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lunes, 20 de octubre de 2014

EL ÁRBOL (Juan Carlos Onetti)


Cuando aquella mañana de cielo feliz, la muchacha, violín en mano, llamó a la puerta de la casita jardín de los Risi, un hombre de paisano, un poco mulato, abrió de un tirón y la obligó a pasar.

- Póngase contra la pared y apóyese en las manos.

Mientras obedecía, la muchacha tuvo tiempo de pasar un vistazo por la cara de la sirvienta de Fide que estaba blanca, moviendo las manos sobre el vientre, emparedada por otros dos monos que se turnaban para apresurar preguntas o mezclaban las interrogaciones con la vieja técnica tan aprendida, tan puesta a prueba. Los tres hombres en mangas de camisa y sudando, fingiendo premura e importancia.

El portero cacheó a la muchacha y detuvo la congénita insolencia de las manos en los senos y las nalgas.

- Limpia, dijo. Ahora abra el violín.

- El estuche.

- Sí, doctora. El estuche del violín.

Ella había escondido los papelitos celestes que le había prestado anoche la mujer de Fide, entre un si bemol y un pizzicato. Pero al fin aparecieron.

Era una lista de nombres de sentenciados a muerte que tal vez aún sigan vivos.

- ¿Y esto? - preguntó el primero, con aire sobrador, buscando meter en la luz atenuada de la mañana una expresión de amenaza 
inteligente.

La sirvienta de los Fide repetía:

- No, ya le dije. Los trajo ayer a casa. No sé dónde está. Ya le dije. No avisó por teléfono ni lo vi. Ya le dije. No sé dónde está. Ya le dije.

- Y usted ahora se va al jardín con el mocoso -le dijo el hombre a la muchacha. Y nada de macanas que no empezamos todavía.

Así que ella abrió la puerta vidriera y en el pequeño jardín respiró el aroma de la tierra húmeda y el olor del verano, agrupados en el gran árbol solitario.

Bob estaba despatarrado, allá arriba, en las ramas más altas.

- Traé la pelota que está allá en el fondo - dijo Bob.

La pelota estaba a dos metros contra el muro gris de la divisoria. Era de goma, grande y parecía estar pintada con gajos de todos los colores.

La muchacha tiró la pelota al niño y el niño a ella, y así siguieron, riendo los dos. Ahora se oía a la sirvienta de los Fide, a veces gritaba, otras lloraba. Las voces gruesas de los hombres se entreveraban, se alzaban y se alejaban.

- No sé. Ya le dije. No sé nada.

El golpe de un bofetón y un insulto. El niño continuaba ignorante y riendo, ella sonreía, mirándolo, mostrándole la cara, la pelota iba y venía, rodaba brillosa y alegre sobre la tierra que interrumpían algunos puñados de pasto.

Jugaban y la muchacha estaba segura de no estar allí, de soñar los subibajas de la pelota. No había hombres dentro de la casa acosando a la sirvienta de Fide, no existía la amenaza del pronto encierro, el interrogatorio, la tortura. Miraba la pared húmeda que rodeaba el jardín, pensaba en la posibilidad de saltar, la de huir del sueño, de quebrar la pesadilla.

No había en el mundo otra cosa que el jardín escuálido, el vaivén de la pelota, la alegría del niño a cuyos padres estaban matando en otro lejano inimaginable lugar, país, continente...

Era necesario seguir jugando con el niño, sentir que la pelota le golpeaba la barriga, lanzarla de vuelta.

El niño, puro y sencillo, tan cerca de la casa y el horror; el niño, lo único que subsistía de los padres en aquel momento y ella tenía que ser padre y madre mientras durara la pesadilla infinita, las voces groseras en la casa, la risa nerviosa del chico en el árbol.
Porque si prolongaba sin pausa el monótono juego, ambos quedarían apartados del tiempo, nunca rozados por la suciedad del mundo.

PUNTOS (Saiz de Marco)

Desde el avión se divisan puntos móviles. Pequeños puntos ahí abajo. Puntos atravesando las calles, corriendo a esconderse en los refugios.

El piloto militar se fija en uno de aquellos puntos, uno cualquiera, y se pregunta:

¿Es una mujer o un hombre?

De niño, ¿quién meció su cuna? ¿Le contó alguien cuentos?

¿Está enamorado?

¿Tiene hijos? ¿Los lleva, cada día, de la mano al colegio?

¿Toca el piano?

¿Le gusta el fútbol?

¿Cuál es su plato favorito?

¿Se le da bien hacer cuentas?

¿Escribe acaso poemas a escondidas?

¿De qué se rió por última vez?

¿Con quién proyecta cenar esta noche? (Y no, no creo que cene.)

Se da cuenta de que está divagando. Tiene órdenes que cumplir, así que ha de centrarse en su misión. Desciende varios pies de altura hasta situar el avión a la distancia óptima. Los puntos, ahora, se ven un poco más grandes. Pulsa el botón de descarga y, justo encima de aquellos puntos, deja caer varias bombas.

FÁBULA DE LA OSCURIDAD Y EL SEÑOR DE LAS TINIEBLAS (Mario Alonso Puig)

El señor de las Tinieblas convocó en su palacio a los más encarnizados enemigos del hombre y les dijo:

- Llevo miles de años intentando destruir al hombre, acabar con su existencia, y para ello he creado todo tipo de conflictos, guerras, pero cuando parecía que al final lo lograba, aparecía él y evitaba que el ser humano desapareciera de este planeta. 
A veces, parecía disfrazado de sonrisa, una mano amiga e incluso a veces de una simple palabra de consuelo y, sin embargo, a mí nunca me engañó porque siempre supe que tras los mil disfraces se ocultaba mi más temible enemigo, el Amor. 


Entregaré la mitad de mi reino a aquel de vosotros que me traiga el cadáver del Amor entre sus brazos.

Murmullos y de repente, uno de aquellos siniestros personajes se abrió paso y gritó:

- Gran señor, yo soy quien te traerá entre sus brazos al Amor, soy su enemigo natural. Soy el Odio.

El señor de la Tinieblas respondió entusiasmado:

- Ve, amigo mío, y haz mi sueño realidad y gozarás de la mitad de mi reino.

En una esquina, oculto tras una columna, un personaje vestido de negro con un gran sombrero que le tapaba el rostro esbozó una extraña sonrisa.

El Odio partió ante la envidia de muchos. Los años pasaron y regresó cabizbajo y manifestó su incomprensible derrota:

- No lo entiendo, señor, he creado desavenencias, malentendidos y todo tipo de agravios y cuando parecía que mi triunfo estaba cercano, aparecía él, y al final todo lo suavizaba, todo lo arreglaba.

Tras el Odio, fueron la Pereza, la Rutina, la Desesperanza y muchos de los peores enemigos del hombre, y sin embargo todos ellos al final fracasaron. 

El señor de la Tinieblas, al ver que ninguno era capaz de lograr lo que tanto anhelaba, cayó en una profunda depresión hasta que súbitamente se abrió paso entre la multitud aquel silencioso personaje que vestía de negro y que tenía un sombrero que le tapaba el rostro. 

Con gesto altivo se dirigió al señor:

- Yo soy quien te traerá el cadáver del Amor entre mis brazos.

El señor lo miró con desprecio y se dirigió a el con desagrado:

- Todos antes que tú han fracasado y tú, a quien ni siquiera conozco, pretendes triunfar. No me importunes, todo está perdido.

Aquel extraño personaje partió, pasaron años y de repente se presentó ante el señor de las Tinieblas con el cadáver del Amor entre sus brazos. 

El señor dio un salto y se incorporó incrédulo ante lo que contemplaban sus ojos:

- Lo has logrado, has conseguido lo imposible, tuya es la mitad de mi reino; pero, amigo mío, por favor, antes de partir dime quién eres.

Aquel personaje se quitó solemnemente su gran sombrero, y con un susurro que, sin embargo, hizo temblar a todos los presentes, dijo:

- Yo, soy el Miedo.

jueves, 16 de octubre de 2014

LA CASA DE IRENE (Felisberto Hernández)


I

Hoy fui a la casa de una joven que se llama Irene. Cuando la visita terminó me encontré con una nueva calidad de misterio. Siempre pensé que el misterio era negro. Hoy me encontré con un misterio blanco. Éste se diferenciaba del otro en que el otro tentaba a destruirlo y éste no tentaba a nada: uno se encontraba envuelto en él y no le importaba nada más.

En el primer momento Irene es la persona que con más gusto pondríamos de ejemplo como simpáticamente normal: es muy sana, franca y expresiva; sobre cualquier cosa dice lo que diría un ejemplar de ser humano, pero sin ninguna insensatez ni ningún interés más intenso del que requiere el asunto; dice palabras de más como cuando una persona se desborda, y de menos como cuando se retrae; cuando se ríe o llora parece muy saludable y así sucesivamente. Y sin embargo, en su misma espontaneidad está el misterio blanco.

Cuando toma en sus manos un objeto, lo hace con una espontaneidad tal, que parece que los objetos se entendieran con ella, que ella se entendiera con nosotros, pero que nosotros no nos podríamos entender directamente con los objetos.
II

Hoy volví a la casa de la joven que se llama Irene. Estaba tocando el piano. Dejó de tocar y me empezó a hablar mucho de algunos autores. Entonces vi otra cosa del misterio blanco. Primero, mientras conversaba, no podía dejar de mirar las formas tan libres y caprichosas que iban tomando los labios al salir las palabras.

Después se complicaba a esto el abre y cierre de la boca, y después los dientes muy blancos.
Cuando terminó de conversar, empezó a tocar el piano de nuevo, y las manos se movían tan libre y caprichosamente como los labios. Las manos eran también muy interesantes y llenas de movimientos graciosos y espontáneos. No tenía nada que ver con ninguna posición determinada y no se violentaban porque dejara de sonar una nota o sonara equivocada. Sin embargo, ella se entendía mejor que nadie con su piano, y parecía lo mismo del piano con ella.

Los dos estaban unidos por continuidad, se les importaba muy relativamente de los autores y eran interesantísimos. Después me senté yo a tocar y me parecía que el piano tenía personalidad y se me prestaba muy amablemente. Todas las composiciones que yo tocaba me parecían nuevas: tenían un colorido, una emoción y hasta un ritmo distinto. En ese momento me daba cuenta que a todo eso contribuían, Irene, todas las cosas de su casa, y especialmente un filete de paño verde que asomaba en la madera del piano donde terminan las teclas.
III

Hoy he vuelto a la casa de Irene porque hace un día lindo.

Me parece que Irene me ama; que a ella también le parece que yo la amo y que sufre porque no se lo digo. Yo también tengo angustia por no decírselo, pero no puedo romper la inercia de este estado de cosas. Además ella es muy interesante sufriendo, y es también interesante esperar a ver qué pasa, y cómo será.

Cuando llegué estaba sentada leyendo. Para esto había elegido un lugar muy sugestivo de su inmenso jardín.

Yo la vi desde el camino de tierra que pasa frente a su casa, me introduje sin pedir permiso y la sorprendí.

Ella tuvo mucha alegría al verme, pero en seguida me pidió permiso y salió corriendo.
Apenas se levantó de la silla apareció el misterio blanco. La silla era de la sala y tenía una fuerte personalidad. La curva del respaldo, las patas traseras y su forma general eran de mucho carácter. Tenía una posición seria, severa y concreta. Parecía que miraba para otro lado del que estaba yo y que no se le importaba de mí.

Irene me llamó de adentro porque decidió que tocáramos el piano. La silla que tomó para tocar era igual de forma a la que había visto antes pero parecía que de espíritu era distinta: ésta tenía que ver conmigo. Al mismo tiempo que sujetaba a Irene, aprovechaba el momento en que ella se inclinaba un poco sobre el piano y con el respaldo libre me miraba de reojo.
IV

Hoy encontré a Irene en el mismo lugar de su jardín. Pero esta vez me esperaba. Apenas se levantó de la silla casi suelto la risa. La silla en que estaba sentada la vi absolutamente distinta a la de ayer. Me pareció de lo más ridícula y servil. La pobre silla, a pesar del respeto y la seriedad que me había inspirado el día antes, ahora me resultaba de lo más idiota y servil. Me parecía que esperaba el momento en que una persona hiciera una pequeña flexión y se sentara. ella con su forma, se subordinaba a una de las maneras cómodas de descanso y nada más. Irene la tomó del respaldo para llevarla a la sala. En ese momento el misterio blanco de Irene parecía que decía: “Pero no le haga caso, es una pobre silla y nada más” y la silla en sus manos parecía avergonzada de verdad, pero ella sin embargo la perdonaba y la quería. Al rato de estar en la sala me quedé solo un momento y me pareció que a pesar de todo, las sillas entre ellas se entendían. Entonces por reaccionar contra ellas y contra mí, me empecé a reír.

También me parecía entonces, que ellas se reían de mí, porque yo no me daba cuenta cuál era la que había visto primero, cuál era la que me miraba de reojo y cuál era la que yo me había reído de ella.
V

Hoy le he tomado las manos a Irene. No puedo pensar en otra cosa que en ese momento. Ocurrió así: cuando las manos estaban realizando su danza en el teclado, empecé a pensar qué pasaría si yo de pronto las detuviera; qué haría ella y qué haría yo; cómo serían los momentos que improvisaríamos. Yo no quise traicionarla al pensar primero lo que haría, porque ella no lo tendría pensado. Y entonces zas. Y apareció una violencia absurda, inesperada, increíble. Ante mi zarpazo ella se asustó y en seguida se paró. A una gran velocidad ella reaccionó en contra y después a favor. En ese instante, en que la reacción fue a favor, en el segundo que le pareció agradable y que parecía que en seguida reaccionaría otra vez en contra, yo aproveché y la besé en los labios.

Ella salió corriendo. Yo tomé mi sombrero y ahora estoy aquí, en casa.

No me explico cómo cambié tan pronto e inesperadamente yo mismo; cómo se me ocurrió la idea de las manos y la realicé; cómo en vez de seguir recibiendo la impresión de todas las cosas, yo realicé una impresión como para que la recibieran los demás.
VI

Anoche no pude dormir: seguía pensando en lo ocurrido. Después que pasó muchísimo rato de haberme acostado y de pensar sobre el asunto, hacía un gran esfuerzo por acordarme de algunas cosas. Hubiera querido volver a ver cómo eran mis manos tomando las de ella. Al querer imaginarme las de ellas, su blancura no era igual, era de un blanco exagerado e insulso como el del papel. Tampoco podía recordar la forma exacta: me aparecían formas de manos feas. Respecto a las mías tampoco podía precisarlas. Me acordaba de haberme detenido a mirarlas sobre un papel, una vez que estaba distraído. Las había encontrado nudosas y negras y ahora pensaba que tomando las de ella, tendrían un contraste de color y de salvajismo que me enorgullecía. Pero tampoco podía concretar la forma de las mías porque el cuarto estaba oscuro. Además, me hubiera dado rabia prender la luz y mirarme las manos. Después quería acordarme del color de los ojos de Irene, pero el verde que yo imaginaba no era justo, parecía como si le hubieran pintado los ojos por dentro.

Esta mañana me acordé que en un pasaje del sueño, ella no vivía sola, sino que tenía una inmensa cantidad de hermanos y parientes.
VII

Hace muchos días que no escribo.

Con Irene me fue bien. Pero entonces, poco a poco, fue desapareciendo el misterio blanco.

miércoles, 15 de octubre de 2014

EL GATO (Juan Carlos Onetti)


Muchas cosas desagradables se pueden decir o imaginar de John. Pero nunca le sospeché una mentira; tenía demasiado desprecio por la gente para inventarse cualquier fábula que le fuera favorable.

De modo que cuando me contó alegre y bebiendo dry martinis la historia –para mí, sobretodo– de uno de sus casamientos fallidos, no tuve duda. Era, o fue, como mirar y oír una película sin posibilidad de recomienzo ni temor sobre su capacidad de ser creída. Tampoco quedaba agujero para una sonrisa.

Yo llegaba, una semana antes, de París y quería actualizar, confirmar y desechar los rumores que me habían llegado sobre amigos, más o menos comunes, durante mi ausencia.

John era un inglés conversador y sabía burlarse de todo con despego, a veces lástima, nunca maldad.

Bebimos y hubo un largo silencio: John parecía meditar indeciso con el ceño fruncido.

Dejó su vaso sobre la mesa y me dijo, conservando su actitud de piernas cruzadas y de resuelto perfil:

–Era francesa y tú la conoces. Tal vez lo sepas porque estábamos prácticamente casados. Sólo nos faltaba el sacerdote, el juez y la llegada de unos muebles viejos y caros de los que no quería desprenderse. Bisabuelos y abuelos y padres, casi toda la historia de Francia. A mí sólo me importaba ella, Marie. Ya puedes buscar entre todas las Maries que recuerdes. Estaba loco y a veces pensé que era una locura sexual. Verla, bastaba; oler un pañuelo olvidado, bastaba; entrar al baño después de que ya había salido. Nos veíamos todas las semanas, aquí o en París. Dos o tres días seguidos. Íbamos y volvíamos. Y mi deseo aumentaba cada vez y yo me entregaba a él, escarbaba en él; quería más y más. Y cada más era era como un escalón que me impulsaba a pisar otro. Siempre en descenso porque yo sabía que estaba perdiendo salud y cerebro.

Sin dejar de ofrecerme un hombro, hizo una seña a Jeeves y vinieron dos vasos: dry martini para él y un gin tonic para mí. Encendió la pipa (él sabía que fumar apresuraría mi muerte) y estuvo un rato pensando, casi sonriendo con labios que no endulzaba la alegría. Como ocurre siempre en esta clase de cuentos me mantuve en silencio, esperando; fui recompensado, Johny dijo sin mirarme:

–Al gato lo bauticé Edgar. Y no porque fuera un gato negro con símbolos de horror, blancos, en su pecho.

–Una noche en que Marie, como estaba planeado, llegó al aeropuerto la recibí, tomamos cócteles con la alegría de siempre, brindamos por la felicidad matrimonial. Esto no hace reír pero es cómico. Fuimos a cenar y luego a mi departamento. No te dije, porque no lo sé y tal vez no me importe, que la portera y semipatrona estaba encaprichada conmigo o, simplemente, me odiaba sin pausa. Algo de eso.

Entramos y encendí la luz. Ella no había estado nunca allí. Miró alrededor con una sonrisa que era de aprobación antes de haber nacido. Y vio, vimos, en medio de la gran cama, con su colcha blanca de señorita, un gato negro, grande, gordo. Un gato que yo veía por primera vez y que parecía acostumbrado a ronronear allí. Con las patas dobladas bajo el pecho nos miró con ojos curiosos y volvió a cerrarlos. Hasta hoy no sé cómo pudo haber entrado. Sospecho, apenas. Me adelanté para acariciarle el lomo y la garganta y entonces ella explotó. Que echara el gato inmundo, que iba a llenar la cama de pulgas. A gritos y pateando el suelo. Yo encendí un cigarrillo y abrí la puerta. Le dije que me había hecho feliz encontrar por sorpresa que alguien nos daba la bienvenida. Ella me trató de estúpido y golpeó las manos hasta que el gato corrió hacia la puerta y la sombra del pasillo. Bueno, vamos a tomar otro vaso porque ya basta como prólogo. Lo que ocurrió es simple y para mí muy trabajoso de explicar. En aquel momento resolví que yo nunca podría casarme con aquella mujer; que era imposible vivir con ella, ser feliz con ella. No se lo dije entonces y el resto de la noche, hasta el cansancio de la madrugada pasaron como lo presentíamos y lo deseábamos.

Bebió de un trago, encendió nuevamente la pipa y sonrió alegre y desafiante. Ahora se volvió para mirarme los ojos y dijo:

–Lo que explica para cualquier tipo inteligente por qué desde entonces sólo he tenido aventuras y me he propuesto que duren poco.

martes, 14 de octubre de 2014

EL ÚLTIMO VIERNES (Juan Carlos Onetti)


En cuanto lo hicieron pasar, Carner comprendió que aquel viernes iba a ser distinto. Creyó recordar tímidas premoniciones, trató de protegerse despidiéndose de la larga sala de espera que acababa de dejar, de la noche o el día eternos que imponían los tubos fluorescentes, de la humanidad pobre y silenciosa que se rozaba los hombros sin respaldo, conservando rígidos los cuerpos durante horas, temiendo que su abandono significara la renuncia a su esperanza.

Se despidió de tantas semejantes, confundibles tardes de viernes que había elegido para visitar a Miller o ya, desinteresadamente, para visitar la Jefatura, atravesar el saludo de policías de uniforme y perder la noción del tiempo entre los hombres y mujeres que llenaban la sala de espera, sin rostros, sustituibles, tal vez diferenciados en secreto por anécdotas de la desgracia.

Había elegido los viernes porque era su día franco en el diario y porque Hilda lo usaba para ir a la iglesia. Había olvidado la probabilidad de un gran empleo en provincias, y gastaba en paz los viernes oyendo fanfarronear a Miller, fumándole los cigarrillos, midiéndole la miseria, haciéndole feliz con su atención y aceptándole los billetes doblados que le ponía en la mano al despedirlo.

Comprendió que aquel viernes iba a ser distinto, y acaso el último, porque Miller modificó de manera absoluta la farsa de la recepción y también el papel que le había asignado. No lo esperaba sonriente en el medio de la habitación, pequeño, cordial, gordo, juvenil, alargando los brazos para tomarle una mano y palmearla mientras recitaba con lentitud su discurso de bienvenida y sorpresa, en el que las erres inevitables arrastraban su húmeda blandura. El Miller de aquella tarde estaba sentado detrás del escritorio, fingiendo leer y corregir, en mangas de camisa y sin corbata, sudando apenas en el primer calor de la primavera. “Me vas a decir que es inútil que siga viniendo, aunque hace tantos viernes que no hablamos del empleo ni pensamos en él. No va a cumplir con la cuota semanal, no me va a dar un solo peso, justamente hoy, la primera vez que hice planes contando los billetes colorados”. Carner armó una sonrisa tranquila, indiferente y estuvo esperando a que el otro lo mirara; dos pisos más abajo, en el patio embaldosado, sonaron las botas, culatas, órdenes, removiendo el aire tibio de la tarde que empezaba a declinar, asustando a los insectos que anidaban en las hojas muertas de la victoria regia.

-Sentate -dijo Miller sin alzar los ojos.

Con calculada violencia, Carner tiiró el sombrero sobre el escritorio y ocupó la silla de brazos. Alzó la tapa de la pesada caja de madera siempre llena de cigarrillos ingleses, tomó uno y la dejó abierta. Tironeó la cadenita del encendedor del escritorio y sopló el humo hacia delante, hacia la cabeza inclinada y redonda, de pelo rubio y escaso. Miller cerró la carpeta e introdujo de nuevo la lapicera en el tintero; miró la caja de cigarrillo abierta y eligió uno.

-Gracias -dijo con ironía y sin sonreír: Lo encendió con un fósforo, recostó la cabeza en el respaldo de cuero del sillón y chupó el cigarrillo, una vez, con los ojos cerrados, sin tragar el humo. Luego abrió los ojos y estuvo examinando la sonrisa de Carner, ya un poco ajada, desprovista de sentido visible.

- ¿Qué te pasa? -preguntó.

- Nada -dijo Carner-. Vos sabes que hace años que no me pasa nada, nada que importe de veras. Pero soy feliz por si vas a preguntarlo. Me cago en todas las cosas y en todas las cosas que se te puedan ocurrir. Prontuario de Carner, José, de treinta y un años de edad, casado o viudo, periodista.

Entonces Miller sonrió, pero era la sonrisa dulzona, retrospectiva y deliberadamente nostálgica de las tardes de los viernes. “Así debe sonreír cuando un pobre infeliz, sentado en esa silla, empieza a mentirle para salvarse. Así, con paciencia y seguro, agradecido -al Dios de las tribus en que debe seguir creyendo, y sino en él, a los del padre y del abuelo que le quedaron como rastros de barba- de estar en ese lado del escritorio y no en éste, y creyendo también que lo merece.”

-Apasionado y no del todo exacto -dijo Miller, y se inclinó para acercarle un cenicero-. Treinta y dos años. Y la profesión declarada parece no ser la única. No se trata de fulltime. Muchas veces hablamos de Hilda, de una mujer llamada Hilda.

- Sí. Muchas veces. Vive conmigo, vivo con ella, vivimos juntos. ¿Qué pasa con ella?

- Poco, nada extraordinario. Hasta llegaría a decirte que no pasa nada si no fuera tu mujer.

- Mi mujer -Carner rehízo su sonrisa, clara, insultante, pero no estaba dirigida a Miller-. Nunca tuve, conocí o toqué a una mujer que fuera mi mujer. Hay una pieza de pensión que pagamos a medias, dormimos juntos, suceden con frecuencia momentos que me autorizan a decir sin mentira que vivimos juntos. En uno de ellos pensaba cuando lo dije recién. Puedo contártelo. O tal vez me ordenes que te lo cuente, comisario.

Miller echó la cabeza hacia atrás y contempló al otro desde el respaldo, hizo con los labios una mueca dulce y misteriosa.

- Me impresiona haberlo sabido hoy -dijo-. Las coincidencias me llenan de sospecha. No traté de averiguarlo, vino sólo. ¿Hilda Montes? Libertad 954. El informe dice, sin originalidad, que ejerce la prostitución. Y al parecer el 954 no contiene más que prostitutas y cafishios. Tu casa.

Vivo ahí. En el F del segundo piso. Hasta te invité, creo, a que fueras una noche. No me importa lo que haga Hilda para ganar dinero. Es decir, no me importa en ningún plano moral. En el plano que cuenta, me interesa, la escucho y a veces le hago preguntas. Tampoco es por razones morales que pago la mitad del alquiler y como de mi dinero. Algunas noches, es cierto, y también por coincidencia en noches de viernes, salimos de paseo y ella paga todos los gastos. Si la quisiera, viviría sin escrúpulos del dinero de ella. Sólo un imbécil, y no lo sos de esa manera, podría creer que exploto a una puta habiéndome una vez mirado el traje, la camisa, los zapatos. Todo esto es ridículo y aburrido. A vos, pienso, debe bastarte con mirarme a la cara.

Miller tosió el humo y se puso a reír, nervioso, entornando los ojos, mostrando los blancos dientes de muchacho. Se puso de pie, rodeó la mesa y apoyó una mano en la espalda de Carner.

- Es la maldita coincidencia -dijo-. Bendita, si preferís. Ya veremos.

- Sí. Y la coincidencia de que sea éste el primer viernes que vengo a visitarte pensando en los veinte pesos habituales, con un destino concreto para ellos. -La presión de la mano fue sustituida por una palmada; Miller caminó lentamente y acomodó una nalga en la esquina del escritorio. Encendió otro cigarrillo y estuvo mirando con una novedosa curiosidad la cara flaca y oscura de Carner-. Esta coincidencia y la de que Lucía se esté muriendo. Con diez pesos iba a comprar un libro de posturas para mirarlo esta noche con Hilda. Los otros diez los iba a guardar, no por mucho tiempo, según me avisaron, para comprarle flores a Lucía. Esta es la coincidencia de hoy; no es plata el contraste del destino de los dos billetes de diez pesos que esperaba. Recién ahora pienso en eso y me resulta natural, gris, desprovisto de trascendencia.

Sonó un timbre en el escritorio y Miller dijo una palabra sucia.

- Esperá.

Fue a ponerse el saco y la corbata, salió por la puerta del fondo, de madera pesada y brillosa, rodeada por el panel trabajado y profundo.

Entonces Carner se apoyó en la mesa y pensó sin amor en el viernes, en el reiterado, escondite idéntico y cambiante viernes que acababa de terminar para siempre.

lunes, 13 de octubre de 2014

MATEMÁTICA ALLÁ AL FONDO (María Negro)


Dos de la mañana. Toda la noche mete y saca los discos. Qué le vas a hacer si no hay laburo. La primera vez la pasé mal, che. Un cagazo padre a que aparezca la cana. Pero, ¿cómo? ¿dónde? El Guty juraba que todo arreglado pero viste como son. Una noche aburrida cualquier rati dice vamos a darle al boludo que piratea discos y chau. Y el boludo soy yo, porque el Guty debe sacar sus buenos mangos. Catorce grabadoras de cidis para abastecer dos ferias. Toda la música, todas las películas estrenos subtituladas calidad cine del conurbano pasan por mi mano alguna noche. Qué tarea ingrata la mía. Quién carajo sabe que por veinte mangos yo me la paso mete y saca, mete y saca discos. Acá, este no grabó. El otro se trabó. Aquel disco está sucio y a mí qué carajo me importa. El vino está caliente. Dos y media, madre mía, esto no se pasa más y si sacan otro estreno agarrate porque capaz que el Guty no te deja ni dormir y te llama temprano porque hay que sacar milquinientas copias. Asi lo dice. “Milquinientas copias” urgentes para la feria y yo que soy un pelotudo me agrando y le grito a la vieja “¡Vieja! ¡Me voy que estoy tapado de laburo!” y ella contenta apura el mate y me alcanza las zapatillas limpias como si la buena presencia le importara un corno a alguien en esta cucha donde el Guty me acomoda para que mete y saca, mete y saca, mete y saca discos hasta las ocho de la matina. Eso sí, antes de irse me larga veinte mangos como si fueran algo, como si valieran algo. Solo entonces se sube al auto y se vuelve a su casa donde la jermu lo debe esperar con la comida calentita como su beso que tocará ese cuerpito de mierda. Ese cuerpito que si habré cagado a palos en la canchita y ahora porque se hizo amigo del Roque y abrió la feria entonces trajeron las computadoras y en la cuadra creímos que el Guty se había afanado la casa de electrodomésticos, la del Pancho que nos fía a todos. La Ramona corrió llorando a pedirle que no lo afane al Pancho porque le faltaban dos cuotas para terminar la heladera y el Julio le había jurado anoche que después le iba a sacar el lavarropas. Justo anoche que no estaba en pedo. ¡Lloraba la Ramona! Imaginate, lavando a mano la ropa de siete pibes. Agarrada a las computadoras como a los calzones del Julio esa vez que era navidad o año nuevo cuando bailamos en la calle. Pero el Guty hacía fuerza para sacarla de encima con poca paciencia hasta que gritó “¡Salga de acá, vieja de mierda!” y la Ramona se asustó. Porque el único que la puteaba era el marido. El pibe aprovechó el susto y le contó lo del Roque y la feria entonces la Ramona se calmó y le juró que si sabía de alguien sin laburo le iba a avisar, tanto fue así que cuando se cruzó con la vieja en el almacén me dejaron sin escapatoria. La cosa que el Guty me vino a ver con veinte mangos y yo que lo había cagado a palos miles de veces en la canchita, le agarré los veinte mangos y cerré el culo.

Las tres y media. El pelotudo debe haberse echado un polvo con la rubia. Qué hijo de puta. Y yo mete y saca, mete y saca, mete y saca discos. Podrido de la música y estas películas de mierda donde todo el mundo tiene la cabeza cortada y se ve al de la fila de adelante pasar para el baño. Veinte mangos todas las noches por estas copias. Qué hijo de puta. Pero el Guty era bueno, decí que el vino está caliente sino estaría rico. Dos puchos me quedan en este embole. Podría dejar grabando discos que si se graban bien o mal me chuparía un huevo y salir hasta el kiosco de la ruta que no cierra. Pero el Guty me mata. Porque él se manda la parte que controla todas las copias él mismo y el Roque lo abraza, le da un fangote de guita y el Guty se va con el auto, con la guita y con la rubia no sin antes largarme los veinte mangos como si cada billete fuera la trompada que quería devolverme en la canchita, a mí, que lo cagaba a palos siempre. Hace frío. Que se vayan a cagar el Guty, el Roque, la rubia y todos los discos. Si me banco la noche, necesito puchos. Hace frío y el Guty debe estar enroscadito con la rubia y su auto. Yo tengo esta bici con el asiento que parece una poronga, pero no voy a ir caminando hasta la ruta. Me pasa algo y la vieja se muere. No son muchas cuadras. El kiosco está vacío y la mina me larga los tres mangos del vuelto sin mirarme la cara. Es linda. Tiene tetas grandes. Puedo quedarme mirandola porque no le importa. Seguro que si me hubiera visto bajar del auto del Guty me miraba. Las minas solo te miran si sos digno. Ahí te das cuenta. Los ojos de ellas nos dignifican, nos levantan despacito los pies del piso. Despacito hasta quedar en el aire que es el todo de esa sonrisa en unos ojos que no son para mí. Para mí, que meto y saco discos. Que me prendo un pucho apretando con furia esos tres pesos mugrientos que no valen ni una mirada de vuelto. Otra vez el frío. La calle está sola, pero no tanto. En la esquina, apoyada contra el semáforo, la Flora espera. Siempre espera. Su trabajo es casi ese. La puta y la espera. Ese tiempo entre pija y pija, esa patria de caramelo de menta y petaca. Todo aquello que calme el asco es bienvenido. La veo acomodarse la bombacha. Incómoda. Porque la Flora también es macho. Y ese día en la cancha cuando todavía era el cuatro mezquino del Defensores de Loma, cuando me miró a los ojos y gritó “Soy puto” justo antes que una lluvia de patadas le barriera las costillas y toda la esperanza de aceptación. Igual, todo le importó poco y en unos meses y unas cuantas cagadas más, la Flora era Flora y nos fuimos acostumbrando. Después, pobrecita, la rajaron de la sodería y ahí la tenés, yirando a la Flora. Si dónde carajo le van a dar laburo, ¿en el Maipo? Entre Flora, la calle y yo nacía un perfume a sal inevitable. Flora y yo eramos lo mismo. Su espera o los discos que se meten y se sacan. Su olor a esperma o mis veinte mangos.

Hechos de la misma mierda. Mierda entre la mierda. Un poco de pan que desprecia hasta el muerto de hambre. Es esta noche, este dolor que corría solo y que ahora me hermana con vos, Florita. Yo soy el gil de los veinte mangos que las kiosqueras ignoran, vení Florita. Escuchá, escuchá. ¿Sabés que estaba pensando? Que vos y yo somos iguales. No, no soy puto, no te rías. Vos y yo somos como hermanos. No, no estoy en pedo. Bah, un poco porque el vino estaba caliente y me escapé del laburo. Lloro porque vos tenés que entender que somos iguales, Florita. Que soy el puto de uno que duerme con una rubia que huele a florcitas. No, pará, escuchá, porque esa rubia no importa, entendés. Va a salir corriendo cuando al Guty le caiga la cana en un rato nomás. Pero vos no, Flora. Vos siempre vas a levantar la cabeza en la cancha para buscarme y hacer el pase, querida Flora. Vení. Chupala un poco. Me quedan tres mangos nomás, pero te los dejo. Vos y yo sabemos que esta noche todo suma, preciosa. Acá en el barro, todo suma con tal de valer un poco la pena.