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lunes, 2 de noviembre de 2015

DISPUTA CONYUGAL (Anton Chéjov)


-¡Al diablo! ¡Llegas del trabajo a casa con un hambre de lobo, y a saber qué te dan de comer! ¡Y no se puede decir! ¡Lo dices, y enseguida el llanto, las lágrimas! ¡Que me maldigan tres veces por haberme casado!

Dicho esto, el esposo tintineó con la cuchara en el plato, se levantó y, con exasperación, azotó la puerta. La esposa empezó a sollozar, se pegó al rostro la servilleta y salió también. El almuerzo terminó.

El esposo llegó a su gabinete, se tumbó en el diván y hundió su rostro en la almohada.

“¡El diablo te mandó casarte! –pensó. -¡Buena vida 'familiar', no te digo! ¡No has acabado de casarte y ya te quieres suicidar!”

Al cuarto de hora, tras la puerta se oyeron unos pasos ligeros...

“Sí, pongamos en orden las cosas... Me faltó al respeto y ahora anda por la puerta, quiere reconciliarse... ¡Pero qué diablos! ¡Antes me cuelgo que reconciliarme!"

La puerta se abrió con un suave chirrido y no se cerró. Alguien entró y, con pasos suaves y tímidos, se dirigió al diván.

“¡Está bien! Pide perdón, suplica, llora... ¡Una higa vas a recibir!, ¡al diablo! Ni una palabra me sacarás, aunque te mueras... ¡Yo duermo y no quiero hablar!”

El esposo metió su cabeza en la almohada de modo más profundo, y empezó a roncar suavemente. Pero los hombres son tan débiles como las mujeres. A éstos es fácil amargarlos y calentarlos. Al sentir a su espalda un cuerpo cálido, el esposo se arrimó con terquedad al espaldar del diván, y dio una patada.

“Sí... Ahora se mete, se acerca a mí, se me pega... Pronto va a empezar a besarme el hombro, a ponerse de rodillas. ¡No soporto esas ternuras! Con todo... habrá que perdonarla. Para ella, en su estado, es perjudicial angustiarse. Le haré que se torture durante una hora y luego la perdonaré...”.

Sobre su misma oreja voló suavemente un suspiro profundo. Tras éste otro, un tercero... El esposo sintió en el hombro el roce de una mano pequeña.

“¡Bueno, qué le vamos a hacer! La perdonaré por última vez. ¡Basta de torturarla, pobrecita! ¡Además, yo mismo soy culpable! Por una tontería armé un berrinche...” -¡Bueno, basta, mi trocito de pan!

El esposo extendió su mano hacia atrás y abrazó un cuerpo cálido.

-¡No puede ser!

Junto a él yacía su gran perra Diánka.


QUÉ LÁSTIMA PERO ADIÓS (Saiz de Marco)

Soñé que estaba en un bar. Aparte del camarero y de mí, sólo había un hombre mayor. No nos conocíamos de nada, pero se dirigió a mí:

-Permita que le invite. Hoy es el primer día de mi jubilación.

Entonces, mientras me bebía la cerveza, empezó a contarme su historia.

-Mi vida ha sido dura. De pequeño no fui a la escuela. Tenía que ayudar a mi padre en el trabajo. Iba con él a los ríos y arroyos, en un carro tirado por mulos, a recoger la arena de los bordes. Después de cargarla la cribábamos para limpiarla de guijarros, y luego íbamos por las obras vendiendo la arena como material de construcción.

También me contó que más tarde trabajó de mecánico.

-Un día, sin venir a cuento, el dueño del taller me despidió. Esa noche, con la preocupación, me dio un infarto y estuve a punto de morir. Pero me repuse. Unos meses después abrí mi propio taller y acabé obligando a quien me había echado a trasladar su negocio.

La suya no era una historia especialmente interesante, pero me gustaba oírla. (En general me gusta que la gente me cuente sus historias, sus vivencias reales.) Me sentía bien en aquel sitio y con aquella compañía.

Sin embargo, indiferente a mis gustos, el despertador sonó.

Con su riiiiing se borró todo: el bar, el camarero, el hombre que me contaba su vida…, todo.

Es verdad que, de algún modo, dentro del sueño ya sabía que probablemente no vería más a aquel hombre. Pero una vez despierto me dolió irme de allí de esa manera: sin despedirme de él y sin siquiera agradecer su invitación.

domingo, 1 de noviembre de 2015

LOS SIMULADORES (Anton Chéjov)


Marfa Petrovna, la viuda del general Pechonkin, ejerce, unos diez años ha, la medicina homeopática; recibe los martes por la mañana a los aldeanos enfermos que acuden a consultarla.

Es una hermosa mañana del mes de mayo. Delante de ella, sobre la mesa, se ve un estuche con medicamentos homeopáticos, los libros de medicina y las cuentas de la farmacia donde se surte la generala.

En la pared, con marcos dorados, figuran cartas de un homeópata de Petersburgo, que Marfa Petrovna considera como una celebridad, así como el retrato del padre Aristarco, que la libró de los errores de la alopatía y la encaminó hacia la verdad.

En la antesala esperan los pacientes. Casi todos están descalzos, porque la generala ordena que dejen las botas malolientes en el patio.

Marfa Petrovna ha recibido diez enfermos; ahora llama al onceno:

-¡Gavila Gruzd!

La puerta se abre; pero en vez de Gavila Gruzd entra un viejecito menudo y encogido, con ojuelos lacrimosos: es Zamucrichin, propietario, arruinado, de una pequeña finca sita en la vecindad.

Zamucrichin coloca su cayado en el rincón, se acerca a la generala y sin proferir una palabra se hinca de rodillas.

-¿Qué hace usted? ¿Qué hace usted, Kuzma Kuzmitch? -exclama la generala ruborizándose-. ¡Por Dios!...

-¡Me quedaré así en tanto que no me muera! -respondió Zamucrichin, llevándose la mano a los labios-. ¡Que todo el mundo me vea a los pies de nuestro ángel de la guarda! ¡Oh, bienhechora de la Humanidad! ¡Que me vean postrado de hinojos ante la que me devolvió la vida, me enseñó la senda de la verdad e iluminó las tinieblas de mi escepticismo, ante la persona por la cual me hallaría dispuesto a dejarme quemar vivo! ¡Curandera milagrosa, madre de los enfermos y desgraciados! ¡Estoy curado! Me resucitaste como por milagro.

-¡Me... me alegro muchísimo!... -balbucea la generala henchida de satisfacción-. Me causa usted un verdadero placer... ¡Haga el favor de sentarse! El martes pasado, en efecto, se encontraba usted muy mal.

-¡Y cuán mal! Me horrorizo al recordarlo -prosigue Zamucrichin sentándose-; se fijaba en todos los miembros y partes el reuma. Ocho años de martirio sin tregua..., sin descansar ni de noche ni de día. ¡Bienhechora mía! He visto médicos y profesores, he ido a Kazan a tomar baños de fango, he probado diferentes aguas, he ensayado todo lo que me decían... ¡He gastado mi fortuna en medicamentos! ¡Madre mía de mi alma!

"Los médicos no me hicieron sino daño, metieron mi enfermedad para dentro; eso sí, la metieron hacia dentro; mas no acertaron a sacarla fuera; su ciencia no pasó de ahí. ¡Bandidos; no miran más que el dinero! ¡El enfermo les tiene sin cuidado! Recetan alguna droga y nos obligan a beberla! ¡Asesinos! Si no fuera por usted, ángel mío, hace tiempo que estaría en el cementerio. Aquel martes, cuando regresé a mi casa después de visitarla, saqué los globulitos que me dio y pensé: «¿Qué provecho me darán? ¿Cómo estos granitos, apenas invisibles, podrán curar mi enorme padecimiento, extinguir mi dolencia inveterada?» Así lo pensé; me sonreí; no obstante, tomé el granito y momentáneamente me sentí como si no hubiera estado jamás enfermo; ¡aquello fue una hechicería! Mi mujer me miró con los ojos muy abiertos y no lo creía. «¿Eres tú, Kolia?», me preguntó. «Soy yo», y nos pusimos los dos de rodillas delante de la Virgen Santa y suplicamos por usted, ángel nuestro: «Dale, Virgen Santa, todo el bien que nosotros deseamos»."

Zamucrichin se seca los ojos con su manga, se levanta e intenta arrodillarse de nuevo; pero la generala no lo admite y lo hace sentar.

-¡No me dé usted las gracias! ¡A mí, no! -y se fija con admiración en el retrato del padre Aristarco-. Yo no soy más que un instrumento obediente... Usted tiene razón, ¡es un milagro! ¡Un reuma de ocho años, un reuma inveterado y curado de un solo globulito de escrofuloso!

-Me hizo usted el favor de tres globulitos. Uno lo tomé en la comida y su efecto fue instantáneo, otro por la noche, el tercero al otro día, y desde entonces no siento nada. Estoy sano como un niño recién nacido. ¡Ni una punzada! ¡Y yo que me había preparado a morir y tenía una carta escrita para mi hijo, que reside en Moscú, rogándole que viniera! ¡Es Dios quien la iluminó con esa ciencia! Ahora me parece que estoy en el Paraíso... El martes pasado, cuando vine a verle, cojeaba. Hoy me siento en condiciones de correr como una liebre... Viviré unos cien años. ¡Lástima que seamos tan pobres! Estoy sano; pero de qué me sirve la salud si no tengo de qué vivir. La miseria es peor que la enfermedad. Ahora, por ejemplo, es tiempo de sembrar la avena, ¿y cómo sembrarla si carezco de semillas? Hay que comprar... y no tengo dinero...

-Yo le daré semillas, Kuzma Kuzmitch... ¡No se levante, no se levante! Me ha dado usted una satisfacción tal, una alegría tan grande, que soy yo, no usted, quien ha de dar las gracias.

-¡Santa mía! ¡Qué bondad es ésta! ¡Regocíjese, regocíjese usted, alma pura, contemplando sus obras de caridad! Nosotros sí que no tenemos de qué alegrarnos... Somos gente pequeña..., inútil, acobardada... No somos cultos más que de nombre; en el fondo somos peor que los campesinos... Poseemos una casa de mampostería que es una ilusión, pues el techo está lleno de goteras... Nos falta dinero para comprar tejas...

-Le daré tejas, Kuzma Kuzmitch.

Zamucrichin obtiene además una vaca, una carta de recomendación para su hija, que quiere hacer ingresar en una pensión. Todo enternecido por los obsequios de la generala rompe en llanto y saca de su bolsillo el pañuelo. A la par que extrae el pañuelo deja caer en el suelo un papelito encarnado.

-No lo olvidaré siglos enteros; mis hijos y mis nietos rezarán por usted... De generación a generación pasará... «Vean, hijos, les diré, la que me salvó de la muerte, es la...» Después de haber despachado a su cliente, la generala contempla algunos momentos, con los ojos llenos de lágrimas, el retrato del padre Aristarco; luego sus miradas se detienen con cariño en todos los objetos familiares de su gabinete: el botiquín, los libros de medicina, la mesa, los cuentos, la butaca donde estaba sentado hace un momento el hombre salvado de la muerte, y acaba por fijarse en el papelito perdido por el paciente. La generala lo recoge, lo despliega y ve los mismos tres granitos que dio a Zamucrichin el martes pasado.

-Son los mismos... -se dice con perplejidad- hasta el papel es el mismo. ¡Ni siquiera lo abrió! En tal caso, ¿qué es lo que ha tomado? ¡Es extraordinario! No creo que me engañe...

En el pecho de la generala penetra por primera vez durante sus diez años de práctica la duda... Hace entrar los otros pacientes, e interrogándolos acerca de sus enfermedades nota lo que antes le pasaba inadvertido. Los enfermos, todos, como si se hubieran puesto de acuerdo, empiezan por halagarla, ensalzando sus curas milagrosas; están encantados de su sabiduría médica; reniegan de los alópatas, y cuando se pone roja de alegría, le explican sus necesidades. Uno pide un terrenito, otro leña, el tercero solicita el permiso de cazar en sus bosques, etc. Levanta sus ojos hacia la faz ancha y bondadosa del padre Aristarco, que le enseñó los senderos de la verdad, y una nueva verdad entra en su corazón... Una verdad mala y penosa... ¡Qué astuto es el hombre!

jueves, 29 de octubre de 2015

BANDADA DE TIJERAS (Francisco Javier Irazoki)

Fue a finales de los años cincuenta del siglo XX. Mi hermana, en medio de un paisaje verde, lloraba mientras recorría un camino de tierra. Enseguida me describió las burlas padecidas en el colegio. Ella se expresaba en el euskera que nuestros padres nos enseñaron, y sus compañeros se reían. Para que yo no sufriera, me hizo aprender sin ira el castellano y sentí que con cada nueva palabra recibía un escudo. Así construí el muro detrás del cual Jorge Luis Borges, César Vallejo o Luis Cernuda me regalaron libertades. Comprendí que aquel refugio significaba igualmente una apertura.

Al poco tiempo, la democracia trajo deseos justos de recuperar los idiomas apartados por el franquismo. Entre algunos supuestos protectores del euskera no faltaron las desmesuras. Tachar los letreros viales escritos en español fue una de sus tristezas culturales preferidas. Con palabras borradas cerraron las mentes. Su desafecto hacia otras lenguas era la prueba de la insinceridad con que defendían la propia; vi que usaban esa aventura para llenar el vacío íntimo. Al cumplir años he perdido convicciones. Una de ellas sigue conmigo y sé que va a acompañarme hasta los últimos días: quien ama un idioma ama todos los idiomas.

lunes, 26 de octubre de 2015

EROS Y TÁBANOS (Carmela Greciet)

-Llévame a los acantilados- le pidió su novia al empleado de la funeraria.

Él, complaciente, arrancó el coche fúnebre y atravesaron la ciudad rumbo a la costa.


Ya habían rebasado las afueras, cuando ella se quitó la blusa:


-Te espero ahí detrás- dijo, pasando entre los asientos. A la luz del atardecer sus senos oscilaron como dos frutos cálidos.


Durante las obligadas esperas del trabajo, había ido él desgranando con disimulo ramos y coronas de los difuntos transportados aquel día, dejando la carroza funeraria convertida en un lecho de flores.

Ahora, en el retrovisor, mientras ascendían por las estrechas carreteras, la contempló allí tendida, desnuda toda ya, sonriente, bellísima, con sus largos cabellos esparcidos..., pero cuando llegaron a lo más alto vio con sorpresa que a ella se le mudaba el gesto y empezaba a gritar dando manotazos:


-¡Tábanos, hay tábanos! – se podía oír su zumbido oscuro y pegajoso.


De inmediato, paró el coche y se bajó con intención de abrir el portón trasero para liberarla, pero sólo pudo esbozar un ademán ridículo en el aire, pues se había olvidado de echar el freno de mano y el vehículo con ella dentro se le estaba yendo, se le había ido ya, de hecho, ladera abajo.


Y aunque corrió detrás para alcanzarla, apenas tuvo tiempo de ver tras el cristal su bello rostro aterrado y, después, al fondo del abismo de la noche, contra las rocas del acantilado, aquel estallido colosal de fuego y flores.

sábado, 24 de octubre de 2015

LA TRAMA (Jorge Luis Borges)

Para que su horror sea perfecto, César, acosado al pie de la estatua por lo impacientes puñales de sus amigos, descubre entre las caras y los aceros la de Marco Bruto, su protegido, acaso su hijo, y ya no se defiende y exclama: ¡Tú también, hijo mío! Shakespeare y Quevedo recogen el patético grito.

Al destino le agradan las repeticiones, las variantes, las simetrías; diecinueve siglos después, en el sur de la provincia de Buenos Aires, un gaucho es agredido por otros gauchos y, al caer, reconoce a un ahijado suyo y le dice con mansa reconvención y lenta sorpresa (estas palabras hay que oírlas, no leerlas): ¡Pero, che! Lo matan y no sabe que muere para que se repita una escena.

LA ESTRATEGIA DEL GENERAL (Tomás Eloy Martínez)


No había sido jamás un hombre de paciencia, y sólo porque la ropa que le probaban era su ropa de muerto aceptó el general Pacheco que lo encorsetasen con alfileres e hilvanes. En la mísera trastienda de la sastrería, entre maniquíes destripados e hilachas de lienzo, el general sentía que la estrecha cápsula de aire dentro de la que había vivido en los últimos tiempos (ese vago cilindro de atmósfera oxigenada que se achicaba y agrandaba según la tensión de sus nervios) había quedado reducida al mínimo tamaño de una aureola en torno de la piel: tenía la exacta medida del uniforme que Simón y su ayudante estaban probándole.

Protestó contra el largo excesivo de la chaqueta, descubrió que dos de los ojales estaban desalineados, supuso que los pantalones eran más anchos de lo que pedía el reglamento y cuando Simón le demostró, centímetro en mano, que estaba equivocado, adujo que el centímetro de la sastrería tenía las medidas confundidas, para sosegar a los incautos. Serafina, la mujer del general, reclamó que entallaran un poco más la chaqueta, pero Simón sostuvo que ceñía el abdomen con todo respeto, y el general acabó dándole la razón. No quería que, una vez acomodado en el ataúd, pareciera embarullado por la grasa. Prestó especial atención a los dibujos de las palmas doradas en el borde de las mangas y en el cuello de la chaqueta. Las comparó con los dibujos del catálogo que había pedido a la Sastrería Militar y encontró algunas economías en el laberinto de las hojas. Simón adujo que el hilo de oro había sido insuficiente.

Eso me pasa por acudir a chapuceros -dijo el general Pacheco-. Debí haber encargado el traje a Buenos Aires.

-No te hubiera dado tiempo -reflexionó Serafina-. Tienes demasiadas pretensiones para morirte.

Hacía ya meses que el general venía preparándose para la muerte. En la ociosidad de Santa María, había examinado con serenidad su condición mortal y había llegado a la conclusión de que efectivamente moriría. Durante algún tiempo, había desechado sucesivas fórmulas para esquivar el accidente de morir, aplicando los cálculos de probabilidades que le enseñaron en la Escuela de Ingenieros. Carecía prácticamente de todo riesgo de inmortalidad. Había llegado a pensar que si todo nacimiento es una mera consecuencia del azar, si él había podido acceder al mundo porque sus antepasados habían ido zafándose a tiempo de pestes o duelos fatales, de guerras y matrimonios inconvenientes; si su nacimiento era el cabo final de infinitas fortunas, por qué no podía haber en el azar otro resquicio idéntico que invirtiera los términos y le permitiera no morir: uno de esos relámpagos que se abren repentinamente en el destino como las grietas en la pared, algo que le permitiera adelantarse o retroceder cada vez que la muerte se le ponía por delante. Combatir a la muerte con su voluntad de no morir.

La primavera había despejado el viento de las calles de Santa María, y las tormentas de polvo empezaban a marchitarse. El general y Serafina salían por las tardes a ver cómo el polvo iba volviéndose amarillo, y luego sucumbía, encorvado, sobre el lecho seco del río. Desde hacía tiempo no se animaba a salir ya, por temor a que el camino hacia Tucumán adelantara su enfrentamiento con la muerte. No es que fuera temeroso: es que había una cuestión de orgullo en el combate. Se había lanzado a él aplicando lo que sabía de estrategia: esperar a la muerte por los flancos, sortearla con un movimiento del cuerpo, en fin. Por fin había creído encontrar la manera de demorarla un poco: la carta robada, en fin. Si se ponía a esperar la muerte como si ésta hubiera pasado ya, era posible que la muerte se confundiera y lo olvidara. Fue a mediados del invierno, una tarde en que despreciaba los mates cebados por Serafina, cuando cayó en la cuenta de que la muerte era una ceremonia para la que nadie se preparaba. Las madres recibían a los recién nacidos con el ajuar bien provisto, las novias organizaban sus equipos de matrimonio, pero con la muerte nada: por no pensar en ella, los hombres permitían que los acometiera de sorpresa. Y así perdían fatalmente.

Habían pasado veinte años desde su retiro, y el general no había hecho nada útil, ni siquiera útil para sí mismo. El casamiento de una sobrina con el hijo del comandante en jefe le había valido las palmas de general cuando su mediocridad, decían las juntas de calificaciones, lo hubiera condenado a ser desahuciado. Le concedieron un oscuro destino de oficinista: el comando de una región militar, la de Tucumán, donde el mando de tropa era ejercido por un teniente coronel y él debía contentarse con disponer que columnas de expedientes burocráticos fueran y volvieran de sus oscuros destinos. Sabía de antemano que ese premio consuelo no iba a durarle demasiado. Cuando al fin lo retiraron, algunas empresas le ofrecieron funciones más o menos confusas en sus directorios. Era la costumbre, y todo ocioso general en retiro acababa más o menos del mismo modo, golpeando las puertas de ex funcionarios o condiscípulos más afortunados para que favorecieran con sus decretos los designios de la firma que lo había asalariado. Pero el general Pacheco ni siquiera tenía estómago para ser eficaz en esas comisiones de influyente. De manera que al cabo de otro año opaco, lo enredaron en la empresa con explicaciones sobre reducción de personal y el general comprendió que debía marcharse.

El doble fracaso lo demolió. No tenía quebrantos ni dificultades económicas. Serafina lo había dejado sin hijos y era una mujer que compensaba la frialdad en la cama con sus modestas exigencias para la vida. De manera que los muchos años de frugalidad le habían permitido al general mantener un departamento en Tucumán y construirse una espaciosa casa colonial en el valle de Santa María, cerca del río. Las expresiones de lástima por sus fracasos con que empezaron a atenderlo sobrinos y allegados lo ahuyentaron de la capital. Fue entonces cuando Serafina, que sufría de asma crónica, le sugirió que sus bronquios necesitaban el aire seco y fuerte de Santa María para salir adelante. Al salir de Tucumán, el general metió en el baúl del automóvil un óleo del combate de San Lorenzo que lo había acompañado en todos sus destinos, un ejemplar encuadernado de los reglamentos militares, la Vida de Napoleón por Ludwig, el tratadoDe la guerra de Clausewitz, y la fotografía dedicada del comandante en jefe. Supo que esas posesiones eran lo que más le importaba en el mundo, y llevarlas consigo a un viaje de veraneo tenía un significado preciso: ambos, el general y Serafina no tenían intención de regresar nunca.

En Santa María, el general alcanzó la felicidad de descubrir que todas las cosas eran como parecían. Advirtió que toda su vida había seguido un rumbo equivocado: que se había movido entre motines e intrigas de palacio, deliberaciones sobre los inevitables infortunios de los gobiernos regidos por civiles y le había tocado pronunciar discursos en cuyo significado no creía. Había ido siguiendo la zigzagueante línea de los acontecimientos políticos: de pronto se encontraba elogiando la democracia o encareciendo las virtudes de la revolución cuando en verdad no le importaban una ni otra. Sólo se sentía dichoso en la remota penumbra del hogar, contemplando el progreso de los días y los secretos verdes que rumiaba la naturaleza. Había llegado a su punto por un secreto instinto de colocarse siempre al lado de los vencedores, por intuir a quién correspondería la victoria. Pero no había tomado jamás la delantera. Había sido un subordinado obediente, adicto a la disciplina, con el exacto don (o disposición) de mando que exigían los reglamentos. Que no le pidieran imaginación, porque la palabra lo asustaba.

En Santa María, no había personaje más ilustre que él. El intendente inventaba pretextos para visitarlo, y cada vez que el general iba al club social a jugar a los dados, los sábados por la noche, siempre encontraba algún comedido que le cedía su puesto en la mesa de juego. Sobraban las mujeres dispuestas para ayudar a Serafina en el cuidado de la casa, abundaban los vecinos que llamaban a su puerta para ofrendarle una ollita de mote, humitas, empanadas o dulce de cayote. Se le enmohecían los alfajores de capia y las tortas de turrón en la despensa, pero no se atrevían a deshacerse de ellos por temor a que los que se los habían obsequiado, siempre tan pendientes de lo que hacían, husmeasen en los tachos de basura. La única diversión que se permitió para sí solo fue una mesa de arena en la galería del fondo. Sobre ella dispuso montañas iguales a las que se veían desde la aldea, dibujó las sinuosidades del río y organizó con paciencia, ayudándose con las casitas para armar que traía el Billiken, un pueblo cuyo diseño era casi idéntico al de Santa María, con sus almacenes de abastecimientos, la torre de la iglesia, la comisaría y la terminal de ómnibus. Luego, sobre la mesa, con los ejércitos de plomo que había ido comprando sigilosamente en la juguetería, imaginaba ataques por sorpresa de fuerzas enemigas: inventaba guerras de provincia contra provincia, incursiones de guerrilleros contra vecinos pacíficos, y luego, luchas de civilizaciones contra civilizaciones: imaginaba que los soldados rojos eran hordas de marxistas que agredían la calma de la patria, y se ingeniaba para colocar los cañoncitos y las defensas de tal manera que sus victorias fueran inevitables. Así pasaba los días. Poco a poco fue descubriendo que la vida tenía un sabor más dulce que el de los cuarteles. Podía cambiar a su antojo el nombre de las cosas, bautizar de nuevo a los árboles y a los monumentos históricos, descubrir sonidos nuevos en la lengua de todos los días. Cuando Serafina estaba de buen humor, ensayaba con ella: “No trumes asona el rumo que va a lisársete el zope”, decía, para insinuarle que el pollo había estado demasiado tiempo en el horno y podía quemársele. Pero luego, cuando advertía que la invención era tímida y respetuosa en exceso de la sintaxis convencional, buscaba nuevos modos de enredar a las palabras: “Fruma que asmante, Finita”, declamaba, o bien: “Asa tu asma ni te amo”. La mujer trataba en esos percances de quitarse al general de encima como podía.

“Dejame en paz, Anselmo”, se le zafaba. “Por falta de tiempo, no me supiste hacer mujer cuando estabas en servicio. Ahora que te has jubilado, aprende por lo menos a no aburrirme.”

Al general le había resultado siempre intolerable que Serafina le echara la culpa de su frigidez, y había buscado confirmar su hombría en otros brazos más tolerantes. Pero en el cuartel había ido dándose cuenta, ya de muchacho, de que era demasiado veloz en los abrazos amorosos, y de que se declaraba satisfecho apenas empezaba el juego. “Ejaculatio precox“, había dictaminado un oficial de sanidad, una noche de borrachera. El general, sin saber muy bien lo que significaba el latinajo, lo había dormido de una trompada, por si acaso la frase quería insinuar que era un maricón.

Una mañana, cuando estaba en la mesa de arena conduciendo una emboscada contra tropas irregulares de Bolivia que habían avanzado sobre Santa María luego de sucesivos ataques en cuña, un tiro mal calculado de cañón, hecho por la retaguardia de sus tropas, derribó su efigie de plomo, que simulaba observar las escaramuzas desde una hondonada del cerro. El general quedó paralizado por la sorpresa, como si la bala del cañón lo hubiese derribado de veras, y no oyó las voces de protesta de Serafina porque la sopa se enfría y ya es hora de que te olvidés de la milicia, Anselmo Pacheco, que no te ha dejado más felicidad que la de tu miserable jubilación. El repentino fogonazo de la muerte sumió al general en una meditación que duró semanas. Siempre había creído que no había otro más allá que el de la memoria de los hombres, y aunque confusamente, sabía que su rastro era débil, apenas una oscura huella en el agua frívola de Serafina. Se dio a pensar entonces en la desatención con que los hombres aguardaban a la muerte, por temor a que la mera invocación de su nombre fuera suficiente para atraerla. Esa noche, en el club social, cuando el panadero arrancó a los dados una generala servida, el general deslizó, tanteando:

-Sacar una generala servida es más difícil que encontrar la inmortalidad.

Funes, el médico, que estaba siempre alerta a cualquier tema de discusión, le pescó la intención al vuelo.

-¿Cómo dice, mi general? Con todo respeto, creo que se está equivocando muy fiero. Cinco dados iguales lanzados de una sola vez pueden salir dos veces en una noche, o nunca. No son un desatino. Pero todavía no se ha visto a nadie que le esquive el cuerpo a la muerte, aparte de Dios.

-Yo no estoy de acuerdo -dijo el general, frenando el cubilete en el aire-. Lo que me parece es que todavía nadie se ha animado a intentarlo en serio. Hemos aprendido a prolongar la vida, con las zonceras de la medicina. Pero no a conservarla para siempre. Yo, que he sido un alumno muy aplicado de la Escuela Técnica, sé perfectamente que no hay ley de la física o de la biología que no pueda ser violada. La muerte es un fenómeno que se produce en el tiempo. Toda la gracia consiste en adivinar su golpe: en descubrir a tiempo cuándo llegará. Y estar alerta para adelantársele o para retrasarse.

De vuelta para su casa, luego de haber dilapidado doscientos pesos en la mesa de juego, el general tuvo la primera vislumbre de su inmortalidad: advirtió que la muerte, como el nacimiento, era una pura cuestión de ceremonia. No durmió. Tampoco se atrevió a confiarle su idea a Serafina, porque jamás había hablado con ella de las cosas que eran verdaderamente importantes.

Se levantó muy temprano, hojeó como todos los días el manual de Clausewitz, hizo un poco de gimnasia, y apenas abrieron las tiendas se apersonó al sastre.

-¿Podría conseguir un catálogo de la sastrería militar? -le preguntó. Quiero que me haga cuanto antes un uniforme de gala.

-¿Van a nombrarlo ministro, general? -preguntó el sastre.

-No sea zopenco. Estoy preparándome para mi entierro.

El sastre recobró el aliento y empezó a ponderar su inexperiencia. Nunca había hecho un uniforme de oficial, y tenía temor de enredarse con las charreteras, de confundir los hilos dorados, de no acertar con las guardas de los pantalones.

-¿Por qué no se hace un viajecito a Tucumán? -sugirió-. Son solamente tres horas de automóvil.

-Si me voy, no vuelvo -dijo el general-. Y para lo que estoy buscando, necesito esperar a la muerte aquí.

-Mande las medidas y pida que le envíen el uniforme por encomienda.

-¿Cuándo ha sabido que un general de la Nación haga eso? Usted es el sastre de Santa María. Si no es capaz de hacerme un uniforme, lo mejor será que se mude para otro pueblo y ceda su lugar a una persona más competente.

El sastre prometió que haría lo que pudiese.