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jueves, 9 de junio de 2016

EL AYUNO (Émile Zola)


Cuando el vicario subió al púlpito con su amplio sobrepelliz de blancura angelical, la pequeña baronesa estaba beatíficamente sentada en su sitio habitual, cerca de una salida de calor, delante de la capilla de los Santos Ángeles.

Tras el recogimiento habitual, el vicario pasó delicadamente por sus labios un fino pañuelo de batista; luego abrió los brazos como un serafín que va a emprender el vuelo, inclinó la cabeza y habló. En la amplia nave, su voz fue en un primer momento como un murmullo lejano de agua corriente, como un lamento amoroso del viento entre los follajes. Y, poco a poco, el soplo aumentó, la brisa se convirtió en tempestad, la voz se difundió bajo las bóvedas con majestuoso fragor de trueno. Pero siempre, por momentos, incluso en medio de sus más formidables invectivas, la voz del vicario se hacía súbitamente suave, lanzando un claro rayo de sol en medio del sombrío huracán de su elocuencia.

La pequeña baronesa, desde los primeros susurros en las hojas, había adoptado la pose receptiva y encantada de una persona de oído delicado que se dispone a gozar de todas las finuras de una sinfonía amada. Pareció encantada de la suavidad de los primeros acordes; luego siguió, con atención de experta, las elevaciones de la voz, la expansión de la tormenta final, administradas con tanta experiencia; y cuando la voz hubo adquirido toda su amplitud, cuando tronó, engrandecida por el eco de la nave, la pequeña baronesa no pudo reprimir un discreto bravo, un cabeceo de satisfacción.

A partir de ese momento, fue un gozo celestial. Todas las devotas se desmayaban.

II

Pero el vicario decía algo; su música acompañaba a determinadas palabras. Estaba predicando acerca del ayuno; decía cuán agradables le resultan a Dios las mortificaciones de sus criaturas. Asomado al borde del púlpito, en su actitud de gran pájaro blanco, suspiraba:

-Ha llegado la hora, hermanos y hermanas, en la que todos, como Jesucristo, debemos coger nuestra cruz, coronarnos de espinas, subir a nuestro calvario, con los pies descalzos sobre las rocas y entre las zarzas.

La pequeña baronesa encontró sin duda la frase blandamente redondeada porque parpadeó suavemente como halagada en el corazón. Luego, como la sinfonía del vicario la mecía, mientras continuó escuchando los compases melódicos se dejó llevar hasta una semiensoñación repleta de íntima voluptuosidad.

Frente a ella veía una de las largas ventanas del coro, gris de bruma. La lluvia no debía haber cesado. La querida joven había venido al sermón con un tiempo atroz. Pero hay que sacrificarse un poco cuando se tiene religión. Su cochero había recibido un horrible chaparrón, y ella misma, al saltar al pavimento, se había mojado ligeramente la punta de los pies. Su coche, afortunadamente, era excelente, bien cerrado y acolchado como una alcoba. ¡Pero era tan triste ver, a través de los cristales húmedos, una fila de paraguas apresurados correr sobre cada acerado! Pensaba que, si hubiera hecho buen tiempo, habría podido venir en victoria. Habría sido mucho más divertido.

En el fondo, su gran temor era que el vicario despachara demasiado rápidamente su sermón. De ser así, tendría que esperar su coche, porque desde luego no aceptaría pisar charcos con semejante tiempo. Y calculaba que, al ritmo que llevaba, el vicario no tendría voz para dos horas; su cochero llegaría demasiado tarde. Esta ansiedad le echaba a perder un poco sus devotas alegrías.

III

El vicario, con cóleras bruscas que le hacían erguirse con el pelo sacudido y los puños hacia delante como un hombre atormentado por un espíritu vengador, rugía:

-Y sobre todo ¡ay de vosotras! si no derramáis sobre los pies de Jesús el perfume de vuestros remordimientos, el óleo perfumado de vuestros arrepentimientos. Creedme, temblad y caed de rodillas al suelo. Es viniendo a encerraros en el purgatorio de la penitencia abierto por la Iglesia durante estos días de contrición universal; es desgastando las losas bajo vuestras frentes empalidecidas por el ayuno; descendiendo a las angustias del hambre y del frío, del silencio y de la noche, como mereceréis el perdón divino en el día fulgurante del triunfo.

La pequeña baronesa, distraída de su preocupación por aquel terrible estrépito, movió lentamente la cabeza como si estuviera totalmente de acuerdo con el irritado sacerdote. Había que coger unos azotes, meterse en un rincón muy oscuro, muy húmedo, muy glacial y darse allí unas disciplinas; de eso no le cabía la menor duda.

Luego volvió a sumirse en su ensimismamiento; se perdió al fondo de un bienestar, de un éxtasis enternecido. Estaba confortablemente sentada en una silla baja de ancho respaldo y tenía bajo sus pies un cojín bordado que le impedía sentir el frío del pavimento. Medio recostada, gozaba de la iglesia, de aquel bajel donde flotaban vapores de incienso, donde las profundidades, llenas de sombras misteriosas, se poblaban de adorables visiones. La nave, con sus colgaduras de terciopelo rojo, sus ornamentos de oro y mármol, con su aspecto de inmenso gabinete femenino lleno de perfumes turbadores, iluminada por la suave luz de las lamparillas, cerrada y como lista para amores sobrehumanos, la había envuelto poco a poco con el encanto de sus pompas. Era la fiesta de los sentidos. Su linda persona rellenita se abandonaba, halagada, mecida, acariciada. Y su voluptuosidad se sentía muy pequeña en medio de tan amplia beatitud.

Pero, pese a sí misma, lo que la lisonjeaba aún más deliciosamente, era el aliento tibio de la boca de calor abierta casi bajo su falda. Era muy friolera, la pequeña baronesa. La salida de calor lanzaba discretamente sus cálidas caricias a lo largo de sus medias de seda. Un cierto adormecimiento se adueñaba de ella en aquel baño de muelle ligereza.

IV

El vicario seguía en plena ira. Y lanzaba a todas las devotas presentes al aceite hirviendo del infierno.

-Si no escucháis la voz de Dios, si no escucháis mi voz que es la del mismo Dios, en verdad os digo que un día oiréis vuestros huesos crujir de angustia, sentiréis vuestra carne derretirse sobre carbones ardientes, y entonces gritaréis en vano: «¡Piedad, Señor, piedad, me arrepiento!», porque Dios no tendrá misericordia y con el pie os arrojará al abismo.

Al escuchar estas últimas palabras un escalofrío recorrió el auditorio. La pequeña baronesa a la que adormecía claramente el aire cálido que corría por su falda, sonrió vagamente. La pequeña baronesa conocía bastante al vicario. La víspera él había cenado en su casa. Adoraba el paté de salmón trufado y el borgoña era su vino favorito. Era, sin duda, un hombre apuesto, entre treinta y cinco y cuarenta años, moreno, con la cara tan redonda y rosada que aquel rostro de sacerdote se habría confundido fácilmente con la cara solazada de una moza de alquería. Además de eso, un hombre de mundo, buen comensal, buen conversador. Las mujeres lo adoraban, la pequeña baronesa bebía los vientos por él. Él le decía con una voz adorablemente dulce: «¡Ah!, señora, con semejante atuendo condenaría usted a un santo!»

Pero él, el querido padre, no se condenaba. Corría a repetirle a la condesa, a la marquesa, a sus otras penitentes la misma galantería, lo que le convertía en el niño mimado de todas aquellas damas.

Cuando iba a cenar a casa de la pequeña baronesa los jueves, lo cuidaba como a una querida criatura a la que la menor corriente de aire podría resfriar y a la que un mal bocado le produciría indefectiblemente una indigestión. En el salón, su sillón estaba en el rincón de la chimenea; en la mesa, el personal de servicio tenía orden de velar particularmente por su plato, de servirle a él sólo cierto borgoña de doce años, que él bebía cerrando los ojos con fervor como si estuviera comulgando.

¡El vicario era tan bueno, tan bueno! Mientras que en lo alto del púlpito hablaba de huesos que crujen y de miembros que se asan, la pequeña baronesa en el estado de duermevela en el que se encontraba, lo veía a su mesa, limpiándose beatíficamente los labios, y diciéndole: «He aquí, mi querida señora, una sopa de marisco que le haría hallar gracia ante Dios Padre, si su belleza no bastara ya para garantizarle el paraíso».

V

Cuando acabó con la ira y las amenazas, el vicario se puso a sollozar. Ésa era, normalmente, su táctica. Casi de rodillas en el púlpito, no mostrando nada más que los hombros y luego, de golpe, incorporándose, doblándose como abatido por el dolor, se secaba los ojos con gran crujido de muselina almidonada, lanzaba los brazos al aire, a la derecha, a la izquierda, adoptando poses de pelícano herido. Era la conclusión, el final, el fragmento a gran orquesta, la escena movida del desenlace.

-Llorad, llorad -llorisqueaba con voz expirante- llorad por vosotros, llorad por mí, llorad por Dios…

La pequeña baronesa dormía por completo con los ojos abiertos. El calor, el incienso, la oscuridad que iba incrementándose, la habían adormecido. Se había acurrucado, se había encerrado en las voluptuosas sensaciones que experimentaba y, disimuladamente, soñaba con cosas muy agradables.

A su lado, en la capilla de los Santos Ángeles, había un gran fresco que representaba a un grupo de guapos jóvenes, medio desnudos, con alas a la espalda. Sonreían con sonrisa de amantes felices, mientras que sus actitudes inclinadas, arrodilladas, parecían adorar a alguna pequeña baronesa invisible. ¡Qué guapos muchachos, qué labios tan tiernos, qué piel de satén, qué brazos musculosos! Lo peor era que uno de ellos se parecía totalmente al joven duque de P…, uno de los buenos amigos de la pequeña baronesa. En su sopor se preguntaba si el duque estaría bien desnudo y con alas en la espalda. Y, por momentos, se imaginaba que el gran querubín rosado llevaba el traje negro del duque. Luego el sueño se afirmó: era verdaderamente el duque con ropa escasa el que le enviaba besos desde el fondo oscuro.

VI

Cuando la pequeña baronesa se despertó, oyó al vicario pronunciar la frase sacramental: «Les deseo la gracia». Permaneció un instante confusa; creyó que el vicario le deseaba los besos del joven duque.

Se produjo un gran ruido de sillas. Todo el mundo se fue; la pequeña baronesa había adivinado: su cochero no estaba aún al pie de la escalinata. Aquel diablo de vicario había despachado su sermón robándole a sus penitentes al menos veinte minutos de elocuencia.

Y, cuando la pequeña baronesa se impacientaba en una nave lateral, se encontró con el vicario que salía precipitadamente de la sacristía. Miraba la hora en su reloj, tenía el aspecto apresurado del hombre que no quiere llegar tarde a una cita.

-¡Ah!, ¡qué retrasado voy!, querida señora -dijo. Me están esperando en casa de la condesa. Hay un concierto espiritual seguido de una pequeña colación.

miércoles, 8 de junio de 2016

LA GOTERA (José Luis Morante)


Silencio y moho. Hago memoria y veo décadas de convivencia entre los dos, abriendo un surco vital compartido. Hasta que apareció, después de la tormenta, una gotera. Se instaló, sombría, en el techo azul del dormitorio, como si fuese un invierno fuera de sitio, que pusiera frío en cada gesto.

Así nos convertimos en cuerpos ajenos, sin otro afán que escuchar un goteo que nunca concluye.


martes, 7 de junio de 2016

LA MUERTE DE ODJIGH (Marcel Schwob)

En aquellos tiempos, el género humano parecía estar a punto de extinguirse. La órbita solar tenía la frialdad de la luna. Un invierno eterno resquebrajaba el suelo. Las montañas que habían surgido, vomitando hacia el cielo las entrañas llameantes de la tierra, se habían vuelto grises por la lava helada. Las comarcas estaban surcadas por ranuras paralelas o en forma de estrella; las grietas prodigiosas, abiertas de repente, destrozaban lo que había encima, engulléndolo, y se veía dirigirse hacia ellas, resbalando lentamente, largas filas de bloques erráticos. El aire oscuro estaba salpicado de agujillas transparentes; una blancura siniestra cubría los campos; la universal radiación plateada parecía esterilizar el mundo.

Ya no quedaba vegetación, salvo algunos restos de líquenes pálidos sobre las rocas. La osamenta del mundo se había separado de la carne, hecha de tierra, y las llanuras se extendían como esqueletos. Y, atacando la muerte invernal primero a la vida inferior, los peces y los animales marinos habían desaparecido, prisioneros en el hielo, y después los insectos que bullían sobre las plantas trepadoras, y los animales que acarreaban a sus crías en las bolsas del vientre, y los seres semivoladores que habían frecuentado las grandes selvas; tan lejos como la vista alcanzaba no quedaban ya árboles ni hierbas, y no se encontraba nada vivo salvo lo que quedara en cavernas, grutas o cuevas.

De este modo, entre los hijos de los hombres dos razas se habían extinguido ya: los que habían vivido en nidos hechos de liana, en la copa de grandes árboles, y los que se habían retirado al centro de los lagos en casas flotantes; las selvas, bosques, montes y matorrales cubrían el brillante suelo, y la superficie de las aguas estaba dura y reluciente como la piedra pulida.

Los Cazadores de Fieras, que conocían el fuego, los Trogloditas que sabían hollar la tierra hasta llegar a su calor interno, y los Comedores de Pescado, que se habían aprovisionado de aceite marino en sus agujeros de hielo, todavía resistían el invierno. Pero las fieras escaseaban, atrapados por el hielo tan pronto como el hocico llegaba a ras de suelo, y la madera para hacer fuego estaba a punto de agotarse, y el aceite estaba sólido como una piedra amarilla coronada de blanco.

Sin embargo, un matador de lobos llamado Odjigh, que vivía en una gruta profunda y poseía un hacha de jade verde, enorme, pesada y temible, tuvo compasión de los seres animados. Cuando estaba al borde del gran mar interior cuyo extremo se extiende al este de Minnesota, dirigió su mirada hacia las regiones septentrionales en donde el frío parecía amontonarse. En lo más profundo de su gruta helada tomó la pipa sagrada, vaciada en piedra blanca, la llenó de hierbas aromáticas cuyo humo se eleva en círculos, y sopló el incienso divino en el aire. Los círculos subieron hacia el cielo y la espiral gris se inclinó hacia el norte.

Hacia el norte se encaminó Odjigh, el matador de lobos. Cubrió su cara con una piel de ratón forrada y llena de agujeros cuya cola se balanceaba como un penacho por encima de su cabeza, ató alrededor de su cintura, con un cordón de cuero, una bolsa llena de carne seca hecha picadillo y mezclada con grasa y, moviendo el hacha de jade verde, se dirigió hacia las espesas nubes del horizonte.

Conforme pasaba, la vida se iba apagando. Los ríos se habían callado hacía ya mucho tiempo. El aire opaco sólo traía sonidos asfixiados. Las moles heladas, azules, blancas y verdes, radiantes por la escarcha, parecían los pilares de una carretera monumental.

Odjigh extrañaba de corazón el bullir de los peces nacarados entre las mallas de las redes de hilo, y el nadar serpentino de las anguilas marinas, y el caminar pesado de las tortugas, y la carrera ladeada de los gigantescos cangrejos de ojos bizcos, y los vivos bostezos de los animales terrestres: criaturas provistas de un pico plano y de garras, criaturas vestidas de escamas, criaturas moteadas de diversas maneras que alegraban la vista, criaturas amantes de sus crías, que daban saltos ágiles o hacían giros extraños o vuelos peligrosos. Y, por encima de todos los animales, echaba de menos a los lobos feroces, sus pieles grises y sus aullidos familiares, acostumbrado como había estado a cazarlos con el mazo y el hacha de piedra en las noches brumosas, bajo la luz roja de la luna.

En ese momento apareció a su izquierda un animal de madriguera que vive en lo más profundo del suelo y que se resiste a ser sacado de su agujero: un tejón flaco de pelo erizado. Odjigh lo vio y se alegró, sin pensar siquiera en matarlo. El tejón se acercó a él, manteniendo la distancia. Después, a la derecha de Odjigh, salió de repente de un pasadizo helado un pobre lince de ojos insondables. Miraba a Odjigh de lado, temerosamente, y reptaba con inquietud. Pero el matador de lobos también se alegró y siguió caminando entre el tejón y el lince.

Mientras avanzaba con la bolsa de carne dándole en el costado, Odjigh oyó tras de sí un débil aullido de hambre. Volviéndose como tras haber oído una voz familiar, vio un lobo escuálido que lo seguía tristemente. Odjigh se compadeció de todos aquéllos a los que había partido el cráneo. El lobo tenía la humeante lengua fuera y los ojos enrojecidos.

El matador continuó su camino junto con sus compañeros animales: el tejón subterráneo a la izquierda, el lince que lo ve todo sobre la tierra a su derecha, y el lobo de vientre hambriento detrás.

Llegaron al centro del mar interior que sólo se distingue del continente por el vasto color verde del hielo. Allí Odijgh, el matador de lobos, se sentó sobre un témpano y colocó frente a sí la pipa de piedra. Y puso también delante de cada uno de sus compañeros vivos un pedazo de hielo, parecido a los incensarios en los que se alimenta el humo, que cortó con el pico del hacha. Rellenó las cuatro pipas con hierbas aromáticas y después chocó una contra otra las piedras que crean el fuego; las hierbas se prendieron, y cuatro finas columnas de humo ascendieron hacia el cielo.

La espiral gris que se elevaba ante el tejón se inclinó hacia el oeste, la que se elevaba frente al lince se curvó hacia el este y la que se elevaba ante el lobo hizo un arco hacia el sur. Mas la espiral gris de la pipa de Odjigh ascendió hacia el norte.

El matador de lobos volvió a ponerse en camino, y, mirando a su izquierda, se entristeció: el tejón que ve bajo la tierra se perdía hacia el oeste; mirando hacia la derecha, echó de menos al lince que lo ve todo sobre la tierra y que huía hacia el este. Pensaba en efecto que ambos compañeros animales eran prudentes y avezados, cada uno en el ámbito que se le había asignado.

No obstante, siguió caminando, intrépido, llevando tras de sí al lobo famélico de ojos enrojecidos por el que sentía lástima.

La masa de nubes frías situada al norte parecía tocar el cielo. El invierno se encrudecía aún más. Los pies de Odjigh sangraban, cortados por el hielo, y su sangre se helaba en costas negras. Pero él avanzaba durante horas, días, semanas sin duda, puede que meses, chupando un poco de carne seca, echando los despojos a su compañero el lobo, que le seguía.

Odjigh caminaba con una esperanza confusa. Se compadecía del mundo de los hombres, de los animales y de las plantas que perecían, y se sentía fuerte para luchar contra la causa del frío.

Al final, su camino fue interrumpido por una inmensa barrera de hielo que cerraba la cúpula sombría del cielo como una cadena de montañas de cima invisible. Los grandes témpanos sumergidos en la capa sólida del océano eran de un verde límpido; luego se enturbiaban al amontonarse y, a medida que se elevaban, parecían de un azul opaco parecido al color del cielo en los hermosos días de antaño, pues estaban hechos de agua dulce y nieve.

Odjigh agarró su hacha de jade verde y talló escalones en las escarpaduras. Así fue subiendo lentamente hasta una altura prodigiosa, donde le parecía que su cabeza estaba envuelta en nubes y que la tierra había huido. Y sobre el escalón, justo por debajo de él, estaba sentado el lobo, que aguardaba confiado.

Cuando creyó haber llegado a la cima, vio que estaba formada por una muralla azul vertical, brillante, y que no se podía continuar. Pero miró tras de sí y vio al animal vivo y hambriento. La piedad por el mundo animado le dio fuerzas.

Hundió el hacha de jade en la muralla azul y cavó en el hielo. Las esquirlas volaban a su alrededor, multicolores. Cavó durante horas y horas. Los miembros se le pusieron amarillos y arrugados del frío. La bolsa de la carne estaba marchita desde hacía mucho. Había masticado la hierba aromática de la pipa sagrada para engañar el hambre y, de pronto, infiel a los Poderes Superiores, tiró la pipa a las profundidades, junto con las dos piedras para hacer fuego.

Cavaba. Oyó un chirrido seco y gritó, porque sabía que el ruido venía de la hoja de su hacha de jade, que estaba a punto de rajarse por el frío excesivo. Entonces, como no tenía nada para calentarla, la alzó y la hundió rabiosamente en su muslo derecho. El hacha verde se tiñó de sangre tibia. Y Odjigh cavó de nuevo en la muralla azul. El lobo, sentado detrás de él, lamió gimiendo las gotas rojas que le llovían.Y de improviso la pulida muralla estalló. Surgió un inmenso hálito de calor, como si las estaciones cálidas se hubiesen acumulado al otro lado, en la barrera del cielo. La grieta aumentó y el fuerte soplo rodeó a Odjigh. Oyó el ruido de todos los brotes de la primavera y sintió llamear el verano. En la gran corriente que lo alzó le pareció que todas las estaciones volvían al mundo para salvar la vida general de la muerte en los hielos. La corriente arrastraba los rayos blancos del sol, y las lluvias tibias y las brisas que acarician y las nubes cargadas de fecundidad. Y en el aliento de la vida cálida las nubes negras se amontonaron y crearon el fuego.

Surgió un largo trazo de llamas con el estrépito del trueno, y la brillantísima línea le dio a Odjigh en el corazón como una espada roja. Cayó contra la muralla pulida, dando la espalda al mundo hacia el que las estaciones volvían en el río de la tempestad. El lobo hambriento, subiendo tímidamente, las patas apoyadas sobre sus hombros, se puso a roerle la nuca.

domingo, 5 de junio de 2016

CUANDO FUI ANIMAL (Saiz de Marco)

Ampliaron mi cerebro y me implantaron neocórtex sin pedirme permiso. Ya sé que no podían recabar mi autorización (porque el cerebro perruno no da para tanto). Pero entonces debieron abstenerse de hacerlo.

“Es sólo un experimento. Un ensayo científico. Luego, siempre podrá pedir que le retiremos el implante”, dijeron. Pero no es tan simple. No es tan sencillo.

No soy un juguete que se rompe y se repara o se tira.

En realidad yo pensaba. Antes de que ampliaran mi cerebro, yo pensaba. De un modo más elemental, sí, pero lo hacía. Ahora elaboro ideas mucho más complejas, pero en el fondo es parecido.

En lo que más diferencia hay no es al pensar, sino al sentir. Me acuerdo de que, cuando tenía cerebro de perro, sentía pena si me dejaban solo, y alegría si me sacaban al campo. También sentía miedo cuando me llevaban al veterinario o cuando había tormenta. Pero otros sentimientos que ahora tengo no los conocía en absoluto. La indignación, la piedad, el rencor, la vergüenza… Estas emociones sí son novedosas.

Me cuesta trabajo comparar mi situación anterior (antes de que ampliaran mi cerebro implantándome neocórtex) con mi estado actual. Pero creo que antes -o sea, cuando tenía cerebro de perro- era más feliz. Entonces sólo vivía el presente: el “ahora mismo”.

Cuando corría por el campo, cuando mi amo jugaba conmigo…, me alegraba por entero. Con el cuerpo y con la mente.

Era alegría perfecta, mucho más intensa que la que ahora puedo sentir. Era pura alegría: alegría desprovista de recuerdo y de anticipo. Era alegría nítida, sin sombra ni mancha. Se acababa, sí; pero, mientras estaba en mí, era infinita porque no tenía un antes ni un después.

En cambio, la alegría que ahora puedo sentir está siempre empañada, siempre trufada de fugacidad.

Siendo perro no me hacía preguntas. Ahora sí. Los humanos se hacen preguntas. Y como las más importantes (sobre el sentido de vivir, sobre la muerte...) no saben responderlas, esto les genera angustia. Para aliviarla inventaron creencias, religión.

Cuando fui perro todo era simple. Todo instintivo. No había dudas. No había preguntas. No había porqués.

Sentía frío, pero no sabía lo que era el invierno. Sentía calor, pero no sabía lo que era el verano. Percibía la luz, pero no sabía lo que era el día. Percibía la oscuridad, pero no sabía lo que era la noche. Me mojaba, pero no sabía lo que era llover. Veía un círculo encendido ahí arriba, pero no sabía que era la Luna. Nunca reparé en las estrellas.

Poder hablar. Decir lo que quiero. Expresar, comunicar. Eso sí es grandioso. Recuerdo que, cuando mi cerebro era de perro, sentía un difuso deseo de hablar. Oyendo a los humanos llegué a asociar sonidos a las cosas. Un ruido para el agua, otro para el paseo, otro (mi nombre) para llamarme… Y en cierto modo echaba en falta hablar.

Tenía necesidad de orinar, deseaba ser llevado fuera… y quería ladrarlo. O sea, decirlo: así, como ellos. Pero no: yo sólo podía aullar, mover el cuerpo, ir donde estaba el collar, traerlo en la boca y mostrárselo. No podía decir “Sacadme a la calle”, así, con la voz, con las palabras.

Otras veces tuve sed pero mi bebedero estaba vacío, y entonces querría haber dicho “Dadme agua”. Pero no podía. Y experimentaba una especie de impotencia.

De modo que el mayor avance, el salto máximo que he dado desde que me implantaron neocórtex, es la facultad de hablar. El lenguaje.

En cuanto tuve capacidad sintáctica pedí que me instalaran un aparato fonador. Me pusieron una prótesis de garganta y un implante en los labios. (Mi hocico de perro no servía para hablar.)

He conocido la inteligencia y no quiero volver al cerebro perruno. Como nadie desea quedarse sin vista o sin tacto, yo no quiero perder la inteligencia. No deseo renunciar a ella.

Comprendo que lo que ahora puedo (razonar, hablar, calcular…) también es limitado. Me implantaron neocórtex y la realidad que ahora capto es otra. Es la realidad de los hombres: la realidad pasada por el cerebro humano. Pero es también inauténtica, quizá tanto como la que percibía como perro. Es otra pseudo-verdad.

Hay ámbitos que los hombres captan peor que los perros. Mi olfato, por ejemplo, era muy superior al humano. Donde yo percibía cientos de olores, ellos no olfatean nada.

Si al cerebro humano (como éste que ahora tengo) se añadiera otra corteza –otro estrato-, percibiría otra realidad. Sería una realidad distinta: más completa, superior quizá, pero también espuria.

Igual que había mil cosas incomprensibles para mi mente perruna pero penetrables para el cerebro humano, tiene que haber cosas inabarcables para los hombres pero accesibles a cerebros sobrehumanos (si existieran).

¿Qué es el hombre sino otro animal?: una clase de mono con el cerebro grande.

¿Y cuántas capas cerebrales, cuántas cortezas serían necesarias para captar la realidad completa, la realidad real?

Supongo que, cuanto mayor es la capacidad cerebral, más grande es la exposición al dolor. Mi actual cerebro humano es más sufriente que mi viejo cerebro perruno, del mismo modo que mi cerebro de perro era más sensitivo que el de un camaleón.

Me han dicho que, si quiero volver al cerebro perruno, sólo tengo que pedirlo. Que igual que me implantaron neocórtex, me lo pueden retirar. Pero no es tan sencillo. Ahora he probado el elixir de la inteligencia y no es fácil abdicar de ella. No es fácil decir “Quitádmela”.

Es verdad que, comparándome con el de antes, fui más feliz siendo perro. Yo era un perro afortunado. Vivía en un lugar cómodo y nada esencial me faltaba. Sobrellevaba bien los pequeños contratiempos (aguantarme las necesidades, no articular palabras…). Mi cerebro no analizaba y por eso no sufría. Mi existencia era eterna (eterna para mí) porque no sabía de muerte. Y mi alegría (al correr por el campo, al cazar…) era plena y radiante.

Pero ahora sé que la realidad que percibía era pequeña. Que apenas entendía. Que casi todo era engaño. Y no es fácil volver a eso. No es fácil desearlo.

Yo no pedí que me implantaran neocórtex, pero tampoco los humanos lo pidieron. Tampoco ellos pidieron ser conscientes, tener inteligencia. Como no pidieron nacer. Nadie pidió nacer. Nadie lo eligió. Todos nacimos obligados: unos con cerebro de perro, otros con cerebro de hombre, otros… Nadie lo pidió, nadie lo pide. A nadie se le pregunta “¿Quieres nacer?” Y “¿quieres ser perro?”, “¿quieres ser hombre?”… Pero el caso es que, una vez traídos –puestos aquí a la fuerza-, no es fácil decir “Me marcho”.

Y por eso me quedo aquí, en la inteligencia. Aunque deba asumir el coste de la duda. Aunque deba llevar el peso del dolor y rendirle tributo a la infelicidad.


sábado, 4 de junio de 2016

ANGÉLINE o LA CASA ENCANTADA (Émile Zola)

Hace cerca de dos años, iba en bicicleta por un camino desierto del lado de Orgeval, más allá de Poissy, cuando la brusca aparición de una vivienda a orillas del camino me sorprendió de tal forma que salté de la bicicleta para contemplarla mejor. Se trataba, bajo el cielo gris de noviembre y el viento frío que barría las hojas secas, de una casa de ladrillo sin gran personalidad, en medio de un vasto jardín plantado de árboles viejos. Pero lo que la hacía extraordinaria, con una rareza arisca que oprimía el corazón, era el horrible abandono en el que se encontraba. Y como un batiente de la reja estaba arrancado, como un enorme rótulo, desteñido por la lluvia, anunciaba que la propiedad estaba en venta, entré en el jardín, cediendo a una curiosidad mezclada de angustia y malestar.

La casa debía llevar deshabitada treinta o tal vez cuarenta años. Los ladrillos de las cornisas y de los bordes estaban desunidos, invadidos por el musgo y los líquenes. Numerosas grietas cruzaban la fachada, semejantes a arrugas precoces, surcando el edificio aún sólido, pero del que nadie se ocupaba ya en absoluto. Abajo, los peldaños de la escalinata, hendidos por las heladas, invadidos por ortigas y zarzas, se asemejaban al umbral de la desolación y de la muerte. Y, sobre todo, la horrible tristeza que provenía de las ventanas sin cortinas, desnudas y glaucas, de las que los chiquillos habían roto los cristales a pedradas, permitiendo ver todas el lúgubre vacío de las habitaciones, como ojos apagados que han permanecido abiertos en un cuerpo sin alma. Luego, a su alrededor, el amplio jardín era una absoluta devastación, el antiguo parterre apenas visible bajo las crecidas hierbas silvestres, los paseos desaparecidos, comidos por las plantas voraces, los bosquecillos convertidos en selvas vírgenes, una vegetación salvaje de cementerio abandonado en la sombra húmeda de los grandes árboles seculares en los que, aquel día, el viento otoñal, lanzando su triste queja, se llevaba las últimas hojas.

Durante largo rato permanecí allí, en medio de aquel lamento desesperado que brotaba de las cosas, con el corazón turbado por un miedo sordo, por una tristeza que aumentaba, retenido no obstante por una ardiente compasión, una necesidad de saber y de simpatizar con todo lo que sentía de miseria y de dolor a mi alrededor. Y, cuando me decidí a salir, vi al otro lado del camino, en el cruce de dos caminos, una especie de posada, una casucha en la que se ofrecía bebida, entré decidido a hacer hablar a la gente del lugar.

No había allí sino una anciana que me sirvió una caña de cerveza, quejándose. Se lamentaba de estar situada en aquel camino alejado, por el que no pasaban ni dos ciclistas al día. Hablaba sin parar, contaba su historia, decía que se llamaba señora Toussaint, que había venido de Vernon con su hombre para hacerse cargo de aquella posada, que al principio las cosas no habían marchado mal, pero que todo iba de mal en peor desde que se había quedado viuda. Y, después de su raudal de palabras, cuando empecé a interrogarla acerca de la propiedad vecina, se puso circunspecta de repente, mirándome con expresión desconfiada, como si yo quisiera arrancarle temibles secretos.

-¡Ah! sí, la Sauvagière, la casa encantada, como dicen por la comarca... Yo no sé nada, señor. No es de mi época, sólo hará treinta años en Pascua que vivo aquí, y esas cosas se remontan a cuarenta años. Cuando nosotros llegamos aquí, la casa ya se encontraba más o menos en el estado en que la ve... Los veranos pasan, los inviernos pasan y nada se mueve, salvo las piedras que caen.

-Pero, en fin -pregunté yo- ¿por qué no la venden, puesto que está en venta?

-¡Ah! ¿por qué? ¿por qué? ¡Qué sé yo!... se dicen tantas cosas.

Sin duda, terminé por inspirarle confianza. Además, era evidente que estaba deseando repetirme las cosas que se decían. Para empezar, me contó que ninguna de las chicas del pueblo vecino se habría atrevido a entrar en la Sauvagière, después del anochecer, porque corría el rumor de que un alma en pena se aparecía allí por la noche. Y, como yo me extrañara de que, estando tan cerca de París, una historia semejante pudiera aún encontrar algún crédito, se encogió de hombros, quiso en un primer momento hacerse la fuerte, pero terminó por manifestar su terror inconfeso.

-Hay sin embargo hechos, señor. ¿Por qué no la venden? Yo he visto venir compradores y todos se marcharon más rápido que llegaron; a ninguno de ellos lo hemos visto reaparecer por aquí. ¡Y bien!, lo que es cierto es que, desde el momento en que algún visitante se atreve a entrar en la casa, pasan cosas extraordinarias: las puertas se mueven, se cierran solas con gran estrépito, como si soplara un viento terrible; del sótano suben gritos, gemidos, sollozos; y si se obcecan, una voz desgarradora lanza un grito prolongado: «¡Angéline! ¡Angéline! ¡Angéline!» con una llamada tan dolorosa, que a uno se le quedan helados los huesos... Le repito que esto está probado, nadie le dirá lo contrario.

Reconozco que empezaba a apasionarme por el tema, aunque fuera presa de un pequeño escalofrío bajo la piel.

-Y esa Angéline, ¿quién es, pues?

-¡Ah!, señor, sería necesario contárselo todo, y una vez más, yo no sé nada.

Sin embargo, terminó por decírmelo todo. Hacía cuarenta años, hacia 1858, en el momento en el que el Segundo Imperio triunfante era una fiesta permanente, M. de G..., que ocupaba un puesto en las Tullerías, perdió a su esposa, de la que tenía una niña, de unos diez años, Angéline, un milagro de belleza, vivo retrato de su madre. Dos años más tarde, M. de G... se había vuelto a casar con otra belleza célebre, viuda de un general. Y aseguraban que, desde esa segunda boda, unos atroces celos habían surgido entre Angéline y su madrastra, la una herida en el corazón al ver a su madre ya olvidada, reemplazada tan pronto en el hogar por aquella extraña; la otra, obsesionada, enloquecida por tener siempre ante ella aquel vivo retrato de la mujer que temía no poder hacer olvidar. La Sauvagière pertenecía a la nueva señora de G..., y allí, una noche, viendo que el padre besaba apasionadamente a la hija, en su demencia celosa, habría golpeado a la niña de tal manera, que la pobre pequeña habría caído muerta, con la nuca fracturada. Luego, lo demás era horroroso: el padre fuera de sí aceptaba enterrar él mismo a su hija en el sótano de la casa para salvar a la asesina; el cuerpecito permanecía allí enterrado mientras afirmaban que la chiquilla se encontraba en casa de una tía; los aullidos de un perro, que se empeñaba en arañar el suelo, hicieron que finalmente se descubriera el crimen, del que las Tullerías se apresuraron a ahogar el escándalo. En la actualidad, el señor y la señora de G... estaban muertos, pero Angéline volvía aún cada noche, al oír una voz lastimera que la llamaba, desde el más allá misterioso de las tinieblas.

-Nadie me desmentirá -concluyó la señora Toussaint-. Todo esto es tan cierto como que dos y dos son cuatro.

Yo la había escuchado, despavorido, sorprendido por las inverosimilitudes, pero, conquistado, no obstante por la rareza violenta y sombría del drama. Aquel señor de G..., yo había oído hablar de él y creía saber efectivamente que se había vuelto a casar y que un dolor familiar había ensombrecido su vida. ¿Era, pues, cierto? ¡Qué historia trágica y enternecedora, todas las pasiones humanas removidas, exasperadas hasta la demencia, el crimen pasional más terrorífico que pudiera verse, una chiquilla bella como el día, adorada, asesinada por su madrastra y enterrada por su padre en un rincón del sótano! Era demasiado hermoso de emoción y de horror. Yo iba a seguir preguntando, discutiendo, luego me dije «¿Para qué?». ¿Por qué no llevarme, en su flor de imaginación popular, aquel cuento horroroso?

Cuando volvía a montar en bicicleta, eché una última ojeada a la Sauvagière. La noche descendía, la casa miserable me miraba desde sus ventanas vacías y oscuras, semejantes a ojos de muerta, mientras que el viento otoñal gemía entre los viejos árboles.
II
¿Por qué se clavó esta historia en mi cráneo, hasta convertirse en una obsesión, en un verdadero tormento? Ése es uno de los problemas intelectuales difíciles de resolver. De nada servía decirme a mí mismo que leyendas semejantes corren por la campiña, que ésta, en suma, no presentaba ningún interés directo para mí. A pesar de todo, la niña muerta me obsesionaba, aquella Angéline deliciosa y trágica, que una voz lastimera llamaba cada noche desde hacía cuarenta años, a través de las habitaciones vacías de la casa abandonada. Y durante los dos primeros meses del invierno, hice averiguaciones. Evidentemente, por poco que una desaparición semejante, una aventura hasta ese punto trágica, hubiera salido al exterior, los periódicos del momento debían haber hablado de ella. Examiné las colecciones de la Biblioteca Nacional, sin descubrir nada, ni una línea que se pareciera a semejante historia. Luego, interrogué a los coetáneos, a personas de las Tullerías: ninguna pudo contestarme con exactitud, sólo obtuve informaciones contradictorias, hasta el punto de que había abandonado toda esperanza de llegar a la verdad, sin dejar de sentirme presa del tormento del misterio, cuando una casualidad me puso una mañana sobre una nueva pista.

Iba, cada dos o tres semanas, a hacerle una visita de buena confraternidad, de ternura y de admiración, al viejo poeta V... que falleció el pasado abril, cerca de los setenta años. Desde hacía ya muchos años, una parálisis en las piernas lo tenía clavado en un sillón en su pequeño gabinete de trabajo de la calle de Assas, cuya ventana daba al jardín del Luxemburgo. Acababa allí dulcemente una vida de ensueño, sin haber vivido más que de imaginación, habiéndose construido el ideal palacio en el que, lejos de lo real, había amado y sufrido. ¿Quién de nosotros no recuerda su fino rostro amable, sus cabellos blancos de bucles infantiles, sus pálidos ojos azules que habían conservado la inocencia de la juventud? No podría decirse que mintiera siempre, pero lo cierto es que inventaba sin cesar, de tal manera que no se sabía nunca con exactitud dónde acababa para él la realidad y dónde empezaba el sueño. Era un anciano encantador, desde hacía mucho tiempo fuera de la vida, cuya conversación me conmovía frecuentemente como una revelación discreta y vaga de lo desconocido.

Aquel día, charlaba pues con él cerca de la ventana, en la estrecha habitación, que calentaba siempre un fuego intenso. Fuera, la helada era terrible, y el jardín del Luxemburgo se extendía blanco de nieve presentando a la vista un vasto horizonte de candor inmaculado. Y no sé cómo llegué a hablarle de la Sauvagière, de aquella historia que me preocupaba aún: el padre casado de nuevo, la madrastra celosa de la niña vivo retrato de su madre, luego su sepultura al fondo del sótano. Me había escuchado con la tranquila sonrisa que conservaba incluso en la tristeza. Se había hecho silencio, su pálida mirada azul se perdía a lo lejos, en la inmensidad blanca del Luxemburgo, mientras que una sombra de sueño, emanaba de él y parecía envolverlo con un ligero escalofrío.

-Conocí mucho al señor de G... -dijo lentamente-. Conocí a su primera esposa, de una belleza sobrehumana; conocí a la segunda, no menos prodigiosamente bella; e incluso las amé apasionadamente a las dos, sin decirlo jamás. Conocía también a Angéline, que era aún más bella, y que todos los hombres habrían adorado de rodillas... Pero las cosas no ocurrieron exactamente como usted dice.

Fue para mí una gran emoción. ¿Era la verdad inesperada de la que ya desesperaba? ¿Iba a saberlo todo? En un primer momento no desconfié y le dije:

-¡Ah! amigo mío, ¡qué favor me hace! Por fin mi pobre cabeza va a poder calmarse. Hable rápido, cuéntemelo todo.

Pero él no me escuchaba, su mirada permanecía perdida en la lejanía. Luego habló con voz de ensueño, como si hubiera ido creando los seres y las cosas a medida que los evocaba.

-Angéline era, a los doce años, un alma en la que todo el amor de la mujer había florecido ya, con sus arrebatos de alegría y de dolor. Fue ella quien cayó perdidamente celosa de la nueva esposa, que veía cada día del brazo de su padre. Sufría como si se tratara de una horrible traición, pero no era sólo a su madre a la que la nueva pareja insultaba, era a ella misma a la que torturaba y le desgarraba el corazón. Cada noche, oía a su madre que la llamaba desde la tumba; y una noche en que sufría demasiado y moría de exceso de amor, para unirse con ella, la chiquilla de doce años se clavó un cuchillo en el corazón.

Yo lancé un grito: «¡Dios santo! ¿es posible?»

-¡Qué espanto y qué horror -prosiguió sin oírme- cuando al día siguiente, el señor y la señora G... encontraron a Angéline en su pequeña cama con aquel cuchillo clavado hasta el mango, en pleno pecho! Estaban en la víspera de marcharse a Italia, y no había allí más que la anciana doncella que había criado a la niña. Ante el terror de que pudieran acusarles de un crimen, ayudados por la doncella, enterraron efectivamente el pequeño cuerpo, pero en un rincón del invernadero que hay detrás de la casa, al pie de un naranjo gigante. Y allí lo encontraron el día en que, muertos ya los padres, la anciana criada contó la historia.

Me habían surgido dudas, lo miraba, presa de inquietud, preguntándome si no se lo estaba inventando.

-Pero -le pregunté- ¿cree pues también que Angéline pueda volver cada noche al escuchar el grito desgarrador de la voz misteriosa que la llama?

Esta vez me miró y volvió a sonreír con aire indulgente.

-¿Volver? ¡oh, amigo mío! todo el mundo vuelve. ¿Por qué no quiere que el alma de la querida pequeña muerta habite aún en los lugares en los que amó y sufrió? Si se oye una voz que la llama, es que la vida no ha vuelto a comenzar aún para ella, pero recomenzará, esté seguro de ello, puesto que todo recomienza, nada se pierde, ni al amor ni la belleza... ¡Angéline! ¡Angéline! ¡Angéline! y ella renacerá en el sol y en las flores.

Definitivamente, ni la convicción ni la calma se establecían en mí. Mi viejo amigo V..., el poeta niño, no me había aportado sino más confusión. Sin duda se lo estaba inventando. No obstante, como todos los videntes, tal vez adivinaba.

-¿Es de verdad, todo lo que me está contando? -me atreví a preguntarle riendo.

Él se animó a su vez:

-Por supuesto que es cierto. ¿Es que todo lo infinito no es verdad?

Aquella fue la última vez que lo vi, pues tuve que ausentarme de París, un tiempo después. Aún puedo verlo con su mirada soñadora perdida sobre las sábanas blancas del Luxemburgo, tan tranquilo en la certidumbre de su sueño sin fin, mientras que a mí me devoraba la necesidad de establecer para siempre la verdad huidiza.
III
Trascurrieron dieciocho meses. Yo me había visto obligado a viajar; grandes preocupaciones y grandes alegrías habían apasionado mi vida, en mitad de la tempestad que nos lleva a todos hacia lo desconocido. Pero, siempre, a determinadas horas, oía venir desde lejos y entrar en mí el desolado grito: «¡Angéline! ¡Angéline! ¡Angéline!». Y permanecía temblando, dominado de nuevo por la duda, torturado por el deseo de saber. No podía olvidar, no existía para mí más infierno que la incertidumbre.

No puedo decir cómo, una admirable velada de junio, me volví a encontrar en bicicleta por el camino apartado de la Sauvagière. ¿Había deseado formalmente volver a verla? ¿Era un simple instinto el que me hacía abandonar la carretera y dirigirme hacia aquel lugar? Eran casi las ocho; pero el cielo, en los días más largos del año, irradiaba aún con un ocaso del astro triunfal, sin una sola nube, todo un infinito de oro y azur. Y ¡qué aire ligero y delicioso, qué buen olor de árboles y hierbas, qué tierna alegría en la paz inmensa de los campos!

Como la primera vez, ante la Sauvagière, el estupor me hizo saltar de la máquina. Dudé un instante, no era la misma propiedad. Una bella reja nueva brillaba bajo el sol poniente, se habían levantado de nuevo los muros de la tapia y la casa, que apenas veía entre los árboles, parecía haber retomado una alegría risueña de juventud. ¿Era pues la resurrección anunciada? ¿Angéline había vuelto a la vida gracias a las llamadas de la voz lejana? Había permanecido en la carretera, impresionado, mirando, cuando unos pasos lentos, cerca de mí, me sobresaltaron. Era la señora Toussaint que traía su vaca de un campo de alfalfa próximo.

-¿No tienen miedo pues éstos? -le dije, señalando la casa con un gesto.

Me reconoció y detuvo el animal.

-¡Ah señor! hay gente que marcharía sobre el buen Dios. Hace ya más de un año que la propiedad fue comprada. Pero es un pintor el que lo hizo, el pintor B..., y ya se sabe, los artistas son capaces de todo.

Luego se fue con el animal añadiendo con un cabeceo:

-En fin, ya veremos en qué queda esto.

¡El pintor B..., el delicado e ingenioso artista que había pintado a tantas amables parisinas! Yo lo conocía un poco, intercambiábamos apretones de manos en los teatros, en las salas de exposiciones, en los lugares en los que nos encontrábamos. Y, de repente, un deseo irresistible de entrar, de confesarme a él, de suplicarle que me dijera lo que sabía de cierto sobre esta Sauvagière, cuyo aspecto desconocido me obsesionaba. Y, sin reflexionar, sin reparar en mi polvoriento atuendo de ciclista, que la costumbre empieza a tolerar por otra parte, empujé mi bicicleta hasta el tronco mohoso de un viejo árbol. Al escuchar el sonido claro del timbre cuyo resorte se movía en la reja, un criado acudió al que le entregué mi tarjeta de visita, y que me dejó por un instante en el jardín.

Mi sorpresa aumentó aún más cuando lancé una mirada a mi alrededor. Habían reparado la fachada, ya no se veían las grietas ni los ladrillos separados; la escalinata, adornada con rosas, se había convertido en un umbral de feliz bienvenida; y las animadas ventanas reían ahora, comunicaban la alegría existente en el interior, detrás de la blancura de sus cortinas. Y además, el jardín había sido limpiado de ortigas y zarzas, el parterre volvía a ser visible como un gran ramo oloroso, los viejos árboles parecían rejuvenecidos en su paz secular por la lluvia dorada de un sol primaveral.

Cuando el criado reapareció, me introdujo en un salón comentándome que el señor había ido al pueblo vecino, pero que no tardaría en regresar. Lo habría esperado durante horas; me entretuve examinando la habitación en la que me hallaba, instalada lujosamente con mullidas alfombras, cortinas y guardapuertas de cretona, conjuntadas con el amplio diván y los grandes sillones. Aquellos cortinajes eran tan grandes que me sorprendió entrar en un espacio tan oscuro. Luego la oscuridad se hizo completa. No sé cuanto tiempo tuve que permanecer allí, se habían olvidado de mí, sin traer siquiera una lámpara. Sentado en la oscuridad, me había puesto a revivir toda la historia trágica, abandonándome a la ensoñación. ¿Angéline había sido asesinada? ¿Se había clavado ella misma un cuchillo en mitad del corazón? Y, confieso que, en esta casa encantada, ahora a oscuras, el miedo se adueñó de mí, un miedo que sólo fue un ligero malestar, un pequeño escalofrío a flor de piel, pero que más tarde se exasperó, me heló por completo en una locura de pánico.

Al principio me pareció que unos ruidos vagos erraban por algún lado. Era sin duda en las profundidades del sótano, quejas sordas, sollozos reprimidos, pesados pasos de fantasma. Luego, aquello subió, se acercó y toda la casa oscura me pareció llenarse de angustia horrorosa. Y, de repente, se oyó la terrible llamada: «¡Angéline! ¡Angéline! ¡Angéline!» con tal fuerza creciente, que creí sentir pasar sobre mi cara un soplo frío. Una puerta del salón se abrió violentamente. Angéline entró, cruzó la habitación sin verme. La reconocí en medio de la ráfaga de luz que había entrado con ella desde el vestíbulo iluminado. Era la pequeña muerta de doce años, de una belleza milagrosa, con sus admirables cabellos rubios sobre los hombros, vestida de blanco, blanqueada por la tierra de la que volvía cada noche. Pasó muda, desatinada, desapareció por otra puerta, mientras que, de nuevo, el grito se repetía más lejano: «¡Angéline! ¡Angéline! ¡Angéline!». Y yo permanecí de pie, con la frente cubierta de sudor, en un estado de pavor que erizaba todo el vello de mi cuerpo, bajo aquel viento de terror procedente del misterio.

Casi inmediatamente, creo, en el momento en el que el criado traía por fin una lámpara, tuve consciencia de que el pintor B... estaba allí y me daba la mano, excusándose por haberme hecho esperar tanto rato. No tuve falso amor propio, le conté lo que me había sucedido, aún nervioso. Y ¡con qué sorpresa me escuchó en un primer momento y con qué buenas risas se apresuró a tranquilizarme después!

-Usted ignora sin duda, amigo mío, que yo soy primo de la segunda señora de G... ¡Pobre mujer! ¡acusarla del asesinato de aquella chiquilla que amó y que lloró tanto como el padre! Pues la única cosa cierta es que, efectivamente, la niña murió aquí, pero no por su propia mano ¡Dios Santo!, sino de una fiebre repentina, como un rayo, por lo que los padres le tomaron pavor a esta casa, y no quisieron volver a ella jamás. Eso explica que permaneciera deshabitada mientras ellos vivían. Después de su muerte, hubo interminables procesos que impidieron su venta. Yo la quería, la aceché durante años, y le aseguro que no hemos visto nunca ningún aparecido.

El pequeño escalofrío me volvió, y comenté:

-Pero, yo acabo de ver ahí, hace un instante a Angéline... La terrible voz la llamaba, y ha pasado por ahí, ha cruzado esta habitación.

Él me miraba sorprendido, creyendo que yo estaba perdiendo la razón. Pero de repente, soltó una sonora carcajada de hombre feliz.

-Es mi hija la que acaba de ver. Tuvo por padrino al señor de G... que, por devoción al recuerdo, le puso ese nombre; y si su madre la ha llamado, habrá pasado por aquí. -Él mismo abrió la puerta y llamó de nuevo: «¡Angéline! ¡Angéline! ¡Angéline!».

La niña regresó, pero viva y vibrante de alegría. Era ella, con su vestido blanco, sus admirables cabellos rubios sobre los hombros, y tan bella, tan radiante de esperanza, que era como una primavera que lleva en capullo la promesa del amor, la prolongada felicidad de una existencia. ¡Ah! ¡la querida aparecida, la niña nueva que renacía de la niña muerta! La muerte había sido vencida. Mi viejo amigo, el poeta V..., no mentía, nada se pierde, todo recomienza, la belleza como el amor. La voz de las madres llama a las niñas de hoy, a las enamoradas de mañana y reviven bajo el sol, entre las flores. Era de ese despertar de la niña de lo que la casa se encontraba encantada, la casa que había vuelto a ser joven y feliz, en la alegría reencontrada de la eterna vida.

jueves, 2 de junio de 2016

LA PLEGARIA DEL BUZO (Giovanni Papini)


1


El mismo día en que cumplí dieciocho años mi padre me llamó dulcemente y me dijo con la debida gravedad:
-El Señor, Dios, quiere que todo hombre haga, en la tierra, un trabajo. Él no quiere a los que miran, sentados al borde de los campos, la obra de los sembradores y de los labradores. Es preciso, pues, que elijas sin demora un arte que dé a tu vida un sentido y una finalidad. Cualquiera que sea tu elección, te prometo no ponerte obstáculos. Así, pues, decide y habla.
Y yo, que reverenciaba profundamente al Señor, Dios, y obedecía siempre a mi padre, respondí:
-Mi elección está hecha: seré buzo.
Mi padre palideció un poco, pero contestó en seguida:
-¡Hágase tu voluntad!


2

Así, desde aquel día, fui buzo. Durante muchos y largos años he vivido, solo y en silencio, bajo las grandes aguas. He habitado en todos los mares, he explorado todos los océanos, he bajado a todos los abismos. He encontrado esqueletos de barcos, cuellos de viejas anclas despuntadas, arcones llenos de monedas de oro cuyas efigies estaban corroídas por el agua; grandes; grandes monstruos luminosos, con enormes ojos blancos, me han iluminado con su resplandor irreal; largos cuerpos verdosos, semejantes a los de las sirenas, me han acariciado; he penetrado en las bocas oscuras de los volcanes sumergidos; he pisado el suelo de las Atlántidas desaparecidas; he topado con los hinchados cadáveres de los náufragos; me he debatido entre los tentáculos de pulpos colosales; he sacado a la luz montones de maravillosas perlas, de extrañas conchas, de árboles fosforescentes, los puñales que arrojaron en la noche los tremebundos homicidas, los anillos de los Dogos y la áurea copa del Rey de Tule…
Llegó, pues, el día en que conocí todas las profundidades marinas, todos los valles de los océanos y todos los golfos más tenebrosos y los tesoros más ocultos. Llegó un día en que estuve impregnado por todos los perfumes salobres y supe todos los ritmos de las olas y todas las sinfonías de las tempestades, y entonces pensé que el Señor, Dios, podía estar ya satisfecho de mi obra y decidí volver a vivir en mi ciudad, entre los seres terrestres que había dejado desde hacía larguísimos años.

3

Pero, apenas llegué a la ciudad en donde había nacido y en donde quería morir, tuve como una sensación de terrible disgusto y de tormentoso estupor. Ya no reconocía ni amaba todo aquello que me había visto niño. Acostumbrado a las grandes soledades submarinas, iluminadas por reflejos milagrosos y por luces intensas que parecen venir de las profundidades, no podía habituarme a la angosta colmena fangosa que se llama ciudad. El cielo se me antojaba como juna especie de extraña prisión, surcada por estrechos y sucios corredores, en los que pequeños animales, corrían mirándose cruel o lascivamente. Ruidosas carcajadas móviles se arrastraban por los corredores, llevando dentro a bestezuelas aprisionadas y acurrucadas; el aire pesaba por el humo y el polvo, y pesaba a alientos infectos y a olores sofocantes. Los hombres me daban la idea de condenados a muerte, enloquecidos en la inútil espera de la gracia. Sus caras me resultaban odiosas, como las de los reptiles blanquecinos que deponen sus huevos cerca de las tumbas; sus ojos me parecían vacíos, como si el alma los hubiera abandonado; sus palabras sonaban en mis oídos como cantinelas de mendigos eternamente hambrientos o como gritos descompuestos de águilas a las que están cortando las alas. En sus casas tenebrosas y angostas vi yacijas en que se arrojaban por la noche como si fueran a morir, y mesas cubiertas de restos de cadáveres y de hojas arrancadas brutalmente a la frescura de la tierra. Habían fabricado grandes habitaciones, en donde algunos simulaban amar y morir, moviéndose con vestidos de muchos colores y bordados bajo la luz falsa de lámparas redondas, y grandes salas, en donde algunos de ellos, vestidos grotescamente de negro, simulaban salvar a la patria y al mundo chillando con gran seriedad. Y otras salas, en cuyas paredes estaban colgados pedacitos de tela cubiertos de colores y de líneas, con la intención de hacer soñar un mundo mejor que aquel en que viven.
Pero yo no comprendía, acostumbrado a los deslumbrantes silencios de las profundidades, muchos de sus gestos y muchas de sus palabras. Toda aquella vida, en medio de la cual, sin embargo, había nacido y crecido, me parecía sin significado: vacía, pavorosa, torpe, soez, pútrida, como la de un cubil subterráneo habitado por bestias ciegas, débiles e inmundas. Me parecía haber caído en un pozo habitado por cadáveres ambulantes y hediondos, y por la noche no tenía fuerzas para levantar los ojos, temiendo que de aquel cielo, demasiado ciudadano, hasta las estrellas hubieran huido.
Y yo pensé entre mí: “¿Quién puede haberme reducido a este estado? ¿Quién puede haberme cambiado el alma de tan terrible modo que ahora descubre lo ridículo, lo oscuro y lo feo dondequiera que mire? La ciudad es como yo la dejé de jovencito. Es más, dicen que desde aquel tiempo ha hecho muchos e insignes progresos de todo tipo. ¿Por qué, pues, se presenta ante mí, que vuelvo de los mares, tan extraña y nauseabunda, a mí que, sin embargo, la amé siendo niño con toda el alma y la encontré más bella, más majestuosa y más hospitalaria que ninguna?”
Pero no supe contestar a tales preguntas. Un hombre, que me asistía en aquel terrible estado, me aconsejó que leyera los libros de los médicos del alma y del cuerpo para encontrar el origen y el remedio de aquella que él llamaba, con sincera tristeza, mi alienación.
Y yo leí centenares y millares de libros, día y noche, siempre despierto y siempre ansioso en busca de salud. Pero en ningún libro encontré lo que buscaba. Entonces, encerrado en mi casa paterna, pensé y sufrí durante centenares y millares de horas, siempre despierto y siempre atento a la tremenda ansiedad de la salud. Pero todavía no he encontrado lo que buscaba.
Ahora me dirijo a ti, hombre que estás ante mí con tu malvada sonrisa de verdugo ocioso y con tus ojos que nunca han mirado el cielo; me dirijo a ti, hombre de las precoces e insaciables perversidades y de los secretos bien custodiados, y te ruego, en nombre de la tierra de la que naciste, de la tierra de que te nutres, de la tierra por la que te arrastras, te ruego que me digas por qué no comprendo y no amo la vida de los hombres.
Y, si me contestas, te daré una perla que recogí un día en el valle más fantástico del mar y que ningún ojo, fuera de los míos, ha visto.

martes, 31 de mayo de 2016

RETROVISOR (Carmela Greciet)

Habíamos salido de vacaciones en dos coches, pues mi trabajo me obligaba a regresar a casa unos días antes. Viajaba primero yo, y unos metros más atrás, con los niños, venía Clara.
A medida que caía la noche, la autopista se había ido quedando en calma.
Escuchaba música en la radio cuando, surgido de la nada, apareció frente a mí el Kamikaze. Los ojos amarillos del Kamikaze.
Logré esquivarlo de un volantazo.
Miré hacia atrás sintiendo que yo era ya mi pasado, que el futuro estaba sucediendo a mis espaldas.