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lunes, 14 de agosto de 2017

NO HAGAS CASO A MIS SUSPICACIAS (António Lobo Antunes)



Él espera. Ella no llega. Cuando finalmente aparece, lleva el carmín corrido. Busca una excusa: se pintó mientras conducía. Piensa: es difícil para una mujer volverse seductora al mismo tiempo que se ocupa del volante. También huele a una loción de afeitar distinta de la que él usa. Piensa: no es posible vivir con un hombre que desconfía de todo. Además del carmín y la loción está lo del chupetón en el brazo. Tal vez está siendo suspicaz.

No sé cuánto tiempo hace que estoy aquí sentado esperándote. ¿Quince minutos? ¿Media hora? ¿Más? Pienso: si pasan diez coches rojos y ella no viene, me marcho. Pienso: cuento de uno a trescientos y si, al llegar al trescientos, no apareces, pido la cuenta. Pasan doce coches rojos y me quedo. He llegado al cuatrocientos veintitrés y sigo esperando. Retrocedo del cuatrocientos veintitrés al cero con la certeza de que al ciento cincuenta te veo llegar, haciendo señas entre las mesas de la terraza, un problema en el trabajo, un telefonazo de tu madre, el drama de estacionar el Jeep en el aparcamiento. Pero como el carmín se te ha corrido de la boca a la mejilla y me da la impresión de que, además del perfume, hueles a loción de afeitar, me resulta un poco difícil creerte. Digo:

Pienso: si pasan diez coches rojos y ella no viene, me marcho. Pasan doce y me quedo

-Tienes carmín en la mejilla

tus ojos cambian sin dejar de mirarme, sacas el espejito del bolso, observas la mejilla, me pides un pañuelo de papel, te limpias el carmín, buscas el tubo plateado en medio de una confusión de llaves y agendas, te retocas los labios más despacio que de costumbre en busca de una justificación, guardas todo en el bolso, sonríes porque has encontrado una mentira, tus ojos cambian de nuevo, tu mano se posa en la mía, pides no sé qué al camarero, tu mano se desliza de mi mano a mi barbilla, explicas que debido a la suspensión del Jeep el pintalabios no dio en el blanco, comenzaste a pintarte con el semáforo en rojo, el semáforo se puso verde, una furgoneta tocó el claxon detrás de ti y es difícil para una mujer volverse seductora al mismo tiempo que se ocupa del volante, explicas que es complicado prestar atención a la vez a la cara en el retrovisor y a las señales de tráfico. Tu mano abandona mi barbilla, me pellizca la oreja y al pellizcarme la oreja estoy a punto de creer en ti. La parte que aún no cree insinúa

-Hueles a una loción de afeitar diferente de la mía

la mano que me frotaba el lóbulo

(nadie me frota el lóbulo como tú)

vacila, se ofende, tu silla se aparta indignada, reparo en que sorbes con la nariz so pretexto de sonarte, que tropiezas con el olor, que te apartas un poco más para que yo deje de sentir la loción, que sueltas una ironía cualquiera

-Estuve afeitándome el bigote

que, como de costumbre, te defiendes atacándome

-No es posible vivir con un hombre que desconfía de todo

que intentas resolver el conflicto ofendiéndote

-Tu falta de confianza me duele

que enciendes un cigarrillo con la esperanza de que el cigarrillo disipe el olor

no lo disipa

así enfadada tu cara se vuelve más bonita, me toca a mí ahora frotarte el lóbulo porque tu belleza me tienta, me rechazas

-Déjame

para consolidar la victoria exigiendo disculpas, arriesgo, con miedo a que te marches

-Tal vez me he equivocado

y en esto me acuerdo de que la loción de afeitar es la misma que usa el marido de tu prima, el que te lleva el Jeep al taller para que lo revisen

-Carlos es un amor, pobre

y en verano te llevó al Algarve porque tenías que hacer no sé qué trabajo en Lisboa y yo había ido dos días antes con los niños. Me acuerdo también de que telefoneé por la noche y no respondiste

-Debo de haberme quedado dormida como un tronco

y de que tenías una mancha negra, como un chupetón, en el brazo. Carlos es más alto que yo y tiene voz de locutor. Sabe hacer reír a las personas. Fuma cigarros puros. Me llama

-Enanito

y me da unas palmadas en la espalda que me descoyuntan las vértebras. Sueles pasear con él en la moto de agua, y me parece que te disculpabas por abrazarlo tanto cuando hace esas curvas tremendas junto a la playa. Por la expresión de tu prima creo que ella no está en desacuerdo conmigo. Puede ser que me equivoque. No cabe duda de que me equivoco. Tu cara de enfado es tan bonita que estoy completamente seguro de que me equivoco. A fin de cuentas, no te ayudo a llevar el Jeep al taller a que lo revisen, las personas, cansadas del trabajo, se duermen como troncos, conviene que uno se sujete bien porque con las motos de agua nunca se sabe, tu prima es una exagerada, se puede perfectamente querer a un tipo bajito y con las vértebras frágiles que presta una atención excesiva a asuntos sin ninguna importancia como pintalabios y lociones. Acerco mi silla a la tuya y te pido perdón. Más tarde, si estás de espaldas

raras veces estás de espaldas

-Mañana será otro día ¿vale?

es posible que nosotros por qué no, y después tú con la nariz hacia el techo en una especie de mueca

no es una mueca, claro que no es una mueca

y yo, sin fijarme en tu chupetón en el brazo

nunca me dejas que te chupe el brazo

yo, a pesar de tu chupetón en el brazo, me acomodo mejor en la almohada, sintiéndome

¿cómo diría?

satisfecho, Fernanda. Satisfecho.



domingo, 13 de agosto de 2017

DE QUÍMICO A QUÍMICO (Isaac Asimov)



El profesor Neddring contempló benévolamente a su estudiante graduado y no vio en él el menor nerviosismo. El joven estaba tranquilamente sentado; su cabello era un poco rojizo y sus ojos ávidos, pero atemperados; llevaba las manos en los bolsillos de su bata de laboratorio.
"Un especimen prometedor", pensó el profesor.
Hacía tiempo que sabía que el joven estaba interesado por su hija. Más aún, hacía algún tiempo que sabía que su hija estaba interesada por el joven.
— Hablemos claro, Hal —dijo el profesor—. Has venido a verme para obtener mi aprobación antes de declararte a mi hija, ¿verdad?
— Verdad, señor —asintió Hal.
— Concedo que no soy uno de esos padres anticuados, ni tampoco demasiado moderno, pero estoy seguro de que no se trata de una novedad —el profesor metió las manos en los bolsillos de su bata y se retrepó en su sillón—. La juventud, hoy día, no suele pedir permiso. Y no me irás a decir que renunciarás a mi hija si te niego ese permiso.
— No, si ella todavía quiere casarse conmigo, como supongo. Pero me gustaría...
— ... Conseguir mi aprobación. ¿Por qué?
— Por diversos motivos prácticos. Aún no tengo el grado de doctor y no quiero que se murmure que salgo con su hija para que usted me ayude a obtenerlo. Si usted piensa esto, dígalo con claridad, y tal vez aguardaré hasta que me haya graduado. O tal vez no aguardaré, y correré el albur de que su desaprobación haga más difícil para mí conseguir el diploma.
— O sea que, en beneficio de tu doctorado, opinas que sería mejor que tú y yo fuésemos amigos.
— Honradamente, sí, profesor.
Hubo un silencio entre ambos. El profesor Neddring meditaba en el asunto con cierta vacilación. Su labor investigadora se refería actualmente a la compleja coordinación del cromo, y existía una dificultad bien definida en reflexionar con precisión respecto a algo tan impreciso como el afecto, el matrimonio, y el futuro probable de cada uno de los implicados en el asunto.
Se frotó su suave mejilla (a la edad de cincuenta años era demasiado viejo para lucir alguna de las barbas adoptadas por los miembros jóvenes de su Departamento), y murmuró:
— Bien, Hal, si deseas saber cuál es mi decisión, tendré que basarla en algo, y la única forma en que yo puedo juzgar a la gente es por medio de sus poderes de razonar. Mi hija te juzga a su manera, pero yo he de juzgarte a la mía.
— Es justo —aprobó Hal.
— Entonces te lo explicaré —el profesor se inclinó hacia delante y garabateó algo en un papel—. Dime qué significa esto y te daré mi bendición.
Hal cogió el papel. Lo que había escrito el profesor era una serie de números: 69663717263376833047.
— ¿Un criptograma? —se extrañó el joven.
— Puedes llamarlo así.
— Quiere que resuelva un criptograma —dijo Hal frunciendo el ceño levemente—, y si lo consigo, aprobará mi matrimonio, ¿eh?
—Sí.
Y en caso contrario, no aprobará el matrimonio.
— Reconozco que parece trivial, pero por este criterio pienso juzgarte. Claro que siempre podrás casarte sin mi aprobación. Jamce es mayor de edad.
— Prefiero casarme con su aprobación. ¿Cuanto tiempo tengo?.
— Ninguno. ¡La solución ahora mismo! Razónala.
— ¿Ahora?
— Claro.
Hal Nord cambió de postura en su silla, que crujió en respuesta. Luego, miró fijamente los números del papel.
— ¿He de hacerlo de memoria o puedo usar papel y lápiz'
— De memoria. Quiero oír cómo piensas. ¿Quién sabe? Si me gusta tu forma de pensar, tal vez te dé mi aprobación aunque no resuelvas el enigma.
— De acuerdo —se conformó Hal—. En primer lugar, haré una suposición: supongo que usted es un hombre honrado y que no me propondría un problema que supiese por anticipado que yo soy incapaz de solucionarlo. Por tanto, este criptograma yo puedo solucionarlo, según cree usted. Lo que a su vez significa que se refiere a algo que yo conozco bien.
— Bien razonado —admitió el profesor.
Pero Hall no le escuchaba y continuó con lentitud.
— Naturalmente, conozco bien el alfabeto, de manera que estos números podrían ser una sustitución de algunas letras. Presumiblemente debería de existir, en este caso, alguna sutileza, si no, sena demasiado fácil. Pero soy un aficionado a la solución de criptogramas y a menos que pueda adivinar rápidamente cierta pauta en los números aquí escritos, estaré perdido. Bien, aquí hay cinco seises y cinco treses, pero ni un solo cinco... lo cual no significa nada para mí. Por tanto, abandono la posibilidad de un cifrado generalizado y paso al campo de nuestra especialización.
Meditó unos momentos y reanudó sus deducciones.
— Usted está especializado en química inorgánica que, ciertamente, también será mi especialización. Para cualquier químico los números se refieren a números atómicos. Todos los elementos químicos poseen su número característico y se conocen ciento cuatro elementos, o sea que los números relacionados con los átomos van del 1 al 104.
"Usted no indica cómo han de separarse los números. Los números dígitos, dentro de los atómicos, van del 1 al 9; los pares dígitos, del 10 al 99, y los tríos de dígitos del 100 al 104. Esto es obvio, profesor, pero usted quería oírme razonar y es lo que estoy haciendo.
"Podemos olvidarnos de los números atómicos de tres dígitos, puesto que en ellos el 1 va siempre seguido de un cero, y el único 1 del criptograma va seguido del 7. Como hay pues, veinte números dígitos, es posible que sólo se trate aquí de diez números atómicos de dos dígitos: diez de ellos. Podría tratarse de nueve pares de dígitos y dos de uno, aunque lo dudo. Incluso dos números atómicos de un dígito podrían estar presentes en centenares de combinaciones diferentes en la lista de elementos, pero sería una solución demasiado difícil para encontrarla ahora. Yo creo, por consiguiente, que estoy tratando con diez dígitos de dos plazas, y que el criptograma puede convertirse en: 69, 66, 37, 17, 26, 33, 76, 83, 30, 47. Estos números no significan nada en sí mismos, pero si se trata de números atómicos ¿por qué no transformar cada uno en el nombre del elemento que representan? Los nombres sí serían significativos. Lo cual no es muy fácil porque no sé de memoria toda la lista de elementos por el orden atómico. ¿Puedo consultar una tabla?
El profesor le escuchaba con interés.
— Yo no consulté nada para preparar este criptograma.
— De acuerdo. Veamos... —murmuró Hal lentamente—. Algunos son claros. Sé que el 17 es el cloro, el 26 el hierro, el 83 el bismuto, el 30 el cinc. En cuanto al 76, es algo cercano al oro, que es el 79, lo que significa platino, osmio, iridio... podría ser el osmio. Dos de ellos son elementos raros y jamás he logrado memorizarlos. Veamos... veamos... Ah, sí, creo que ya los tengo.
Escribió algo con rapidez y prosiguió:
— La lista de diez elementos es: tulio, disprosio, rubidio, cloro, hierro, arsénico, osmio, bismuto, cinc y plata. ¿No es así? No, no conteste.
Estudió la lista pensativamente.
— No veo ninguna relación entre esos elementos. Aunque supongo que son una pista. Bien, pasemos esto por alto y me pregunto si hay algo, aparte del número atómico, que sea tan característico de esos elementos que cualquier químico lo vea interesante. Obviamente, debe tratarse del símbolo químico, la abreviatura con una o dos letras para cada elemento, que para el químico es como la segunda naturaleza del elemento. En este caso, la lista de símbolos químicos es... —volvió a escribir—. Tm, Di, Rb, Cl, Fe, As, Os, Bi, Zn, Ag.
"Esto podría formar una frase, pero no es así; o sea que se trata de algo más sutil. Si con esto se hace un acróstico y se lee sólo la primera letra de cada símbolo, tampoco sirve de nada. Por tanto, hay que probar de otro modo, o sea leyendo la segunda letra de cada símbolo por orden... y el total dice: "mi bendición (1)". Supongo que ésta es la solución.
— Exacto —asintió el profesor con gravedad—. Has razonado con precisión y te concedo mi permiso para que le propongas a mi hija el casamiento.
Hal se puso de pie, vaciló y se acercó de nuevo a la mesa.
— Por otra parte, no me gusta alabarme de algo que no merezco. Es posible que el razonamiento que he efectuado sea preciso, pero solamente lo hice porque quería que usted me oyese razonar con lógica. En realidad, conocía la respuesta antes de empezar, de modo que en cierto modo le engañé y lo admito sinceramente.
— ¿Cómo es eso?
— Bueno, usted me aprecia y supongo que deseaba que encontrase la solución, cosa que jamás podría hacer sin su ayuda. Cuando me entregó el papel, me dijo: "Dime qué significa esto y te daré mi bendición". Supuse, pues, que debía tomar sus palabras al pie de la letra. "Mi bendición" tiene diez letras (2) y usted me entregó veinte dígitos. Naturalmente, yo los separé por parejas.
"Luego, le dije que no recordaba de memoria la lista de los elementos. Bien, los pocos elementos que recordaba eran suficientes para mostrarme que, juntando las segundas letras de cada símbolo, la frase resultante era "mi bendición", de manera que logré añadir los símbolos que no recordaba de acuerdo con las letras que faltaban para formar la frase "mi bendición". ¿Está enfadado conmigo?
El profesor Neddring sonrió.
— Ahora es cuando has razonado bien, muchacho —dijo— Cualquier científico competente puede pensar con lógica. Los grandes se sirven de la intuición.



sábado, 12 de agosto de 2017

TABÚ (Enrique Ánderson Imbert)



El ángel de la guarda le susurra a Fabián, por detrás del hombro:

-¡Cuidado, Fabián! Está dispuesto que mueras en cuanto pronuncies la palabra zangolotino.

-¿Zangolotino? -pregunta Fabián azorado.

Y muere.



viernes, 11 de agosto de 2017

FELICIDAD CLANDESTINA (Clarice Lispector)



Ella era gorda, baja, pecosa y de pelo excesivamente crespo, medio amarillento. Tenía un busto enorme, mientras que todas nosotras todavía éramos chatas. Como si no fuese suficiente, por encima del pecho se llenaba de caramelos los dos bolsillos de la blusa. Pero poseía lo que a cualquier niña devoradora de historietas le habría gustado tener: un padre dueño de una librería.

No lo aprovechaba mucho. Y nosotras todavía menos: incluso para los cumpleaños, en vez de un librito barato por lo menos, nos entregaba una postal de la tienda del padre. Encima siempre era un paisaje de Recife, la ciudad donde vivíamos, con sus puentes más que vistos.

Detrás escribía con letra elaboradísima palabras como "fecha natalicio" y "recuerdos".

Pero qué talento tenía para la crueldad. Mientras haciendo barullo chupaba caramelos, toda ella era pura venganza. Cómo nos debía odiar esa niña a nosotras, que éramos imperdonablemente monas, altas, de cabello libre. Conmigo ejerció su sadismo con una serena ferocidad. En mi ansiedad por leer, yo no me daba cuenta de las humillaciones que me imponía: seguía pidiéndole prestados los libros que a ella no le interesaban.

Hasta que le llegó el día magno de empezar a infligirme una tortura china. Como al pasar, me informó que tenía El reinado de Naricita, de Monteiro Lobato.

Era un libro gordo, válgame Dios, era un libro para quedarse a vivir con él, para comer, para dormir con él. Y totalmente por encima de mis posibilidades. Me dijo que si al día siguiente pasaba por la casa de ella me lo prestaría.

Hasta el día siguiente, de alegría, yo estuve transformada en la misma esperanza: no vivía, flotaba lentamente en un mar suave, las olas me transportaban de un lado a otro.

Literalmente corriendo, al día siguiente fui a su casa. No vivía en un apartamento, como yo, sino en una casa. No me hizo pasar. Con la mirada fija en la mía, me dijo que le había prestado el libro a otra niña y que volviera a buscarlo al día siguiente. Boquiabierta, yo me fui despacio, pero al poco rato la esperanza había vuelto a apoderarse de mí por completo y ya caminaba por la calle a saltos, que era mi manera extraña de caminar por las calles de Recife. Esa vez no me caí: me guiaba la promesa del libro, llegaría el día siguiente, los siguientes serían después mi vida entera, me esperaba el amor por el mundo, y no me caí una sola vez.

Pero las cosas no fueron tan sencillas. El plan secreto de la hija del dueño de la librería era sereno y diabólico. Al día siguiente allí estaba yo en la puerta de su casa, con una sonrisa y el corazón palpitante. Todo para oír la tranquila respuesta: que el libro no se hallaba aún en su poder, que volviese al día siguiente. Poco me imaginaba yo que más tarde, en el curso de la vida, el drama del "día siguiente" iba a repetirse para mi corazón palpitante otras veces como aquélla.

Y así seguimos. ¿Cuánto tiempo? Yo iba a su casa todos los días, sin faltar ni uno. A veces ella decía: Pues el libro estuvo conmigo ayer por la tarde, pero como tú no has venido hasta esta mañana se lo presté a otra niña. Y yo, que era propensa a las ojeras, sentía cómo las ojeras se ahondaban bajo mis ojos sorprendidos.

Hasta que un día, cuando yo estaba en la puerta de la casa de ella oyendo silenciosa, humildemente, su negativa, apareció la madre. Debía de extrañarle la presencia muda y cotidiana de esa niña en la puerta de su casa. Nos pidió explicaciones a las dos. Hubo una confusión silenciosa, entrecortado de palabras poco aclaratorias. A la señora le resultaba cada vez más extraño el hecho de no entender. Hasta que, madre buena, entendió al fin. Se volvió hacia la hija y con enorme sorpresa exclamó: ¡Pero si ese libro no ha salido nunca de casa y tú ni siquiera querías leerlo!

Y lo peor para la mujer no era el descubrimiento de lo que pasaba. Debía de ser el horrorizado descubrimiento de la hija que tenía. Nos espiaba en silencio: la potencia de perversidad de su hija desconocida, la niña rubia de pie ante la puerta, exhausta, al viento de las calles de Recife. Fue entonces cuando, recobrándose al fin, firme y serena, le ordenó a su hija:

-Vas a prestar ahora mismo ese libro.

Y a mí:

-Y tú te quedas con el libro todo el tiempo que quieras. ¿Entendido?

Eso era más valioso que si me hubiesen regalado el libro: "el tiempo que quieras" es todo lo que una persona, grande o pequeña, puede tener la osadía de querer.

¿Cómo contar lo que siguió? Yo estaba atontada y fue así como recibí el libro en la mano. Creo que no dije nada. Cogí el libro. No, no partí saltando como siempre. Me fui caminando muy despacio. Sé que sostenía el grueso libro con las dos manos, apretándolo contra el pecho. Poco importa también cuánto tardé en llegar a casa. Tenía el pecho caliente, el corazón pensativo.

Al llegar a casa no empecé a leer. Simulaba que no lo tenía, únicamente para sentir después el sobresalto de tenerlo. Horas más tarde lo abrí, leí unas líneas maravillosas, volví a cerrarlo, me fui a pasear por la casa, lo postergué más aún yendo a comer pan con mantequilla, fingí no saber dónde había guardado el libro, lo encontraba, lo abría por unos instantes. Creaba los obstáculos más falsos para esa cosa clandestina que era la felicidad. Para mí la felicidad siempre habría de ser clandestina. Era como si yo lo presintiera. ¡Cuánto me demoré! Vivía en el aire... había en mí orgullo y pudor. Yo era una reina delicada.

A veces me sentaba en la hamaca para balancearme con el libro abierto en el regazo, sin tocarlo, en un éxtasis purísimo. No era más una niña con un libro: era una mujer con su amante.


jueves, 10 de agosto de 2017

TARDE Y CREPÚSCULO (Julián Ayesta)



Frente a la chimenea apagada los mayores tomaban café negro y licores dorados. La chimenea olía aún a los leños del invierno, pero era ya verano y el comedor estaba en penumbra porque hacía calor. Las contraventanas estaban entornadas y entraban rayos de sol atravesados por puntos brillantes que subían y bajaban. La conversación sonaba lejana y suave, en tono muy bajo, como unos frailes que estuvieran rezando en el coro y uno los escuchara desde la nave de una catedral vacía. Entraba un rayo de sol nuevo, más brillante, y relucía el collar de cuentas violetas de tía Honorina y los lentes del señor invitado. Hacía calor, un calor como música, que olía a cirio amarillo. Entraron las criadas a quitar la mesa. Los cubiertos, entre el humo de los cigarros de los hombres, tintineaban como esquilas de un rebaño de cabras pastando vagorosas entre la bruma de la siesta. Era la Siesta, toda mullida y tibia, toda desperezándose, adormilada a la sombra de los árboles en un bosque azul, en un país muy hondo, antes de Jesucristo. El comedor estaba en penumbra y desde la oscuridad se oían las chicharras y los grillos que cantaban al sol y el ronrón del sol sobre los prados verdeamarillentos y el fragor fresquísimo de los robles cuando entraba una ráfaga de brisa azul y salada que venía del mar.
Entonces, no pude resistir y escapé a mi habitación; me desnudé, me puse el pantalón de baño y salí corriendo por la puerta de la cocina. Corría cuesta abajo con el viento en la boca y Helena me estaba esperando a la puerta del jardín con su traje de baño de flores rojas y doradas y su sombrero ancho de paja amarillenta, muy alegre, llena de amor y vida, con su pelo rubio lleno de sol y el dedo gordo de un pie saliéndole por un agujero de la alpargata, que se movía como un ratoncito que me provocara y que apetecía morder y estar mordiéndolo toda la vida.
-¡Hola!
-¡Hola!
y marchamos juntos, llenos de amor, hacia los grandes países de la Tarde. El sol-¡el Sol!-roncaba sobre los manzanos y los prados estaban llenos de manchas de luz. Y había también bosques de eucaliptus negros y azulados. Y nos entraba un extraño miedo a aquellos árboles que eran los árboles de los hombres locos, que se paseaban en camisa blanca con la cara muy pálida y un cuchillo en la mano lleno de sangre. Y que eran los árboles de las mujeres tuberculosas que escupían sangre con el pecho hundido y los ojos llenos de un brillo de odio y que cuando el cielo estaba rojo, al atardecer, aullaban como lobos tristes y hambrientos y se escapaban con la boca llena de espuma y un alfiler negro y brillante muy grande en la mano para pinchar a la gente con su veneno mortal. Y debajo de aquellos árboles había siempre un pobre mascando sin dientes un pedazo de pan.
La luz de la tarde era densa, dorada y azul y negra. Una luz de terror misterioso bajando de un cielo enorme y solitario. Había sobre los prados un sopor, una bruma caliente de chicharras y grillos, y muy alto, altísimo, volaba planeando un milano.
Helena y yo íbamos silenciosos. De cuando en cuando Helena se paraba, cogía unas cuantas zarzamoras y me ofrecía la mitad. Unas, las del sol, estaban calientes y mates; otras, las de la sombra, estaban frías y brillantes. Otras veces las cogía yo y le ofrecía a Helena y comíamos juntos, mirándonos a los ojos, con la cara llena de manchas de jugo morado. Y seguíamos andando muy juntos, sin hablar nada, pero temblando. Algunas veces mi amor -que era Helena, tan hermosa, con la piel tan morena y el pelo rubio y los ojos azules y tan libre y valiente- se paraba otra vez a coger zarzamoras y se pinchaba con una espina. Entonces me ofrecía su dedo ensangrentado y yo le chupaba la sangre, que era tan roja, tan salada, tan hermosa centelleando al sol. Después me besaba y me lavaba con sus labios la sangre que había quedado en los míos. Y después de hacerlo nos entraba como un miedo raro. Porque aquello era un rito secreto, secretísimo, como una especie de pecado; nadie sabía por qué. Helena se apretaba contra mí como una gata misteriosa, y con los ojos llenos de lágrimas murmuraba: «Tengo miedo.» Y yo, lleno de una ternura y un amor que casi me hacían llenárseme los ojos de lágrimas, la apretaba más aún contra mí y la mantenía así, con mis labios sobre su pelo) tiempo y tiempo, hasta que Helena separaba la cabeza de mi pecho y me miraba todavía con lágrimas, pero sonriéndose de amor y de felicidad. Entonces seguíamos andando abrazados, con la cabeza de Helena apoyada en mi hombro. Y así seguíamos hasta el mar.
La playa a la que solíamos ir por las tardes era pequeña y de bajada difícil. Estaba rodeada de acantilados muy altos cubiertos en algunos sitios de helechos y hiedra. Arriba, entre el cielo, se bamboleaban al viento las copas de los pinos. En cuanto pisamos la arena nos quitamos las alpargatas y salimos corriendo como balas a lanzarnos a plongeón sobre una ola de espuma que venía a nuestro encuentro. Luego volvíamos a salir a colocar las alpargatas encima de una peña para que no se enterrasen en la arena, y otra carrera a tiramos contra una ola fría, blanca y burbujeante que era una hermosura y una delicia y una furia de felicidad que le volvía a uno loco de alegría. Y a veces yo entraba dando un salto mortal, porque sabía que a Helena le gustaba, aunque me suplicaba que no lo hiciera, porque no sé quién -un francés me parece-se había roto una vez el espinazo. y Helena volvía a salir gritando de alegría, toda embadurnada de arena y de algas rojizas y amarillas y verdes, toda oliendo a sal, con el pelo negruzco y lacio, pero más hermosa todavía que antes, con el cuerpo brillante. Y saltaba como una pantera sobre mí y me hacía tragar agua y salía corriendo hasta que yo la alcanzaba y me montaba encima de ella y le apretaba la cabeza contra la arena hasta rebozarle bien la cara y el pelo de arena y me pedía clemencia casi llorando, y yo -magnánimo Senatus Populusque Romanus- le concedía la libertad.
Entonces volvíamos al agua y nadábamos los dos juntos, más bien despacio, para hacer el famosísimo periplo de Hannon, que era ir primero hasta el Camello, que era una peña en forma de camello, toda rodeada de barbas de espuma, y tumbamos allí panza arriba a tomar el sol, y después bucear en un mar pequeñito, muy transparente y con el fondo muy verde, que había entre las dos jorobas del camello cuando era marea alta. Y luego seguir nadando por un canal rojizo entre algas hasta las Grandes Peñas del Doctor Frankenstein, que siempre estaban sombrías y sonaban a Eco, que era un hombre muy triste encerrado no se sabía dónde, que daba mucha pena de él y que a veces lloraba muy bajito, muy bajito. En las Grandes Peñas del Doctor Frankenstein, se pinchaba uno los pies y había cangrejos escondidos en las cuevas, y una vez encontramos un perro muerto, muy hinchado, con la boca llena de moscas verdes. En las Grandes Peñas del Doctor Frankenstein había grutas muy frías con una luz temblorosa entre verde y azul y más adentro estaban las Ruinas Romanas con grandes tesoros y llenas de misterio muy hermoso, con estatuas de diosas paganas blancas y desnudas, que nos sonreían a Helena y a mí, y entonces, por otra gruta mucho más estrecha y más larga, nos llevaban a la Edad Antigua, que era en aquel mismo momento con un cielo más azul y un mar más azul, casi morado, y una brisa muy azul también y pájaros blancos que volaban cantando. Y se salía a otro mundo extrañísimo y lleno de hermosura que no se puede recordar sin que se le pare a uno el corazón. Porque estaba cayendo el sol y el cielo estaba rojo y dorado y la mar color de vino y no hacía nada de viento y olía a romero, a rosas y a jazmines...
Helena estaba desnuda pastoreando un rebaño de cabras. Estaba sentada junto al mar, en un prado muy verde que llegaba hasta el mar, debajo de un laurel muy grande de hojas muy verdes y brillantes que refulgían rojizas al sol dorado que se hundía en el mar. Yo estaba también desnudo y venía en un barco con velas de oro, porque era un capitán de piratas que en Siracusa de Sicilia mi primera luz había visto, audacísimo en los peligros de la sed, hambre, calor y frío y otras comunes calamidades de la guerra y los viajes, fortísimo soportador hasta lo increíble. Y salté del barco al agua y llegué nadando hasta el prado verde y eché a correr detrás de Helena. Pero Helena corría más y se iba escondiendo entre los árboles hasta que la perdía de vista.
Entonces pasó un hombre que llevaba una guadaña al hombro y que cantaba:
-La pastora que buscas, ¡oh, joven!, hermosa, de Aristóteles el anciano de las venerables palabras hija es -dijo él.
-Antigua y hermosa es la lengua helena -contesté yo, que sólo recordaba aquel ejemplo de la gramática griega.
El hombre de la guadaña corrió y me llevó a su casa, donde me ofreció frugal cena, y tras vestirme con sus andrajos de campesino, bien colocada sobre mi hombro la guadaña, dijo él:
-Ahora preséntate a Aristóteles el de las venerables palabras, de parte de Filemón el pobre, y dile que eres el mancebo que como criado le envío. Yo, mientras tanto, a los dioses inmortales, y en especial a aquella deidad que el dulce y ardiente amor preside, sacrificaré por tu ventura.
Y esto diciendo me señaló el camino de la ciudad.
Del de las venerables palabras la casa descubrí al fin y él viéndome dijo:
-Alabados mil y mil veces sean los dioses inmortales, pues sin duda tú eres el mancebo que por diligente criado mi amigo me envía Filemón el pobre.
Recibióme con amor el de las venerables palabras y púsome al tanto de mis obligaciones, que bien lejos de saber él estaba cuáles eran mis secretos designios.
Ya los brillantes gemelos (Cástor y Pólux) hundían su brillo tras el oscuro horizonte, cuando la casa sintiendo sosegado y dormido el viejo despojéme de mis pobres andrajos y penetrando en la habitación de mi amada halléla dormida. Transportado de dicha y de contento y a la siempre poderosa deidad del amor mil gracias dando, aparté con cuidado el lienzo que la cubría (a Helena) y a la blanca luz de la luna la hermosura de su cuerpo largamente contemplando estuve.
Beséla después mansamente, porque poco a poco y en amor despertara, y ella entonces, entreabriendo los ojos dijo:
-Sin duda Afrodita me inspira este hermoso sueño, pues siento a mi lado al joven que amo.
Esto dicho, comenzó con ardor a pagar mis caricias y besos.
No quise yo dejar salir de mi boca ni una sola palabra, pues temía que con aquello se le fuese la ilusión del sueño y que volviendo en sí ásperamente me despechara.
Gocé, pues, en silencio de lo que en silencio debe gozarse, y cuando empezaron a cantar los gallos volvíme al rústico lecho que en establo me aderezaran como criado que era.
Ya estaba Febo ardiente, padre del amor, del gozo y de la vida, en la mitad de su curso cuando me despertaron las descompasadas voces del de las venerables palabras, que gritaba:
-Válganme los dioses inmortales, pues tengo una reina y un rey por criados.
Salté del lecho, presentéme a mi amo y disculpé la pesadez de mi sueño con la fatiga del viaje y otras muchas razones que mi súbito ingenio iba inventando mientras hablaba.
Estaba yo empezando a apartar a mi amo de su primera intención, que era despedirme de su servicio (pues me entristecía el pensamiento de separarme de mi hermosa amiga), cuando con lágrimas en los ojos entró ella, y postrándose a los pies del viejo dijo éstas o parecidas palabras:
-Disculpad, ¡oh buen amo!, mi falta, pues Afrodita me ha enviado tal sueño esta noche, que milagro es que pueda levantarme.
Quedóse el viejo un momento suspenso mirándola, y después, posando los ojos en mí, soltó a reír con gran estrépito.
Quedámonos Helena y yo mirándonos de asombro, y el viejo entonces, tomándonos de la mano, nos acercó a sí y dijo:
-Sabe tú, ¡oh joven!, que la que has conseguido esta noche no es una pobre rústica que yo hubiera tomado por criada (como ella misma cree), sino la hija y heredera del Emperador de Atenas...
Helena estaba muy seria sentada en cuclillas delante de mí mirándome muy fijo.
-¿En qué piensas con esos ojos tan abiertos?
Estaba allí, tan rubia, con la piel tan brillante, tan hermosa, con sus ojos azules que me provocaban mirándome, que no pude resistir más y salté sobre ella como un tigre feroz de Bengala. Pero ella saltó primero al agua y yo detrás de ella y empezamos a nadar y a alcanzamos y darnos aguadillas. Y salimos de la sombra de las peñas, donde el agua era fría y morada, y entramos en el sol, donde el agua era verde y brillante y más tibia y era un gozo calarse y ver salir a Helena removiendo la melena que se le caía sobre la cara y después bucear otra vez y hacer exploraciones por los canales submarinos que estaban llenos de algas.
Salimos a la playa felices y nos tumbamos al sol. El sol iba ya haciéndose naranja y metiéndose detrás de los pinos del acantilado. El cielo estaba verde y lleno de un brillar oscuro que mirándolo fijo era como el Infinito. A veces pasaban bandos de pájaros.
Helena apoyó la cabeza en mi hombro y empezó a hacer dibujos sobre mi cuerpo con un chorrito de arena que me hacía cosquillas. Y me miraba, me miraba.
Volvimos despacio, andando muy juntos, muertos de plenitud, de gozo, de felicidad desconocida e insufrible, muertos de amor, locos de amor. El corazón me llenaba todo el pecho, me hinchaba todo el cuerpo de sangre caliente, me llenaba la boca de sal, llenaba el mundo de alegría rabiosa, de ardor, de colores afilados como cuchillos y a la vez blandos como las hojas de una amapola, como la miel, como la leche recién ordeñada. Temblando, con voz ronca, con una voz que no era la mía, que no se sabía de dónde había salido, le dije:
-Helena..., te quiero.
Y Helena, serena, sin dejar de mirarme a los ojos, grave y hermosa, se fue dejando atraer, y cuando tuvimos los labios muy cerca, me dijo:
-Y yo a ti más.
Y yo bebí el aliento de aquellas palabras; las bebí, las respiré, no las oí.
No hablamos más. Íbamos juntos, solos, entre el silencio del crepúsculo. Íbamos solos entre el silencio del mundo. Solos entre el silencio del tiempo. Solos para siempre. Juntos y solos, andando juntos y solos entre el silencio del mundo y del mar y del mundo, andando andando. Y todo era como un gran arco y nosotros lo íbamos pasando y al otro lado estaba nuestro mundo y nuestro tiempo y nuestro sol y nuestra luz y nuestra noche y estrellas y montes y pájaros y siempre...



miércoles, 9 de agosto de 2017

EL MARINERO DE AMSTERDAM (Guillaume Apollinaire)


El bergantín holandés Alkmaar regresaba de Java cargado de especias y otras mercancías preciosas.
Hizo escala en Southampton, y a los marineros se les dio permiso para bajar a tierra.
Uno de ellos, Hendrijk Wersteeg, llevaba un mono sobre el hombro derecho, un loro sobre el izquierdo y, en bandolera, un fardo de telas indias que tenía intención de vender en la ciudad, junto con los animales.
Era a principios de primavera, y la noche caía todavía temprano. Hendrijk Wersteeg caminaba a paso ligero por las calles algo brumosas que la luz de gas apenas iluminaba. El marinero pensaba en su próximo regreso a Amsterdam, en su madre, a la que no había visto en tres años, en su prometida, que le esperaba en Monikedam. Sopesaba el dinero que conseguiría de los animales y de las telas y buscaba una tienda en donde vender tales mercancías exóticas.
En Above Bar Street, un caballero vestido muy pulcramente le abordó, preguntándole si buscaba comprador para su loro:
-Este pájaro -dijo- me vendría muy bien. Necesito a alguien que me hable sin que yo tenga que contestarle, pues vivo completamente solo.
Como la mayoría de los marineros holandeses, Hendrijk Wersteeg hablaba inglés. Puso un precio que el desconocido aceptó.
-Sígame -dijo este-. Vivo bastante lejos. Usted mismo colocará el loro en una jaula que hay en mi casa. Me mostrará también sus telas, y puede que haya entre ellas algunas que me gusten.
Muy contento por el trato hecho, Hendrijk Wersteeg se fue con el gentleman, ante el cual, en la esperanza de poder vendérselo también, elogió al mono, que era, decía, de una raza bien rara, una de esas cuyos individuos mejor resisten el clima de Inglaterra y que más se encariñan con el dueño.
Pero pronto Hendrijk Wersteeg dejó de hablar. Malgastaba en vano sus palabras, puesto que el desconocido no le respondía y ni siquiera parecía escucharle.
Continuaron el camino en silencio, el uno al lado del otro. Solos, añorando sus bosques natales en los trópicos, el mono, asustado por la bruma, soltaba de vez en cuando un gritito parecido al vagido de un recién nacido y el loro batía las alas.
Al cabo de una hora de marcha, el desconocido dijo bruscamente:
-Nos acercamos a mi casa.
Habían salido de la ciudad. El camino estaba bordeado de grandes parques cercados con verjas; de vez en cuando brillaban, a través de los árboles, las ventanas iluminadas de una casita de campo, y se oía a intervalos en la lejanía el grito siniestro de una sirena en el mar.
El desconocido se paró ante una verja, sacó de su bolsillo un manojo de llaves y abrió la cancilla, que volvió a cerrar una vez Herdrijk la hubo franqueado.
El marinero estaba impresionado: apenas distinguía, al fondo de un jardín, una casa de bastante buena apariencia, pero cuyas persianas cerradas no dejaban pasar luz alguna. El desconocido silencioso, la casa sin vida, todo le resultaba bastante lúgubre. Pero Hendrijk se acordó de que el desconocido vivía solo.
“¡Es un excéntrico!” pensó, y como un marinero holandés no es lo suficientemente rico como para que se le engañe con el fin de desvalijarlo, se avergonzó de su instante de ansiedad.
-Si tiene cerillas, ilumíneme -dijo el desconocido metiendo la llave en la cerradura de la puerta de la casa.
El marinero obedeció y, una vez dentro de la casa, el desconocido trajo una lámpara que pronto iluminó un salón amueblado con buen gusto.
Hendrijk Wersteeg estaba totalmente tranquilo. Alimentaba la esperanza de que su extraño compañero le comprara una buena parte de sus telas.
El desconocido, que acababa de salir del salón, volvió con una jaula:
-Meta aquí el loro -le dijo-. No lo pondré en una percha hasta que se haya domesticado y sepa decir lo que quiero que diga.
Después, tras haber cerrado la jaula en la que, espantado, quedó el pájaro, le pidió al marinero que cogiera la lámpara y fuese a la habitación contigua, en donde se encontraba, según decía, una mesa cómoda para extender las telas.
Hendrijk Wersteeg obedeció y fue a la alcoba que se le había indicado. De pronto, oyó que la puerta se cerraba tras él y que la llave giraba. Estaba prisionero. Trastornado, dejó la lámpara sobre la mesa y quiso arrojarse contra la puerta para tirarla abajo. Pero una voz le detuvo:
-¡Un paso más y es hombre muerto, marinero!
Levantando la cabeza, Hendrijk vio por un tragaluz en el que antes no había reparado que el cañón de un revólver le apuntaba. Aterrorizado, se detuvo.
No le era posible luchar: su navaja no iba a servirle en estas circunstancias; incluso un revólver le hubiera resultado inútil. El desconocido que lo tenía a su merced se escondía detrás de un muro, al lado del tragaluz desde el cual vigilaba al marinero, y por donde sólo pasaba la mano que esgrimía el revólver.
-Escúcheme -le dijo el desconocido- y obedezca. El servicio obligado que usted me va a prestar será recompensado. Pero no tiene elección. Es necesario que me obedezca sin dudar o lo mataré como a un perro. Abra el cajón de la mesa… Hay dentro un revólver de seis tiros, cargado con cinco balas… Cójalo.
El marinero holandés obedecía casi inconscientemente. El mono, subido a su hombro, gritaba de terror y temblaba. El desconocido continuó:
-Hay una cortina al fondo de la habitación. Descórrala.
Descorrida la cortina, Hendrijk vio un cuarto en el que, sobre una cama, atada de pies y manos y amordazada, una mujer le miraba con los ojos llenos de desesperación.
-Desate las ataduras de esta mujer -dijo el desconocido- y quítele la mordaza.
Ejecutada la orden, la mujer, muy joven y de una belleza admirable, se arrojó de rodillas ante el tragaluz, gritando:
-¡Harry, es una estratagema infame! Me has atraído a esta casa para asesinarme. Has pretendido haberla alquilado para que pasáramos en ella los primeros días de nuestra reconciliación. Creía haberte convencido. ¡Pensaba que por fin estarías seguro de que yo no tuve nunca la culpa de nada! ¡Harry! ¡Harry! ¡Soy inocente!
-No te creo -dijo secamente el desconocido.
-¡Harry, soy inocente! -repitió la joven con voz estrangulada.
-Ésas son tus últimas palabras, las grabaré cuidadosamente. Se me repetirán toda mi vida.
Y la voz del desconocido tembló un poco, volviéndose rápidamente firme:
-Como todavía te amo -añadió-, te mataría yo mismo, si te quisiera menos. Pero me sería imposible, porque te amo… Ahora, marinero, si antes de que haya contado hasta diez no ha metido una bala en la cabeza de esta mujer, caerá muerto a sus pies. Uno, dos, tres…
Y antes de que el desconocido hubiera contado cuatro, Hendrijk, enloquecido, disparó sobre la mujer, quien, todavía de rodillas, le miraba fijamente. Cayó de bruces contra el suelo. La bala le había entrado en la frente. De inmediato, un disparo surgido del tragaluz le vino a dar al marinero en la sien derecha. Se desplomó sobre la mesa, mientras que el mono, lanzando agudos chillidos de horror, se refugiaba en su blusón.
Al día siguiente, algunos transeúntes que habían oído gritos extraños procedentes de una casa de las afueras de Southampton, advirtieron a la policía, que llegó rápidamente para forzar las puertas.
Encontraron los cadáveres de la joven dama y del marinero.
El mono, saliendo violentamente del blusón de su dueño, le saltó a la nariz a uno de los policías. Asustó tanto a todos que, retrocediendo algunos pasos, acabaron por abatirlo a tiros antes de atreverse a acercarse de nuevo a él.
La justicia informó. Parecía claro que el marinero había matado a la dama y que se había suicidado acto seguido. Sin embargo, las circunstancias del drama eran misteriosas. Los dos cadáveres fueron identificados sin problemas y todos se preguntaban cómo Lady Finngal, esposa de un par de Inglaterra, había sido encontrada sola, en una casa de campo solitaria, con un marinero llegado la víspera a Southampton.
El propietario de la casa no pudo dar dato alguno que ayudara a la justicia a esclarecer los hechos. La casita había sido alquilada ocho días antes del drama a un tal Collins, de Manchester, que además continuaba en paradero desconocido. Este Collins usaba anteojos y tenía una larga barba roja que bien podría ser falsa.
El lord llegó de Londres a toda prisa. Adoraba a su mujer y su dolor daba lástima a quien le veía. Como todo el mundo, no entendía nada de este asunto.
Después de estos acontecimientos, se retiró del mundo. Vive en su casa de Kensington, sin otra compañía que la de un criado mudo y un loro que le repite sin cesar:
- ¡Harry, soy inocente!


martes, 8 de agosto de 2017

EL GATO QUE QUISO ATRAPAR AL SOL (Sebastián Beringheli)


No me molesta en absoluto ir al consultorio de mi médico, entre otras cosas porque me gusta esperar. Lo que me molesta, en todo caso, es que a otros les moleste esperar. Eso.

Las personas mayores empiezan a hojear revistas que amarillean de tanto manoseo. Y el doctor es pícaro, por no decir un reverendo hijo de puta. ¿Sabés que revistas deja en la sala de espera del consultorio? Revistas hípicas.

Y la gente las lee, o hace que las lee, es difícil darse cuenta a veces.

Pero supongo que esto de esperar es un poco peligroso. Cuando estás sentada, sin absolutamente nada que hacer, una empieza a plantearse un montón de cosas.

Generalmente voy al consultorio los jueves a la tarde. Hay menos gente; de hecho, siempre somos tres, y el gato. El gato que quiere atrapar al sol.

—Miralo —dijo Amalia—. Siempre igual el muy vago.

Para Amalia cualquier comportamiento no productivo equivalía a ser un vago.

—¿Qué querés que haga pobre animal? —dijo Eliana—. Es un gato.

—¿Pero vos viste lo que hace? —dijo Amalia—. Fijate bien.

Eliana se fijó bien.

Yo no, porque desde hace años sé perfectamente lo que hace el gato.

Podés amagar a tirarle un vaso, podés caminar directamente hacia él a los gritos, podés levantar una revista y agitarla en el aire como si fuera un garrote, y el gato no se va a mover.

Nunca se mueve.

—Jamás he visto algo parecido —dijo Amalia—. Los gatos son criaturas nocturnas.

—¿Y? —preguntó Eliana.

—No es un gato normal.

—¿Cómo que no es normal?

—¡Pero miralo, boluda! ¿Alguna vez viste un gato que se la pase todo el día echado al sol?

Efectivamente, el gato vive echado en el único charco de sol que entra en la sala de espera a esa hora de la tarde.

—Yo haría exactamente lo mismo —dijo Eliana—. Quiero decir, si viviese encerrada entre cuatro paredes trataría de aprovechar el poco sol que entra.

—Claro, pero este gato no se mueve nunca.

—Ahá —dijo Eliana, manoteando una revista.

—¿No se dan cuenta? —dijo Amalia, arrastrándome a sus razonamientos— El gato no se mueve, pero el sol sí; sin embargo, el gato está siempre al sol. ¿Cómo mierda puede ser?

—Justamente. No puede ser porque es imposible.

—Imposible —repitió Amalia—, pero al fin y al cabo eso es lo que pasa. ¿Hace cuánto que estamos esperando?

—Y... unos cuarenta minutos diría yo —dijo Eliana, consultando su reloj.

—Cuarenta minutos y el gato no se movió del sol, pero el sol tampoco se movió del gato.

—Dale, ahora me vas a decir que estuviste cuarenta minutos mirando al gato.

—Eso es precisamente lo que te voy a decir. Hace semanas que lo vengo observando.

—¿Entonces?

—Entonces acá pasa algo raro. Hay...

—¿Gato encerrado? —la interrumpió Eliana con una risita.

Amalia se mordió el labio inferior, como siempre que reprimía el deseo de mandar a alguien al carajo.

—Típico —dijo después—. El humor como salida para una situación que compromete tu entendimiento del universo.

—¿Vos qué pensás? —dijo Eliana, tratando de incluirme en la conversación.

—¿Qué va a pensar? Si la señorita tiene privilegios acá.

—Dejala que conteste, Amalia.

—¡No! Prefiero pasar por maleducada que por imbécil: ella tiene privilegios acá. Punto. ¿Acaso no siempre la atienden primero?

—Bueno —dijo Eliana—, la verdad no sé. No me fijo mucho en eso.

—Yo sí me fijo: me fijo en el gato, en el sol, y también en ella. Siempre la atienden primero. Siempre. Y siempre llega al consultorio después que nosotras.

—Pasa que ella tiene el turno acordado, ¿no es cierto? —dijo Eliana, mirándome como buscando alguna complicidad.

—¿Y nosotras no? ¿No tenemos el turno acordado? ¿Cuándo fue la última vez que te atendió el doctor?

—La semana pasada.

—No, la semana pasada no. No nos atendió a ninguna de las dos.

—Qué se yo. La anterior entonces.

—Tampoco. Pensá bien.

Eliana pensó bien.

—¿Te das cuenta? —dijo Amalia— No te acordás porque el doctor nunca te atendió. A ninguna de las dos.

—Estás delirando, Amalia.

—¿En serio? ¿Cómo se llama el doctor? ¿Qué cara tiene? ¿Por qué problema te venís a tratar?

—...

—¿Hace cuánto que estás en tratamiento?

—...

—¿Hace cuánto, Eliana?

—Dos años.

—Y en dos años jamás te atendió el doctor, a ver si te das cuenta.

—¿Dos años ya?

—Sí, dos años. Y en ese tiempo a la única de las tres a la que atendieron es a esta —dijo Amalia, señalándome con un dedo esmaltado.

—No puede ser. Yo me estoy tratando. Tengo un problema...

—Todas tenemos un problema, nena. Y lo vamos a seguir teniendo. Vas a ver que en dos minutos, cuando se cumpla exactamente una hora de estar esperando, va a entrar la recepcionista y le va a decir a esta privilegiada que el doctor ya puede verla.

—Pero después seguramente nos va a atender a nosotras.

—¡No! Eso nunca pasa —dijo Amalia—. Ella siempre tiene el último turno del día.

—Estás un poco paranoica, Amalia.

—Puede ser, pero respondeme lo siguiente: ¿te acordás de algo además de estar en esta sala de espera?

—¿A qué te referís?

—Me refiero a si te acordás de algo además de estar sentada acá: ¿dónde vivís? ¿A qué te dedicás? ¿Cómo llegaste hasta acá? Básicamente te pregunto qué sabés de tu vida.

—Todo.

—¿Por ejemplo?

—Sé que vengo acá desde hace dos años.

—Perfecto. ¿Qué más?

—Se que ustedes son mis amigas.

—Genial. ¿Qué más?

—Me acuerdo de... de... ¡el gato! ¡Eso! Me acuerdo del gato que duerme al sol.

Se oyeron unos pasos en el pasillo principal.

Una mujer entró a la sala de espera.

—Agrippa, Noelia —dijo la mujer, consultando una planilla—. Pase por favor. El doctor ya puede atenderla.

Me puse de pie.

El gato seguía en su charco de luz, tratando de atrapar al sol.

—Chicas —dije, mirándolas a los ojos—, ahora hagan el favor de quedarse acá, quietitas y sin hacer ruido, que mi psiquiatra no quiere saber nada más de ustedes.