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lunes, 7 de agosto de 2017

AL BUEN CALLAR... (Emilia Pardo Bazán)



No tenían más hijo que aquel los duques de Toledo, pero era un niño como unas flores; sano, apuesto, intrépido, y, en la edad tierna, de condición tan angelical y noble, que le amaban sus servidores punto menos que sus padres. Le traía su madre vestido de terciopelo que guarnecían encajes de Holanda, luciendo guantes de olorosa gamuza y brincos y joyeles de pedrería en el cintillo del birrete; y al mirarle pasar por la calle, bizarro y galán como un caballero en miniatura, las mujeres le echaban besos con la punta de los dedos, las vejezuelas reían guiñando el ojo para significar «¡Quién te verá a los veinte!», y los graves beneficiados y los frailes austeros, sacando la cabeza de la capucha y las manos de las mangas, le enviaban al paso una bendición.

Sin embargo, el duque de Toledo, aunque muy orgulloso de su vástago, observaba con inquietud creciente una mala cualidad que tenía, y que según avanzaba en edad el niño don Sancho iba en aumento. Consistía el defecto en una especie de manía tenacísima de cantar la verdad a troche y moche, viniese a cuento o no viniese, en cualquier asunto y delante de cualquier persona. Cortesano viejo ya el duque de Toledo, ducho en saber que en la corte todo es disfraz, adivinaba con terror que su hijo, por más alentado, generoso, listo y agudo que se mostrase, jamás obtendría el alto puesto que le era debido en el mundo, si no corregía tan funesta propensión.

-Reñida está la discreción con la verdad: como que la verdad es a menudo la indiscreción misma -advertía a su hijo el duque-. Por la boca solemos morir como los simples peces, y no es muerte propia de hombre avisado, sino de animal bruto, frío y torpe -solía añadir.

Se corría y afligía el rapaz de tales reprensiones y advertencias, y persuadido de que erraba al ser tan sincero, proponía en su corazón enmendarse; pero su natural no lo consentía: una fuerza extraña le traía la verdad a los labios, no dándole punto de reposo hasta que la soltaba por fin, con gran aflicción del duque, que se mataba en repetir:

-Hijo Sancho, mira que lo que haces… La verdad es un veneno de los más activos; pero en vez de tomarse por la boca, sale de ella. Esparcida en el aire, es cuando mata. Si tan atractiva te parece la fatal verdad, guárdala en ti y para ti; no la repartas con nadie, y a nadie envenenarás.

Acaeció, pues, que frisando en los trece años y siendo cada vez más lindo, dispuesto y gentil el hijo de los duques de Toledo, un día que la reina salió a oír misa de parida a la catedral, hubo de verle al paso, y prendada de su apostura y de la buena gracia con que le hizo una reverencia profundísima, quiso informarse de quién era, y apenas lo supo, llamó al duque y con grandes instancias le pidió a don Sancho para paje de su real persona. Más aterrado que lisonjeado, participó el duque a su hijo el honor que les dispensaba la reina.

-Aquí de mis recelos, aquí del peligro, Sancho… Tu funesto achaque de veracidad ahora es cuando va a perderte y perdernos. Si la reserva y el arte de bien callar son siempre provechosas, en la cámara de los reyes son indispensables, te lo juro.

-Antes pienso, padre -replicó el precoz don Sancho-, que al lado de los reyes, por ser ellos figura e imagen de Dios, alentará la verdad misma. No cabrá en ellos mentira ni acción que deba ser oculta o reservada.

Confuso y perplejo dejó la respuesta al duque, pues le escarabajeaban en la memoria ciertas murmuraciones cortesanas referentes a liviandades y amoríos regios; pero tomando aliento:

-No, hijo -exclamó por fin-, no es así como tú supones… Cuando seas mayor y tu razón madure, entenderás estos enigmas. Por ahora sólo te diré que si vas a la corte resuelto a decir verdades, mejor será que tomes ya mi cabeza y se la entregues al verdugo.

Cabizbajo y melancólico se quedó algún tiempo don Sancho, hasta que, como el que promete, extendió la mano con extraña gravedad, impropia de su juventud.

-Yo sé el remedio -afirmó. Mentir me es imposible, pero no así guardar silencio. Haced vos, padre, correr la voz de que un accidente me ha privado del habla, y yo os prometo, por dispensaros favor, ser mudo hasta el último día de mi vida si es preciso.

Pareció bien el arbitrio al duque y divulgó lo de la mudez; siendo lo notable del caso que la reina, sabedora de que el bello rapaz era mudo, mostró alegría suma y mayor empeño en tenerle a su servicio y órdenes. En efecto, desde aquel día asistió don Sancho como paje en la cámara de la reina, sellados los labios por el candado de la voluntad, viendo y oyendo todo cuanto ocurría, pero sin medios de propalarlo. Poco a poco la reina iba cobrándole extremado cariño. Sancho se pasaba las horas muertas echado en cojines de terciopelo al pie del sillón de su ama y recostando la cabeza en sus faldas, mientras ella con la fina mano cargada de sortijas le acariciaba maternalmente los oscuros y sedosos bucles. Las primeras veces que don Sancho fue encargado de abrir la puerta secreta a cierto magnate, y le vio penetrar furtivamente y a deshora en el camarín, y a la reina echarle al cuello los brazos, el pajecillo se dolió, se indignó, y, a poder soltar la lengua, Dios sabe la tragedia que en el palacio se arma. Por fortuna, Sancho era mudo; oía, eso sí, y las pláticas de los dos enamorados le pusieron al corriente de cosas harto graves, de secretos de Estado y familia; entre otros, de que el rey, a su vez, salía todas las noches con maravilloso recato a visitar a cierta judía muy hermosa, por quien olvidaba sus obligaciones de esposo y de monarca, y merced a cuyo influjo protegía desmedidamente a los hebreos, con perjuicio de sus reinos y mengua de sus tesoros. Envuelta en el misterio esta intriga, no la sabían más que el magnate y la reina; y don Sancho, trasladando su indignación del delito de la mujer al del marido, celebró nuevamente no haber tenido voz, porque así no se veía en riesgo de revelar verdad tan infame. Pasado algún tiempo, la confianza con que se hablaban delante del mudo pajecillo instruyó a éste de varias maldades gordas que se tramaban en la corte: supo cómo el privado, disimuladamente, hacía mangas y capirotes de la hacienda pública, y cómo el tío del rey conspiraba para destronarle, con otras infinitas tunantadas y bellaquerías que a cada momento soliviantaban y encrespaban la cólera y la virtuosa impaciencia de don Sancho, poniendo a prueba su constancia, en el mutismo absoluto a que se había comprometido.

Sucedía entretanto que le amaban todos mucho, porque aquel lindo paje silencioso, tan hidalgo y tan obediente, jamás había causado daño alguno a nadie. No hay para qué decir si le favorecían las damas, viéndole tan gentil y estando ciertas de su discreción; y desde el rey hasta el último criado, todos le deseaban bienes. Tanto aumentó su crédito y favor, que al cumplir los veinte años y tener que dejar su oficio de paje por el noble empleo de las armas, colmáronle de mercedes a porfía el rey, la reina, el privado y el infante, acrecentando los honores y preeminencias de su casa y haciéndole donación de alcaldías, fortalezas, villas y castillos. Y cuando, húmedas las mejillas de beso empapado de lágrimas con que le despidió la reina, que le quería como a otro hijo; oprimido el cuello con el peso de la cadena de oro que acababa de ceñirle el rey, salió don Sancho del alcázar y cabalgó en el fogoso andaluz de que el infante le había hecho presente; al ver cuántos males había evitado y cuántas prosperidades había traído su extraña determinación, se tentó la lengua con los dientes, y, meditabundo, dijo para sí (pues para los demás estaba bien determinado a no decir oxte ni moxte): «A la primera palabra que sueltes al aire, lengua mía, con estos dientes o con mi puñal te corto y te echo a los canes.»

Hay eruditos que sostienen la opinión de que de esta historia procede la frase vulgar, sin otra explicación plausible: «Al buen callar llaman Sancho.»


domingo, 6 de agosto de 2017

HASTA NUNCA (Enrique Vila-Matas)



En un cuento mínimo, en un cuento muy breve de Ray Bradbury titulado Hasta nunca suena un golpe suave en la puerta de una cocina que da a un jardín. Cuando la señora O´Brian abre, se encuentra con su mejor inquilino, el señor Ramírez, acompañado de dos policías. Después de treinta meses de estancia allí, su mejor inquilino ha sido descubierto y, por no tener papeles legales, va a ser devuelto al otro lado de la frontera. El señor Ramírez está allí para despedirse de la señora O´Brian. “Adiós, señora, se ha portado usted bien conmigo. Adiós, señora. Hasta nunca”, le dice. Cuando ella se queda sola y entra en su casa y sus hijos le reclaman la comida, se queda de pronto muy pensativa. “¿Qué te pasa, mamá?”, le preguntan. “Que me acabo de dar cuenta de que no veré nunca más al señor Ramírez”, les dice.

Así termina éste en apariencia sencillo cuento mínimo. Siempre que me encuentro con ese cuento de Bradbury (que está en Ficción Súbita, Anagrama 1989) no puedo dejar de pensar en un joven mexicano que pasó hace treinta años por Barcelona y del que apenas recuerdo algo de él, salvo que narraba muy bien cómo su padre en Tijuana calentaba previamente con las manos las cervezas excesivamente frías que a veces le servían. Sólo me acuerdo de esto y de que, en una de las dos noches que con amigos comunes nos vimos, jugamos al billar en el bar Velódromo nada menos que con Eric Clapton, de paso por la ciudad. Pero no recuerdo casi nada más de él, tampoco mucho de Clapton, la verdad. Físicamente, ya no tengo ni idea de cómo era ese mexicano, salvo que llevaba bigote y era bajo y hablaba de literatura. Nunca, por otra parte, supe su nombre. Si le recuerdo todavía hoy es sobre todo porque, al despedirnos, en la puerta del bar Velódromo, nos dijo algo a los amigos que me quedó grabado para siempre y que el reencuentro con el breve relato de Bradbury me hace siempre volver a recordar. “Adiós, amigos. Me voy a Tijuana y allí me quiero perder. ¿Se dan cuenta de que ya no nos volveremos a ver nunca más?”, nos dijo. Y se perdió en la noche para siempre.

Nunca hasta aquel día se me había ocurrido pensar que a veces uno se despide de alguien y no sabe –o lo sabe demasiado bien- que no volverá a ver a esa persona nunca más en la vida. Es triste a veces, y es raro. Todos tenemos algo de esa señora O´Brian, que se queda estupefacta en su casa americana cuando descubre que no volverá a ver al señor Ramírez. En cierta ocasión dediqué un libro a una amiga que se llamaba Carmen, y le escribí para bromear: “Para Carmen, que fue a su casa y no volvió”. Y así fue. Me despedí de ella esa noche y no volví a verla en mi vida. Fue a su casa y ya no volvió, y ya no la podré volver a ver nunca más. Todos hemos pasado por experiencias parecidas. Es triste a veces, y es raro. En El hacedor escribe Borges: “Hay una línea de Verlaine que no volveré a recordar. Hay una calle próxima que está vedada a mis pasos. Hay un espejo que me ha visto por última vez…”

Cada día nos despedimos de alguien a quien no veremos nunca más. “¡Hasta nunca, señora O´Brian!”, que decía el señor Ramírez. Como siempre estamos peligrosamente despidiéndonos, hay días en los que me despido de todo el mundo y, cuando de pronto me quedo solo, decido retardar mi regreso a casa para evitar que me ocurra lo de la amiga que no volvió. Voy entonces a bares extraños y hablo con desconocidos y desconocidas y de todos luego me despido diciéndoles: “¡Hasta nunca, señora O´Brian, hasta nunca!”. Son simples precauciones que tomo para evitar que el vacío de cualquier desaparición, por ínfimo que sea, se agrande en cualquier momento, en cualquier noche de éstas.



sábado, 5 de agosto de 2017

LAS NOCHES DIFÍCILES (Dino Buzzati)



Existe un país en que la pena de muerte es suministrada con extrema delicadeza. He aquí un ejemplo:

Una vez que la sentencia ya se ha hecho ejecutiva, antes de que le sea comunicada la fecha de la ejecución, el reo —supongamos que se llame Ernesto Troll, tapicero, uxoricida con veneno —es conducido, sin esposas, a la dirección de prisiones.

Aquí se le invita a sentarse en el despacho del director, en una cómoda butaca. Se le ofrecen cigarrillos, café, caramelos, después de lo cual los sirvientes desaparecen, dejando solos al director y al condenado.

El director empieza a hablar:

—Bien, señor Troll, usted ha sido condenado a muerte. No obstante es mi deber tranquilizarle. Es decir, advertirle de que, en cierto sentido, se trata de una condena sobre todo teórica.

—¿Teórica?

—Sí, teórica. Porque la muerte en realidad no existe.

—¿Cómo que no existe?

—No existe, quiero decir, como pena, como castigo, como hecho trágico, motivo de miedo y de angustia. Sobre este tema, rigen en el mundo prejuicios insensatos. Dejemos aparte el sufrimiento físico que, al menos en su caso, está fuera de discusión, dada la perfección de nuestras instalaciones —y esboza una sonrisita diplomática—. Yo hablo del dolor moral, injustamente temido, como confío en llegar a demostrarle.

»Vayamos por pasos: ¿por qué el hombre tiene miedo a morir? La respuesta es de lo más sencilla. El hombre tiene miedo porque, después de muerto, ya no podrá vivir, es decir hacer, ver, escuchar, etc., todas las cosas que hacía mientras estaba con vida. Y eso le disgustaría sobremanera. Pero para poder experimentar dolor es necesario, conditio sine qua non, estar vivos. Por lo tanto quien está muerto ya no puede sufrir, como tampoco puede ser sujeto de arrepentimientos, nostalgias y aflicciones de ningún tipo. En pocas palabras, una vez producida la defunción, el hombre no puede quejarse de estar muerto. Moraleja: el aspecto negativo de la muerte, que generalmente infunde tanto pánico, es una estólida ilusión.

Responde el señor Troll:

—Todo eso que dice está muy bien, señor director. Pero lo malo de la muerte no es tan sólo el no poder hacer nunca más las cosas que se hacían estando vivo. Está también la pena de dejar para siempre a tantas personas queridas.

—¡Muy bien! Tampoco esta pena, hijo mío, va a poder sentirla, precisamente porque estará muerto.

—Y además, señor director, ¿quién nos asegura que después de la muerte no hay nada?

—Esperaba esta objeción, señor Troll. Una objeción más que razonable. Pasemos pues al meollo del problema.

—Le escucho, señor director.

—Bien. Es evidente que las posibilidades son dos: o después de la muerte existe una segunda vida del tipo que sea, o después de la muerte no hay nada. Evidente, me atrevería a decir, elemental. Ahora consideremos la hipótesis de que usted…

—Pero, realmente, yo…

—Es sólo una hipótesis, repito, que no prejuzga en absoluto lo que puedan ser sus convicciones personales. Es decir, supongamos que usted, señor Troll, no cree en el más allá. En este caso, si usted encuentra una segunda vida, tendrá una agradabilísima sorpresa, que redundará en beneficio suyo; y no tendrá razones para lamentarse. Es evidente que el pesar por las personas queridas que habrá tenido que abandonar se verá enormemente mitigado por la certeza de que también ellas, un día u otro, llegarán a donde usted está. Además le queda el consuelo de reencontrar, en el otro mundo, parientes y amigos ya desaparecidos antes que usted.

—Bueno, lo de los parientes…

—Ah, perdóneme… —dice el director que por un momento ha olvidado que se las está viendo con un uxoricida—. En cualquier caso, hasta aquí me parece que no puede haber objeciones. Ahora consideremos la otra eventualidad. Es decir, que del otro lado no haya nada. Pero precisamente porque no hay nada, y la nada implica que usted tampoco exista, usted no tiene la posibilidad de darse cuenta, como ya hemos visto. En resumidas cuentas, ningún pesar. Es evidente que la habitual desesperación de los que no tienen fe carece de fundamento.

—Pero es que yo, señor director, no es que sea tan escéptico. Es más, tengo la sensación de que…

—Perfectamente. Consideremos ahora al hombre que cree en el más allá. De entrada es lógico que, debido precisamente a dicha convicción, se enfrente a la muerte con considerable serenidad. Pues bien, sigámosle en el acto de franquear el famoso umbral. Avanza, ya ha pasado, mira en derredor suyo, se da cuenta de existir todavía, de forma completamente distinta quizá, pero existe. Su fe ha sido recompensada, se siente consolado y despojado de todo peso material, puede ocurrir incluso que encuentre la felicidad inútilmente buscada sobre la tierra.

»Y henos por segunda vez frente a la hipótesis negativa. El hombre que cree en el más allá muere y al otro lado no hay nada. Pero no obstante las cuentas salen; no ha sido víctima, por decirlo de alguna manera, de ninguna estafa, no ha habido tiempo ni ocasión para la decepción. Razón por la cual, estoy de acuerdo con usted, querido señor Troll: la fea, en cualquier caso, es un buen negocio.

—Una apuesta sobre seguro, ¿no?

—Veo que ha leído usted a Pascal. Me alegro. Pero para aclararle mejor las ideas, ¿por qué no hacemos una prueba?

—¿Una prueba de qué clase?

—Una especie de representación simbólica, una ficción casi teatral, una ejemplificación plástica, una especie de juego.

—¿Y en qué consistiría mi papel?

El director pulsó el botón del interfono. Del aparato graznó una voz.

—Mande, señor director.

—Que venga en seguida Fiorella.

El condenado está inquieto:

—Señor director, creo que tengo derecho a saber: ¿en qué consiste esta representación? Espero que no se trate de una broma.

—Nada de bromas. Se trata de tranquilizarle. Hasta ahora todo han sido palabras. Y las palabras valen por lo que son, yo soy el primero en reconocerlo. Lo que vamos a hacer ahora es un experimento práctico. Piense en los vuelos espaciales. Antes del lanzamiento, los cosmonautas son recluidos en la cápsula para que se hagan cargo, se acostumbren, adquieran confianza con el ambiente. Pero la cápsula no despega, no hay peligro de ninguna clase. Lo mismo usted. Esta prueba, le repito, le aclarará las ideas sobre su verdadera situación. Después, se lo aseguro, se sentirá muchísimo mejor. Usted sólo tiene que… ¡Ah, ahí llega nuestra querida Fiorella!

Ha entrado una chica de unos veinte años, espléndida y procaz, con una falda cortísima y un generoso escote. Una imagen algo increíble para la cárcel de la muerte.

—Considero superfluas las presentaciones —observa el director dirigiéndose al condenado—. Nuestra Fiorella es una especialista en estas pequeñas ficciones escénicas. Nuestra Fiorella, en nuestro caso, simboliza, mejor dicho encarna la segunda vida. Y precisamente por eso ahora se retira… Hasta la vista, Fiorella…

La muchacha sale no sin antes dirigir al condenado una descarada sonrisa, y guiñarle un ojo.

Director y reo se hallan de nuevo solos.

—¿Y esta Fiorella? —pregunta el señor Troll haciendo un gesto sumamente expresivo.

El director se ríe.

—Claro, claro, por supuesto, si se tercia… Ahora verá usted qué sencillo es. ¿Ve aquella puerta? Sólo tiene que abrirla y pasar al otro lado, a la habitación contigua. Ahora bien, puede ocurrir que al otro lado sean tinieblas; y las tinieblas significarían la nada. Pero también puede ocurrir que al otro lado esté Fiorella esperándole… ¿No le parece una buena alegoría?

—Pero, quiero decir, ¿si encuentro tinieblas, yo…?

—Usted nada, querido señor Troll. En este caso, en vista de que no hay nada, usted tranquilamente vuelve aquí a mi despacho… Eso es todo. Elemental, ¿no? Muy bien, creo que al otro lado todo está ya preparado.

—¿Y quién decide? Quiero decir ¿quién establece si dejarlo a oscuras o hacerme encontrar a la chica? ¿Es usted quien lo decide, señor director?

—No, en absoluto. Es la chica quien lo decide. Y Fiorella es la criatura más imprevisible de este mundo. En fin, valor. ¿Hacemos la prueba?

Con pasos más bien inseguros el condenado se levanta, se acerca a la puerta, con precaución empuña la manija, la hace girar lentamente, empuja con extrema cautela la puerta, vislumbra un filo de luz, una rendija, un rosado esplendor de carnes.

En ese preciso instante, desde una minúscula tronera bien camuflada abierta en una pared del estudio, un experto tirador fulmina al señor Troll de un disparo en la nuca.


viernes, 4 de agosto de 2017

ENTRE DOS DEBERES (Lu Bu We)

           

Un noble señor se paseaba a caballo por el bosque. Al llegar a un puente, su caballo se espantó y no quiso seguir adelante. El noble le dijo entonces a Tsing Ping, su criado:

––Ve a ver qué pasa. Parece que hay un hombre escondido.

Tsing Ping avanzó unos cuantos pasos y vio a su amigo Yu Yang al acecho, con un arma en la mano.

––Abandona a tu amo, tengo una cuenta que ajustar con él.

––De jóvenes fuimos los mejores amigos y me hiciste grandes favores. Si algo tramas y yo lo delato, falto a mi deber de amigo. Pero quieres causarle un daño a mi señor. Si no le advierto, falto a mi deber de sirviente. Un hombre en mi situación no tiene más remedio que morir.

Dicho esto, se retiró y se suicidó.



jueves, 3 de agosto de 2017

LA PUERTA CERRADA (Edmundo Paz Soldán)


Acabamos de enterrar a papá. Fue una ceremonia majestuosa; bajo un cielo azul salpicado de hilos de plata, en la calurosa tarde de este verano agobiador. El cura ofició una misa conmovedora frente al lujoso ataúd de caoba y, mientras nos refrescaba a todos con agua bendita, nos convenció una vez más de que la verdadera vida recién comienza después de ésta. Personalidades del lugar dejaron guirnaldas de flores frescas a los pies del ataúd y, secándose el rostro con pañuelos perfumados, pronunciaron aburridos discursos, destacando lo bueno y desprendido que había sido papá con los vecinos, el ejemplo de amor y abnegación que había sido para su esposa y sus hijos, las incontables cosas que había hecho por el desarrollo del pueblo. Una banda tocó “La media vuelta”, el bolero favorito de papá: Te vas porque yo quiero que te vayas, / a la hora que yo quiera te detengo, / yo sé que mi cariño te hace falta, / porque quieras o no yo soy tu dueño. Mamá lloraba, los hermanos de papá lloraban. Sólo mi hermana no lloraba. Tenía un jazmín en la mano y lo olía con aire ausente. Con su vestido negro de una pieza y la larga cabellera castaña recogida en un moño, era la sobriedad encarnada.

Pero ayer por la mañana María tenía un aspecto muy diferente.
Yo la vi, por la puerta entreabierta de su cuarto, empuñar el cuchillo para destazar cerdos con la mano que ahora oprime un jazmín, e incrustarlo con saña en el estómago de papá, una y otra vez, hasta que sus entrañas comenzaron a salírsele y él se desplomó al suelo. Luego, María dio unos pasos como sonámbula, se dirigió a tientas a la cama, se echó en ella, todavía con el cuchillo en la mano, lloró como lo hacen los niños, con tanta angustia y desesperación que uno cree que acaban de ver un fantasma. Esa fue la única vez que la he visto llorar. Me acerqué a ella y la consolé diciéndole que no se preocupara, que estaría allí para protegerla. Le quité el cuchillo y fui a tirarlo al río.

María mató a papá porque él jamás respetó la puerta cerrada. Él ingresaba al cuarto de ella cuando mamá iba al mercado por la mañana, o a veces, en las tardes, cuando mamá iba a visitar a unas amigas, o, en las noches, después de asegurarse de que mamá estaba profundamente dormida. Desde mi cuarto, yo los oía. Oía que ella le decía que la puerta de su cuarto estaba cerrada para él, que le pesaría si él continuaba sin respetar esa decisión. Así sucedió lo que sucedió. María, poco a poco, se fue armando de valor, hasta que, un día, el cuchillo para destazar cerdos se convirtió en la única opción.

Este es un pueblo chico, y aquí todo, tarde o temprano, se sabe. Acaso todos, en el cementerio, ya sabían lo que yo sé, pero acaso, por esas formas extrañas pero obligadas que tenemos de comportarnos en sociedad, debían actuar como si no lo supieran. Acaso mamá, mientras lloraba, se sentía al fin liberada de un peso enorme, y los personajes importantes, mientras elogiaban al hombre que fue mi padre, se sentían aliviados de tenerlo al fin a un metro bajo tierra, y el cura, mientras prometía el cielo, pensaba en el infierno para esa frágil carne en el ataúd de caoba.

Acaso todos los habitantes del pueblo sepan lo que yo sé, o más, o menos. Acaso. Pero no podré saberlo con seguridad mientras no hablen. Y lo más probable es que lo hagan sólo después de que a algún borracho se le ocurra abrir la boca. Alguien será el primero en hablar, pero ése no seré yo, porque no quiero revelar lo que sé. No quiero que María, de regreso a casa con mamá y conmigo, mordiendo el jazmín y con la frente húmeda por el calor de este verano que no nos da sosiego, decida, como lo hizo antes con papá, cerrarme la puerta de su cuarto.


miércoles, 2 de agosto de 2017

ROMPECABEZAS (Benito Pérez Galdós)


- I -

Ayer, como quien dice, el año Tal de la Era Cristiana, correspondiente al Cuál, o si se quiere, al tres mil y pico de la cronología egipcia, sucedió lo que voy a referir, historia familiar que nos transmite un papirus redactado en lindísimos monigotes. Es la tal historia o sucedido de notoria insignificancia, si el lector no sabe pasar de las exterioridades del texto gráfico; pero restregándose en éste los ojos por espacio de un par de siglos, no es difícil descubrir el meollo que contiene.

Pues señor… digo que aquel día o aquella tarde, o pongamos noche, iban por los llanos de Egipto, en la región que llaman Djebel Ezzrit (seamos eruditos), tres personas y un borriquillo. Servía éste de cabalgadura a una hermosa joven que llevaba un niño en brazos; a pie, junto a ella, caminaba un anciano grave, empuñando un palo, que así le servía para fustigar al rucio como para sostener su paso fatigoso. Pronto se les conocía que eran fugitivos, que buscaban en aquellas tierras refugio contra perseguidores de otro país, pues sin detenerse más que lo preciso para reparar las fuerzas, escogían para sus descansos lugares escondidos, huecos de peñas solitarias, o bien matorros espesos, más frecuentados de fieras que de hombres.

Imposible reproducir aquí la intensidad poética con que la escritura muñequil describe o más bien pinta la hermosura de la madre. No podréis apreciarla y comprenderla imaginando substancia de azucenas, que tostada y dorada por el sol conserva su ideal pureza. Del precioso nene, sólo puede decirse que era divino humanamente, y que sus ojos compendiaban todo el universo, como si ellos fueran la convergencia misteriosa de cielo y tierra.

Andaban, como he dicho, presurosos, esquivando los poblados y deteniéndose tan sólo en caseríos o aldehuelas de gente pobre, para implorar limosna. Como no escaseaban en aquella parte del mundo las buenas almas, pudieron avanzar, no sin trabajos, en su cautelosa marcha, y al fin llegaron a la vera de una ciudad grandísima, de gigantescos muros y colosales monumentos, cuya vista lejana recreaba y suspendía el ánimo de los pobres viandantes. El varón grave no cesaba de ponderar tanta maravilla; la joven y el niño las admiraban en silencio. Deparoles la suerte, o por mejor decir, el Eterno Señor, un buen amigo, mercader opulento, que volvía de Tebas con sinfín de servidores y una cáfila de camellos cargados de riquezas. No dice el papirus que el tal fuese compatriota de los fugitivos; pero por el habla (y esto no quiere decir que lo oyéramos), se conocía que era de las tierras que caen a la otra parte de la mar Bermeja. Contaron sus penas y trabajos los viajeros al generoso traficante, y éste les albergó en una de sus mejores tiendas, les regaló con excelentes manjares, y alentó sus abatidos ánimos con pláticas amenas y relatos de viajes y aventuras, que el precioso niño escuchaba con gravedad sonriente, como oyen los grandes a los pequeños, cuando los pequeños se saben la lección. Al despedirse asegurándoles que en aquella provincia interna del Egipto debían considerarse libres de persecución, entregó al anciano un puñado de monedas, y en la mano del niño puso una de oro, que debía de ser media pelucona o doblón de a ocho, reluciente, con endiabladas leyendas por una y otra cara. No hay que decir que esto motivó una familiar disputa entre el varón grave y la madre hermosa, pues aquél, obrando con prudencia y económica previsión, creía que la moneda estaba más segura en su bolsa que en la mano del nene, y su señora, apretando el puño de su hijito y besándolo una y otra vez, declaraba que aquellos deditos eran arca segura para guardar todos los tesoros del mundo.

– II –

Tranquilos y gozosos, después de dejar al rucio bien instalado en un parador de los arrabales, se internaron en la ciudad, que a la sazón ardía en fiestas aparatosas por la coronación o jura de un rey, cuyo nombre ha olvidado o debiera olvidar la Historia. En una plaza, que el papirus describe hiperbólicamente como del tamaño de una de nuestras provincias, se extendía de punta a punta un inmenso bazar o mercado. Componíanlo tiendas o barracas muy vistosas, y de la animación y bullicio que en ellas reinaba, no pueden dar idea las menguadas muchedumbres que en nuestra civilización conocemos. Allí telas riquísimas, preciadas joyas, metales y marfiles, drogas mil balsámicas, objetos sin fin, construidos para la utilidad o el capricho; allí manjares, bebidas, inciensos, narcóticos, estimulantes y venenos para todos los gustos; la vida y la muerte, el dolor placentero y el gozo febril.

Recorrieron los fugitivos parte de la inmensa feria, incansables, y mientras el anciano miraba uno a uno todos los puestos, con ojos de investigación utilitaria, buscando algo en que emplear la moneda del niño, la madre, menos práctica tal vez, soñadora, y afectada de inmensa ternura, buscaba algún objeto que sirviera para recreo de la criatura, una frivolidad, un juguete en fin, que juguetes han existido en todo tiempo, y en el antiguo Egipto enredaban los niños con pirámides de piezas constructivas, con esfinges y obeliscos monísimos, y caimanes, áspides de mentirijillas, serpientes, ánades y demonios coronados.

No tardaron en encontrar lo que la bendita madre deseaba. ¡Vaya una colección de juguetes! Ni qué vale lo que hoy conocemos en este interesante artículo, comparado con aquellas maravillas de la industria muñequil. Baste decir que ni en seis horas largas se podía ver lo que contenían las tiendas: figurillas de dioses muy brutos, y de hombres como pájaros, esfinges que no decían papá y mamá, momias baratas que se armaban y desarmaban; en fin… no se puede contar. Para que nada faltase, había teatros con decoraciones de palacios y jardines, y cómicos en actitud de soltar el latiguillo; había sacerdotes con sábana blanca y sombreros deformes, bueyes de la ganadería de Apis, pitos adornados con flores del Loto, sacerdotisas en paños menores, y militares guapísimos con armaduras, capacetes, cruces y calvarios, y cuantos chirimbolos ofensivos y defensivos ha inventado para recreo de grandes, medianos y pequeños, el arte militar de todos los siglos.

– III –

En medio de la señora y del sujeto grave iba el chiquitín, dando sus manecitas, a uno y otro, y acomodando su paso inquieto y juguetón al mesurado andar de las personas mayores.

Y en verdad que bien podía ser tenido por sobrenatural aquel prodigioso infante, pues si en brazos de su madre era tiernecillo y muy poquita cosa, como un ángel de meses, al contacto del suelo crecía misteriosamente, sin dejar de ser niño; andaba con paso ligero y hablaba con expedita y clara lengua. Su mirar profundo a veces triste, gravemente risueño a veces, producía en los que le contemplaban confusión y desvanecimiento.

Puestos al fin de acuerdo los padres sobre el empleo que se había de dar a la moneda, dijéronle que escogiese de aquellos bonitos objetos lo que fuese más de su agrado. Miraba y observaba el niño con atención reflexiva, y cuando parecía decidirse por algo, mudaba de parecer, y tras un muñeco señalaba otro, sin llegar a mostrar una preferencia terminante. Su vacilación era en cierto modo angustiosa, como si cuando aquel niño dudaba ocurriese en toda la Naturaleza una suspensión del curso inalterable de las cosas. Por fin, después de largas vacilaciones, pareció decidirse. Su madre le ayudaba diciéndole: «¿Quieres guerra, soldados?» Y el anciano le ayudaba también, diciéndole: «¿Quieres ángeles, sacerdotes, pastorcitos?» Y él contestó con gracia infinita, balbuciendo un concepto que traducido a nuestras lenguas, quiere decir: «De todo mucho.»

Como las figurillas eran baratas, escogieron bien pronto cantidad de ellas para llevárselas. En la preciosa colección había de todo mucho, según la feliz expresión del nene; guerreros arrogantísimos, que por las trazas representaban célebres caudillos, Gengis Kan, Cambises, Napoleón, Aníbal; santos y eremitas barbudos, pastores con pellizos y otros tipos de indudable realidad.

Partieron gozosos hacia su albergue, seguidos de un enjambre de chiquillos, ávidos de poner sus manos en aquel tesoro, que por ser tan grande se repartía en las manos de los tres forasteros. El niño llevaba las más bonitas figuras, apretándolas contra su pecho. Al llegar, la muchedumbre infantil, que había ido creciendo por el camino, rodeó al dueño de todas aquellas representaciones graciosas de la humanidad.

El hijo de la fugitiva les invitó a jugar en un extenso llano frontero a la casa… Y jugaron y alborotaron durante largo tiempo, que no puede precisarse, pues era día, y noche, y tras la noche, vinieron más y más días, que no pueden ser contados. Lo maravilloso de aquel extraño juego en que intervenían miles de niños (un historiador habla de millones), fue que el pequeñuelo, hijo de la bella señora, usando del poder sobrenatural que sin duda poseía, hizo una transformación total de los juguetes, cambiando las cabezas de todos ellos, sin que nadie lo notase; de modo que los caudillos resultaron con cabeza de pastores, y los religiosos con cabeza militar.

Vierais allí también héroes con báculo, sacerdotes con espada, monjas con cítara, y en fin, cuanto de incongruente pudierais imaginar. Hecho esto, repartió su tesoro entre la caterva infantil, la cual había llegado a ser tan numerosa como la población entera de dilatados reinos.

A un chico de Occidente, morenito, y muy picotero, le tocaron algunos curitas cabezudos, y no pocos guerreros sin cabeza.


martes, 1 de agosto de 2017

ADRIANA (Emilia Pardo Bazán)



Dejé caer el periódico, exclamando con sorpresa dolorosa:

-Pero ¡esa pobre Adriana! Morirse así, del corazón, casi de repente… ¡Nadie estaba enterado que padeciese tal enfermedad!

-Yo sí lo sabía -declaró el vizconde de Tresmes-, y aún sabía más: sabía cuándo y cómo adquirió el padecimiento, y es cosa curiosa.

-Entérenos usted -suplicamos todos.

Y el vizconde, que rabiaba siempre por enterar, nos contó la historia siguiente:

-Adriana Carvajal, casada con Pedro Gomara, vivía dichosísima. Los esposos reunían cuanto se requiere para disfrutar la felicidad posible en el mundo: juventud y amor, salud y dinero, que son la salsa o condimento de los primeros platos, sin él desabridos, amargos a veces. Faltábales, sin embargo, un heredero, un niño en quien mirarse; pero la suerte no había de mostrarse avara en esto, y les envió, por fin, el rapaz más lindo que pudo soñar la fantasía de una madre, apasionada y loca ya desde antes de la maternidad, como era Adriana. Al nacer el chico (a quien pusieron por nombre Ventura, en señal de la que les prometía su nacimiento), Adriana estuvo en grave peligro, y el doctor declaró que no volvería a tener sucesión. El delirio con que marido y mujer amaban a su Venturita fue causa de que oyesen complacidos el vaticinio del doctor. ¡Un solo hijo, y todo para él! ¡Adriana libre ya por siempre de riesgos y trabajos! Tanto mejor…, y a vivir y a cuidar del retoño.

Este se crió hermoso y lozano como una rosa. Yo, que no soy nada aficionado a los chicos -advirtió sonriendo en vizconde de Tresmes-, confieso que aquél me hacía muchísima gracia. Aparte de su lindeza (parecía uno de los angelitos que pintaba Murillo, morenos y de pelo oscuro), tenía un no sé qué simpático, una mezcla de inocencia y picardía, una risa tan fresca, unas acciones tan imprevistas y tan originales, una precocidad (pero no de esas precocidades empalagosas de chiquillo sabio y serio, que me revientan, sino la precocidad de un diablillo con un ingenio celestial), que, vamos, no había más remedio que llevarle juguetes y dulces, por el gusto de sentarle un rato sobre las rodillas.

De la chifladura de sus padres sería inútil hablar, porque ustedes la adivinan. Estaban chochitos; no conocían otro Dios que el tal muñeco. Adriana no se había apartado un instante de su cuna, vigilando a la nodriza, arrebatándole el pequeño así que acababa de mamar, vistiéndole, desnudándole, bañándole y guardándole el sueño… Y así que empezó a interesarse por el mundo exterior, a extender las manitas y a pedir «tochas», les faltó tiempo para darle cuanto deseaba y mil objetos más, que ni se le ocurrían ni podían ocurrírsele. La hermosa casa antigua con jardín que habitaban los Gomara se llenó de cachivaches. ¡Y bichos! El arca de Noé. Los caballos de cartón andaban mezclados con los pájaros vivos; sobre un ferrocarril mecánico veríais un pulcro galguito de carne y hueso; el coche tirado por carneros era abandonado por una gran caja de soldados autómatas, que hacían el ejercicio… Crea usted que derrochaban dinero en semejantes chucherías, y yo le dije alguna vez a Adriana, porque tenía confianza con ella:

-Hija, estáis malcriando a este pequeñín…

-Déjele que se divierta ahora -me contestaba-; demasiado rabiará algún día… ¡Ojalá pueda ofrecerle siempre lo que le haga dichoso!

El repertorio de los juguetes y sorpresas se agota pronto, y no sabía ya Adriana qué nueva emoción dar a Ventura, cuando el cocinero de la casa, que había andado embarcado diez años y conservaba amigotes en todas las regiones del planeta, se descolgó un día regalando al chico un mono. Soy poco inteligente en Historia Natural, y no me pidan ustedes que clasifique la alimaña; solo les diré que ni era de esos monazos indecorosos y feroces que nadie se atreve a tener en las casas, como el orangután, ni tampoco de esos titíes engurruminados y frioleros que se pasan la vida tiritando entre algodón en rama. Más bien era grande que pequeño; tenía el pelaje gris verdoso y el hocico de un rojo mate, como el de hierro oxidado; se veía que estaba en la juventud y rebosando fuerza, y aunque goloso y travieso como toda la gente de su casta, no era maligno. Inteligente e imitador en grado sumo, no podía hacerse delante de él cosa que no parodiase, y su agilidad y presteza nos divertían muchísimo; era cosa de risa verle fingir que fregaba platos o que rallaba pan en la cocina, y saltar sobre el lomo de los caballos para ayudar al lacayo en sus faenas de limpieza.

A pesar de la índole relativamente benigna del mono, su inquietud y su vivacidad obligaban a tenerle preso en una caseta con fuerte cadenilla, porque ya dos veces se había escapado a corretear por árboles y chimeneas; cuando se le soltaba había que vigilarle, y a Venturita, que acababa de cumplir los tres años y que idolatraba en el mono, era preciso guardarle también para que no desatase la cadenilla, pues lo hacía con habilidad singular.

Una tarde que había yo almorzado en casa de Gomara y estábamos tomando el té en un cenador del jardín -me acuerdo como si fuera ahora mismo, porque hay cosas que impresionan, aunque uno no quiera-, vimos cruzar como un rayo al mono; tan como un rayo, que más bien lo adivinamos que lo vimos. «¡Adiós, ya se ha escapado ese maldito de cocer!», dijo Pedro Gomara, levantándose; y Adriana, con sobresalto instintivo, lo primero que exclamó fue: «¿Dónde estará Ventura?» «Ese le habrá soltado, de fijo», respondió Pedro, que frunció el entrecejo ligeramente. En el mismo instante resonó un agudo chillido de mujer, un chillido que revelaba tal espanto, que nos heló la sangre; y voces de hombres, las voces de los criados que nos servían, y que corrían hacia el cenador, clamando con angustia: «Señorito, señorito», nos obligaron a precipitarnos fuera. Adriana nos siguió sin decir palabra; un grupo formado por los sirvientes y la desesperada niñera nos rodeó, señalando hacia el tejado de la casa; y allí, al borde de la última hilera de tejas, sentado en el conducto de cinc, que recogía aguas de lluvias, estaba el mono con el niño en brazos.

El padre, con ademanes de loco, iba a precipitarse al zaguán para subir a las bohardillas y salir al tejado; yo pedía una escalera para intentar el desatino de subir por ella a la formidable altura de tres pisos, cuando Adriana, muy pálida (¡qué palidez la suya, Dios!) y con los ojos fuera de las órbitas, nos contuvo, murmurando en voz sorda y cavernosa, una voz que sonaba como si pasase al través de trapos húmedos:

-Por la Virgen…, quietos…, todos quietos…, no se mueva nadie… Y silencio…, no chillar…, no chillar…; hagan como yo… Quietos…; si le asustamos, le tira.

Sentimos instantáneamente que tenía razón la madre y quedamos lo mismo que estatuas. Era el mayor absurdo que intentásemos luchar en agilidad y en vigor, sobre un tejado, con un mono. Antes que nos acercásemos estaría al otro extremo del tejado, y el niño, estrellado en el pavimento.

Era preciso jugar aquella horrible partida: aguardar a que el mono, por su libre voluntad, se bajase con el niño. Yo miraba a Adriana; su palidez, por instantes, se convertía en un color azulado; pero no pestañeaba. El mono nos hacía gestos y muecas estrafalarias, apretando y zarandeando a su presa, y de improviso se oyó distintamente el llanto de la criatura, llanto amarguísimo, de terror; sin duda acababa de sentir que estaba en peligro, aunque no lo pudiese comprender claramente. La madre tembló con todo su cuerpo, y el padre, inclinándose hacia mí, sollozó estas palabras:

-Tresmes, usted, que es buen tirador… Una bala en la cabeza… Voy por la carabina.

Idea insensata, delirante, porque aun siendo yo un Guillermo Tell, al matar al mono haríamos caer al niño; pero no tuve tiempo de negarme; intervino Adriana con un «no» tan enérgico, que su marido se mordió los puños… Y la madre, terriblemente serena, añadió en seguida:

-Si le miramos, nunca bajará… Hay que retirarse… Hay que esconderse; que no nos vea.

Nos recogimos al cenador, desgarramos la pared de enredaderas, y desde allí, como se pudo, espiamos al enemigo. ¿Les estremece a ustedes la situación? ¡Pues estremézcanse más! Duró veinte minutos. Sí; los conté por mi reloj. En esos veinte minutos, el mono depositó al niño en el tejado, le acarició como había visto hacer a la niñera, le obligó a pasear cogido de la mano, le aupó sobre la chimenea y le llevó a cuestas, a caballito (un sainete, que en otra ocasión nos haría desternillarnos). Durante esos veinte minutos, Pedro anhelaba; a Adriana no se le oía ni respirar. Por fin, el mono miró hacia abajo, hizo varios visajes y, recogiendo a Ventura, se descolgó rápidamente con su carga, lo mismo que un funámbulo sin cuerda, al jardín… Entonces salimos con explosión todos, todos, menos la madre, que había caído redonda, y el animal, asustado, soltó al chico ileso y se refugió en su caseta.

Aquella tarde Adriana sufrió dos sangrías, que no sacaron más que gotas negras, y desde entonces padeció del corazón. Parecía que se había repuesto mucho en estos últimos años; pero, ¡bah!, la herida era mortal y ella no lo ignoraba…

-¿Y qué fue del mono? -preguntamos como chiquillos.

-Tuve yo que pegarle el tiro… ¡Si viesen ustedes que me daba lástima! -repuso el vizconde.