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miércoles, 9 de julio de 2014

CONJUGACIÓN (Ángel Olgoso)

«Yo grité. Tú torturabas. Él reía. Nosotros moriremos. Vosotros envejeceréis. Ellos olvidarán».

LUIS XIV (Juan Pedro Aparicio)


Yo.

MI ÍDOLO (Aitor Suárez)


Entré en los aseos del restaurante y me invadió un olor fétido, a metano o azufre. Normal -pensé-, en este sitio. Alguien debía de estar encerrado en el váter, en plena tarea evacuatoria. Me lo confirmó el ruido del papel higiénico y luego el de una cisterna descargándose. En ese momento se abrió una puerta. La meada se me cortó cuando vi que quien salía, abrochándose el pantalón y dirigiéndose al lavabo, era B.J.: el líder del grupo de rock que yo idolatraba. Le observé incrédulamente mientras se lavaba las manos. Abrió y cerró el grifo y luego se secó, como cualquier persona, sin estilo propio. (“Así que él también…”, fue la memez que me vino a la cabeza.) Sólo cuando salió de los aseos logré reanudar mi meada. La pestilencia seguía atufando el lugar, por lo que me tapé la nariz con la mano libre.

Yo tenía 15 años. Después de aquello la música de B.J. siguió gustándome, pero digamos que a un nivel más relativo. 


POR ENCIMA DE LA LEY, DEBAJO DE LOS SOMMIERS (Woody Allen)


Wilton Creek se localiza en el centro de las Grandes Planicies, al norte de Shepherd’s Grove, a la izquierda de Dobb’s Point y justo encima de los acantilados que forman la constante de Planck. La tierra es cultivable y se encuentra sobre todo en el suelo.

Una vez al año, los vientos huracanados provenientes del Kinnah Hurrah cortan veloces los campos abiertos, llevándose consigo a los granjeros que realizan su faena y depositándolos cientos de millas más al Sur, donde con frecuencia deciden reestablecerse y abren boutiques.

En la mañana gris de un martes de junio, Comfort Tobias, el ama de llaves de los Washburn, entró en la casa de sus patrones tal y como lo había hecho cada día de los últimos diecisiete años. El hecho de que la hubieran despedido nueve años antes no impedía que Comfort fuera a limpiar, y desde que los Washburn dejaron de pagarle por sus servicios, la valoran más que nunca –antes de trabajar para los Washburn, Tobias era una susurradora de caballos en un rancho en Texas, hasta que padeció una crisis nerviosa cuando un caballo le contestó en un susurro–.

–Lo que más me sorprendió –recuerda– es que el caballo sabía mi número del seguro social.

Cuando aquel martes Comfort Tobias entró en la casa de los Washburn, la familia se encontraba fuera, de vacaciones. (Se habían embarcado como polizones en un crucero que iba a las islas griegas, y a pesar de que se escondían en toneles y soportaron tres semanas sin comida ni agua, los Washburn se las arreglaban todos los días para colarse hasta cubierta a las tres de la madrugada y jugar golfito). Tobias subió las escaleras para cambiar un foco.

–A Mrs. Washburn le gusta que cambien sus focos cada martes y viernes, sea o no necesario –explicó–. Le encantan los focos frescos. Las sábanas las cambiamos una vez al año.

En el instante en que el ama de llaves entró en la recámara principal, supo que algo andaba mal. Fue entonces que lo vio. ¡No podía creer lo que tenía ante sus ojos! Alguien había estado en el colchón y arrancado la etiqueta que decía: “Está prohibido por la ley quitar esta etiqueta si Ud. no es el consumidor”. Tobias se estremeció. Se le doblaron las piernas y sintió náuseas. Algo le dijo que fuera a ver las recámaras de los niños y, cómo no, allí también habían arrancado las etiquetas de los colchones.

La sangre se le heló al descubrir una anchísima sombra deslizarse ominosa sobre la pared. El corazón se le salía por la boca y estuvo a punto de gritar hasta que reconoció su propia sombra, y luego de hacerse el firme propósito de ponerse a dieta, le telefoneó a la policía.

–Jamás había visto nada parecido –dijo el jefe Homer Pugh–. Cosas como ésta no suceden en Wilton Creek. Bueno, una vez alguien se metió a la pastelería del pueblo y se chupó la mermelada de las donas, pero la tercera vez que ocurrió colocamos francotiradores en el techo y lo matamos en el acto.

–¿Por qué, por qué? –sollozaba Bonnie Beale, una vecina de los Washburn–. Tan absurdo, tan cruel. ¿En qué clase de mundo vivimos para que alguien que no es el consumidor arranque las etiquetas de los colchones?

–Antes de esto –declaró Maude Figgins, la maestra del pueblo–, cuando salía siempre podía dejar mis colchones en la casa. Pero ahora cada vez que salgo, lo mismo de compras que para cenar, me llevo conmigo todos los colchones de la casa.

Poco después, a la medianoche, dos personas iban a toda velocidad por la carretera que va a Amarillo, Texas, en un Ford rojo con placas falsas que de lejos parecían verdaderas, pero luego de observarlas con mayor detenimiento uno descubría que estaban hechas de mazapán. El conductor tenía un tatuaje en el antebrazo derecho que decía: “Paz, Amor, Decencia”. Cuando se levantaba la manga izquierda, sin embargo, mostraba otro tatuaje con la leyenda: “Error de impresión. No le hagan caso a mi antebrazo derecho”.

A su lado se encontraba una joven mujer rubia que podría haberse considerado hermosa si no hubiera sido la viva imagen del Maestro Yoda. El conductor, Beau Stubbs, acababa de fugarse de la prisión de San Quintín, adonde lo habían encerrado por conducta desordenada. A Stubbs lo declararon culpable de tirar una envoltura de TinLarín en la calle y el juez, aduciendo que Stubbs no había mostrado el mínimo arrepentimiento, lo sentenció a dos cadenas perpetuas consecutivas.

La mujer, Doxy Nash, se había casado con un empresario de pompas fúnebres y trabajaba con él. Stubbs entró a su agencia funeraria un día, sólo para ver. Fascinado, trató de entablar conversación con Doxy, pero ella estaba muy atareada cremando a alguien. No pasó mucho tiempo antes de que Stubbs y Doxy Nash comenzaran a tener una relación secreta, a pesar de que ella lo descubrió casi de inmediato.

A su marido empresario de pompas fúnebres, Wilbur, le cayó bien Stubbs y le ofreció enterrarlo gratis si aceptaba hacerlo ese mismo día. Como única respuesta, Stubbs lo noqueó y huyó con su esposa, no sin antes sustituirla por una muñeca inflable. Una noche, luego de los tres años más felices de su vida, Wilbur Nash se quedó intrigado cuando le pidió a su mujer más pollo y ella de pronto reventó y revoloteó por todo el cuarto en círculos cada vez más pequeños hasta quedarse quieta en la alfombra.

De la cabeza hasta los pies con calcetines, que mantenía en un amplio saco de excursionista junto con sus pies verdaderos, Homer Pugh alzaba un metro con setenta y dos centímetros. Pugh ha sido policía desde que guarda memoria. Su padre fue un célebre asaltabancos y la única forma en que Pugh pudo pasar algún tiempo de calidad con él fueron las conversaciones que había sostenido con él en cada una de ellas, a pesar de que no pocas se desarrollaron siguiendo la cadencia de los disparos.

Le pregunté a Pugh qué pensaba del caso.

–¿Mi teoría? –me respondió Pugh–. Dos vagabundos que quieren ver el mundo –y comenzó a cantar “Moon River” mientras su mujer, Anne, nos servía unos tragos y yo recibía una cuenta por 56 dólares. Justo en ese momento el teléfono sonó y Pugh lo levantó. La voz del otro lado inundó la habitación con fuerza.

–¿Homer?

–Willard –dijo Pugh. Era Willard Boggs, el Motociclista Boggs de la Policía Estatal de Amarillo. La Policía Estatal en Amarillo es un grupo de excelencia y sus elementos no sólo deben ser físicamente notables, sino que deben pasar un riguroso examen escrito. Boggs reprobó este examen en dos ocasiones: la primera al no poder explicar satisfactoriamente ante el sargento encargado la filosofía de Wittgenstein, y la segunda al cometer un error en su traducción de Ovidio. Pero, como ejemplo de su tesón, Boggs tomó clases especiales y su tesis sobre Jane Austen permanece como un clásico entre el batallón de motociclistas que patrullan las autopistas de Amarillo.

–Le tenemos echado el ojo a una pareja –le dijo al jefe Pugh–. De conducta muy sospechosa.

–¿Cómo qué? –preguntó Pugh mientras encendía el enésimo cigarrillo. Pugh está consciente de los peligros para la salud que causa el tabaquismo, por lo que sólo utiliza cigarrillos de chocolate. Cuando los prende, el chocolate se derrite sobre sus pantalones, origen de cuentas gigantescas de lavandería para el salario de un policía.

–La pareja entró en un restorán elegante de aquí –prosiguió Boggs–. Ordenó una cena completa con barbacoa, vino y todas las guarniciones posibles. Se gastó una cantidad enorme y después trató de pagar con etiquetas de colchón.

–Detenlos –dijo Pugh–. Mándalos aquí, pero sin decirle a nadie cuáles son los cargos. Tan sólo di que concuerdan con la descripción de dos individuos a los que queremos interrogar por acariciar a una gallina.

La ley estatal sobre la alteración de etiquetas de un colchón a manos de alguien que no es su propietario se remonta a principios del siglo XIX, cuando Asa Chones tuvo una disputa con su vecino a propósito de un marrano de su propiedad que se había metido al patio de al lado. Los dos hombres disputaron la posesión del cerdo por varias horas hasta que Chones cayó en la cuenta de que no se trataba de un puerco sino de su esposa.

La cuestión fue sometida al juicio del consejo de ancianos del pueblo, los cuales dictaminaron que las características de la esposa de Chones eran tan porcinas como para justificar la confusión. En un acceso de rabia, Chones irrumpió en la casa del vecino esa misma noche y arrancó todas las etiquetas de los colchones del hombre. Asa Chones fue aprehendido y sometido a juicio. El colchón sin la etiqueta, razonó el veredicto de la corte, “demerita la integridad del relleno”.

Al principio, Nash y Stubbs mantuvieron su inocencia, aduciendo que eran un ventrílocuo y su muñeca. Para las dos de la madrugada, ambos sospechosos comenzaron a flaquear bajo el implacable interrogatorio de Pugh, quien de forma genial había decidido interrogarlos en francés, un lenguaje desconocido para los sospechosos y en el que por lo tanto les resultaba difícil mentir. Al final, Stubbs confesó.

–Nos paramos frente a la casa de los Washburn a la luz de la luna –dijo–. Sabíamos que la puerta principal estaba siempre abierta, pero forzamos la entrada sólo para mantenernos en forma. Doxy volteó todas las fotos familiares de los Washburn hacia la pared para que no hubiera testigos. Supe de los Washburn en la prisión, por Wade Mullaway, un asesino en serie que desmembraba a sus víctimas y se las comía. Trabajó como chef para los Washburn, pero ellos prescindieron de sus servicios el día en que se encontraron una nariz desconocida en el suflé. Yo sabía que no sólo era ilegal sino un crimen contra Dios quitar las etiquetas de los colchones que no son propiedad de uno, pero yo seguí escuchando esta vocecita que me insistía en que lo hiciera. Si no me equivoco era la voz de Walter Cronkite. Yo arranqué la etiqueta del colchón de los padres Washburn, Doxy hizo lo propio con los colchones de los hijos. Estaba empapado en sudor, el cuarto se me hacía borroso, toda mi infancia pasó ante mis ojos, luego la infancia de otro chico y finalmente la infancia del Nizam de Hyderabad.

En el juicio, Stubbs eligió actuar como su propio abogado, pero un conflicto sobre sus honorarios produjo aún más enconos. Visité a Beau Stubbs en el Pabellón de la Muerte, donde numerosas apelaciones lo mantuvieron con vida por una década, tiempo que aprovechó para aprender un oficio y convertirse en un piloto comercial muy calificado. Estuve presente cuando se ejecutó la sentencia.

A Stubbs, Nike le pagó una jugosa cantidad por los derechos para televisión, además de permitir que la compañía de artículos deportivos imprimiera su logo en la capucha que utilizó en el momento decisivo. A pesar de que la pena de muerte en tanto factor disuasorio aún se debate, los estudios más recientes muestran que el promedio de los criminales reincidentes cae casi 50% después de su ejecución.




GAFAS AMERICANAS (Miguel Gila)



Aquellos tiempos en que pensábamos que todo lo americano era bueno...

Entrábamos en una óptica y decíamos:

—“¿Tienen ustedes gafas de sol?”

Y decía el dependiente con cara de pito:

—“Tengo unas buenísimas, lo último, las acabo de recibir, las polarizadoras, que polarizan el rayo solar siempre que su inclinación visual no sea superior a 25 grados, es decir que no le inciden en la retina directamente porque de una forma cóncava expulsan el reflejo al exterior y lo anulan.”

Y decíamos:

—“¿Pero se ve?”

—“Vamos a ver, señor, son gafas americanas”

—“Ah americanas, entonces démelas oiga que son buenas”.

Y las llevábamos.

Entonces nos íbamos y encontrábamos a un amigo por la calle y le decíamos:

—“Me he comprado unas gafas que polan…”

—“¿Que polan que?”

—“Eeee... el relufao, que no te calurcian en 1008, o sea… triangulan el ojo pero se refractarian”

Y decía el amigo:

—“Pero que te has comprado, ¿¿un tractor??”

—"¡¡Pero que ignorante eres!!, gafas pordizosas. Tu tienes el ojo bóvedo, ¿¿o eres especial?? Como tienes el ojo bóvedo el sol se te recóncava dentro, pero si tu lo refractarias con un videopolito el sol se da contra él, ¡¡allá el sol!!

Y decía el amigo

—Si es que no te entiendo Luis, perdona.

—Que me he comprado unas gafas americanas.

—¡Ah! Americanas. ¿Dónde?

Y se compraba otras el muy imbécil.

LA SORPRESA DEL ROSCÓN (Elvira Lindo)

Con lo bien que estabas tú en Guinea, me dice mi madre. Y no es que quiera yo ser mal pensada, pero cuando tu madre una vez y otra y otra te dice, con lo bien que estabas tú en Guinea, qué es lo que piensas. Pues qué vas a pensar, que está deseando que te vuelvas a Guinea. Se lo dije así mismo el año pasado por estas fechas, le dije: “Pero qué coño con lo bien que estaba yo en Guinea. Mejor di, con lo bien que estabas tú cuando yo estaba en Guinea”. Con estas mismas palabras se lo dije. Y ella se puso a llorar y me dijo: “Hija mía, qué palabras más feas, decirle coño a tu madre, en tu casa no habrás oído tú que nadie te hable así, ¿dónde habrás aprendido tú a dirigirte a tu madre de esa manera?” Y le contesté: “En Guinea”. Y bueno, para qué más, un docudrama que montaron allí entre mi padre, mi madre, que me dije a mí misma, ya es que ni la Nochevieja quiero pasar en mi casa. De verdad que no me compensa. Mira, esa es una cosa que en Guinea no tenías que pensar, porque celebrabas allí esas noches con tus compañeras, con el padre Alfredo, que se bebía dos copas y enseguida estaba a ver lo que pillaba. Si yo he visto unas cosas...Pero lo bueno de estar en Guinea es que, realmente, no tenías que estar con la familia. Los llamabas por teléfono, mi madre se ponía a llorar: “Ay, hija mía, qué lejicos que estás, qué pena me da de tenerte allí en Guinea. Dios quiera que vuelvas pronto. Aquí tengo a tu hermano, a tus sobrinos, sólo me faltas tú”. Y a mí se me hacía un nudo en la garganta porque con la distancia se te agranda el amor hacia los tuyos. Qué me iba a imaginar yo que, después de tirarme quince años en Guinea, me vuelvo y me encuentro con los Monster. Eso de los Monster se lo puso Jose Mari, que a todo el mundo le sacaba su punta. A veces con gracia y otras sin ninguna. En eso de los Monster yo personalmente encontré que dio en el clavo.
Es que claro, vives quince años fuera y acabas idealizando a la familia. Pero vuelves y en dos días se te quita la venda. Ya te digo: los Monster. Ahora tampoco quiero caer en la cosa de idealizar Guinea, porque acabé de Guinea no te digo hasta dónde. Yo es que había idealizado mucho el tema de las misiones. Ya ves tú, con veinte años que me fui. Y mi madre llorando (si no es por una cosa es por otra): “Ay, hija mía, qué miedo me da que te vayas a Guinea con tanto negro”. Pero ahora me doy cuenta que mientras me decía eso me estaba haciendo la maleta. Es que con los años la he ido pillando el truco. Y no es que me hartara de Guinea porque me fuera allí mal, no, pero oye, hasta las misiones tienen un límite. En quince años digo yo que una ya se habrá ganado el cielo. Además que por dentro me notaba que en el fondo en el fondo yo tenía más marchilla que para pasarme allí la vida tocando la guitarra en misa para que los niños cantaran “El cóndor pasa”. Que por cierto fui y le dije a la superiora (que era chilena): “No es muy normal, me parece a mí, que tengamos aquí a unos niños guineanos cantando el Cóndor pasa y el Cumbayá, tal vez deberíamos adecuar nuestro repertorio al entorno socio-cultural en el que viven”. Y no veas cómo se puso la tía, me dijo que si yo tenía algo en contra de las culturas indígenas de América Latina, que si lo que pretendía es que les enseñarámos canciones de los colonizadores españoles. A partir de ese momento, me dije, sigue con el cóndor y no te metas en líos. Quiero decir con esto que entre nosotras también había sus tensiones. Pero en general, digamos que si le tuviera que poner nota del uno al diez a Guinea, le pondría un siete y medio. Un siete con setenta y cinco.
Pero digo que yo me notaba que me faltaba vidilla allí en Guinea, porque la marcha en Guinea es nada, cero, para entendernos. Y en esas que llega un equipo de televisión española a hacer un reportaje en profundidad, un reportaje humano sobre la navidad en la misión nuestra, y sobre la escolarización que teníamos allí para las mujeres y todo ese tema. Venía una reportera, una que se llama Carmen, no me preguntes qué más porque soy muy mala para los nombres. Y me acuerdo que nos dijo la tal Carmen: vosotras hablais naturales, como si nadie os estuviera viendo, porque al fin y al cabo este reportaje, con un poco de suerte, lo van a emitir en la segunda cadena a las dos de la madrugada. Pero la superiora (la chilena), esa estaba con niño con zapatos nuevos, todo el día Carmen por aquí, Carmen por allá. Loca por salir en la tele. Loca perdida. Y con esta Carmen venía el cámara, que se llamaba Jose Mari. Jose Mari Cifuentes. Me acuerdo del nombre porque cómo no me voy a acordar si me casé con él. En la tele le conocen más por Storaro. Que yo creí al principio, cuando lo tenía idealizado, que se lo llamaban por admiración, y resulta que cuando se me quitó el velo de la cara supe que se lo llamaban de cachondeo porque tiene fama de sacar a la gente con cara de muerto.
Pues mientras la superiora (Alfonsina) se pasaba el día con Carmen (Carmen no-sé-qué), yo acompañaba a Jose Mari a encontrar buenas localizaciones, decía él, para que el reportaje quedara potente. Yo veía que de vez en cuando él se me quedaba mirando fijo. De esto que no sabes cómo interpretarlo. Pero no era el primer hombre ni el segundo que me miraba, aunque él creyera que sí. Es que a un hombre le hablas de una monja, y piensa: monja, sinónimo de gilipollas. Y eso no es. Jose Mari siempre pensó que había sido el primero. Le daba morbillo. Es que yo tenía entonces treinta y cuatro años pero, no es por presumir, parecía que tenía diez menos, una cara así como infantilona, el pelito corto, toda vestida de blanco, con mi batita, y que de tipo no he estado nunca mal, eso es objetivo. Total que en una de las localizaciones, una localización que estaba un poco apartada, Jose Mari miró el paisaje, me miró a mí. Y fuimos uno.
La que me montó Alfonsina cuando le dije que me volvía con el equipo de televisión a España. El reportaje lo han emitido diez años después, o sea, esta Nochevieja por la 2 a las tres de la mañana. Yo lo vi desde el Albergue Infanta Elena. Pensé, anda, que a buenas horas. Me vi allí tan joven tocando la guitarra y cantando con los niños “El Cóndor pasa”. Era unas horas después de que Jose Mari y yo volviéramos de lo que a partir de ese momento llamamos: nuestra localización.
La cosa es que volvimos de Guinea y yo me salí de monja. Me dejé el pelo largo y me depilé las cejas, que era lo que más ilusión me hacía, depilarme las cejas, que ahora casi me las tengo que pintar, porque de tanto meterles la pinza ya no me crecen. Y nos casamos. A mis padres mucha gracia no les hizo. Yo les intentaba convencer, que si ahora voy a veros más, que si tengo derecho a una vida normal. A ellos les hacía mucha ilusión que yo fuera monja. Y que estuviera en Guinea. Llegaron las navidades y oye, unas caras largas. Hasta mi cuñada estaba como de morros por verme allí con Jose Mari, que ya la pillé en la cocina a solas mientras ordenábamos los langostinos en la fuente y le digo, y a ti qué te pasa, qué te hecho yo, a ver, para que me pongas esa cara; y me suelta, que cómo les va a explicar ella a los niños, sobre todo al mayor, que estaba preparándose para la comunión, que la tita de Guinea se ha vuelto de las misiones con un tito. Y en esto que entra mi hermano y nos ve allí a las dos enzarzadas y se mete y me dice, Corina, es que las cosas se hacen más despacio, que parecía que estabas loca por pillar a uno (por cierto que ese uno, Jose Mari, estaba mientras en el salón con mis padres viendo el especial Nochevieja sin dirigirse la palabra). Y ya se me nubló la vista, perdí el control, le tiré el langostino que tenía en la mano y le dije: “pero tú eres un facha preconciliar, yo tengo otra idea del servicio a Dios, yo he dedicado quince años de mi vida a los demás. Creo en la teología de la liberación”. Y él me dijo: “De la liberación, eso es lo que a ti te va, la liberación”. Y cogió el langostino que se le había quedado enganchado en el jersey y se lo comió. Estas fueron mis primeras navidades en España. Quince años echando de menos a la familia y a los dos días no digo hasta dónde estaba de ellos. Corrí el peligro de empezar a idealizar a Alfonsina pero me contuve porque, realmente, no quería volver a Guinea ni atada.
Me hice la siguiente pregunta: ¿hay que ser monja necesariamente para ofrecer un servicio a los demás? No, esa fue mi respuesta. Y empecé a montar junto con otras compañeras de la parroquia tan filantrópicas como yo un albergue para gente de la calle. Jose Mari, que es un tío que se las sabe todas, porque lleva toda su vida en el sindicato en la tele y es así muy politiquillo, me dice, “esto lo que teneis que hacer es nombrar presidenta de honor a una infanta o alguien así, que a ellos les gusta toda esta movida, y esa gente te da un publicidad de la hostia”. Jose Mari no es malo. Es bruto, brutote. No le puedes pedir matices. A mí realmente jamás me llegó, ni por físico, ni por sensibilidad, ni por inteligencia, a la altura del talón. Y eso lo ve cualquiera. Y él lo veía todo como negocio, no se daba cuenta de que yo siempre he sentido la necesidad de proyectar mi generosidad hacia los demás. Pero le hicimos caso y le pusimos al Albergue “Infanta Elena”, y si hay en el mundo subvenciones nosotros las conseguimos todas, de la comunidad de Madrid, del Ministerio de Asuntos Sociales, hasta una que nos ha dado este año Fraga por ser Doña Elena Duquesa de Lugo. O sea, que Jose Mari no es listo pero es pillo. Un tonto pillo.
Los primeros años, para Navidades, me quedé en Nochevieja en el albergue, porque me parecía que siendo yo la directora era como un deber simbólico. Y porque toda esta gente de la calle empieza la cena muy bien pero a la mínima se te desmadra y la única que sabe poner orden es Corina (yo). Y Jose Mari eso no lo entendía. Me hacía reproches. Que si vaya Navidades, la Nochebuena con los Monster y la Nochevieja me dejas a mí solo con mi familia, y mi familia está empezando a decir que esto me pasa por haberme casado con una monja, que las monjas aunque se salgan de monjas llevan el sacramento en la sangre. Es que los padres de Jose Mari, mis ex suegros, nunca vieron bien que su hijo se casara con una monja. Y por el otro lado, mis padres no vieron bien que Jose Mari no fuera cura. Eso me decía mi madre llorando: “Ay, hija mía, lo que yo le digo a tu padre, si por lo menos se hubiera casado con uno de esos curas que se salen de curas pero que se ve que son personas de orden”. Ese comentario me lo hicieron siempre, desde que me casé, pero ya cuando me separé de Jose Mari es que no paraban de repetírmelo.
Jose Mari se separó de mí. El día de Año Nuevo de hace dos años vuelvo del Albergue a casa a eso de las seis de la mañana, después de recoger toda la guarrería de la cena, porque hay que ver cómo me deja esta gente el salón, eso hay que verlo, las peladuras de las gambas por el suelo, el vino derramado por las sillas, las servilletas metidas en los vasos, uno que vomita. Lo único que queda en su sitio, gracias a Dios, el retrato de la Infanta Elena. Llegué a casa lo que se dice rota. Y me encuentro a Jose Mari despierto en el sofá y me dice: “Corina, tenemos que hablar”. Yo ya en la cara se lo vi, porque la cara de los hombres no tiene misterio. Me dijo, Corina, yo estoy muy harto de que me dejes solo todas las Navidades, de que prefieras pasar la noche con unos individuos que ni te van ni te vienen, y que reiteradamente, eh, Corina, reiteradamente, me vea yo solo en mi casa sin saber cómo explicarlo, porque tú Corina, no has dejado las misiones, tú has dejado Guinea físicamente, Corina, pero las misiones no las has dejado, y yo me casé para que mi mujer tuviera una única misión en la vida, yo, así que esto se ha terminado. Adios, Corina.
Yo le juré y le perjuré que ya no volvería a pasar, pero Jose Mari ya tenía la maleta hecha. Como los hombres no tienen misterio yo supe que había gato encerrado. Cómo que había. Que Jose María se había líado aquella misma noche con su cuñada. Cuidado, era una cuñada viuda, tampoco hay que pensar que Jose Mari era un psicópata, pero de cualquier manera liarte con la cuñada viuda en casa de tus padres tiene delito. Claro que un tío que se ha líado con una monja previamente ha puesto ya el listón muy alto a nivel, digamos, de perversiones. Eso me lo dijo mi hermano, que es un ordinario, pero íntimamente le di la razón: un hombre que ha dado el paso de liarse con una monja es capaz de lanzarse sobre cualquiera. Jose Mari se justificó diciendo que eso había pasado por haberle dejado solo, que yo tenía que haber tenido más psicología, y que a ver, te ves cenando con unos padres que se van enseguida a la cama, unos sobrinos que dicen adios, adios, y se largan de marcha, y la cuñada se te pone a llorar, y Jose Mari decía que de consolar a una viuda que llora a tirársela hay un paso. Yo le dije, pues no será tan fácil, a ver si es que tu cuñada estaba muy desesperada. “Pues como tú en Guinea”, me dijo. Y eso me dolió porque me pareció muy basto, muy soez.
El año pasado fue el primero que me vi sola en casa de mis padres en Nochebuena. Ya en la cocina me bebí dos copitas de vino de aguja por entonarme un poco porque me temía lo peor. Me estaba entreteniendo en pelar los langostinos porque mis padres hacen un ruido espantoso chupando las cabezas y lo paso fatal, es un ruido que me ataca los nervios, y pensé, les quito las cabezas y muerto el perro se acabó la rabia. Entra mi cuñada y ya lo primero que me sentó mal fue que me dijera: “Déjales las cabezas, que a papá le gusta mucho chuparlas”. A papá. Es que no la soporto. Es una tía ñoña, retorcida, lo peor. Y me dirás que hace llamándole papá a su suegro. Primer momento de tensión. Yo seguí sin hacerla el menor caso pero la tía se ve que estaba dispuesta a montarla. Se pone ella a chupar las cabezas que yo estaba tirando y me dice: “Mira, te quería preguntar, cómo crees que podemos decirles a los niños que te has separado, porque, claro, esto ya es mucho para ellos”. Bueno, no me reí porque creo que tengo un control sobre mí misma, pero, de verdad, hay que ver a mis sobrinos. Mi sobrino mayor lleva cacho clavo que le traspasa la lengua, un piercing de esos, que antes de ponerse el clavo ya parecía tonto, pero ahora con el clavo es que te habla como con frenillo, entra por la puerta y la chupa ésa que lleva va dejando una peste a porro que tienes que ser tan tonta como mi cuñada (que ésa parece que el piercing se lo han hecho a ella en el cerebro) como para no verlo. Y el otro, el más chico, tiene quince años, y ése al contrario, ése ha salido a mi hermano, ése de listo se pasa, es igual que su padre pero con el rollo de la globalización, que a mí cuando me ve me quiere el niño dar la charla y me dijo un día que si la religión era el opio del pueblo y que si éramos los continuadores del colonialismo. Le dije, a mí me vas a dar la charla, idiota, que no sabes ni lo que estás diciendo. Y mi hermano, ya ves tú, que es un facha, en vez de darme la razón a mí, va y me dice que qué poco conocimiento tengo, ponerme a discutir con un niño como si estuviéramos los dos al mismo nivel. Bueno, pues a estos dos angelitos es a los que mi cuñada no quería decirles que yo me había separado. Alucinante. Luego en la cena mis padres cogieron una perra porque los langostinos no tuvieran cabeza y mi cuñada, si ya se lo he dicho yo, y mi padre, a un langostino le quitas la cabeza y le quitas la gracia. Y al final mi madre acabó llorando porque se acordaba de Jose María. ¡De Jose María! Pero si le tenían una manía que no le podían ni ver y además le echaban la culpa de todo lo que ponían por la televisión, como si el tonto de Jose María pintara algo en la tele. Ya ves tú, Storaro. Y luego el rollo ese tan manido de que si me hubiera casado con un cura habría sido de otra manera porque los curas sí que entienden a las monjas y el cura no se hubiera enfadado porque yo me quedara en Nochevieja en el Albergue y encima el cura no se hubiera líado con la cuñada. Y yo les dije, oye, a ver si os creeis que todos los curas son unos santos. Pero no quise entrar en el tema porque mis padres son muy creyentes y si cuento lo que sé les doy la puntilla.
Así que este año llegué a la conclusión de que no volvía a mi casa en los días señalados, que cenaran solos, que ellos se entienden estupendamente. Les avisé a nuestros sintecho que este año además de la fiesta de Nochevieja tendrían cena en Nochebuena. Se lo dije cien veces. Puse carteles en las habitaciones. Les pregunté uno a uno. Porque los conozco y sé que te dicen que sí y luego es que no, o te dicen que no y luego es que sí. Sobre todo se lo dije repetí varias veces a Isidro, que es el que tienen ellos así como lidercillo del grupo. Isidro es un ingeniero de telecomunicaciones de unos cincuenta y tantos que un buen día empezó a faltar al trabajo, empezó a quedarse en los bares, a irse con unas y con otras, le echaron del trabajo, a su mujer se le hincharon las pelotas y le puso en la calle. De vez en cuando aparecen por el Albergue los hijos que son unos chicos estudiosos, del PP, con una pinta extraordinaria (y mira que a mí el PP no me va), y le dejan un dinero para que vaya tirando y, nada, Isidro se lo gasta y tan feliz. Tenemos casos de gente desgraciada de verdad, pero el caso de Isidro concretamente es el de un tío que tiene un morro que se lo pisa. La psicóloga que le trata nos dijo que todo es producto de una depresión, que el hombre nunca quiso ser ingeniero de telecomunicaciones, que él tiene un temperamento más libre, más artístico. Ya. No tiene morro ni nada ése. Pero de cuándo va a tener Isidro una depresión si no tiene conciencia ninguna, si les coge el dinero a sus hijos y le falta tiempo para gastárselo con todos los colegas estos que vienen por aquí, que le llaman el Ingeniero. Pues al Ingeniero le dije yo que a las nueve los quería aquí a todos.
Me confirmaron quince la asistencia. Dos de mis compañeras me dijeron que se quedarían a ayudarme a poner la mesa y que luego se iban a sus casas. Ya se sabe que la Nochebuena es una fiesta muy familiar y yo no podía pedirles que se quedaran conmigo. Total que a las nueve de la noche ellas se van y yo me quedo en una mesa larga como de esas de colegio, con el techo adornado de serpentinas, unos entremeses encima de la mesa y la Infanta mirándome desde su retrato, impertérrita. Allí no llegaba nadie. Ni a las nueve, ni a las diez, ni a las once. A todo esto yo me comí mis entremeses y me bebí lo menos un cartón de vino blanco, que se me puso el cuerpo como si me hubiera comido el cartón también. Ya caliente, tuve una inspiración y me tiré a la calle. Fui derecha a la Plaza de la Villa de París y allí estaban todos esos desagradecidos con una juerga que tenían que había que verlos. Olía a vinazo desde la puerta del Tribunal Supremo, claro que es verdad que yo también olía vinazo. De pronto reconozco a Camila y al Pipi (bueno, uno que le llaman el Pipi), y les digo, ¿pero a vosotros no os había citado yo a las nueve?, y nada, como si no registraran, y ya les pregunto, ¿y dónde está Isidro?; y me dicen: ¿quién es Isidro?; coño, el Ingeniero. Ah, me dicen, ahí está.
Ahí estaba, en un banco, soltándoles un rollos a unos cuantos sobre la expansión del Islam a través de Internet que ya me dirás. Le digo: “Isidro, ¿qué te dije?”. Y empezó, ay, Corina, perdona, es que han venido estos amigos que son de León y no quería hacerles el feo, pero ahora mismo que me voy contigo, de verdad, no te enfades, Corina, que se me ha hecho un poco tarde, pero ahora cenamos, y ya verás que bien, Corina. Eché a andar de vuelta al Albergue y lo sentía hablar detrás de mí con misma cantinela todo el rato, dando tumbos, porque a veces le oía maldecir porque se había tropezado. Yo quería ir muy digna pero también me sentía dar tumbos.
En ese estado llegamos al Albergue. Le dije que me tenía que ayudar a recoger y a guardar la comida, y me dijo que antes quería cenar. Yo le mandé a la ducha porque estaba de verdad que daba pena, con el pelo pegado a un lado de la cara por el sudor y la corbata esa que lleva siempre toda llena de lamparones. Protestó pero se fue a duchar. Isidro no está mal, quiero decir, que es un hombre al que si lo lavas y lo vistes bien se le nota que ha tenido una educación, que sabe llevar una corbata, y que si le quitas la mugre de la calle, tiene su punto. Tampoco está mal de tipo, tiene un buen cuerpo. Lo sé porque un día entré a la zona de duchas a dejar unas toallas en un momento en que se suponía que no debía estar nadie allí y me lo encontré recién duchado como Dios lo trajo al mundo. Y en esos casos, aunque no quieras, miras. Y yo miré, no voluntariamente sino por un acto reflejo, y tengo que decir que me sorprendió positivamente.
Bueno, pues ya digo que se metió a lavarse como de mal talante, pero se metió, porque sabe que si no está a buenas conmigo ya puede decir la Comunidad de Madrid lo que quiera, el Ministerio o su santa madre, que yo le pongo de patitas en la calle. Salió de la ducha, muy peinado, con una camisa que yo le dejé. Me pidió una corbata porque este hombre ya puede estar en la calle tirado en un banco pero él tiene que llevar su corbata. Hace tiempo le llevé unas cuantas de Jose Mari que andaban por casa. A Jose Mari la corbata le ponía más cara de paleto si cabe. Se sienta a la mesa, se pone a comer y a beber, educado, sin malos modos como los otros, y yo que lo veo, con la camisa tan blanca y con la corbata oscura me lo quedo mirando. Y él se levanta, viene hasta mi sitio y me dice, Corina, si no me das un beso voy a pensar que no me has perdonado, anda, Corina, dame un beso.
Un beso. Ya, un beso. Y lo que no es un beso. Pero nada, fue cosa de visto y no visto: ay, Corina, te voy a hacer disfrutar lo que no está escrito, ya verás, Corina. Tres minutos, ni más ni menos. Ya se sabe lo que hace el alcohol con la fisiología masculina. Para qué contar lo que ya sabemos.
Al día siguiente tenía yo un remordimiento de conciencia... De esto que piensas: de verdad, qué curriculum me estoy haciendo. Y además, para nada, porque si el riesgo me llevara a tener grandes experiencias, está feo decirlo, pero a Jose Mari del cero al diez le doy un cuatro. Un cuatro veinticinco. Lo que ocurre es que las experiencias sexuales según pasan los días las vas idealizando, igual que idealicé a mis padres cuando no los veía, Guinea cuando pasó el tiempo, a Jose Mari cuando lo conocí, a Alfonsina incluso...Y me empecé a obsesionar con el Ingeniero y es como si borrara aquellos bochornosos tres minutos y me quedara sólo con la imagen de verlo con la camisa blanca y la corbata bajo el retrato de la Infanta. Cada vez que lo veía por un pasillo me asaltaban tentaciones, pero claro, lo que pasa, cuando quieres que vengan a cenar estos pájaros no vienen y cuando te gustaría que no estuvieran para quedarte a solas con uno no se menean del sillón. Además, a consecuencia de las fiestas, hemos tenido a más de uno con gastroenteritis. Un asco.
Viendo el panorama, ayer, día cinco de enero, víspera de Reyes, le digo a Isidro en un aparte: “Si quieres, puedes venir a mi casa a merendar, que voy a comprar un roscón”. ¿Por qué se lo dije? Ni yo misma lo sé. Pero que conste que tengo conciencia de haber pisado uno de los escalones más bajos de mi vida. Si no el más bajo. Eso sí, le advertí: a mi casa no vengas ya cargado porque no te abro la puerta, y no le digas a nadie que vienes que ya sabes dónde te mando y se te acaba el chollo.
Aquí estaba, a las seis. Yo le cité a las cinco, pero bien, había contado con una hora de retraso. Venía un poco cargado, pero no borracho. Bien, también contaba con eso. Y también se había duchado. Las cosas como son. Fuimos al salón, nos sentamos en el sofá y los preámbulos duraron dos o tres minutos, el tiempo que se va en decir, qué casa tan bonita y qué bien funciona la calefacción, ¿es central? Hoy la cosa ha ido aceptablemente bien. Unos veinte, veinticinco minutos. Puntuando del cero al diez, pongamos que le doy un siete. Siete y medio. Hemos acabado y eso sí, el tío como loco se ha tirado a la botella de coñac, que la tengo yo en la mesita licorera al lado del sofá. Le digo, hala, vete bebiendo una copa y voy a preparar el chocolate y el roscón. No sé, por hacer un poco el ritual navideño. Le he oído decir desde el salón: “A ver si me toca la sorpresa”. Y lo decía en un tono tan alegre que he pensado: mira que si yo a este hombre le reformo. ¿Cuánto he tardado en añadirle el chocolate al roscón y en preparar la bandeja? Diez minutos, a lo sumo. Vuelvo con el roscón y el cuchillo y veo que el tío se me ha recostado en el sofá y está durmiendo como un cerdo. Miro la botella y veo que se me ha bebido lo menos media. Me he sentado al calor de las faldas de la mesa camilla. Por reflexionar, por hacer recuento de la vida y ver en qué momento ha empezado uno a equivocarse para desembocar en esto que es, sin duda, éste sí, el escalón más bajo. Y aquí me veo, con el roscón muerto de risa y con el cuchillo en la mano, que estoy por clavárselo y de perdidos al río.

martes, 8 de julio de 2014

EL TIESTO DE ALBAHACA (Giovanni Boccaccio)


Había en Messina tres hermanos jóvenes, todos mercaderes y muy ricos, cuando murió su padre, que era de San Gimignano. Tenían una hermana llamada Isabel, moza muy cortés y bella, a la que, sin razón aparente, no habían casado todavía. Y tenían estos tres hermanos en un establecimiento suyo un joven paisano llamado Lorenzo que dirigía y gobernaba todos sus negocios. Siendo él muy gallardo de su persona y hombre bizarro, Isabel, que muchas veces lo había mirado, empezó a sentirse complacida de él. Lo notó Lorenzo y, abandonando otros enamoramientos, puso su ánimo también en ella y, agradándose los dos, la cosa anduvo de modo que en poco tiempo consiguieron lo que ambos deseaban. Y, continuando con esto, refocilándose y teniendo mucho placer los dos, no acertaron a hacerlo tan secretamente que una noche, yendo Isabel a donde Lorenzo dormía, lo notó el hermano mayor. El cual, como era discreto, aunque se sintió enojado, esperó hasta la mañana siguiente, revolviendo muchos pensamientos dentro de sí. Y al llegar el día contó a sus hermanos lo que había visto de Isabel y Lorenzo y con ellos deliberó que, para que no se siguiese del caso infamia alguna a su hermana ni a ellos mismos, disimularían como si nada supiesen hasta que, sin daño ni perjuicio suyo, pudieran quitarse de encima tal afrenta. Y en esta disposición, platicando y riendo con Lorenzo como de costumbre, sucedió que, so capa de salir de la ciudad los tres, se llevaron consigo a Lorenzo. Y al llegar a un lugar muy solitario y remoto, mataron a Lorenzo, que no recelaba nada, y lo enterraron de modo que nadie lo advirtiese; y al volver a Messina hicieron correr la voz de que lo habían mandado por negocios a otro lugar. Fue esto fácilmente creído, porque muchas veces solían hacerlo.
Al no volver Lorenzo y tras preguntar Isabel por él mucho y solícitamente a sus hermanos, ocurrió que, siéndole ya larga la ausencia, un día en que preguntó con más insistencia, uno de los hermanos le dijo:
-¿Qué quiere decir esto? ¿Qué tienes con Lorenzo que tan a menudo nos preguntas por él? Si vuelves a preguntarnos, te contestaremos como conviene.
Y la triste y dolorida joven, temiendo sin saber qué, callaba y, cuando llegaba la noche, muchas veces rogaba patéticamente a Lorenzo que retornase y, otras, con muchas lágrimas se dolía de su larga ausencia. Y, sin alegrarse con nada, seguía siempre esperando.
Una noche, habiendo llorado mucho a Lorenzo, que no tornaba, y durmiéndose al fin entre sollozos, Lorenzo se le apareció en sueños, pálido y maltrecho, con las ropas desgarradas, y le pareció que le dijo:
-No haces, Isabel, más que llamarme, y de mi larga ausencia te entristeces y con tus lágrimas fieramente me acusas, mas has de saber que no puedo retornar, porque el último día que me viste tus hermanos me mataron.
Y le explicó el lugar en que le habían enterrado y le dijo que no volviese a llamarlo ni esperarlo, y desapareció.
Despertó la joven y, dando crédito a la visión, lloró amargamente. Y, al levantarse por la mañana, nada osó decir a sus hermanos, sino que resolvió ir al lugar indicado y ver si era verdad lo que en sueños se le apareció. Y una vez recibida licencia para ir a entretenerse fuera del lugar, acompañada de una sirvienta que con ella solía andar mucho y sabía todas sus peripecias, fue al lugar indicado tan pronto como pudo y quitando varias hojas secas que allí había, cavó donde le pareció menos dura la tierra. Antes de cavar mucho encontró el cuerpo de su mísero amante, aún no descompuesto ni corrompido, y manifiestamente conoció que su visión había sido verdadera. Y, dolorida como ninguna mujer y sabiendo que el llorar no servía de nada, con gusto se habría llevado todo el cuerpo para darle conveniente sepultura.
Pero, como eso no podía ser, con un cuchillo, lo mejor que pudo, cortó la cabeza de su amante y, envolviéndola en una toalla y volviendo a echar sobre el cadáver la tierra, puso la cabeza en el regazo de la criada y, sin que nadie la viese, volvió a su casa.
Se encerró en su cámara con la cabeza y larga y amargamente lloró sobre ella, al punto de que la lavó toda con sus lágrimas, dándole por doquier mil besos. Y luego tomó uno de esos grandes y hermosos tiestos en los que se planta albahaca o mejorana y dentro colocó la cabeza envuelta en una tela muy bella, Y, poniendo tierra encima, plantó algunas matas de bellísima albahaca salernitana, sin regarla jamás a no ser con sus lágrimas, o con agua de rosas o de azahares. Había tomado por costumbre sentarse siempre junto aquella maceta, y de cuidarla con todo su afán, como que tenía oculto a su Lorenzo, y, después de muchos cariños, comenzaba a llorar hasta bañar toda la planta de albahaca.
Fuese por tan largo y continuado cuidado, fuese por la riqueza de la tierra procedente de la cabeza corrupta allá adentro, la planta de albahaca se hizo muy grande y muy bella y también muy olorosa. Varias veces notaron los vecinos aquella ocupación de la joven y, oyendo maravillarse a sus hermanos de que de tal modo estuviera ella perdiendo su belleza, les dijeron: «Nosotros sabemos que tiene tal costumbre». Al oírlo y advertirlo los hermanos hicieron a hurtadillas que se le quitase aquel tiesto. Y, no encontrándolo ella, muchas veces lo pidió y con mucha insistencia y, al no serle entregado, entre llantos y lágrimas enfermó, y no pedía en su dolencia, otra cosa que el tiesto. Mucho se maravillaron los hermanos de aquella petición y quisieron ver lo que dentro había, y, quitando la tierra, hallaron el lienzo y dentro la cabeza, no tan consumida aún que no conocieran por la cabellera rizada que era Lorenzo. Quedaron muy pasmados y temieron que aquello se supiese, por lo que, enterrando la cabeza y sin decir nada, sigilosamente salieron de Messina y se fueron a Nápoles.
La joven, siempre sin dejar de llorar y pidiendo su tiesto, llorando murió y su desventurado amor tuvo término. Pasado cierto tiempo, se hizo el caso manifiesto a muchos y hubo quien compuso esa canción que todavía hoy se canta y que dice:

¿Quién pudo ser el mal cristiano
que me robó el tiesto de albahaca?