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sábado, 8 de julio de 2017

LOS VETRICCIOLI (Fabio Morábito)



Nuestro número crecía año con año, es cierto, pero la vieja casa en las calles de Bolívar nos seguía alojando a todos sin incomodidades, o con un confort que era cada día más sutil y más íntimo.

Llena de recovecos y de estrechos pasillos que de repente se ensanchaban sin motivo, parecía, más que una casa, el amalgama de muchas que hubieran terminado por darse de codazos para apoderarse del mismo lugar.

Cada rincón había sido provisto de un pupitre, que a veces no pasaba de una simple tabla para apoyar el atril y el tintero. Otros pupitres estaban colocados dentro de los viejos armarios de la familia, en los vanos de las ventanas y en tapancos construidos para aprovechar la buena altura de los techos y el leve abombamiento de un pasillo o de una estancia.

No se desperdiciaba la menor concavidad ni entrante de los muros. Había también pupitres encajados en pequeños recodos en donde con trabajo hubiera cabido un niño, y en esos nichos, lo mismo que en las otras partes de la casa, se trabajaba de diez a doce horas diarias a la luz del día o de las lámparas. Los cuartos estaban en la planta de arriba, pero era frecuente que al final de la jornada muchos Vetriccioli se quedaran dormidos con la pluma en la mano sobre la tabla de sus minúsculos escritorios.

Cuando venía al mundo un Vetriccioli, los viejos, reunidos en el sótano, elegían el futuro lugar de trabajo del recién nacido: el ala oeste, los tapancos del sur (donde alguna vez hubo una cocina), los recovecos levantinos o el abombamiento central. Y cuando el pequeño cumplía tres años pasaba bajo la tutoría de un tío o de un primo mayor que lo familiarizaba con los atriles, los cajones, el vértigo de los tapancos y los diccionarios.

A los seis años el pequeño Vetriccioli sabía sentarse derecho, usar el papel secante, sacar punta a los lápices, borrar con goma sin rasgar la hoja y poner en orden un escritorio. Se le enseñaba a llevar los manuscritos de un tapanco a otro y a llenar los tinteros de sus primos y tíos; al final del día mostraba con orgullo sus dedos manchados de tinta y cuando cumplía los siete años empezaba a traducir las primeras frases y los primeros párrafos, que además de ejercitarlo servían para saber qué lugar de la cadena familiar le vendría mejor en el futuro.

En efecto cada traducción nuestra pasaba de mano en mano hasta ser sopesada una infinidad de veces, las nuevas manos desmentían a las anteriores y eran desmentidas por otras, cuando no un tapanco por otro tapanco o un armario por otro armario o un ala de la casa por el ala opuesta. Eso causaba demoras en las entregas a las editoriales, pero al pasar por tantas correcciones y enmiendas, la obra, como un caldo, se impregnaba del aire y el estilo de toda la familia, ese aire que los entendidos reconocían al primer golpe y los hacía exclamar con admiración:

-¡Seguro que es un Vetriccioli!

Porque era de buen gusto citar nuestro nombre junto con el del autor, y se decía: “Acabo de comprar un Molière Vetriccioli”, o: “Fulano me regaló el último Vetriccioli: las Noches florentinas de Heine”. O incluso: “Tengo en mi casa un Vetriccioli del 42”, sin ni siquiera mencionar la obra ni el autor.

Los Guarnieri, que vivían a tres cuadras de distancia, en la calle de Turín, querían hacernos la competencia, y su especialidad, que anunciaban en los periódicos (tenían el mal gusto de anunciarse en los periódicos), eran las lenguas muertas. Pero, ¿quién puede decretar la muerte de una lengua? Aunque ya no se hable o haya tenido una vigencia corta entre los hombres, un idioma no dejará de reaflorar aquí y allá, siempre adherido al subconsciente de la especie; por eso a menudo entre nosotros era algún párvulo que apenas empezaba a sostener la pluma encaramado en un tapanco remoto quien se remontaba por pura intuición hasta el origen de una palabra de un antiguo idioma caucásico o de un dialecto turquestano que hacía desesperar a los viejos de la familia.

Para nosotros no había nada caduco, nada que rescatar del olvido, sino distintas capas en un continuo acomodo, así que la división que establecían los Guarnieri entre lenguas vivas y lenguas muertas nos parecía un subterfugio para encarecer sus precios. ¿Qué podía esperarse de una familia que trabajaba en un inmueble de oficinas de tres pisos, sin vivir juntos, seguramente compitiendo entre sí, seguramente sin ser todos Guarnieri?

Nosotros no salíamos de casa. Hasta para cruzar la calle hacen falta convicciones firmes y que yo sepa ningún Vetriccioli esgrimió nunca fuera de los asuntos relacionados con nuestro trabajo algo que se pareciera a una convicción o una verdad generales, ni reprobó una conducta ajena excepto el oportunismo de los Guarnieri. Las ideas con que nos topábamos en los manuscritos nos dejaban indiferentes; atendíamos a la coherencia de un razonamiento para traducirlo de manera correcta, no para cultivarlo o atesorarlo, como hacían los Guarnieri.

¡No era difícil imaginarse las conversaciones pedantes en la calle de Turín, llenas de disputas, de principios inderogables, de acaloramientos y de rostros ofendidos!

Qué diferencia de nuestras charlas a la hora de la cena, llenas de ocurrencias y desvarios, donde lo que importaba era oírnos conversar todos juntos y percibir las manías y las inclinaciones secretas de cada uno, el tintineo de las almas. Oh, nos sabíamos desde siempre meras correas de transmisión, y eso nos apasionaba.

Vivíamos de perfil, responsables a medias y vivos a medias. Nos ayudaba el físico; los hombres y mujeres Vetriccioli fuimos siempre delgados, al revés de los Guarnieri, grasosos como su prosa. Ni el más flaco de ellos se hubiera movido a gusto en nuestra casa llena de pasillos y remetimientos. Ninguno de nosotros conocía toda la casa. Además de su tamaño y de sus cientos de recovecos, el hervor del trabajo nos la ocultaba. Quien emprendía un reconocimiento general se aburría al poco rato y ahí donde abandonaba su intento quedaba asignado a cualquier pupitre a media altura o al ras del suelo en que sus servicios fueran necesarios.

Esas migraciones, aunque poco frecuentes, contribuían a uniformar el estilo poniendo en contacto los diferentes sectores de la casa, que con el tiempo habían adquirido peculiaridades propias. Los recovecos levantinos eran famosos por el abuso de la forma pasiva y el punto y coma; lo que llegaba ahí vivaracho y con buen ritmo salía circunspecto y solemne. Era la llamada cadencia levantina, buena para las memorias y el género epistolar, pero inservible para los episodios alegres y violentos.

Gran parte de la función del tatarabuelo y de los otros ancianos que vivían en el sótano era orientar cada paso de los manuscritos hacia el sector de la casa más conveniente. Nada mejor que el ala oriental para los arrebatos líricos. En cambio, para la duda, la sospecha y el resquemor, los tapancos del sur. Bastaba el más leve cambio de tono en el autor (una digresión nostálgica, una frase velada de resentimiento), para que de inmediato el libro viajara a otro punto de la casa, aunque fuera por unas pocas líneas. Y en cada sector florecían las especialidades.

Cierto tapanco había alcanzado la excelencia en las exclamaciones de repudio, otro en los balbuceos de ira. Los manuscritos pasaban diariamente por docenas de escritorios y eran sometidos a una vigilancia estilística morbosa. Y lo mismo que ningún Vetriccioli había recorrido toda la casa, sólo unos cuantos habían leído un manuscrito de cabo a rabo.

Quiero decir que la vida de casi todos transcurría entre breves párrafos y frases truncas. Eso impedía emocionarse y perder el control sobre el texto, aguzando nuestra sensibilidad para el valor de cada palabra, aunque nos fue insensibilizando hacia el contenido y el encadenamiento de los hechos. A la larga, esto provocó que la octava generación perdiera completamente el gusto de discurrir a la hora de la cena. Los relatos de los más viejos les parecían un zumbido sin sentido, así que no tardaban en recostar la cabeza sobre la larga mesa para dormirse; cuando hablaban, lo hacían por sobresaltos, sin emoción, y enmudecían de golpe como si no hubieran abierto la boca.

Eran los más altos y delgados de la familia, casi blancuzcos, casi filamentosos, y apenas se burlaban de los Guarnieri, apenas se reían; no usaban los diccionarios ni las gramáticas y cuando se topaban con un pasaje difícil, en lugar de pedir ayuda, encogían los pies y el estómago, cerraban los ojos, respiraban hondo y hallaban como en una muda plegaria la palabra o el giro sintáctico que los sacaba del problema.

Cuando nos destronaron a todos, no se unieron, se amalgamaron, ya que tampoco se tenían confianza entre ellos. Hartos del ruido que hacíamos al trabajar, su ira reventó una mañana de invierno. Bajaron al sótano y lo primero que hicieron fue colgar a los viejos. Nos tomaron a todos de sorpresa porque la rutina de los escritorios nos había vuelto lentos; muchos no encontraron la puerta de la calle, otros no entendieron qué pasaba hasta que empezaron a patear colgados de una viga o de un tapanco; los pocos que logramos huir no volvimos a juntarnos y cada quien sobrevivió como pudo.

A partir de entonces los Guarnieri prosperaron como nunca. Añadieron un piso a su edificio de la calle de Turín y exigieron que se les diera crédito en los libros. Esa costumbre vulgar se ha extendido. Nosotros nunca hubiéramos aceptado ver nuestro nombre impreso; toda la dificultad y dignidad de nuestro trabajo consistía en convencernos íntimamente de que no existíamos, en descubrir que en realidad el autor sabía castellano, que secretamente se había expresado en castellano y quién sabe qué accidente de último momento lo había obligado a remojar su obra en otro idioma, cuya capa exterior nosotros quitábamos como las vendas de un herido.

¡Cómo ganaban ligereza y soltura cada una de las palabras devueltas a su molde original! Los Guarnieri luchaban para ver su nombre impreso en los libros y olvidaban que el secreto de nuestro oficio era la rehabilitación lenta y caritativa. Estábamos ahí para cerrar las llagas, devolver la salud y restituir las cosas a su sitio, nada más.

Ahora, cuando paso por Bolívar rasando el muro del jardín para detenerme todavía un par de minutos frente al caserón vacío y decrépito (ellos, como era de esperarse, ciegos y sordos como eran, no tardaron en aniquilarse entre sí después de aniquilar a todos, pero yo tuve siempre el cuidado de recoger la correspondencia del buzón que daba a la calle y despacharla del modo más conveniente para alejar cualquier sospecha o pregunta curiosa), los veo otra vez a todos: al bisabuelo Julio y a la tía Sampdoria y al tío Cornelio, a mis hermanos Pílade y Edgardo, a todos mis primos y mis tíos del abombamiento central maldiciendo y graznando y exprimiendo los ojos en busca del adjetivo justo y del giro más sobrio.

Todos los sectores se consumían en la misma fiebre de perfección, y aunque el número de nosotros crecía año con año, nuestra casa, habilitando un rincón aquí y ensanchándose allá, nos reservaba siempre un pliegue oculto o un recodo virgen para un nuevo Vetriccioli.

Por supuesto había que adecuarse a las nuevas presencias, hacerles sitio, adelgazar insensiblemente, pegar más el brazo al cuerpo al escribir, consultar poco los diccionarios para estorbar lo menos posible, ser más precisos y sobrios en la elección de las palabras, en suma sólo gravitar lo estricto y necesario. De manera que cada nuevo Vetriccioli imponía a fuerza un sutil reacomodo, un cambio casi imperceptible de tono y de estilo, así como los viejos, al morir, se llevaban palabras y cadencias irrecuperables.

Lo que era común a todos era el fervor, la entrega a la casa y la conciencia de que no se inventaba nada, de que se trabajaba sobre lo trabajado por otros y se corregía para ser corregidos, de que la originalidad no existía y ningún trazo personal era digno, por lo que había que borrarlo, y de que esa era la diferencia esencial entre nosotros y los Guarnieri, entre su gordura y nuestra agilidad, entre su edificio de varios pisos y nuestra vieja casa de Bolívar donde se perdía uno entre sus miles de recovecos.




viernes, 7 de julio de 2017

PUNTO CIEGO (Agustín Fernández Mallo)


Científicos de la Universidad de Southern California, Los Ángeles, han implantado una cámara de vídeo en los ojos dañados de varios ciegos que se prestaron al experimento y les han devuelto la vista. La resolución de su nueva mirada es de 16 píxeles, suficiente para distinguir un coche, una farola o una papelera. En un principio pensaron que harían falta 1.000 píxeles, así que cuando los ciegos dijeron que veían relativamente bien con sólo 16 la sorpresa fue mayúscula. Los científicos no habían tenido en cuenta un dato: todos tenemos un punto en el ojo denominado "punto ciego", un punto a través del cual no vemos y que el cerebro inconscientemente rellena con lo que se supondría que debería haber ahí; lo inventamos y solemos acertar. Es lo que nos permite ver la totalidad de una casa aunque nos la tapen parcialmente las ramas de unos árboles, o ver la carrera completa de una persona entre una muchedumbre aunque esa misma muchedumbre nos la oculte por momentos. Por eso a los ciegos les bastó con 16 píxeles: el resto de los píxeles los pone la imaginación. En nuestros ojos hay un punto que lo inventa todo, un punto que demuestra que la metáfora es constitutiva al propio cerebro, el punto donde se generan las cosas de orden poético. A este "punto ciego" debería llamársele "punto poético". De igual manera, en ese gran ojo que vendrían a ser todas y cada una de nuestras vidas hay puntos oscuros, puntos que no vemos, y que reconstruimos imaginariamente con un artefacto que damos en llamar "memoria". Puede que en realidad estén ahí ocultas las otras dimensiones, fantasmas y espectros que no percibimos y que vagan por el planeta Tierra a la espera de emerger como consecuencia de que alguien edifique una metáfora en ese punto ciego.



jueves, 6 de julio de 2017

GENEALOGÍA (Rafael Baldaya)



Jesús fue hijo de José,

y éste fue hijo de Elí,

y éste de Matat,

y éste de Leví,

y éste de Melqui,

y éste de Jana,

y éste de José,

y éste de Matatías,

y éste de Amós,

y éste de Nahum,

y éste de Esli,

y éste de Nagai… Etcétera.

Y todo eso está muy bien, Evangelistas.

Pero también os digo que, si retrocedéis más en el tiempo, si seguís remontándoos, si trepáis por las ramas del árbol genealógico, si os encaramáis todavía más…, habrá un momento en que, en lo alto de la estirpe, os toparéis con un mono.


Salvo esta matización, Evangelistas, no soy quién para deciros que en asuntos de moral tengáis que cambiar nada.


miércoles, 5 de julio de 2017

NOS ABRAZÁBAMOS (Fernando Arrabal)


Nos enlazamos desnudos en el campo y pronto nos separamos de la tierra y volamos dulcemente. En la cabeza llevábamos coronas de hierro.

La brisa nos llevó de un lado para otro y en ocasiones girábamos en torno a nosotros mismos, siempre unidos, vertiginosamente. Pero las coronas no se caían.

Así recorrimos en unos instantes varias regiones diferentes, mis muslos entre los suyos, mi mejilla sobre la suya y las dos coronas tocándose.

Al terminar las últimas convulsiones, de nuevo volvimos a la tierra y observamos que las coronas nos habían herido la frente y que la sangre resbalaba.

Cuando me pongo a escribir el tintero se llena de letras, la pluma de palabras y la hoja blanca de frases.

Entonces cierro los ojos y, mientras oigo el tictac del reloj, veo cómo giran en torno a mi cerebro, diminutos, el pobrelocoamnésico perseguido por el filósofodelamandrágora.

Cuando abro los ojos las letras, las palabras y las frases han desaparecido y sobre la hoja blanca ya puedo comenzar a escribir:
"Cuando me pongo a escribir el tintero se llena de letras, la pluma". Etc.

Nunca supe por qué todos la llamaban "Filosofía".

Me decía que yo soy el sol y ella la luna, que yo soy el cubo y ella la esfera, que yo soy el oro y ella la plata.

Entonces de todo mi cuerpo salían llamas y de todos los poros de su cuerpo lluvia.

Nos abrazábamos y mis llamas se mezclaban con su lluvia y se formaban infinitos arcoíris a nuestro alrededor.

Y fue entonces cuando ella me enseñó que yo soy el fuego y ella el agua.

martes, 4 de julio de 2017

ESCALERA (Carlos Arturo García Bonilla)


Anoche vi a un muchacho con una sola pierna, era casi un niño, tendría unos 13 ó 14 años. Daba la impresión de que había perdido su pierna hace poco porque se notaba la torpeza en sus movimientos. Un señor, probablemente su padre, caminaba junto a él. Llegaron a unas escaleras, serían unos 20 escalones, el muchacho se veía desalentado. El señor le apostó una carrera y empezó a saltar en un solo pie. El muchacho sonrió, levantó las muletas y empezó a subir saltando en un solo pie mientras el señor hacía su mejor esfuerzo por alcanzarlo. Al final el señor alcanzó a ganar por un pequeño margen (un escalón). No le hizo ninguna concesión al muchacho pero al terminar tuvo que agacharse y respirar porque estaba rojo y se había quedado sin aire. Mientras tanto el muchacho se reía a carcajadas. 

Por alguna razón quise llorar, pero no era tristeza lo que sentía.


lunes, 3 de julio de 2017

ACCIDENTE (Emilia Pardo Bazán)


Bajo el sol -que ya empieza a hacer de las suyas, porque estamos en junio-, los tres operarios trabajan, sin volver la cara a la derecha ni a la izquierda. Con movimiento isócrono, exhalando a cada piquetazo el mismo ¡ahum! de esfuerzo y de ansia, van arrancando pellones de tierra de la trinchera, tierra densa, compacta, rojiza, que forma en torno de ellos montones movedizos, en los cuales se sepultan sus desnudos pies. Porque todos tres están descalzos, lo mismo las mujeres que el rapaz desmedrado y consumido, que representa once años a lo sumo, aunque ha cumplido trece. La boina, una vieja de su padre, se la cala hasta las sienes, y aumenta sus trazas de mezquindad, lo ruin de su aspecto.

Es el primer día que trabaja a jornal, y está algo engreído, porque un real diario parece poca cosa, pero al cabo de la semana son ¡seis reales!, y la madre le ha dicho que los espera, que le hacen mucha falta.

Hablando, hablando, a la hora del desayuno se lo ha contado a las compañeras, una mujer ya anciana, aguardentosa de voz, seca de calcañares, amarimachada, que fuma tagarnina, y una mozallona dura de carnes, tuerta del derecho, con magnífico pelo rubio todo empolvado y salpicado de motas de tierra, a causa de la labor.

-Somos nueve hermanos pequeños -ha dicho el jornalerillo-, y por lo de ahora, ninguno, no siendo yo, lo puede ganar. Ya el zapatero de la Ramela me tomaba de aprendís; solamente que, ¡ay carambo!, me quería tener tres años lo menos sin me dar una perra… Aquí, desde luego se gana.

-En casa éramos doce -corrobora la tuerta, con tono de indefinible vanidad-, y mi madre baldada, y yo cuidando de la patulea, porque fui la más grande. ¡Me hicieron pasar mucho! Peleaba con ellos desde l’amanecere. A fe, más quiero arrancar terrones. Había un chiquillo de siete años que era el pecado. Estando yo dormida me metió un palo de punta por este ojo y me lo echó fuera…

Y la vieja, entre dos chupadas, declaró sentenciosamente:

-El que con chiquillos se acuesta… Yo, ende viendo uno (que sea ajeno, que sea mi nieto), le levanto la ropa y le pego un buen azote…

No era verdad; el vecindario de aquel pobre barrio extramuros sabía que la bruja de la voz carrascuda, aun cuando tuviese el cuerpo muy lastrado de líquido, no se metía en realidad con nadie; pero andaba siempre alabándose de abofetear al uno y de destripar al otro. Y la tuerta, con expresión de malicia, guiñó su ojo viudo, sonriendo al escuchimizado rapaz.

Desde que sonó la hora cesaron las confidencias. La taciturnidad del trabajo monótono pesaba sobre los espíritus, adormilándolos, como si el aire que sus pulmones absorbían afanosamente en el trajín les barriese las ideas del seso. Su faena mecánica les atontaba quitándoles del pensamiento cuanto no fuese la repetición incesante, espaciada por la acción de alzar y bajar la piqueta, del golpe que había de socavar aquella trinchera formidable, desmontando tierra y más tierra, que llevaban los carros ni sabían los jornaleros adónde. ¿Qué les importaba, además?

El rapaz, Raimundo, trabajaba, lo mismo que las dos mujeres, por cuenta de un contratista, hombre agenciador, que hacía el negocio de proporcionar gente a los que tenían obras en planta, cobrando los jornales a peseta y abonándolos a real. ¡Vaya! Para eso, con él, seguros estaban de tener choyo todo el año.

No sospechaban, y si lo sospechasen no les importaría, que aquella tierra se destinaba a rellenar un parque en una quinta próxima. Nutrirían con sus jugos, en vez de ortigas y cardos, las plumeadas araucarias, las palmeras elegantes, las fragantes magnolias, las camelias indiferentes a todo en su charolado orgullo. La trinchera, abierta por la construcción del nuevo camino que a la estación conduce, es alta y muestra las zonas de color de las capas del terreno. El trabajo de excavación ha abierto en ella una cava, que ya ofrece sombra cuando el calor arrecia, en aquella hondonada que limitan dos taludes y que no refresca el abanicar del aire de la ría. Y los jornaleros truecan chanzas cuando se enteran de que ya los cobija el desmonte.

Luego, a darle a la piqueta, a darle duro. ¡Ahum! El rapaz se siente desfallecer de cansancio. Es fuerte el trabajo así, el primer día, sobre todo el primer día. Los brazos parece que se los han apaleado, de tanto como le van doliendo. Las compañeras se ríen.

-¡Mocoso! ¿Pensaste que era como jugar a la billarda?

El amor propio, el pundonor le reaniman. Alza la piqueta con más ánimos. Se acuerda del contratista, de la ojeada de desprecio con que le dijo al concederle jornal:

-Te tomo…, no sé por qué; no vas a valer; estás esmirriado; eres un papulito que siquiera puedes con la herramienta…

¿Esmirriado? Ahora se vería si las otras, las femias, hacían más… La tuerca notó el arrechucho del novato, y le dijo, maternal, bondadosota:

-No te mates, hombre, que igual ha de ser. El negocio no está en dar tanto piquetaso, sino en arrincar de cada golpe buena pella.

Y señalaba el hacinamiento a su lado, donde cada fragmento de terrón era doble de los que hacía caer Raimundo. Él suspiró, sin responder, volviendo a la carga.

Un automóvil pasó, haciendo retemblar la tierra. No vieron sino la rotación deslumbrante de sus ruedas amarillas. Flotó en el aire un tufo de bencina, exasperado por el calor. Aún no se había disipado, cuando asomó por la carretera un cura de aldea, caballero en un borrico. Tan despacio avanzaba, que el jinete tuvo tiempo de observar sobre las cabezas de los tres jornaleros algo que le llamó la atención. Era una enorme masa de tierra, suspendida, por decirlo así, en el aire. La cueva, ahondada por la continua mordedura afanosa de las piquetas, no tenía ya más cubierta que aquella saliente costra, conmovida sin tregua, de desplome fatal, inevitable. Y en la imaginación del párroco se precisó la catástrofe, enlazada al recuerdo de una frase leída por la mañana, entre sorbo y sorbo de chocolate,en el diario integrista: «Socavan y socavan la sociedad, y se les vendrá encima cuando menos lo piensen». Refrenó a su rucio, cerró el paraguas de alpaca oscura y sin apearse arrimóse al socavón, gritando:

-¡Eh! ¡Vosotros! Que se os viene encima esa tierra. ¿Estades ciegos?

La alcoholizada le contestó pintoresca reata de injurias sobre el tema de la profesión. La moza tuerta solo refunfuñó:

-¡Nos deje en paz! Vusté no nos hace el trabajo.

Raimundo, por su parte, ni se volvió. Enfaenado, cayéndole una gota de cada pelo, sin aire ya para sus chicos pulmones, se puede creer que ni oiría. El zumbido de la piqueta, su retumbo mate contra la pared borrosa, era lo único que vagamente percibía, envuelto en el jadear de su anhelante pecho. ¡Cuándo serían las doce, señaladas por el paso del tren, para dejarse caer al suelo de golpe y mascar, ya medio dormido de cansancio, el corrusco de pan de maíz!

El cura, no obstante, seguía vociferando caritativos insultos.

-¡Bárbaros! ¡Brutanes! ¡Ni media hora tarde eso en venirse!

Y como la vieja se lanzase fuera del excave para replicar furiosa, se oyó un estrépito sordo, apagado; se alzó una nube de polvo rojo, y en seguida, un silencio siniestro, interrumpido por el rodar de los últimos terrones que caían de lo alto. De pronto, un escarabajeo, un pataleo, un trajín de fiera soterrada y que violenta las paredes de su entierro. Era la moza rubia, que vigorosamente perneaba, cabeceaba para salir de entre la masa de tierra de la impensada sepultura.

Acudieron el párroco y la bruja; la ayudaron; se le vio sacar primero la rodilla, después una pierna, al fin el tronco, y la faz lívida, con la respiración cortada; el único ojo, loco de espanto. Nadie pensó sino en ella. El rapaz no resollaba; al principio le olvidaron. Cuando se empezó a solevantar la tierra, porque acudieron vecinos de las casucas y tabernas desparramadas por el camino real, costó trabajo descubrirle; lo más fuerte del desplome había recaído sobre el pecho. Tenía los ojos inyectados de sangre, la boca y las orejas tapiadas con barro bermejo. Los pies parecían incrustados en la tierra, otra vez compacta.

domingo, 2 de julio de 2017

EL HIJO (Horacio Quiroga)



Es un poderoso día de verano en Misiones, con todo el sol, el calor y la calma que puede deparar la estación. La naturaleza, plenamente abierta, se siente satisfecha de sí.

Como el sol, el calor y la calma ambiente, el padre abre también su corazón a la naturaleza.

-Ten cuidado, chiquito -dice a su hijo, abreviando en esa frase todas las observaciones del caso y que su hijo comprende perfectamente.

-Si, papá -responde la criatura mientras coge la escopeta y carga de cartuchos los bolsillos de su camisa, que cierra con cuidado.

-Vuelve a la hora de almorzar -observa aún el padre.

-Sí, papá -repite el chico.

Equilibra la escopeta en la mano, sonríe a su padre, lo besa en la cabeza y parte. Su padre lo sigue un rato con los ojos y vuelve a su quehacer de ese día, feliz con la alegría de su pequeño.

Sabe que su hijo es educado desde su más tierna infancia en el hábito y la precaución del peligro, puede manejar un fusil y cazar no importa qué. Aunque es muy alto para su edad, no tiene sino trece años. Y parecía tener menos, a juzgar por la pureza de sus ojos azules, frescos aún de sorpresa infantil. No necesita el padre levantar los ojos de su quehacer para seguir con la mente la marcha de su hijo.

Ha cruzado la picada roja y se encamina rectamente al monte a través del abra de espartillo.

Para cazar en el monte -caza de pelo- se requiere más paciencia de la que su cachorro puede rendir. Después de atravesar esa isla de monte, su hijo costeará la linde de cactus hasta el bañado, en procura de palomas, tucanes o tal cual casal de garzas, como las que su amigo Juan ha descubierto días anteriores. Sólo ahora, el padre esboza una sonrisa al recuerdo de la pasión cinegética de las dos criaturas. Cazan sólo a veces un yacútoro, un surucuá -menos aún- y regresan triunfales, Juan a su rancho con el fusil de nueve milímetros que él le ha regalado, y su hijo a la meseta con la gran escopeta Saint-Étienne, calibre 16, cuádruple cierre y pólvora blanca.

Él fue lo mismo. A los trece años hubiera dado la vida por poseer una escopeta. Su hijo, de aquella edad, la posee ahora y el padre sonríe…

No es fácil, sin embargo, para un padre viudo, sin otra fe ni esperanza que la vida de su hijo, educarlo como lo ha hecho él, libre en su corto radio de acción, seguro de sus pequeños pies y manos desde que tenía cuatro años, consciente de la inmensidad de ciertos peligros y de la escasez de sus propias fuerzas.

Ese padre ha debido luchar fuertemente contra lo que él considera su egoísmo. ¡Tan fácilmente una criatura calcula mal, sienta un pie en el vacío y se pierde un hijo!

El peligro subsiste siempre para el hombre en cualquier edad; pero su amenaza amengua si desde pequeño se acostumbra a no contar sino con sus propias fuerzas.

De este modo ha educado el padre a su hijo. Y para conseguirlo ha debido resistir no sólo a su corazón, sino a sus tormentos morales; porque ese padre, de estómago y vista débiles, sufre desde hace un tiempo de alucinaciones.

Ha visto, concretados en dolorosísima ilusión, recuerdos de una felicidad que no debía surgir más de la nada en que se recluyó. La imagen de su propio hijo no ha escapado a este tormento. Lo ha visto una vez rodar envuelto en sangre cuando el chico percutía en la morsa del taller una bala de parabellum, siendo así que lo que hacía era limar la hebilla de su cinturón de caza.

Horrible caso… Pero hoy, con el ardiente y vital día de verano, cuyo amor a su hijo parece haber heredado, el padre se siente feliz, tranquilo y seguro del porvenir.

En ese instante, no muy lejos, suena un estampido.

-La Saint-Étienne… -piensa el padre al reconocer la detonación. Dos palomas de menos en el monte…

Sin prestar más atención al nimio acontecimiento, el hombre se abstrae de nuevo en su tarea.

El sol, ya muy alto, continúa ascendiendo. Adónde quiera que se mire -piedras, tierra, árboles-, el aire enrarecido como en un horno, vibra con el calor. Un profundo zumbido que llena el ser entero e impregna el ámbito hasta donde la vista alcanza, concentra a esa hora toda la vida tropical.

El padre echa una ojeada a su muñeca: las doce. Y levanta los ojos al monte. Su hijo debía estar ya de vuelta. En la mutua confianza que depositan el uno en el otro -el padre de sienes plateadas y la criatura de trece años-, no se engañan jamás. Cuando su hijo responde: “Sí, papá”, hará lo que dice. Dijo que volvería antes de las doce, y el padre ha sonreído al verlo partir. Y no ha vuelto.

El hombre torna a su quehacer, esforzándose en concentrar la atención en su tarea. ¿Es tan fácil, tan fácil perder la noción de la hora dentro del monte, y sentarse un rato en el suelo mientras se descansa inmóvil?

El tiempo ha pasado; son las doce y media. El padre sale de su taller, y al apoyar la mano en el banco de mecánica sube del fondo de su memoria el estallido de una bala de parabellum, e instantáneamente, por primera vez en las tres transcurridas, piensa que tras el estampido de la Saint-Étienne no ha oído nada más. No ha oído rodar el pedregullo bajo un paso conocido. Su hijo no ha vuelto y la naturaleza se halla detenida a la vera del bosque, esperándolo.

¡Oh! no son suficientes un carácter templado y una ciega confianza en la educación de un hijo para ahuyentar el espectro de la fatalidad que un padre de vista enferma ve alzarse desde la línea del monte. Distracción, olvido, demora fortuita: ninguno de estos nimios motivos que pueden retardar la llegada de su hijo halla cabida en aquel corazón.

Un tiro, un solo tiro ha sonado, y hace mucho. Tras él, el padre no ha oído un ruido, no ha visto un pájaro, no ha cruzado el abra una sola persona a anunciarle que al cruzar un alambrado, una gran desgracia…

La cabeza al aire y sin machete, el padre va. Corta el abra de espartillo, entra en el monte, costea la línea de cactus sin hallar el menor rastro de su hijo.

Pero la naturaleza prosigue detenida. Y cuando el padre ha recorrido las sendas de caza conocidas y ha explorado el bañado en vano, adquiere la seguridad de que cada paso que da en adelante lo lleva, fatal e inexorablemente, al cadáver de su hijo.

Ni un reproche que hacerse, es lamentable. Sólo la realidad fría, terrible y consumada: ha muerto su hijo al cruzar un… ¡Pero dónde, en qué parte! ¡Hay tantos alambrados allí, y es tan, tan sucio el monte! ¡Oh, muy sucio ! Por poco que no se tenga cuidado al cruzar los hilos con la escopeta en la mano…

El padre sofoca un grito. Ha visto levantarse en el aire… ¡Oh, no es su hijo, no! Y vuelve a otro lado, y a otro y a otro…

Nada se ganaría con ver el color de su tez y la angustia de sus ojos. Ese hombre aún no ha llamado a su hijo. Aunque su corazón clama por él a gritos, su boca continúa muda. Sabe bien que el solo acto de pronunciar su nombre, de llamarlo en voz alta, será la confesión de su muerte.

-¡Chiquito! -se le escapa de pronto. Y si la voz de un hombre de carácter es capaz de llorar, tapémonos de misericordia los oídos ante la angustia que clama en aquella voz.

Nadie ni nada ha respondido. Por las picadas rojas de sol, envejecido en diez años, va el padre buscando a su hijo que acaba de morir.

-¡Hijito mío..! ¡Chiquito mío..! -clama en un diminutivo que se alza del fondo de sus entrañas.

Ya antes, en plena dicha y paz, ese padre ha sufrido la alucinación de su hijo rodando con la frente abierta por una bala al cromo níquel. Ahora, en cada rincón sombrío del bosque, ve centellos de alambre; y al pie de un poste, con la escopeta descargada al lado, ve a su…

-¡Chiquito…! ¡Mi hijo!

Las fuerzas que permiten entregar un pobre padre alucinado a la más atroz pesadilla tienen también un límite. Y el nuestro siente que las suyas se le escapan, cuando ve bruscamente desembocar de un pique lateral a su hijo.

A un chico de trece años bástale ver desde cincuenta metros la expresión de su padre sin machete dentro del monte para apresurar el paso con los ojos húmedos.

-Chiquito… -murmura el hombre. Y, exhausto, se deja caer sentado en la arena albeante, rodeando con los brazos las piernas de su hijo.

La criatura, así ceñida, queda de pie; y como comprende el dolor de su padre, le acaricia despacio la cabeza:

-Pobre papá…

En fin, el tiempo ha pasado. Ya van a ser las tres…

Juntos ahora, padre e hijo emprenden el regreso a la casa.

-¿Cómo no te fijaste en el sol para saber la hora…? -murmura aún el primero.

-Me fijé, papá… Pero cuando iba a volver vi las garzas de Juan y las seguí…

-¡Lo que me has hecho pasar, chiquito!

-Piapiá… -murmura también el chico.

Después de un largo silencio:

-Y las garzas, ¿las mataste? -pregunta el padre.

-No.

Nimio detalle, después de todo. Bajo el cielo y el aire candentes, a la descubierta por el abra de espartillo, el hombre vuelve a casa con su hijo, sobre cuyos hombros, casi del alto de los suyos, lleva pasado su feliz brazo de padre. Regresa empapado de sudor, y aunque quebrantado de cuerpo y alma, sonríe de felicidad.

Sonríe de alucinada felicidad… Pues ese padre va solo.

A nadie ha encontrado, y su brazo se apoya en el vacío. Porque tras él, al pie de un poste y con las piernas en alto, enredadas en el alambre de púa, su hijo bienamado yace al sol, muerto desde las diez de la mañana.