Hace cerca de dos años, iba en bicicleta por un camino
desierto del lado de Orgeval, más allá de Poissy, cuando la brusca aparición de
una vivienda a orillas del camino me sorprendió de tal forma que salté de la
bicicleta para contemplarla mejor. Se trataba, bajo el cielo gris de noviembre
y el viento frío que barría las hojas secas, de una casa de ladrillo sin gran
personalidad, en medio de un vasto jardín plantado de árboles viejos. Pero lo
que la hacía extraordinaria, con una rareza arisca que oprimía el corazón, era
el horrible abandono en el que se encontraba. Y como un batiente de la reja
estaba arrancado, como un enorme rótulo, desteñido por la lluvia, anunciaba que
la propiedad estaba en venta, entré en el jardín, cediendo a una curiosidad
mezclada de angustia y malestar.
La casa debía llevar deshabitada treinta o tal vez cuarenta años. Los ladrillos
de las cornisas y de los bordes estaban desunidos, invadidos por el musgo y los
líquenes. Numerosas grietas cruzaban la fachada, semejantes a arrugas precoces,
surcando el edificio aún sólido, pero del que nadie se ocupaba ya en absoluto.
Abajo, los peldaños de la escalinata, hendidos por las heladas, invadidos por
ortigas y zarzas, se asemejaban al umbral de la desolación y de la muerte. Y,
sobre todo, la horrible tristeza que provenía de las ventanas sin cortinas,
desnudas y glaucas, de las que los chiquillos habían roto los cristales a
pedradas, permitiendo ver todas el lúgubre vacío de las habitaciones, como ojos
apagados que han permanecido abiertos en un cuerpo sin alma. Luego, a su
alrededor, el amplio jardín era una absoluta devastación, el antiguo parterre
apenas visible bajo las crecidas hierbas silvestres, los paseos desaparecidos,
comidos por las plantas voraces, los bosquecillos convertidos en selvas
vírgenes, una vegetación salvaje de cementerio abandonado en la sombra húmeda
de los grandes árboles seculares en los que, aquel día, el viento otoñal,
lanzando su triste queja, se llevaba las últimas hojas.
Durante largo rato permanecí allí, en medio de aquel lamento desesperado que
brotaba de las cosas, con el corazón turbado por un miedo sordo, por una
tristeza que aumentaba, retenido no obstante por una ardiente compasión, una necesidad
de saber y de simpatizar con todo lo que sentía de miseria y de dolor a mi
alrededor. Y, cuando me decidí a salir, vi al otro lado del camino, en el cruce
de dos caminos, una especie de posada, una casucha en la que se ofrecía bebida,
entré decidido a hacer hablar a la gente del lugar.
No había allí sino una anciana que me sirvió una caña de cerveza, quejándose.
Se lamentaba de estar situada en aquel camino alejado, por el que no pasaban ni
dos ciclistas al día. Hablaba sin parar, contaba su historia, decía que se
llamaba señora Toussaint, que había venido de Vernon con su hombre para hacerse
cargo de aquella posada, que al principio las cosas no habían marchado mal,
pero que todo iba de mal en peor desde que se había quedado viuda. Y, después
de su raudal de palabras, cuando empecé a interrogarla acerca de la propiedad
vecina, se puso circunspecta de repente, mirándome con expresión desconfiada,
como si yo quisiera arrancarle temibles secretos.
-¡Ah! sí, la Sauvagière, la casa encantada, como dicen por la comarca... Yo no
sé nada, señor. No es de mi época, sólo hará treinta años en Pascua que vivo
aquí, y esas cosas se remontan a cuarenta años. Cuando nosotros llegamos aquí,
la casa ya se encontraba más o menos en el estado en que la ve... Los veranos
pasan, los inviernos pasan y nada se mueve, salvo las piedras que caen.
-Pero, en fin -pregunté yo- ¿por qué no la venden, puesto que está en venta?
-¡Ah! ¿por qué? ¿por qué? ¡Qué sé yo!... se dicen tantas cosas.
Sin duda, terminé por inspirarle confianza. Además, era evidente que estaba
deseando repetirme las cosas que se decían. Para empezar, me contó que ninguna
de las chicas del pueblo vecino se habría atrevido a entrar en la Sauvagière,
después del anochecer, porque corría el rumor de que un alma en pena se
aparecía allí por la noche. Y, como yo me extrañara de que, estando tan cerca
de París, una historia semejante pudiera aún encontrar algún crédito, se
encogió de hombros, quiso en un primer momento hacerse la fuerte, pero terminó
por manifestar su terror inconfeso.
-Hay sin embargo hechos, señor. ¿Por qué no la venden? Yo he visto venir
compradores y todos se marcharon más rápido que llegaron; a ninguno de ellos lo
hemos visto reaparecer por aquí. ¡Y bien!, lo que es cierto es que, desde el momento
en que algún visitante se atreve a entrar en la casa, pasan cosas
extraordinarias: las puertas se mueven, se cierran solas con gran estrépito,
como si soplara un viento terrible; del sótano suben gritos, gemidos, sollozos;
y si se obcecan, una voz desgarradora lanza un grito prolongado: «¡Angéline!
¡Angéline! ¡Angéline!» con una llamada tan dolorosa, que a uno se le quedan
helados los huesos... Le repito que esto está probado, nadie le dirá lo
contrario.
Reconozco que empezaba a apasionarme por el tema, aunque fuera presa de un
pequeño escalofrío bajo la piel.
-Y esa Angéline, ¿quién es, pues?
-¡Ah!, señor, sería necesario contárselo todo, y una vez más, yo no sé nada.
Sin embargo, terminó por decírmelo todo. Hacía cuarenta años, hacia 1858, en el
momento en el que el Segundo Imperio triunfante era una fiesta permanente, M.
de G..., que ocupaba un puesto en las Tullerías, perdió a su esposa, de la que
tenía una niña, de unos diez años, Angéline, un milagro de belleza, vivo
retrato de su madre. Dos años más tarde, M. de G... se había vuelto a casar con
otra belleza célebre, viuda de un general. Y aseguraban que, desde esa segunda
boda, unos atroces celos habían surgido entre Angéline y su madrastra, la una
herida en el corazón al ver a su madre ya olvidada, reemplazada tan pronto en
el hogar por aquella extraña; la otra, obsesionada, enloquecida por tener
siempre ante ella aquel vivo retrato de la mujer que temía no poder hacer
olvidar. La Sauvagière pertenecía a la nueva señora de G..., y allí, una noche,
viendo que el padre besaba apasionadamente a la hija, en su demencia celosa,
habría golpeado a la niña de tal manera, que la pobre pequeña habría caído
muerta, con la nuca fracturada. Luego, lo demás era horroroso: el padre fuera
de sí aceptaba enterrar él mismo a su hija en el sótano de la casa para salvar
a la asesina; el cuerpecito permanecía allí enterrado mientras afirmaban que la
chiquilla se encontraba en casa de una tía; los aullidos de un perro, que se
empeñaba en arañar el suelo, hicieron que finalmente se descubriera el crimen,
del que las Tullerías se apresuraron a ahogar el escándalo. En la actualidad,
el señor y la señora de G... estaban muertos, pero Angéline volvía aún cada
noche, al oír una voz lastimera que la llamaba, desde el más allá misterioso de
las tinieblas.
-Nadie me desmentirá -concluyó la señora Toussaint-. Todo esto es tan cierto
como que dos y dos son cuatro.
Yo la había escuchado, despavorido, sorprendido por las inverosimilitudes,
pero, conquistado, no obstante por la rareza violenta y sombría del drama.
Aquel señor de G..., yo había oído hablar de él y creía saber efectivamente que
se había vuelto a casar y que un dolor familiar había ensombrecido su vida.
¿Era, pues, cierto? ¡Qué historia trágica y enternecedora, todas las pasiones
humanas removidas, exasperadas hasta la demencia, el crimen pasional más
terrorífico que pudiera verse, una chiquilla bella como el día, adorada,
asesinada por su madrastra y enterrada por su padre en un rincón del sótano!
Era demasiado hermoso de emoción y de horror. Yo iba a seguir preguntando,
discutiendo, luego me dije «¿Para qué?». ¿Por qué no llevarme, en su flor de
imaginación popular, aquel cuento horroroso?
Cuando volvía a montar en bicicleta, eché una última ojeada a la Sauvagière. La
noche descendía, la casa miserable me miraba desde sus ventanas vacías y
oscuras, semejantes a ojos de muerta, mientras que el viento otoñal gemía entre
los viejos árboles.
II
¿Por
qué se clavó esta historia en mi cráneo, hasta convertirse en una obsesión, en
un verdadero tormento? Ése es uno de los problemas intelectuales difíciles de
resolver. De nada servía decirme a mí mismo que leyendas semejantes corren por
la campiña, que ésta, en suma, no presentaba ningún interés directo para mí. A
pesar de todo, la niña muerta me obsesionaba, aquella Angéline deliciosa y
trágica, que una voz lastimera llamaba cada noche desde hacía cuarenta años, a
través de las habitaciones vacías de la casa abandonada. Y durante los dos
primeros meses del invierno, hice averiguaciones. Evidentemente, por poco que
una desaparición semejante, una aventura hasta ese punto trágica, hubiera
salido al exterior, los periódicos del momento debían haber hablado de ella.
Examiné las colecciones de la Biblioteca Nacional, sin descubrir nada, ni una
línea que se pareciera a semejante historia. Luego, interrogué a los coetáneos,
a personas de las Tullerías: ninguna pudo contestarme con exactitud, sólo
obtuve informaciones contradictorias, hasta el punto de que había abandonado
toda esperanza de llegar a la verdad, sin dejar de sentirme presa del tormento
del misterio, cuando una casualidad me puso una mañana sobre una nueva pista.
Iba, cada dos o tres semanas, a hacerle una visita de buena confraternidad, de
ternura y de admiración, al viejo poeta V... que falleció el pasado abril,
cerca de los setenta años. Desde hacía ya muchos años, una parálisis en las
piernas lo tenía clavado en un sillón en su pequeño gabinete de trabajo de la
calle de Assas, cuya ventana daba al jardín del Luxemburgo. Acababa allí
dulcemente una vida de ensueño, sin haber vivido más que de imaginación,
habiéndose construido el ideal palacio en el que, lejos de lo real, había amado
y sufrido. ¿Quién de nosotros no recuerda su fino rostro amable, sus cabellos
blancos de bucles infantiles, sus pálidos ojos azules que habían conservado la
inocencia de la juventud? No podría decirse que mintiera siempre, pero lo
cierto es que inventaba sin cesar, de tal manera que no se sabía nunca con
exactitud dónde acababa para él la realidad y dónde empezaba el sueño. Era un
anciano encantador, desde hacía mucho tiempo fuera de la vida, cuya
conversación me conmovía frecuentemente como una revelación discreta y vaga de
lo desconocido.
Aquel día, charlaba pues con él cerca de la ventana, en la estrecha habitación,
que calentaba siempre un fuego intenso. Fuera, la helada era terrible, y el
jardín del Luxemburgo se extendía blanco de nieve presentando a la vista un
vasto horizonte de candor inmaculado. Y no sé cómo llegué a hablarle de la Sauvagière,
de aquella historia que me preocupaba aún: el padre casado de nuevo, la
madrastra celosa de la niña vivo retrato de su madre, luego su sepultura al
fondo del sótano. Me había escuchado con la tranquila sonrisa que conservaba
incluso en la tristeza. Se había hecho silencio, su pálida mirada azul se
perdía a lo lejos, en la inmensidad blanca del Luxemburgo, mientras que una
sombra de sueño, emanaba de él y parecía envolverlo con un ligero escalofrío.
-Conocí mucho al señor de G... -dijo lentamente-. Conocí a su primera esposa,
de una belleza sobrehumana; conocí a la segunda, no menos prodigiosamente
bella; e incluso las amé apasionadamente a las dos, sin decirlo jamás. Conocía
también a Angéline, que era aún más bella, y que todos los hombres habrían adorado
de rodillas... Pero las cosas no ocurrieron exactamente como usted dice.
Fue para mí una gran emoción. ¿Era la verdad inesperada de la que ya
desesperaba? ¿Iba a saberlo todo? En un primer momento no desconfié y le dije:
-¡Ah! amigo mío, ¡qué favor me hace! Por fin mi pobre cabeza va a poder
calmarse. Hable rápido, cuéntemelo todo.
Pero él no me escuchaba, su mirada permanecía perdida en la lejanía. Luego
habló con voz de ensueño, como si hubiera ido creando los seres y las cosas a
medida que los evocaba.
-Angéline era, a los doce años, un alma en la que todo el amor de la mujer
había florecido ya, con sus arrebatos de alegría y de dolor. Fue ella quien
cayó perdidamente celosa de la nueva esposa, que veía cada día del brazo de su
padre. Sufría como si se tratara de una horrible traición, pero no era sólo a
su madre a la que la nueva pareja insultaba, era a ella misma a la que
torturaba y le desgarraba el corazón. Cada noche, oía a su madre que la llamaba
desde la tumba; y una noche en que sufría demasiado y moría de exceso de amor,
para unirse con ella, la chiquilla de doce años se clavó un cuchillo en el
corazón.
Yo lancé un grito: «¡Dios santo! ¿es posible?»
-¡Qué espanto y qué horror -prosiguió sin oírme- cuando al día siguiente, el
señor y la señora G... encontraron a Angéline en su pequeña cama con aquel
cuchillo clavado hasta el mango, en pleno pecho! Estaban en la víspera de
marcharse a Italia, y no había allí más que la anciana doncella que había
criado a la niña. Ante el terror de que pudieran acusarles de un crimen,
ayudados por la doncella, enterraron efectivamente el pequeño cuerpo, pero en
un rincón del invernadero que hay detrás de la casa, al pie de un naranjo
gigante. Y allí lo encontraron el día en que, muertos ya los padres, la anciana
criada contó la historia.
Me habían surgido dudas, lo miraba, presa de inquietud, preguntándome si no se
lo estaba inventando.
-Pero -le pregunté- ¿cree pues también que Angéline pueda volver cada noche al
escuchar el grito desgarrador de la voz misteriosa que la llama?
Esta vez me miró y volvió a sonreír con aire indulgente.
-¿Volver? ¡oh, amigo mío! todo el mundo vuelve. ¿Por qué no quiere que el alma
de la querida pequeña muerta habite aún en los lugares en los que amó y sufrió?
Si se oye una voz que la llama, es que la vida no ha vuelto a comenzar aún para
ella, pero recomenzará, esté seguro de ello, puesto que todo recomienza, nada
se pierde, ni al amor ni la belleza... ¡Angéline! ¡Angéline! ¡Angéline! y ella
renacerá en el sol y en las flores.
Definitivamente, ni la convicción ni la calma se establecían en mí. Mi viejo
amigo V..., el poeta niño, no me había aportado sino más confusión. Sin duda se
lo estaba inventando. No obstante, como todos los videntes, tal vez adivinaba.
-¿Es de verdad, todo lo que me está contando? -me atreví a preguntarle riendo.
Él se animó a su vez:
-Por supuesto que es cierto. ¿Es que todo lo infinito no es verdad?
Aquella fue la última vez que lo vi, pues tuve que ausentarme de París, un
tiempo después. Aún puedo verlo con su mirada soñadora perdida sobre las
sábanas blancas del Luxemburgo, tan tranquilo en la certidumbre de su sueño sin
fin, mientras que a mí me devoraba la necesidad de establecer para siempre la
verdad huidiza.
III
Trascurrieron
dieciocho meses. Yo me había visto obligado a viajar; grandes preocupaciones y
grandes alegrías habían apasionado mi vida, en mitad de la tempestad que nos
lleva a todos hacia lo desconocido. Pero, siempre, a determinadas horas, oía
venir desde lejos y entrar en mí el desolado grito: «¡Angéline! ¡Angéline!
¡Angéline!». Y permanecía temblando, dominado de nuevo por la duda, torturado
por el deseo de saber. No podía olvidar, no existía para mí más infierno que la
incertidumbre.
No puedo decir cómo, una admirable velada de junio, me volví a encontrar en
bicicleta por el camino apartado de la Sauvagière. ¿Había deseado formalmente
volver a verla? ¿Era un simple instinto el que me hacía abandonar la carretera
y dirigirme hacia aquel lugar? Eran casi las ocho; pero el cielo, en los días
más largos del año, irradiaba aún con un ocaso del astro triunfal, sin una sola
nube, todo un infinito de oro y azur. Y ¡qué aire ligero y delicioso, qué buen
olor de árboles y hierbas, qué tierna alegría en la paz inmensa de los campos!
Como la primera vez, ante la Sauvagière, el estupor me hizo saltar de la
máquina. Dudé un instante, no era la misma propiedad. Una bella reja nueva
brillaba bajo el sol poniente, se habían levantado de nuevo los muros de la
tapia y la casa, que apenas veía entre los árboles, parecía haber retomado una
alegría risueña de juventud. ¿Era pues la resurrección anunciada? ¿Angéline
había vuelto a la vida gracias a las llamadas de la voz lejana? Había
permanecido en la carretera, impresionado, mirando, cuando unos pasos lentos,
cerca de mí, me sobresaltaron. Era la señora Toussaint que traía su vaca de un
campo de alfalfa próximo.
-¿No tienen miedo pues éstos? -le dije, señalando la casa con un gesto.
Me reconoció y detuvo el animal.
-¡Ah señor! hay gente que marcharía sobre el buen Dios. Hace ya más de un año
que la propiedad fue comprada. Pero es un pintor el que lo hizo, el pintor
B..., y ya se sabe, los artistas son capaces de todo.
Luego se fue con el animal añadiendo con un cabeceo:
-En fin, ya veremos en qué queda esto.
¡El pintor B..., el delicado e ingenioso artista que había pintado a tantas
amables parisinas! Yo lo conocía un poco, intercambiábamos apretones de manos
en los teatros, en las salas de exposiciones, en los lugares en los que nos
encontrábamos. Y, de repente, un deseo irresistible de entrar, de confesarme a
él, de suplicarle que me dijera lo que sabía de cierto sobre esta Sauvagière,
cuyo aspecto desconocido me obsesionaba. Y, sin reflexionar, sin reparar en mi
polvoriento atuendo de ciclista, que la costumbre empieza a tolerar por otra
parte, empujé mi bicicleta hasta el tronco mohoso de un viejo árbol. Al
escuchar el sonido claro del timbre cuyo resorte se movía en la reja, un criado
acudió al que le entregué mi tarjeta de visita, y que me dejó por un instante
en el jardín.
Mi sorpresa aumentó aún más cuando lancé una mirada a mi alrededor. Habían
reparado la fachada, ya no se veían las grietas ni los ladrillos separados; la
escalinata, adornada con rosas, se había convertido en un umbral de feliz
bienvenida; y las animadas ventanas reían ahora, comunicaban la alegría
existente en el interior, detrás de la blancura de sus cortinas. Y además, el
jardín había sido limpiado de ortigas y zarzas, el parterre volvía a ser
visible como un gran ramo oloroso, los viejos árboles parecían rejuvenecidos en
su paz secular por la lluvia dorada de un sol primaveral.
Cuando el criado reapareció, me introdujo en un salón comentándome que el señor
había ido al pueblo vecino, pero que no tardaría en regresar. Lo habría
esperado durante horas; me entretuve examinando la habitación en la que me
hallaba, instalada lujosamente con mullidas alfombras, cortinas y guardapuertas
de cretona, conjuntadas con el amplio diván y los grandes sillones. Aquellos
cortinajes eran tan grandes que me sorprendió entrar en un espacio tan oscuro.
Luego la oscuridad se hizo completa. No sé cuanto tiempo tuve que permanecer
allí, se habían olvidado de mí, sin traer siquiera una lámpara. Sentado en la
oscuridad, me había puesto a revivir toda la historia trágica, abandonándome a
la ensoñación. ¿Angéline había sido asesinada? ¿Se había clavado ella misma un
cuchillo en mitad del corazón? Y, confieso que, en esta casa encantada, ahora a
oscuras, el miedo se adueñó de mí, un miedo que sólo fue un ligero malestar, un
pequeño escalofrío a flor de piel, pero que más tarde se exasperó, me heló por
completo en una locura de pánico.
Al principio me pareció que unos ruidos vagos erraban por algún lado. Era sin
duda en las profundidades del sótano, quejas sordas, sollozos reprimidos,
pesados pasos de fantasma. Luego, aquello subió, se acercó y toda la casa
oscura me pareció llenarse de angustia horrorosa. Y, de repente, se oyó la
terrible llamada: «¡Angéline! ¡Angéline! ¡Angéline!» con tal fuerza creciente,
que creí sentir pasar sobre mi cara un soplo frío. Una puerta del salón se
abrió violentamente. Angéline entró, cruzó la habitación sin verme. La reconocí
en medio de la ráfaga de luz que había entrado con ella desde el vestíbulo
iluminado. Era la pequeña muerta de doce años, de una belleza milagrosa, con
sus admirables cabellos rubios sobre los hombros, vestida de blanco, blanqueada
por la tierra de la que volvía cada noche. Pasó muda, desatinada, desapareció
por otra puerta, mientras que, de nuevo, el grito se repetía más lejano:
«¡Angéline! ¡Angéline! ¡Angéline!». Y yo permanecí de pie, con la frente
cubierta de sudor, en un estado de pavor que erizaba todo el vello de mi
cuerpo, bajo aquel viento de terror procedente del misterio.
Casi inmediatamente, creo, en el momento en el que el criado traía por fin una
lámpara, tuve consciencia de que el pintor B... estaba allí y me daba la mano,
excusándose por haberme hecho esperar tanto rato. No tuve falso amor propio, le
conté lo que me había sucedido, aún nervioso. Y ¡con qué sorpresa me escuchó en
un primer momento y con qué buenas risas se apresuró a tranquilizarme después!
-Usted ignora sin duda, amigo mío, que yo soy primo de la segunda señora de
G... ¡Pobre mujer! ¡acusarla del asesinato de aquella chiquilla que amó y que
lloró tanto como el padre! Pues la única cosa cierta es que, efectivamente, la
niña murió aquí, pero no por su propia mano ¡Dios Santo!, sino de una fiebre
repentina, como un rayo, por lo que los padres le tomaron pavor a esta casa, y no
quisieron volver a ella jamás. Eso explica que permaneciera deshabitada
mientras ellos vivían. Después de su muerte, hubo interminables procesos que
impidieron su venta. Yo la quería, la aceché durante años, y le aseguro que no
hemos visto nunca ningún aparecido.
El pequeño escalofrío me volvió, y comenté:
-Pero, yo acabo de ver ahí, hace un instante a Angéline... La terrible voz la
llamaba, y ha pasado por ahí, ha cruzado esta habitación.
Él me miraba sorprendido, creyendo que yo estaba perdiendo la razón. Pero de
repente, soltó una sonora carcajada de hombre feliz.
-Es mi hija la que acaba de ver. Tuvo por padrino al señor de G... que, por
devoción al recuerdo, le puso ese nombre; y si su madre la ha llamado, habrá
pasado por aquí. -Él mismo abrió la puerta y llamó de nuevo: «¡Angéline!
¡Angéline! ¡Angéline!».
La niña regresó, pero viva y vibrante de alegría. Era ella, con su vestido
blanco, sus admirables cabellos rubios sobre los hombros, y tan bella, tan
radiante de esperanza, que era como una primavera que lleva en capullo la
promesa del amor, la prolongada felicidad de una existencia. ¡Ah! ¡la querida
aparecida, la niña nueva que renacía de la niña muerta! La muerte había sido
vencida. Mi viejo amigo, el poeta V..., no mentía, nada se pierde, todo
recomienza, la belleza como el amor. La voz de las madres llama a las niñas de
hoy, a las enamoradas de mañana y reviven bajo el sol, entre las flores. Era de
ese despertar de la niña de lo que la casa se encontraba encantada, la casa que
había vuelto a ser joven y feliz, en la alegría reencontrada de la eterna vida.