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sábado, 7 de octubre de 2017

LA CORRECCIÓN (Vicente Blasco Ibáñez)



A las cinco, la corneta de la cárcel lanzaba en el patio su escandalosa diana, compuesta de sonidos discordantes y chillones, que repetían como poderoso eco las cuadras silenciosas, cuyo suelo parecía enladrillado con carne humana.

Levantábanse de la almohada trescientas caras soñolientas, sonaba un verdadero concierto de bostezos, caían arrolladas las mugrientas mantas, dilatábanse con brutal desperezamiento los robustos e inactivos brazos, liábanse los tísicos colchones conocidos por «petates» en el mísero antro, y comenzaba la agitación, la diaria vida en el edificio antes muerto.

En las extensas piezas, junto a las ventanas abarrotadas, por donde entraba el fresco matinal renovando el ambiente cargado por el vaho del amontonamiento de la carne, formábanse los grupos, las tertulias de la desgracia, buscándose los hombres por la identidad de sus hechos: los delincuentes por sangre eran los más, inspirando confianza y simpatía con sus rostros enérgicos, sus ademanes resueltos y su expresión de pundonor salvaje; los ladrones, recelosos, solapados, con sonrisa hipócrita; entre unos y otros, cabezas con todos los signos de la locura o la imbecilidad, criminales instintivos, de mirada verdosa y vaga, frente deprimida y labios delgados fruncidos por cierta expresión de desdén; testas de labriego extremadamente rapadas, con las enormes orejas despegadas del cráneo; peinados aceitosos con los bucles hasta las cejas; enormes mandíbulas, de esas que sólo se encuentran en las especies feroces inferiores al hombre; blusas rotas y zurcidas; pantalones deshilachados y muchos pies gastando la dura piel sobre los rojos ladrillos.

A aquella hora asomaban en «las piezas» las galoneadas gorras de los empleados, saludados con el respeto que inspira la autoridad donde impera la fuerza; pasaban los cabos, vergajo al puño, con sus birretes blancos escasos de tela, como de cocinero de barco pobre, y comenzaban los «quinceneros» la limpieza de la casa, la descomunal batalla contra la mugre y la miseria que aquel amontonamiento de robustez inútil dejaba como rastro de vida al agitarse dentro del sombrío edificio.

Los «quinceneros» eran la última capa de aquella sociedad de miserables, los parias de la esclavitud, los desheredados de la cárcel. El último de los presos resultaba para ellos un personaje feliz, y le contemplaban con envidia al verle inmóvil en «la pieza», haciendo calcetas con estrambóticos arabescos o tejiendo cestillos de abigarrados colores.

Con la escoba al hombro y arrastrando los cubos de agua, pasaban macilentos y humildes ante los penados, pensando en cuándo llegarían a ser «de causa» y tendrían el honor de sentarse en el banquillo de la Audiencia por «algo gordo», librándose con esto de doblar todo el día el espinazo sobre los rojos baldosines e ir pieza tras pieza lavando el hediondo piso sin quitar la vista del cabo y del cimbreante vergajo, pronto a arrollarse al cuerpo como angulosa serpiente. Iban descalzos, andrajosos, mostrando por los boquetes de la blusa la carne costrosa, libre de camisa, con la cara pálida, la piel temblona por el hambre de muchos años y el horrible aspecto de náufragos arrojados a una isla desierta. Eran los chicos de la cárcel, los que se preparaban a ser hombres en aquel horrible antro, siempre condenados a quince días de arresto que no terminaban nunca, pues apenas los ponían en la puerta y aspiraban el aire de las calles, la policía, como madre amorosa, devolvíalos a la cárcel, para atribuirse un servicio más e impedir que la adolescencia desamparada aprendiese malas cosas rodando por el mundo.

Eran en su mayoría seres repulsivos: frentes angostas con un cerquillo de cabellos rebeldes que sombreaban como manojo de púas las rectas cejas; rostros en los que parecía leerse la fatal herencia de varias generaciones de borrachos y homicidas; carne nacida del libertinaje brutal, que estaba aderezándose para ser pasto del presidio; pero entre ellos había muchachos enclenques e insignificantes, de mirada sin expresión, que parecían esforzarse por seguir a los compañeros en su oscuro descenso; y extremando la ley de castas hasta lo inverosímil, resultaban las víctimas de aquellos mismos que pasaban como esclavos de los presos.

El más infeliz era el Groguet, un muchacho paliducho y débil por el excesivo crecimiento y sin energías para protestar. Cargaba con los enormes cubos, y agobiado bajo su peso subía la interminable escalera, pensando en el tiempo feliz en que tenía por casa toda la ciudad, durmiendo en verano sobre los cuévanos del Mercado y apelotonándose en invierno en el quicio del respiradero de alguna cuadra.

Castigábanle por torpe. Muchas veces, al cruzar el patio, quedábase mirando aquel sol que se detenía en el borde de los sombríos paredones, sin atreverse nunca a bajar hasta el húmedo suelo; y cuando el vergajo le avivaba el paso, lanzaba entre dientes un «¡mare mehua!», y le parecía verla paraeta del Mercado, aquella mesilla coja con la calabaza recién salida del horno, tras la cual estaba su madre cambiando ochavos por melosas rebanadas y peleándose por la más leve palabra con todas las de los puestos vecinos que le hacían competencia.

Ya habían pasado muchos años, pero él se acordaba, como si estuviera viéndolos, de aquellos ojos sin pestañas, ribeteados de rojo, horribles para los demás, pero amorosos para él; de aquella mano seca que al acariciarle la cerdosa cabeza manchábala de pringue meloso; de aquella cama en que soñaba abrazado a su madre, y ahora… ahora dormía en una manta que le prestaba por caridad alguno de «su pieza»; y si en verano se tendía sobre ella, en invierno servíale para taparse, recostando el cuerpo sobre los húmedos baldosines, resignado a helarse por debajo con tal de sentir arriba un poco de calor.

Niño a pesar de sus amarguras, vendía el pan de la cárcel por diez céntimos para una partida de pelota en el patio o un racimo de uvas, y a la hora del rancho echábase a la espalda la mano izquierda, y mirando con envidia a los que empuñaban un mendrugo, hundía su cuchara en el insípido rancho para engañar el estómago con ilusorio alimento.

Y así vivía, sin estar aún enterado de por qué razones se preocupaban de él y lo enviaban a la cárcel quince días, para volver a meterlo apenas pisaba la calle. Le cogió la policía en una de sus redadas; pilláronle en el Mercado, su casa solariega: tal vez conocían su afición a la fruta, que él consideraba de posesión común, y desde entonces viose condenado a no gozar de libertad más que unas pocas horas cada quince días.

Sabía que le pillaban por «blasfemo». ¿Qué sería aquello? Y sin saber por qué, recordaba que los agentes, cuando intentaba escaparse, le daban de bofetadas, con acompañamiento de interjecciones en que barajaban a Dios y los santos.

El muchacho, siempre en la duda de qué significaría su título de «blasfemo», resignábase con su suerte, sin sospechar que se publicaban periódicos con sueltos escritos por los mismos interesados en que se hablaba del gran servicio prestado el día anterior por el cabo Fulano «y fuerza a sus órdenes», prendiendo al terrible criminal conocido por el Groguet.

Y aquel bandido de quince años iba creciendo en la cárcel, trabajando como una bestia, aprendiendo a ratos perdidos el caló del crimen, oyendo la novelesca relación de interesantes atracos y mirando como hombres sublimes a los «carteristas» y «enterradores», señores muy listos y bien portados que iban por el patio con sortijas y reloj de oro y que tiraban el dinero, siendo reverenciados por todos los presos. ¡Ay, si él pudiese llegar por el tiempo a la altura de aquellos «tíos»!

Pero sus aspiraciones eran más modestas. Había nacido para bestia de carga y sólo deseaba que le dejasen trabajar con tranquilidad; que no fuesen a buscarle cuando no se metía con nadie.

En una de sus salidas quiso vender periódicos; pero apenas lanzó los primeros gritos, ya tenía en el cuello la zarpa de un tío bigotudo, de aquel mismo de quien decía en la cárcel la gente «de la marcha» que poniéndole dos o tres duros en la mano era capaz de no ver el sol en mitad del día y de dejar que robasen un reloj en sus mismas narices.

Otra vez, al cumplir la quincena, levantó el vuelo y no paró hasta el puerto, donde, con un saco en la cabeza a guisa de caperuza, dedicábase a la descarga de carbón, andando con la agilidad de una mona por el madero tendido entre el muelle y el vapor inglés. Lo pasaba tan ricamente; comía de caliente ¡y con pan! en una taberna; pero a los pocos días quiso su desgracia que asomase por allí los bigotes uno de sus sayones, y otra vez a la cárcel, para que pudiera publicarse con fundamento la consabida gacetilla sobre el terrible Groguet y el inmenso servicio del cabo Fulano «y fuerza a sus órdenes».

Así iba corrigiéndose el bandido de sus terribles crímenes, que él no sabía cuáles fuesen; y oyendo a los ladrones la relación de sus hazañas, estremeciéndose al escuchar el relato de los asesinos y teniendo que resistir a monstruosas solicitudes que le aterraban, preparábase para ser hombre honrado cuando la policía le quisiera dejar tranquilo.

No le cogerían más; estaba decidido; aquélla era la última quincena que pasaría. Cuando terminase, no se detendría ni un instante en la ciudad: iría al puerto para esconderse en cualquier barco; se metería bajo los asientos de un vagón de ferrocarril; el propósito era huir lejos, muy lejos, donde no sacasen al Groguet en letras de molde ni le conociera ningún cabo Fulano.

Y el muchacho, que antes vivía en la cárcel con resignada indiferencia, esperó impaciente el término de la quincena.

Por fin llegó el momento. «El Groguet a la calle, con todo lo que tenga.»

¡Lo que él tenía! Valiente sarcasmo. Ganas de trabajar, de regenerarse, de verse libre de aquella estúpida persecución… y nada más.

Se sacudió como un perro mojado antes de salir de la pieza; no se limpió de los zapatos el polvo de la cárcel, porque carecía de ellos, y lanzose por el entreabierto rastrillo como un gorrión fuera de la jaula.

Vamos, que ahora se fastidiaba para siempre el tío de los bigotes.

Pero se detuvo en el umbral, aterrado como ante una visión: allí estaba él, en la pared de enfrente, con otro fariseo de su clase, sonriendo los dos como si les complaciera el terror del muchacho.

Intentó escapar; pero inmediatamente sintió la velluda zarpa en el cuello y fue zarandeado, con acompañamiento de… esto y aquello en Dios y la Virgen.

Como medida de previsión, otra quincena. Y sin dar gracias a la sociedad, que se preocupaba de él para mejorar su índole perversa, atravesó otra vez el portón en busca del vergajo que enseña y de las conversaciones de la cárcel que moralizan.

Iba preso de nuevo por «blasfemo». Y lo mejor del caso era que al salir de la cárcel no había abierto la boca, y únicamente al sumirse de nuevo tras el férreo rastrillo, pensando, sin duda, en los ojos enrojecidos y sin pestañas y en la mano huesosa y acariciadora, murmuraba, abatido, su lamento de los grandes dolores:

-¡Ay, mare mehua!


viernes, 6 de octubre de 2017

UN HOMBRE IRASCIBLE (Anton Chéjov)



Yo soy un hombre formal y mi cerebro tiene inclinación a la filosofía. Mi profesión es la de financiero. Estoy estudiando la ciencia económica, y escribo una disertación bajo el título de El pasado y el porvenir del impuesto sobre los perros. Usted comprenderá que las mujeres, las novelas, la luna y otras tonterías por el estilo me tienen completamente sin cuidado.

Son las diez de la mañana. Mi mamá me sirve una taza de café con leche. Lo bebo, y salgo al balconcito para ponerme inmediatamente a mi trabajo. Tomo un pliego de papel blanco, mojo la pluma en tinta y caligrafío El pasado y el porvenir del impuesto sobre los perros. Reflexiono un poco y escribo: «Antecedentes históricos: A juzgar por indicios que nos revelan Herodoto y Jenofonte, el impuesto sobre los perros data de…»; en este momento oigo unos pasos muy sospechosos. Miro hacia abajo y veo a una señorita con cara larga y talle largo; se llama, según creo, Narinka o Varinka; pero esto no hace al caso; busca algo y aparenta no haberse fijado en mí. Canta:

Te acuerdas de este cantar apasionado.

Leo lo que escribí y pretendo seguir adelante. Pero la muchacha parece haberme visto, y me dice en tono triste:

-Buenos días, Nicolás Andreievitch. Imagínese mi desgracia. Ayer salí de paseo, y se me perdió el dije de mi pulsera…

Leo de nuevo el principio de mi disertación, rectifico el rabo de la letra b y quiero continuar; mas la muchacha no me deja.

-Nicolás Andreievitch -añade-, sea usted lo bastante amable para acompañarme hasta mi casa. En la de Karenin hay un perro enorme, y yo no me atrevo a ir sola.

¿Qué hacer? Dejo a un lado mi pluma y desciendo. Narinka o Varinka me toma del brazo y ambos nos encaminamos a su morada. Cuando me veo precisado a acompañar a una señora o a una señorita me siento como un gancho, del cual pende un gran abrigo de pieles. Narinka o Varinka tiene un temperamento apasionado -entre paréntesis, su abuelo era armenio-. Ella sabe a maravilla colgarse del brazo y pegarse a las costillas de su acompañante como una sanguijuela. De esta suerte, proseguimos nuestra marcha. Al pasar por delante de la casa de los Karenin veo al perro y me acuerdo del tema de mi disertación. Recordándolo, suspiro.

-¿Por qué suspira usted? -me pregunta Narinka o Varinka. Y ella a su vez suspira.

Aquí debo dar una explicación: Narinka o Varinka -de repente me doy cuenta de que se llama Masdinka- se figura que estoy enamorado de ella, y se le antoja un deber de humanidad compadecerme y curar la herida de mi corazón.

-Escuche -me dice-, yo sé por qué suspira usted. Usted ama, ¿no es verdad? Le prevengo que la joven por usted amada tiene por usted un profundo respeto. Ella no puede corresponderle con su amor; mas no es suya la culpa, porque su corazón pertenece a otro, tiempo ha.

La nariz de Masdinka se enrojece y se hincha; las lágrimas afluyen a sus ojos. Ella espera que yo le conteste; pero, felizmente, hemos llegado. En la terraza se encuentra la mamá de Masdinka, una persona excelente, aunque llena de supersticiones. La dama contempla el rostro de su hija; y luego se fija en mí, detenidamente, suspirando, como si quisiera exclamar: «¡Oh, juventud, que no sabe disimular sus sentimientos!»

Además de la mamá están sentadas en la terraza señoritas de matices diversos y un oficial retirado, herido en la última guerra en la sien derecha y en el muslo izquierdo. Este infeliz quería, como yo, consagrar el verano a la redacción de una obra intituladaMemorias de un militar. Al igual que yo, aplícase todas las mañanas a la redacción de su libro; pero apenas escribe la frase «Nací en tal año…», aparece bajo su balcón alguna Varinka o Masdinka, que está allí como de centinela. Cuantos se hallan en la terraza se ocupan en limpiar frutas, para hacer dulce con ellas. Saludo y me dispongo a marchar; pero las señoritas de diversos matices esconden mi sombrero y me incitan a que no me vaya. Tomo asiento. Me dan un plato con fruta y una horquilla, a fin de que proceda, como los demás, a la operación de extraer el hueso. Las señoritas hablan de sus cortejadores; fulano es guapo; mengano lo es también, pero no es simpático; zutano es feo, aunque simpático; perengano no está mal del todo, pero su nariz semeja un dedal, etc.

-Y usted, Nicolás -me dice la mamá de Masdinka-, no tiene nada de guapo; pero le sobra simpatía; en usted hay un no sé qué… La verdad es -añade suspirando- que para un hombre lo que vale no es la hermosura, sino el talento.

Las jóvenes me miran y en seguida bajan los ojos. Ellas están, sin duda, de acuerdo en que para un hombre lo más importante no es la hermosura, sino el talento. Meobservo, a hurtadillas, en el espejo para ver si, realmente, soy simpático. Veo a un hombre de tupida melena, barba y bigote poblados, cejas densas, vello en la mejilla, vello debajo de los ojos, todo un conjunto velludo, en medio del cual descuella, como una torre sólida, su nariz.

-No me parezco mal del todo…

-Pero en usted, Nicolás, son las cualidades morales las que llevan ventaja -replica la mamá de Masdinka.

Narinka sufre por mí; pero al propio tiempo, la idea de que un hombre está enamorado de ella la colma de gozo. Ahora charlan del amor. Una de las señoritas se levanta y se va; todas las demás empiezan a hablar mal de ella. Todas, todas la hallan tonta, insoportable, fea, con un hombro más bajo que otro. Por fin aparece mi sirvienta, que mi madre envió para llamarme a comer. Puedo, gracias a Dios, abandonar esta sociedad estrambótica y entregarme nuevamente a mi trabajo. Me levanto y saludo. Pero la mamá de Narinka y las señoritas de diversos matices me rodean y me declaran que no me asiste el derecho de marcharme porque ayer les prometí comer con ellas y después de la comida ir a buscar setas en el bosque. Saludo y vuelvo a tomar asiento… En mi alma hierve la irritación. Presiento que voy a estallar; pero la delicadeza y el temor de faltar a las conveniencias sociales me obligan a obedecer a las señoras, y obedezco. Nos sentamos a comer. El oficial retirado, que por efecto de su herida en la sien tiene calambres en las mandíbulas, come a la manera de un caballo provisto de su bocado. Hago bolitas de pan, pienso en la contribución sobre los perros, y, consciente de mi irascibilidad, me callo. Narinka me observa con lástima. Okroschka, lengua con guisantes, gallina cocida, compota. Me falta apetito; pero engullo por delicadeza. Después de comer voy a la terraza para fumar; en esto se me acerca la mamá de Masdinka y me dice con voz entrecortada:

-No desespere usted, Nicolás… Su corazón es de… Vamos al bosque.

Varinka se cuelga de mi brazo y establece el contacto. Sufro inmensamente; pero me aguanto.

-Dígame, señor Nicolás -murmura Narinka-, ¿por qué está usted tan triste, tan taciturno?

¡Extraña muchacha! ¿Qué se le debe responder? ¡Nada tengo que decirle!

-Hábleme algo -añade la joven.

En vano busco algo vulgar, accesible a su intelecto. A fuerza de buscar, lo encuentro, y me decido a romper el silencio.

-La destrucción de los bosques es una cosa perjudicial a Rusia.

-Nicolás -suspira Varinka, mientras su nariz se colorea-, usted rehúye una conversación franca… Usted quiere asesinarme con su reserva… Usted se empeña en sufrir solo…

Me coge de la mano, y advierto que su nariz se hincha; ella añade:

-¿Qué diría usted si la joven que usted quiere le ofreciera una amistad eterna?

Yo balbuceo algo incomprensible, porque, en verdad, no sé qué contestarle; en primer lugar, no quiero a ninguna muchacha; en segundo lugar, ¿qué falta me hace una amistad eterna? En tercer lugar, soy muy irritable. Masdinka o Varinka se cubre el rostro con las manos y dice a media voz, como hablando consigo misma: «Se calla…; veo que desea mi sacrificio. ¿Pero cómo lo he de querer, si todavía quiero al otro?… Lo pensaré, sí, lo pensaré; reuniré todas las fuerzas de mi alma, y, a costa de mi felicidad, libraré a este hombre de sus angustias».

No comprendo nada. Es un asunto cabalístico. Seguimos el paseo silencioso. La fisonomía de Narinka denota una lucha interior. Se oye el ladrido de los perros. Esto me hace pensar en mi disertación, y suspiro de nuevo. A lo lejos, a través de los árboles, descubro al oficial inválido, que cojea atrozmente, tambaleándose de derecha a izquierda, porque del lado derecho tiene el muslo herido, y del lado izquierdo tiene colgada de su brazo a una señorita. Su cara refleja resignación. Regresamos del bosque a casa, tomamos el té, jugamos al croquet y escuchamos cómo una de las jóvenes canta:

Tú no me amas, no…

Al pronunciar la palabra «no», tuerce la boca hasta la oreja.

Charmant, charmant, gimen en francés las otras jóvenes. Ya llega la noche. Por detrás de los matorrales asoma una luna lamentable. Todo está en silencio. Se percibe un olor repugnante de heno cortado. Tomo mi sombrero y me voy a marchar.

-Tengo que comunicarle algo interesante -murmura Masdinka a mi oído.

Abrigo el presentimiento de que algo malo me va a suceder, y, por delicadeza, me quedo. Masdinka me coge del brazo y me arrastra hacia una avenida. Toda su fisonomía expresa una lucha. Está pálida, respira con dificultad; diríase que piensa arrancarme el brazo derecho. «¿Qué tendrá?», pienso yo.

-Escuche usted; no puedo…

Quiere decir algo; pero no se atreve. Veo por su cara que, al fin, se decide. Me lanza una ojeada, y con la nariz, que va hinchándose gradualmente, me dice a quema ropa:

-Nicolás, yo soy suya. No lo puedo amar; pero le prometo fidelidad.

Se aprieta contra mi pecho y retrocede poco después.

-Alguien viene, adiós; mañana a las once me hallaré en la glorieta.

Desaparece. Yo no comprendo nada. El corazón me late. Regreso a mi casa. El pasado y el porvenir del impuesto sobre los perros me aguarda; pero trabajar me es imposible. Estoy rabioso. Me siento terriblemente irritado. Yo no permito que se me trate como a un chiquillo. Soy irascible, y es peligroso bromear conmigo. Cuando la sirvienta me anuncia que la cena está lista, la despido brutalmente:

-¡Váyase en mala hora!

Una irritabilidad semejante nada bueno promete. Al otro día, por la mañana, el tiempo es el habitual en el campo. La temperatura fría, bajo cero. El viento frío; lluvia, fango y suciedad. Todo huele a naftalina, porque mi mamá saca a relucir su traje de invierno. Es el día 7 de agosto de 1887, día del eclipse de sol. Hay que advertir que cada uno de nosotros, aun sin ser astrónomo, puede ser de utilidad en esta circunstancia. Por ejemplo: cada uno puede, primero, marcar el diámetro del sol con respecto al de la luna; segundo, dibujar la corona del sol; tercero, marcar la temperatura; cuarto, fijar en el momento del eclipse la situación de los animales y de las plantas; quinto, determinar sus propias impresiones, etcétera. Todo esto es tan importante, que por el momento resuelvo dejar aislado el impuesto sobre los perros. Me propongo observar el eclipse. Todos nos hemos levantado muy temprano. Reparto el trabajo en la forma siguiente: yo calcularé el diámetro del sol y de la luna; el oficial herido dibujará la corona. Lo demás correrá a cargo de Masdinka y de las señoritas de diversos matices.

-¿De qué proceden los eclipses? -pregunta Masdinka.

Yo contesto:

-Los eclipses proceden de que la luna, recorriendo la elíptica, se coloca en la línea sobre la cual coinciden el sol y la tierra.

-¿Y qué es la elíptica?

Yo se lo explico. Masdinka me escucha con atención, y me pregunta:

-¿No es posible ver, mediante un vidrio ahumado, la línea que junta los centros del sol y de la tierra?

-Es una línea imaginaria -le contesto.

-Pero si es imaginaria -replica Masdinka-, ¿cómo es posible que la luna se sitúe en ella?

No le contesto. Siento, sin embargo, que, a consecuencia de esta pregunta ingenua, mi hígado se agranda.

-Esas son tonterías -añade la mamá de Masdinka-; nadie es capaz de predecir lo que ocurrirá. Y, además, usted no estuvo jamás en el cielo. ¿Cómo puede saber lo que acontece a la luna y al sol? Todo ello son puras fantasías.

Es cierto; la mancha negra empieza a extenderse sobre el sol. Todos parecen asustados; las vacas, los caballos, los carneros con los rabos levantados, corren por el campo mugiendo. Los perros aúllan. Las chinches creen que es de noche y salen de sus agujeros, con el objeto de picar a los que hallen a su alcance. El vicario llega en este momento con su carro de pepinos, se asusta, abandona el vehículo y se oculta debajo del puente; el caballo penetra en su patio, donde los cerdos se comen los pepinos. El empleado de las contribuciones, que había pernoctado en la casa vecina, sale en paños menores y grita con voz de trueno: «¡Sálvese quien pueda!» Muchos veraneantes, incluso algunas bonitas jóvenes, se lanzan a la calle descalzos. Otra cosa ocurre que no me atrevo a referir.

-¡Qué miedo! ¡Esto es horrible! -chillan las señoritas de diversos matices.

-Señora, observe bien, el tiempo es precioso. Yo mismo calculo el diámetro.

Me acuerdo de la corona, y busco al oficial herido, quien está parado, inmóvil.

-¿Qué diablos hace usted? ¿Y la corona?

El oficial se encoge de hombros, y con la mirada me indica sus dos brazos. En cada uno de ellos permanece colgada una señorita, las cuales, asidas fuertemente a él, le impiden el trabajo. Tomo el lápiz y anoto los minutos y los segundos: esto es muy importante. Marco la situación geográfica del punto de observación: esto es también muy importante. Quiero calcular el diámetro, pero Masdinka me coge de la mano y me dice:

-No se olvide usted: hoy, a las once.

Me desprendo de ella, porque los momentos son preciosos y yo tengo empeño en continuar mis observaciones. Varinka se apodera de mi otro brazo y no me suelta. El lápiz, el vidrio ahumado, los dibujos, todo se cae al suelo. ¡Diantre! Hora es de que esta joven sepa que yo soy irascible, y cuando yo me irrito, no respondo de mí. En vano pretendo seguir. El eclipse se acabó.

-¿Por qué no me mira usted? -me susurra tiernamente al oído.

Esto es ya más que una burla. No es posible jugar con la paciencia humana. Si algo terrible sobreviene, no será por culpa mía. ¡Yo no permito que nadie se mofe de mí! ¡Qué diablo! En mis instantes de irritación no aconsejo a nadie que se acerque a mí. Yo soy capaz de todo. Una de las señoritas nota en mi semblante que estoy irritado y trata de calmarme.

-Nicolás Andreievitch, yo he seguido fielmente sus indicaciones, observé a los mamíferos y apunté cómo, ante el eclipse, el perro gris persiguió al gato, después de lo cual quedó por algún tiempo meneando la cola.

Nada resulta, pues, de mis observaciones. Me voy a casa. Llueve, y no me asomo al balconcito. El oficial herido se arriesga a salir a su balcón, y hasta escribió: «He nacido en…» Pero desde mi ventana veo cómo una de las señoritas de marras lo llama, con el fin de que vaya a su casa. Trabajar me es imposible. El corazón me late con violencia. No iré a la cita de la glorieta. Es evidente que cuando llueve yo no puedo salir a la calle. A las doce recibo una esquelita de Masdinka, la cual me reprende, y exige que me persone en la glorieta, tuteándome. A la una recibo una segunda misiva, y a las dos una tercera. Hay que ir, no cabe duda. Empero, antes de ir, debo pensar qué es lo que habré de decirle. Me comportaré como un caballero. En primer lugar, le declararé que es inútil que cuente con mi amor; no, semejante cosa no se le dice a las mujeres; decir a una mujer «yo no la amo», es como decir a un escritor: «usted escribe mal». Le expondré sencillamente mi opinión acerca del matrimonio. Me pongo, pues, el abrigo de invierno, empuño el paraguas y me dirijo a la glorieta. Conocedor como soy de mi carácter irritable, temo cometer alguna barbaridad. Me las arreglaré para refrenarme. En la glorieta, Masdinka me espera. Narinka está pálida y solloza. Al verme prorrumpe en una exclamación de alegría y se agarra a mi cuello.

-Por fin; ya abusas de mi paciencia. No he podido cerrar los ojos en toda la noche. He pensado durante la noche, y a fuerza de pensar, saqué en consecuencia que cuando te conozca mejor te podré amar.

Me siento a su lado; le expongo mi opinión acerca del matrimonio. Por no alejarme del tema y abreviarlo hago sencillamente un resumen histórico. Hablo del casamiento entre los egipcios; paso a los tiempos modernos; intercalo algunas ideas de Schopenhauer. Masdinka me presta atención, pero luego, sin transición, me dice:

-Nicolás, dame un beso.

Estoy molesto. No sé qué hacer. Ella insiste. ¿Qué hacer? Me levanto y le beso su larga cara. Ello me produce la misma sensación que experimenté cuando, siendo niño, me obligaron a besar el cadáver de mi abuela. Varinka no parece satisfecha. Salta y me abraza. En el mismo momento, la mamá de Masdinka aparece en el umbral de la puerta. Hace un gesto de espanto; dice a alguien: «¡spch», y desaparece como Mefistófeles, por escotillón. Incomodado, me encamino nuevamente a mi casa. En ella me encuentro a la mamá de Varinka, que abraza, con lágrimas en los ojos, a mi mamá. Esta llora y exclama: «Yo misma lo deseaba». A renglón seguido: «¿Qué les parece a ustedes?» La mamá de Varinka se acerca a mí, me abraza y me dice: «¡Que Dios te bendiga! Tú has de amarla. No olvides jamás que ella se sacrifica por ti.»

He aquí que me casan. Mientras esto escribo, los testigos del matrimonio se encuentran cerca de mí y me dan prisa. Decididamente esta gente no conoce mi irascibilidad. Soy terrible. No respondo de mí. ¡Por vida de!… Ustedes adivinarán lo que puede ocurrir. Casar a un hombre irritado, rabioso, es igual que meter la mano en la jaula de un tigre. Veremos cuál será el desenlace final…

Estoy casado… Todos me felicitan. Varinka se apoya contra mí y me dice:

-Ahora sí que eres mío. Sé que me amas, ¡dilo!

Su nariz se hincha. Me entero por los testigos de que el oficial retirado fue bastante hábil para esquivar el casamiento. A una de las señoritas le exhibió un certificado médico según el cual, a causa de su herida en la sien, no tiene sano juicio, y, por tanto, le está prohibido contraer matrimonio. ¡Qué idea! Yo también pude presentar un certificado. Uno de mis tíos fue borracho. Otro era distraído. En cierta ocasión, en lugar de una gorra, se cubrió la cabeza con un manguito de señora. Una tía mía era muy aficionada al piano, y sacaba la lengua al tropezar con un hombre. Además, mi carácter extremadamente irritable induce a sospechas. ¿Por qué las buenas ideas acuden a la mente siempre demasiado tarde?…



jueves, 5 de octubre de 2017

EL DRAGÓN (Ray Bradbury)


La oscuridad soplaba en el pasto chato del páramo. Nada se movía. Desde hacía años, en el cielo inmenso y tenebroso, no volaba ningún pájaro.

Hace un tiempo atrás se habían desmoronado algunos pedruscos, ya convertidos en polvo. Ahora, únicamente la noche temblaba en el alma de los dos hombres, encorvados en el desierto, junto a la hoguera solitaria; la oscuridad les latía en las venas, les golpeaba en las muñecas y en las sienes.

Las llamas subían y bajaban por los rostros despavoridos, en los ojos como jirones anaranjados. Cada uno de los hombres espiaba la respiración débil y fría y los parpadeos de lagarto del otro. Por fin, uno de ellos atizó el fuego con la espada.

—¡No, idiota, eso nos delatará!

—¡Qué importa! —dijo el otro—. El dragón puede olernos a kilómetros. Dios, hace frío. Quisiera estar en el castillo.

—Es la muerte, no el sueño, lo que buscamos.

—¿Por qué? ¡El dragón nunca entra en el pueblo!

—¡Silencio, tonto! El dragón devora a los hombres que viajan solos desde nuestro pueblo al pueblo vecino.

—¡Que se los coma y que nos deje llegar a casa!

—¡Espera! Escucha...

Ambos se quedaron quietos.

Esperaron durante un largo rato, pero apenas sintieron el temblor nervioso de los caballos, como tambores de terciopelo negro que repicaban en los aros de los estribos, suavemente, muy suavemente.

El segundo hombre suspiró:

—Qué tierra de pesadillas —dijo—. Todo sucede aquí. Alguien apaga el sol; es de noche. Y entonces, ¡oh, Dios! Dicen que este dragón tiene ojos de fuego y un aliento de humo blancuzco; se le ve arder a través de los páramos oscuros. Corre echando rayos y azufre, quemando el pasto. Las ovejas enloquecen y mueren. Las mujeres dan a luz criaturas monstruosas. La ira del dragón es tan inmensa que los muros de las torres se conmueven y vuelven al polvo. Las víctimas, al amanecer, aparecen dispersas aquí y allá, sobre los montes. ¿Cuántos caballeros, me pregunto, habrán perseguido a este monstruo y habrán fracasado, como fracasaremos también nosotros?

—Ya es suficiente.

—¡Más que suficiente! Aquí, en esta desolación, ni siquiera sé en qué año estamos.

—Novecientos años después de Navidad.

—No —murmuró el segundo hombre—. En este páramo no hay tiempo, solo eternidad. A veces creo que si volviéramos atrás, el pueblo habría desaparecido, la gente no habría nacido aún, los castillos no habrían sido tallados en las rocas. No preguntes cómo lo sé; el páramo lo sabe y me lo dice. Y aquí estamos, solos, en la comarca del dragón de fuego. ¡Que Dios nos ayude!

—Ponte tu armadura si tienes miedo.

—¿Armadura? ¿Para qué? El dragón sale de la nada; no sabemos dónde vive. Se desvanece en la niebla; quién sabe a dónde. Pero, ay, a calzarse los pertrechos. Moriremos con la armadura puesta.

Con el corselete de plata a medias enfundado, el segundo hombre se detuvo y giró la cabeza.

En el extremo más oscuro del campo, henchido de noche y de nada, en el corazón mismo del páramo, sopló una ráfaga arrastrando el polvo. En el corazón del viento nuevo había soles negros y un millón de hojas carbonizadas, caídas de un árbol otoñal, más allá del horizonte.

Era un viento que fundía paisajes, modelaba los huesos como cera blanda, enturbiaba y espesaba la sangre, depositándola como barro en el cerebro. El viento era mil almas moribundas, siempre confusas y en tránsito, una bruma en una niebla de la oscuridad; y el sitio no era sitio para el hombre y no había año ni hora, sino apenas dos hombres en un vacío sin rostro de heladas súbitas, tempestades y truenos blancos que se movían por detrás de un cristal verde; el inmenso ventanal descendente, el relámpago.

Una ráfaga de lluvia anegó la hierba; todo se desvaneció y no hubo más que un susurro sin aliento y los dos hombres que aguardaban a solas con su propio ardor, en un tiempo frío.

—Mira —murmuró el primer hombre—. ¡Allá!

A kilómetros de distancia, precipitándose, un cántico y un rugido: el dragón.

Los hombres vistieron las armaduras y montaron los caballos. Un monstruoso ronquido quebró la medianoche desnuda y el dragón, rugiendo, se acercó más y más. El deslumbrante haz amarillo apareció de pronto en lo alto de un monte y, en seguida, desplegando un cuerpo oscuro, lejano, impreciso, pasó por encima del monte y se hundió en un valle.

—¡Rápido!

Espolearon los caballos hasta un claro.

—¡Pasará por aquí!

Los guanteletes empuñaron las lanzas y las viseras cayeron sobre los ojos de los caballos.

—¡Señor!

—Sí; invoquemos su nombre.

En ese instante, el dragón rodeó un cerro.

El monstruoso ojo ambarino se clavó en los hombres, iluminando las armaduras con destellos anaranjados. Hubo un terrible alarido quejumbroso y, con ímpetu demoledor, la bestia siguió avanzando.

—¡Dios!

La lanza golpeó bajo el ojo amarillo sin párpado y el hombre voló por el aire.

El dragón se le abalanzó, lo derribó, lo aplastó, y el monstruo negro lanzó al otro jinete a unos treinta metros de distancia, contra la pared de una roca. Gimiendo, gimiendo siempre, el dragón pasó de largo, vociferando, todo fuego alrededor y debajo: un sol rosado, amarillo, naranja, con plumones suaves de humo enceguecedor.

—¿Viste? —gritó una voz—. ¿No te lo había dicho?

—¡Sí! ¡Sí! ¡Un caballero con armadura! ¡Lo atropellamos!

—¿Vas a detenerte?

—Me detuve una vez pero no encontré nada. No me gusta detenerme en este páramo.

—Pero atropellamos algo.

El tren silbó un buen rato; el hombre no se movió.

—Llegaremos a Stokel a horario. Más carbón, ¿eh, Fred?

Un nuevo silbido, que desprendió el rocío del desierto. El tren nocturno, de fuego y furia, entró en un barranco, trepó por una ladera y se perdió a lo lejos sobre la tierra helada, hacia el norte, desapareciendo para siempre y dejando un humo negro y un vapor que pocos minutos después se disolvieron en el aire quieto.



miércoles, 4 de octubre de 2017

LAS COSAS QUE HACEMOS PARA VER A LOS ANIMALES (Patricia Suárez)



Viajás en micro, en tren, en coche hasta lugares

a veces cercanos, a veces no, y pagás una entrada,

vos o los tuyos, los que te invitaron,

y con la entrada te dan un mapa, que explica

por dónde anda cada bicho; alguien te toma

una fotografìa en la entrada donde sonreís diciendo whisky

o cheese, si es que sabés algo de inglés y que cheese

es queso; algo, claro, que no es del gusto de los animales.

Comprás alimento especial para darles, para lanzarles,

porque no pueden comer tus galletas ni tu vianda.

Para ello está el alimento especial para monos, está

el de flamencos y el de osos. Te parás a cierta distancia

y se lo tirás entre las rejas o por encima de la jaula;

si hay suerte, el animal puede alcanzar su alimento,

aunque la mayoría de las veces se pierde y no llega

a pasar por los barrotes. Es una pena, pero sucede

que no debés acercarte demasiado a las bestias del zoo,

es peligroso acercarse demasiado, pueden dañarte,

según dicen quienes los cuidan. No siempre es posible

verlos, pueden estar durmiendo o tal vez

tengan miedo de la gente al otro lado, que los mira

tan convencidos de que son bonitos para ver.

Y cuando el paseo duró una cierta cantidad de horas,

tenés que irte, partir a tu propio mundo,

en donde la mayoría de los animales salvajes

son de paño o de peluche y descansan

día y noche sobre tu suave almohada.

Entonces ellos, cuando no estás, cruzan miradas,

trinan, braman, mugen mensajes de aliento;

el elefante barrita –es ese sonido que el elefante hace

y los hombres llaman con una palabra tan extraña,

“barritar”-, y se preguntan a su modo, en su lenguaje,

dónde estás vos ahora, el chico, la chica, que los miraba

con ojos encendidos de entusiasmo y no se quedó

más tiempo porque el pobrecito debía volver

a la hora del atardecer a su propia jaula.


martes, 3 de octubre de 2017

EL ORIGEN * (Thomas Bernhard)



Ese día, en el momento en que otras veces se había producido siempre el, así llamado, cese de la alarma, oímos de repente un retumbar, percibimos un temblor de tierra extraordinario al que siguió un silencio completo en la galería. Las gentes se miraban, no decían nada, pero daban a entender con su silencio que lo que habíamos temido ya desde hacía meses se había producido ahora, y realmente, poco después de ese temblor de tierra y del silencio de un cuarto de hora que siguió, se corrió rápidamente el rumor de que habían caído bombas en la ciudad. Al cesar la alarma, las gentes, a diferencia de lo que había sido hasta entonces su costumbre, se precipitaron fuera de la galería, querían ver con sus propios ojos lo que había ocurrido. Sin embargo, cuando estuvimos al aire libre, no vimos nada distinto de otras veces, creímos que otra vez había sido un rumor el que la ciudad hubiera sido bombardeada, y dudamos enseguida del hecho e hicimos inmediatamente otra vez nuestro el pensamiento de que aquella ciudad [Salzburgo], a la que se califica de una de las más hermosas del mundo, no sería bombardeada, lo que, realmente, muchos creían en esa ciudad. El cielo era claro, gris azul, y no vimos ni oímos prueba alguna de un bombardeo. De pronto, sin embargo, se dijo que la ciudad vieja, es decir, la parte de la ciudad que está en la orilla opuesta del Salzach, había sido destruida, que todo había sido allí destruido. Nos habíamos imaginado un bombardeo de otro modo, hubiera tenido que temblar toda la tierra y lo demás, y bajamos corriendo por la Linzergasse. Ahora oíamos todas las señales y alarmas posibles de coches de bomberos y ambulancias y, después de pasar corriendo por detrás de la cervecería Gabler y de atravesar la Bergstrasse, llegando a la Markplatzt, vimos de pronto los primeros indicios de la destrucción: las calles estaban llenas de cascotes de vidrio y de pared, y el aire tenía ese olor peculiar de la guerra total. Un impacto de lleno había convertido la llamada Casa de Mozart en un montón de escombros humeantes y dañado gravemente, como vimos enseguida, los edificios de alrededor. Por horrible que fuera ese espectáculo, las gentes no se quedaron allí, sino que, esperando una devastación mucho mayor aún, siguieron corriendo hasta la ciudad vieja, donde se suponía que estaba el centro de la destrucción y en donde todos los ruidos posibles y olores hasta entonces desconocidos para nosotros indicaban una mayor desolación. Hasta atravesar el llamado Staatsbrücke no pude apreciar ninguna clase de cambios en la situación que conocía, pero en el mercado viejo, como se podía ver ya desde lejos, la conocida y apreciada tienda de confecciones para caballeros de Slama, un comercio en el que, cuando tenía dinero y oportunidad, compraba mi abuelo, había resultado duramente afectada. Todos los escaparates del comercio, los cristales de las vitrinas y las prendas expuestas detrás, que aunque eran de calidad inferior, como correspondía a la época de guerra, resultaban sin embargo apetecibles, estaban hechos pedazos y jirones, y me sorprendió que las personas que había visto en el mercado viejo, haciendo caso apenas de la destrucción de las confecciones para caballeros Slama, corrieran en dirección de la Residenzplatz, y enseguida, cuando, con otros internos, doblé la esquina de Slama, supe qué era lo que hacía que aquellas personas no se quedaran allí sino que continuaran apresurándose: una de las, así llamadas, minas aéreas había alcanzado a la catedral, y la cúpula se había precipitado en la nave, y llegamos a la Residenzplatz en el momento exacto: una gigantesca nube de polvo flotaba sobre la catedral, que estaba horriblemente abierta, y donde había estado la cúpula había ahora un agujero del mismo tamaño y, ya desde la esquina de Slama, pudimos ver directamente las grandes pinturas, en parte brutalmente arrancadas, de las paredes de la cúpula: ahora se destacaban, iluminadas por el sol de la tarde, contra el claro cielo azul; parecía como si al gigantesco edificio, que dominaba la parte baja de la ciudad, le hubieran hecho en la espalda una herida espantosamente sangrante. Toda la plaza, bajo la catedral, estaba llena de cascotes, y la gente, que había acudido como nosotros de todas partes, contemplaba asombrada aquel cuadro ejemplar, sin duda alguna monstruosamente fascinante, que para mí era una monstruosidad como belleza y no me producía ningún terror. De repente me enfrentaba con la absoluta brutalidad de la guerra, y al mismo tiempo me fascinaba esa monstruosidad, y me quedé contemplando durante unos minutos, sin decir palabra, aquel cuadro que todavía tenía el movimiento de la destrucción, y que formaban para mí la plaza con la catedral poco antes alcanzada y la cúpula salvajemente abierta, como algo poderoso e incomprensible. Entonces fuimos a donde iban todos los otros, a la Kaigasse, allí enfrente, que había quedado destruida casi por completo por las bombas. Durante largo tiempo estuvimos condenados a la inactividad, de pie ante los gigantescos montones de escombros humeantes, entre los cuales, según se decía, muchas personas, probablemente ya muertas, habían quedado sepultadas. Mirábamos los montones de escombros y a los que buscaban desesperadamente seres humanos en esos montones de escombros, y en ese instante vi todo el desamparo de los que de pronto penetran sin transición en la guerra, al hombre completamente sometido y humillado que, de súbito, cobra conciencia de su desamparo y su falta de sentido. Poco a poco llegaban cada vez más equipos de salvamento, y de pronto nos acordamos del reglamento de nuestra institución y dimos la vuelta, pero sin embargo no fuimos a la Schrannengasse sino a la Gstättengasse, en la que se anunciaban estragos tan importantes como los de la Kaigasse. En la Gstättengasse, en la viejísima casa situada a la izquierda del ascensor del Mönchsberg, que en aquella época pertenecía aún a unos parientes míos que, sin duda alguna, habían estado en casa en el momento del ataque, vi que, a partir de la casa de mis parientes, casi todos los edificios habían sido totalmente aniquilados, y pronto tuve la certeza de que mis parientes, un sastre que reinaba sobre veintidós máquinas de coser y su familia, eran víctimas. En el camino de la Gstättengasse, en la acera, delante de la capilla del Bürgerspital, pisé un objeto blando y, al mirar ese objeto, creí que se trataba de una mano de muñeca, y también mis compañeros de colegio creyeron que se trataba de una mano de muñeca, pero era una mano de niño arrancada a un niño. Sólo al mirar aquella mano de niño dejó de ser súbitamente ese primer bombardeo de mi ciudad por aviones americanos un hecho sensacional, que sumió en un estado febril al muchacho que yo era, para convertirse en una atroz intervención de la violencia y en una catástrofe. Y cuando luego -éramos varios aterrados por ese hallazgo ante la capilla del Bürgerspital-, atravesando el Staatsbrücke y en contra de toda sensatez no volvimos al internado sino que fuimos a la estación y entramos en la Fanny von Lehnertstrasse, donde habían caído bombas en el edificio del Konsum matando a muchos empleados del Konsum, y cuando, detrás de la verja de hierro del espacio verde del, así llamado, Konsum, vimos muertos en hileras, cubiertos con sábanas, cuyos pies descansaban desnudos sobre la hierba polvorienta, y por primera vez vimos llegar camiones que transportaban a la Fanny von Lehnertstrasse gigantescas pilas de ataúdes de madera, se nos pasó instantánea y definitivamente la fascinación de aquel hecho sensacional. No he olvidado hasta hoy los muertos cubiertos con sábanas echados en la hierba del jardín delantero del edificio del Konsum, y si me acerco hoy a las inmediaciones de la estación veo esos muertos y oigo las voces desesperadas de los familiares de esos muertos, y el olor de la carne animal y humana quemada de la Fanny von Lehnertstrasse está hoy también, una y otra vez, en ese cuadro horrible. El suceso de la Fanny von Lehnertstrasse fue un suceso decisivo y que me marcó para toda la vida como experiencia. La calle se sigue llamando aún hoy Fanny von Lehnertstrasse, y el Konsum, reconstruido, se alza en el mismo lugar, pero nadie sabe hoy, cuando pregunto a la gente que vive o trabaja allí, nada de lo que vi en otro tiempo en la Fanny von Lehnertstrasse: el tiempo hace olvidadizos a sus testigos.

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(* Fragmento de la obra del mismo título)

lunes, 2 de octubre de 2017

DÍGALE (Quino)


Vaya usted y dígale a un muerto de hambre, a un moribundo lleno de pústulas y con la panza hinchada de vermes, la boca seca y los ojos hundidos. Dígale su miserable placer. Cuéntele que es usted un poeta, que sabe ver detrás de las palabras, que ha visto más allá del logos, aquella negrura del espanto, aquella baba hedionda de la nada. Dígale a ese sediento con los párpados cubiertos de moscas, que la dicha de su arte, y por lo tanto la cúspide de su propósito, se encuentra en la identidad con todos y en lo deshecho de su ser que se revuelve en la nostalgia de una nebulosa. Dígale que es un supremo artista, que es casi un dios, pues sabe lamer el vacío, sabe escupir en la ausencia y roncar con hedor una vileza de hiena que aúlla y mea en su selva. Dígale todo eso y llénese usted de orgullo. Cuando acabe, lárguese, y déjeme a mí su venganza.


domingo, 1 de octubre de 2017

DOS VERSIONES DE LO MISMO (Andrés Trapiello)



Ya han saltado al terreno de juego. Nadie va a jugar con ellos ni contra ellos. Tienen para sí todo el campo, y se hinchan a meter goles en la portería vacía. Lo más gracioso es cómo los celebran, echándose encima unos de otros, abrazándose, desgañitándose, levantando los brazos y corriendo por el campo, vacío de contrarios, para enardecer a las gradas, abarrotadas de seguidores y entusiastas que corean exultantes: "¡Este partido lo vamos a ganar!". Y todo a un paso del manicomio.


* * *

Ya han puesto sus pies en el ruedo. Hacen el paseíllo entre vítores. Abren la puerta de corrales, pero no sale ningún toro. Da igual. El torero de turno sale a los medios y empieza a pegar pases de salón, al aire, recreándose en la suerte. Lo más gracioso es cómo los celebran en las gradas: "¡ole! ¡olé! ¡ooooolé!", y abrazándose, desgañitándose, echándose las manos a la cabeza, incrédulos, pletóricos: "¡Torero, torero, torero!", mientras una pañolada blanca, unánime, pide para el maestro las dos orejas y el rabo. Y todo a un paso del manicomio.