impide el triunfo y prolonga tu humillación.

Has pasado diez o quince minutos. La rama empieza a ceder bajo tu peso. Sientes miedo de caer desde esa altura y morir ante Julia o romperte lo huesos y quedar inválido para siempre. O de otro modo, date por vencido, dejar que el guardabosques te lleve preso.

Atrapado por Pedro, el guardabosque no se va. La ardilla te desafía a medio metro de la rama crujiente. En seguida baja por el tronco con agilidad que nunca será tuya y corre a perderse en el bosque. Julia se ha soltado a llorar, lejos del guardabosque y de la ardilla pero de ti más lejos e imposible. Al fin el guardabosque agradece la propina de Pedro, se despide y vuelve al convento. Entonces bajas, muerto de miedo, pálido, torpe, humillado, con lágrimas. Pedro se ríe de ti. Julia no llora: le reclama y lo llama estúpido. Suben otra vez al automóvil. Julia no se deja abrazar por Pedro y nadie habla de nada de nada ni una palabra. Bajas en cuanto llegan a la ciudad, caminas sin rumbo muchas horas y al llegar le cuentas a tu madre lo que ocurrió en el bosque y subes a la azotea y quemas en el boiler la colección Bazooka. Pero no olvidas nunca esa tarde de agosto. Esa tarde, la última en que tú viste a Julia.



martes, 10 de octubre de 2017

NENÚFAR (Rafael Baldaya)


Un poeta modernista caminaba por el parque del Retiro acompañado de Unamuno cuando, al pasar junto a un estanque, vio extrañas flores flotando en el agua. Intrigado, preguntó a don Miguel "¿Qué flores son ésas?". Y éste le contestó "Son los nenúfares que tanto menciona usted en sus poemas".

(A los modernistas, ya se sabe, les importaba más la sonoridad del lenguaje que su significado.)

Unos dicen que el poeta en cuestión era Villaespesa, otros que Rubén Darío, otros que Amado Nervo, aunque probablemente sea una historia inventada. Pero a quien de verdad le pasó fue a ti.

Eras un niño. En el colegio te llevaron de excursión a la Alhambra, y junto a ella estaban los jardines del Generalife. Cuando descubriste allí aquellas flores -sus grandes pétalos, su alfombra de hojas verdes surcando el agua oscura...-, y al explicar el maestro que eran "nenúfares", pensaste: ¡Por una vez hay algo a la altura de su nombre!


lunes, 9 de octubre de 2017

UNA FAMILIA FELIZ (Lu Sin)



“Escribir sólo cuando uno se siente inspirado. Eso es de veras hacer obra de arte, una obra que, como la luz del sol, irradie de una fuente infinita de claridad y no simplemente la chispa que brota del roce de la piedra con el hierro; sólo entonces el autor es un verdadero artista. Mientras que yo… ¡escribir como lo he hecho!…”

Cuando llegó a este punto de sus reflexiones saltó de la cama. Hacía tiempo que venía diciéndose que era absolutamente necesario escribir algo a fin de obtener un poco de dinero para la casa; aun más, había decidido por anticipado enviar su manuscrito a La Felicidad, revista mensual, porque pagaba mejor que otras publicaciones. Pero tenía que encontrar un tema conveniente, de otro modo podrían rechazar su trabajo. Bueno, iba a encontrar uno… “¿Cuáles son los problemas que inquietan a los jóvenes en la actualidad?… Son muchos, sin duda, pero tal vez la mayor parte de ellos se refiere al amor, al matrimonio, a la familia… Sí, hay muchos jóvenes que viven preocupados de estas cuestiones y las discuten todos los días. Bueno, vamos entonces con la familia. Pero ¿cómo presentarla?… Porque hay que hacer las cosas de modo que esta novela breve no sea rechazada. Pero ¿para qué estar prediciendo desgracias? Sin embargo…”

Saltó del lecho y de cuatro o cinco brincos se aproximó al escritorio; se sentó, sacó del cajón una hoja de papel con cuadrículas verdes y, aunque con cierta sensación de humillación, escribió sin vacilar el título: Una familia feliz.

Hecho esto, su pincel se inmovilizó. Levantó los ojos al cielo raso, pensando en el sitio en que colocaría a esta familia feliz. ¿Pekín? No, un lugar demasiado muerto, hasta el aire que se respira parece muerto. Y aunque esta familia viviera en una casa rodeada de altas murallas, el aire de Pekín no dejaría de llegarle. ¡No, imposible! En Chiangsú y en Chechiang se prevé una guerra de un día a otro. En Fuchián, ni hablar. ¿Sechuán? ¿Guangdong? Están en plena guerra civil. ¿Tal vez Shangdong o Jonán?… De ninguna manera, uno de mis personajes podría ser secuestrado y si cualquiera de ambos esposos es apresado por los bandoleros, la familia se convertiría en una familia desgraciada. Por otra parte, las casas situadas dentro de las concesiones de Shanghai o Tientsín cobran alquileres demasiado subidos… ¿Y si los pusiera en el extranjero? No, sería completamente ridículo. No sé tampoco en qué situación están Yunnán y Guichou, pero las comunicaciones son tan difíciles…

Después de haber reflexionado largamente y al no encontrar un solo sitio apropiado, decidió inventar una ciudad que llamaría A. Pero de pronto lo asaltó otra idea: “Existen no pocas personas que están contra el empleo de letras del alfabeto europeo; dicen que reemplazar el nombre de una persona o de un sitio por una inicial disminuye el interés del lector. Más seguro será que en esta novela me abstenga de hacerlo… Pero ¿qué lugar será mejor, entonces? En Junán hay guerra, en Dalian los alojamientos son muy caros… En Chahar, en Chilin, en Jeilongchiang…, bueno, he oído decir que hay muchos bandidos; no, tampoco sirve esto…”

Volvió a dedicar largos minutos a la reflexión, pero fue inútil; no pudo encontrar un sitio conveniente para su relato. Finalmente decidió que esta familia feliz viviría hipotéticamente en una ciudad llamada A.

“En definitiva, esta familia tiene que vivir en A; se acabó la discusión. La familia se compone naturalmente del marido y la mujer, el señor y la señora, que se han casado por amor. Su contrato de matrimonio comprende una cuarentena de cláusulas muy detalladas, que aseguran a los esposos una igualdad perfecta y una gran libertad. Ambos son muy cultos, pertenecen a la élite intelectual… Haber estudiado en Japón es cosa pasada de moda… Es mejor que hayan estudiado en algún país de Occidente. Él se viste siempre a la europea, con cuello almidonado e impecable. Ella tiene siempre los rizos en la frente, suaves y vaporosos, peinados al estilo de un nido de gorriones. Luce siempre dientes nacarados, pero lleva el vestido chino…”

-No, no, eso no… ¡Veinticinco libras!

Al oír una voz de hombre que venía de bajo la ventana, instintivamente se volvió en esa dirección. Pero las cortinas estaban descorridas y el sol brillaba tan fuerte que la reverberación le causó dolor en los ojos. Pronto oyó ruido de trozos de leña que caían al suelo. “No tengo nada que ver con eso”, pensó volviéndose para continuar en sus reflexiones. “¿Veinticinco libras de qué?… Pertenecen a la élite intelectual, aman la literatura y el arte. Pero como han sido criados en el seno de familias felices, no gustan de las novelas rusas… La mayor parte de las novelas rusas muestran a gente del bajo pueblo y por lo tanto no son adecuadas para esta familia.

“¿Veinticinco libras? No pensemos en esto. ¿Qué leen entonces? ¿Los poemas de Byron, los de Keats? No, eso no, no es seguro… Ah, ya lo tengo, están maravillados con el libro Un marido ideal. Bueno, la verdad es que todavía no he leído ese libro, pero si los profesores de la Universidad lo elogian tanto, supongo que a este matrimonio le encantará. Ambos lo leen, cada uno tiene su ejemplar; hay dos ejemplares de Un marido ideal en el seno de esta familia…”.

Experimentó una sensación de vacío en el estómago y, dejando el pincel, se agarró la cabeza con ambas manos, lo que le dio la posición de un globo suspendido de dos columnas. “…Están almorzando”, piensa. “Sobre la mesa hay un mantel de blancura nívea; el cocinero trae los platos, platos chinos. ¿Veinticinco libras de qué? No hay que pensar en esto. ¿Por qué platos chinos? Los occidentales dicen que la cocina china está a la cabeza del progreso, es la más sabrosa, la más sana; es la razón por la que esta pareja prefiere los platos chinos. El cocinero trae el primer plato. Pero ¿qué puede ser el primer plato?”

-Leña para la lumbre…

Se sobresalta, vuelve la cabeza y ve a la dueña de su propia casa, de pie a su izquierda. Lo mira con ojos sombríos y tristes.

-¿Qué pasa? -pregunta él, descontento de que haya venido a trastornar su creación.

-Hemos agotado la leña para la lumbre y acabo de comprar más. La última vez las diez libras costaban veinticuatro sapecas y hoy cuestan veintiséis. Me propongo darle veinticinco por las diez libras, ¿qué piensas tú?

-Bien, bien, vaya por las veinticinco.

-No nos ha hecho un buen peso. Insiste en que hay veinticinco libras y media y yo pienso insistir en que hay veintitrés libras y media… ¿Qué crees tú?

-Bueno, vaya por las veintitrés libras y media.

-En ese caso, cinco veces cinco, veinticinco; tres veces cinco, quince…

¡Oh!… Cinco veces cinco, veinticinco; tres veces cinco, quince…, tampoco pudo terminar la multiplicación. Después de una pausa, de súbito cogió con brusquedad el pincel y en la hoja de cuadrículas verdes en que había escrito Una familia feliz, se puso a hacer el cálculo. Después de largos minutos levantó la cabeza y dijo:

-Cincuenta y ocho sapecas.

-Entonces no me alcanza; me faltan ocho o nueve sapecas.

Abrió el cajón de la mesa, sacó todas las monedas que había, cerca de treinta, y las puso sobre la mano tendida de ella. La miró partir y volvió a su escritorio. Su cabeza estaba pesada, como si fuera a estallar, llena de atados de leña. Cinco veces cinco, veinticinco. El cerebro parecía tener números arábigos impresos en todas direcciones. Aspiró profundamente, luego hizo una forzada espiración como si con ese recurso fuera a desocupar su mente de la leña para la lumbre, las cinco veces cinco, veinticinco y los números arábigos. Y, efectivamente, después de ese ejercicio de respiración, se sintió más relajado. Volvió a sus reflexiones, que eran un poco vagas:

“¿Qué platos? No hay nada que impida que esos platos sean extraordinarios. Lomo frito, holoturias con camarones son platos bastante comunes. Estoy empeñado en hacerlos comer ‘duelo entre tigre y dragón’. Pero ¿en qué consiste este plato? Algunos dicen que es un plato cantonés muy rebuscado que sólo se sirve en banquetes importantes y que lo preparan con gato y serpiente. Pero yo vi este plato en el menú de un restaurante en Chiangsú. En Chiangsú no comen a lo mejor gatos ni serpientes. Quizás, como me dijo otro, este plato se hace con ranas y anguilas. Bueno, entonces, ¿de qué provincia tendrían que ser ambos esposos? Tanto peor, dejemos eso de lado. En todo caso, de cualquiera provincia que sean, pueden muy bien comer una mezcla de gato con serpiente o de ranas y anguilas sin que la felicidad de la familia se vea afectada en absoluto, bueno, quedamos en que el primer plato que se les sirve es ‘duelo entre tigre y dragón’. No hay más que hablar sobre esto.

“Ahora que el plato ‘duelo entre tigre y dragón’ se halla al centro de la mesa, los esposos levantan los palillos al mismo tiempo y señalando el plato se miran sonriendo:

“-My dear, please.

“-Please, you eat first, my dear.

“-Oh, no, please you!

“Y ambos, con sus palillos, sacan al mismo tiempo un trozo de serpiente… No, no, no está bien; la carne de serpiente es demasiado ordinaria; es mejor decir que sacan un trozo de anguila. En tal caso, el ‘duelo entre tigre y dragón’ tiene que componerse de ranas y anguilas. Ambos sacan simultáneamente un pedazo de anguila de igual tamaño. Cinco veces cinco, veinticinco, tres veces cinco… Dejemos eso. Se llevan los trozos a la boca al mismo tiempo…”

Tuvo deseos irreprimibles de volverse para ver lo que ocurría a sus espaldas, porque sentía gran animación, que alguien iba y venía varias veces; pero se contuvo y continuó pensando distraídamente:

“Esto parece un poco sensiblero; no se es tan sentimental en la vida de familia. ¿Por qué tengo todo tan confuso en la cabeza? Temo que no voy a llegar a dar fin a esta historia, a pesar de que tiene un título tan bonito…

“Tampoco es absolutamente necesario que hayan estudiado en el extranjero; pueden haber estudiado en una universidad china, pero ambos tienen diploma universitario y pertenecen a la élite intelectual, a la élite… El marido es escritor, la mujer también escribe, o por lo menos es apasionada por la literatura. O bien ella es poetisa y el marido un apasionado por la poesía; él es feminista. O mejor…”

No resistiendo más, volvió la cabeza.

Junto al estante de libros que se hallaba a sus espaldas se levantaba un montículo de coles: tres abajo, dos al centro y una encima, formando una A gigantesca.

“¡Oh!”, lanzó un suspiro de asombro; el calor le subió a las mejillas y sintió una picazón corriéndole por la espalda. “Pues…”. Respiró profundamente como para desembarazarse de la picazón que tenía junto a la columna vertebral y luego continuó:

“…Es necesario que esta casa feliz tenga muchas habitaciones. Hay una despensa donde se pueden meter los repollos y otros elementos por el estilo. El dueño de casa tiene un despacho personal, con estanterías para libros que cubren todos los muros y junto a las cuales no hay coles, naturalmente. Estas estanterías están colmadas de libros, libros chinos, libros extranjeros, entre los que no falta Un marido ideal…, dos ejemplares. El dormitorio es una habitación separada, con un catre de cobre, o bien una cama más corriente; una cama de madera de olmo como las que fabrican los presos de la cárcel número uno no estaría mal; debajo de la cama hay mucha limpieza…” Echó una mirada al suelo debajo de su propia cama; la provisión de leña para la lumbre se había acabado y no se veía sino un trozo de paja trenzada, estirado en el suelo como el cadáver de una serpiente.

“Veintitrés libras y media…” Tuvo el presentimiento de que la leña para la lumbre iba a llegar -cargas y más cargas- y comenzó a dolerle la cabeza. Se levantó precipitadamente de la silla y fue a cerrar la puerta; pero cuando sus manos iban a tocar la perilla pensó que obrar de esa manera equivaldría en realidad a mostrar muy mal humor; en consecuencia, en vez de cerrar la puerta se limitó a bajar la cortina llena de polvo. Se dijo que esta medida, menos extrema que la de encerrarse, le evitaría también los inconvenientes de una puerta abierta; había alcanzado el justo término medio recomendado por los antiguos.

“La puerta del despacho del dueño de casa está, por lo tanto, siempre cerrada”, pensó mientras volvía a sentarse. “Si alguien necesita verlo, golpea la puerta y sólo entra cuando él lo autoriza. Este sistema es muy razonable. Cuando el marido está en su despacho y la mujer quiere ir a hablar de literatura con él, también golpea la puerta… Pero el marido no tiene nada que temer, ni mucho menos que ella vaya a llevarle un montón de coles.

“-Come in, please, my dear.

“Pero, ¿qué se puede hacer cuando el marido no tiene tiempo para hablar de literatura? ¿La deja llamar discretamente a la puerta sin responderle? No, no es posible. A lo mejor este caso está descrito en Un marido ideal…, de veras debe ser una buena novela. Si me pagan por mi narración, tendré que comprar este libro…”

¡Pam!

Su espalda se enderezó, porque sabía por experiencia que ese “¡pam!” era el ruido que hacía la mano de su mujer al caer sobre la cabeza de la hija pequeña, de tres años.

“En esta familia feliz…”, pensó con la espalda tiesa, oyendo llorar a la niña, “los hijos llegan tarde, más tarde. O bien no llegan, lo cual es mucho más simple para dos personas. Pueden vivir en un cuarto de hotel, en una pensión con todo el servicio comprendido. Por otra parte, sería más simple que no hubiera sino una persona sola…”

Como los llantos de la niña redoblaban en intensidad, se levantó y cruzó la cortina pensando:

“Karl Marx escribió Das Kapital entre el ruido del llanto de sus hijos, lo que demuestra que era un gran hombre…”

Atravesó la habitación junto a la suya y abrió la puerta exterior; un fuerte olor a petróleo lo asaltó. La niña estaba tendida de boca, a la derecha de la puerta; al ver a su padre lloró aún con más ganas.

-Vamos, vamos, no llores así, no llores así, mi hijita buena… -Se inclinó para levantarla. Cuando la tenía en los brazos se volvió y vio a su mujer, de pie al otro lado de la puerta. También ella tenía la espalda tiesa y parecía muy enojada, las manos en las caderas, como si estuviera preparándose para hacer ejercicios gimnásticos.

-¡Tú también vienes a fastidiarme! En vez de ayudarme, lo echas todo a perder. Claro, tenías que dar vuelta a la lámpara de petróleo… ¿Cómo vamos a alumbrarnos esta noche?

-Vamos, vamos, hijita, no llores más -poniendo oídos sordos a las enérgicas palabras de su mujer, llevó a la niña a su habitación, sin dejar de acariciarle la cabeza-. Tú eres mi hijita buena -dijo poniéndola en el suelo. Se sentó, instaló a la pequeña entre sus rodillas, y levantando la mano, añadió-: No llores, hijita buena. Papá va a imitar al minino cuando se lava la cara. Mira.

Alargando el cuello, sacó la lengua, hizo como que se humedecía la palma de la mano y luego se la pasó por la cara, dibujando círculos en el aire.

-¡Ah, ja, ja, es la gata Florecilla! -dijo la niña riendo.

-¡Eso es, eso es, Florecilla! -Se pasó aún varias veces más la mano en círculos junto a la cara; la niña lo miraba sonriendo a través de sus lágrimas. De pronto se dio cuenta del parecido que existía entre esa linda carita de niña inocente y la de su mujer, cinco años antes. Los labios muy rojos eran exactamente los mismos, sólo que más pequeños. Había sido en un día de invierno soleado; al oírlo decir que estaba dispuesto a vencer todos los obstáculos y a hacer todos los sacrificios necesarios por ella, ella lo había mirado así, sonriendo a pesar de las lágrimas que nublaban sus ojos. Melancólicamente sentado en su silla, él daba la impresión de un hombre algo borracho.

“Ah, los hermosos labios…”, pensó.

De súbito se levantó la cortina y la leña para la lumbre hizo su entrada.

Recuperó su propio dominio y notó que la niña, aún con lágrimas en los ojos, lo miraba, los labios rojos entreabiertos. “Labios…” Echó una mirada de soslayo, vio que la leña llegaba por brazadas. “…Tal vez bastará que cuente cinco veces cinco, veinticinco, y nueve veces nueve, ochenta y uno, en el futuro, para que sus ojos se vuelvan sombríos y tristes…” Pensando en ello, cogió bruscamente la hoja de las cuadrículas verdes en la que había escrito un título y una serie de cifras, la arrugó y luego la estiró de nuevo y la aprovechó para enjugar los ojos y la nariz de la niña.

-Pórtate bien, anda a jugar sola.

La empujó hacia la puerta y lanzó con violencia la bola de papel arrugado al cesto de los papeles.

Se arrepintió en seguida de la brusquedad con la niña, y se volvió para mirarla alejarse solita. El ruido de la leña que arrojaban bajo la cama lo aturdió. Quiso concentrarse de nuevo y, sentándose a la mesa de trabajo, cerró los ojos, desterró los pensamientos que lo perturbaban y permaneció apaciblemente inmóvil.

La imagen de una flor negra, redonda y plana, con un corazón de color naranja, surgió bajo sus pupilas; pasó flotando del rabillo del ojo izquierdo al ojo derecho y luego desapareció. En seguida fue una flor de un verde vivo con un corazón verde oscuro; finalmente un montículo formado por seis coles, que se alzó ante él con el aspecto de una A gigantesca.


domingo, 8 de octubre de 2017

ARMAMENTO (Emilia Pardo Bazán)


Fue en una noche de invierno, ni lluviosa ni brumosa, sino atrozmente fría, en que por la pureza glacial del ambiente se oía aullar a los lobos lo mismo que si estuvisen al pie de la solitaria rectoral y la amenazasen con sus siniestros ¡ouu… bee!, cuando el cura de Andianes, a quien tenía desvelado la inquietud, oyó fuera la convenida señal, el canto del cucorei, y saltando de la cama, arropándose con un balandrán viejo, encendiendo un cabo de bujía, descendió precipitadamente a abrir. Sus piernas vacilaban, y el cabo, en sus manos agitadas también por la emoción, goteaba candentes lágrimas de esperma.

Al descorrerse los mohosos cerrojos y pegarse a la pared la gruesa puerta de roble, dejando penetrar por el boquete la negrura y el helado soplo nocturno, alguien que no estuviese prevenido sentiría pavor viendo avanzar a tres hombres, más que embozados, encubiertos, tapados por el cuello de los capotes, que se juntaba con el ala del amplio sombrerazo. Detrás del pelotón se adivinaba el bulto de un carrito y se oía el jadear del caballejo que lo arrastraba, y cuyas peludas patas temblaban aún, no sólo por el agria subida de la sierra, sino por haber sentido tan de cerca el ardiente hálito de los lobos monteses hambrientos.

-¿Está todo corriente? -preguntó el que parecía capitanear el grupo.

-Todo. No hay más alma viviente que yo en la casa. ¡Pasen, pasen, que va un frío que pela a la gente!…

Metiéronse en el portal e hicieron avanzar el carrito, que al fin cupo, no sin trabajo, por el hueco de la puerta; cerrándola aprisa sólo con llave, sin echar los cerrojos otra vez, y ya defendidos de curiosidades -aunque en tal lugar y tal noche no era verosímil ningún riesgo-, bajaron los cuellos de los abrigos y se vieron unos rostros curtidos por la intemperie, animados por la resolución; unas barbas salpicadas de goteruelas: la respiración, liquidada al abrigo del paño.

-Suban -dijo el párroco solícitamente-. Hay en la mesa buen jamón, queso, vino… Echen un chisco, caliéntense.

-¡Mal truco! -juró el jefe de la partida-. Interín no se acomoda el género…, nadie bebe un chisco aquí. ¡A lo que venimos!

Obedeció el cura, alzando cuanto pudo la luz; quitaron prestamente la capa de paja que cubría el carro, y apareció relleno, atestado de armas diversas, desde la anticuada escopeta de caza y el arcaico trabuco, hasta los revólveres de ordenanza y el fusil Remington. Una corriente de orgullo, un espíritu de reto, de provocación, surgió de aquel hacinamiento de bélicos trastos. El párroco olvidó los temores que momentos antes hacían entrechocarse sus dientes; los tres mocetones montañeses rieron y blasfemaron de gusto. ¡A ver cuándo llegaba el día de estrenar el armamento! Y no había de tardar, ¡mal truco! Ahora, a esconder el arsenal donde ni el mismo diaño acierte con él…

-Más secreto, imposible… -afirmó el cura-. Mis sobrinas, en Compostela desde anteayer. ¡En lenguas de mujeres no hay fianza. El sacristán pasa todo el día de hoy y el de mañana en Cebre con su hermano, el tendero, que necesita que le saque las cuentas del almacén. Por aquí, con el frío lobero, la nieve amagando, no aporta alma cristiana. Tenemos veinte horas nuestras. Si prefieren cenar y dormir…

Repitieron que no. En quitándose de encima el ansia de esconder aquello, ya comerían, ya dormirían… Ahora, ¡al negocio! De la carga del carro tomó cada cual lo que pudo, y guiando el cura, que amparaba la luz con la mano, salieron al huerto, comunicado con la iglesia por una puerta baja abierta en el romántico ábside y que daba acceso a la sacristía. El frío del cañón de los fusiles les quemaba los dedos, y resbalaban en la escarcha de los senderos, guarnecidos de árboles frutales sin hojas. Dentro de la iglesia ya, encendió el cura los dos cirios colocados ante la efigie de Nuestra Señora, y se vio que los tableros que cubrían la mesa del altar habían sido desclavados; en el suelo yacía una espuerta con martillos, clavos, tenazas; la piedra de ara descansaba sobre las gradas del presbiterio, y el hueco oscuro del altar vacío semejaba la boca de un sepulcro…

-¿Nos cabrán ahí? -preguntó uno de los mocetones.

-Si no caben, ya tengo yo discurrido otro escondrijo muy bueno; pero me ayudarán a levantar la losa, que no soy hombre de hacerlo solo -añadió, señalando a un gótico sarcófago sostenido por dos leones toscamente labrados y sobre el cual reposaba un paladín de granito, armado de punta en blanco, ceñudo, severo.

Comenzaron a depositar el contrabando en el hueco del altar; a pocos viajes, quedaron acomodadas las dos terceras partes de las armas, hasta el borde. Clavaron otra vez los tableros, encajó el cura la piedra de ara, extendió el mantelillo, restableció en orden las sacras, los candeleros, el atril, y aquí no ha pasado cosa alguna. Ahora era preciso alzar la losa de la tumba de granito, interrumpir el sueño secular del guerrero noble. Aplicáronse a ello los tres forzudos mocetones; arrancaron la argamasa, dura como mármol, y sirviéndose de trabucos a guisa de palanquetas, lograron desquiciar y alzar la losa, corriéndola a un lado. El cura retrocedió despavorido: en el fondo del sepulcro había huesos, cenizas, guiñapos, polvo humano -lo que restaba de aquel batallador, ¡lo que ha de restar de todos los hombres!-. La idea de la profanación humedeció su frente con sudor frío; precipitadamente hizo la señal de la cruz. ¡De aquello no podía salir cosa buena! Entre tanto, los mocetones, sin cuidarse de la suerte que corrían los despojos del valeroso caballero, acomodaban en la tumba el resto del depósito -fusiles, escopetas, cartuchos, balas…-. Al volver a sentar con violento esfuerzo la losa, preguntaron:

-¿No habrá un poco de mezcla?

-No… Dejadlo ahora así; yo le echaré la mezcla cuando esté solo y tenga tiempo…

Hicieron desaparecer las últimas huellas de la misteriosa labor; apagaron los cirios; cruzaron el huerto; subieron a la salita de la rectoral, y ni los lobos que los habían seguido de lejos echándoles unos ojos como brasas, devoran así. Engulleron todo: el jamón curado de Lugo, el queso de San Simón, el pan de centeno; tres veces vieron el fondo del botellón de añejo vino. Rieron, contaron chascarrillos de cazadores, describieron plásticamente a la médica de Cebre, el mejor bocado en seis leguas a la redonda, y, sobre todo, evocaron las contingencias de un alzamiento ya inminente, la distribución y empleo de aquella ferranchinería escondida con tanta habilidad, que ni el mismo diaño… ¡Mal truco! ¡No tendría tiempo de comérsela el orín! ¡Ya sonaría, ya, manejada por quien sabemos! Estábamos en Nadal, ¿no? ¡Pues allá por Antruejo… lo más tarde! ¡A embromar al Gobierno y a la Guardia Civil!

Hartos, semichispos aún, después de un sueño de cinco horas, se marcharon a mediodía con su carrito, donde, por disimular, por si les daban el alto, metieron cerro, habas secas, haces de paja. Solo quedó el cura con el depósito.

Solo… y espantado. Siempre que decía misa en el altar, relleno de armas, creía oír que se entrechocaban, que el hierro hablaba y amenazaba, que las balas querían atravesar los tableros irradiando destrucción. «Paciencia -pensaba-; esto, poco ha de durar; allá para Antruejo…» Vinieron los gordos Carnavales, con su escolta de ollas tocineras y de filloas amarillas; vinieron la Semana Santa, la Pascua, el mes de María, y como si tal cosa; el país reposaba tranquilo. Estaba el cura lo mismo que si hubiese asesinado a alguien, enterrando el cadáver secretamente, y temiese a cada minuto que iban a descubrir el cuerpo. No comía ni dormía; en cada rostro pensaba leer que el secreto había transpirado, que se cuchicheaba, que vendrían los civiles a registrar, que se le llevarían a él, ¡un sacerdote!, atado codo con codo, sabe Dios a qué destierro, a qué presidio…, ¡a qué consejo de guerra! Y corría el año, y volvía la nieve a poner monteritas blancas a los abruptos picos de la sierra, y del famoso alzamiento…, ni indicios. «No puedo vivir más con este embuchado -resolvió el cura-. Me volvería loco». En arranque repentino y febril, metió ropa en el cofre, se despidió de sus sobrinas, montó en la yegua, llegó a Marineda en tres jornadas, y el primer vapor de emigrantes que salió de la linda bahía acogió en su seno a un hombre que iba huyendo de un altar y de un sepulcro.