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jueves, 3 de julio de 2014

GRACIA (Susana Vallejo)


Gracia se quitó los zapatos de tacón y suspiró aliviada.

Soltó los tirantes del vestido y dejó que resbalase hasta sus pies. Era verde, del mismo color de una de aquellas viejas botellas de vidrio que guardaba su abuela en la despensa. El tejido configuró un paisaje plagado de valles y colinas aterciopeladas sobre la parda moqueta.

Apagó el vestido que al momento se convirtió en un campo yermo, seco y árido. Buscó el cargador y lo dejó enchufado sobre el galán de noche.

Cuando Pablo salió del lavabo, la encontró con el camisón ya puesto y las piernas en alto. Con aquel gesto extraño que hacía tiempo había aprendido a reconocer como suyo: las nalgas pegadas a la cabecera de la cama y las piernas extendidas sobre la pared.

—¿Duelen?

Gracia asintió.

—Opérate.

—Ni loca.

Ya lo habían comentado otras veces. Rosa María lo había hecho. Y Patri también. Pero ella no quería ni oír hablar de inyectarse silicona en las plantas de los pies.

—Entonces no te quejes.

—No me quejo. —Ella estiró los dedos.

Pablo se sentó a su lado, sobre la cama. Le cogió un pie, lo acercó hacia él y lo masajeó.

—Si te operases, no te molestarían los tacones.

—Ya. —Ella dejó escapar el monosílabo sin ganas.

—Podemos hacerlo. Tenemos el dinero…

—No es por el dinero.

Le alteraba pensar en que un bisturí podría abrir su carne, aunque fuese un simple corte, de apenas un centímetro, para introducirle una almohadilla de silicona. Sólo imaginar la herida abierta, la sangre brillante, la carne viva, el olor del desinfectante de la clínica… Sólo de pensarlo, se mareaba.

Pablo le acarició la parte superior del pie, desde los dedos hacia el tobillo. Luego se ocupó de la planta y aplicó más presión a su masaje. Acabó chupándole el dedo gordo.

—Mmm… Ha sido una cena muy agradable —murmuró ella.

Él soltó el pie.

—La carne estaba buenísima.

—Muy tierna. Al punto.

—He repetido dos veces.

Gracia sonrió.

—Puig no suelta prenda. Mira que le he insistido para que me pase el nombre de su contacto, pero… no sé dónde puede conseguirla.

—Patri no lo sabe. Yo también se lo he preguntado varias veces. Es su marido quien se ocupa de eso.

—Algún día lo descubriré.

Pablo desapareció por la puerta del baño.

—Mañana iré a ver a mi abuela. —Gracia alzó la voz para que él la oyese.

—No tengo manera de convencerte para que no lo hagas, ¿verdad? —Él asomó la cabeza desde el dintel.

—Tengo que ir al entierro de Vane. ¿Lo entiendes?

—Claro que lo entiendo. Pero ten cuidado, por favor. Y dale un beso a tu abuela de mi parte.

—Ja, ja. Claro que sí… Seguramente me quedaré a dormir con ella.

—Me lo imaginaba.

No volvieron a mencionar el tema, pero cuando apagaron las luces, Pablo la abrazó.

—Gracia, en serio, ¿tendrás cuidado?… Ayer oí que otra vez había revueltas en la ciudad. Mencionaron L’Hospitalet, Sants, Poble Nou… Han sacado a los antidisturbios.

—Es mi barrio. No te preocupes.

—Me preocupo porque te quiero. Buenas noches, princesa.

—Bona nit, Pablo.

Cuando Gracia se despertó, él ya se había ido a trabajar. Ella remoloneó en la cama un buen rato antes de levantarse. Luego se duchó. No quería oler a nada, de modo que eligió el agua sin perfumes ni colores. No se secó el pelo. Se lo recogió en una coleta cuando aún estaba húmedo. Buscó la ropa interior más sencilla que tenía y se encaramó en un taburete para alcanzar la caja que guardaba en la parte más alta del armario. De ella sacó unos pantalones vaqueros, unas viejas zapatillas deportivas, una camiseta blanca, muy amplia, y una mochila verde caqui.

Cuando se abrochó los tejanos, sonrió. Había ganado un par de kilos.

Aun sin maquillaje, resplandecía.

Antes de salir, pasó por la cocina. Cogió un paquete del frigorífico y lo guardó en una fiambrera plateada. Luego lo metió en la mochila. En la tableta central escribió un mensaje para la chica: «Limpiar la terraza y encerar. Recoger los tomates. Repasar el baño de arriba». Cuando estaba a punto de irse, garabateó un «¡Gracias!» que se quedó flotando unos segundos en la pantalla antes de desaparecer con un bip.

Gracia se aseguró de cerrar la puerta con varias vueltas y cogió la bicicleta para ir a la estación.

Sólo funcionaba una de las máquinas automáticas expendedoras de billetes. Rebuscó las monedas que necesitaba y que había repartido por diferentes bolsillos de los pantalones y miró los paneles para saber cuándo llegaría el primer tren con destino a Barcelona. Todos estaban apagados.

Cuando era joven, los Ferrocarriles de la Generalitat pasaban las horas pares y solo quedaban unos minutos para las doce. Pero ahora, probablemente, ya no sería así.

Se sentó en un banco oxidado del andén y se dispuso a esperar. Su abuela le había contado que durante el Pico pasaba un tren cada cinco o diez minutos. Para ella una frecuencia de dos horas ya constituía todo un éxito.

Cuando llegó a la estación de Sants caía ya la tarde. Se encaminó a la explanada de la salida junto a un par de decenas de pasajeros. Gracia respiró el aire de la ciudad.

Olía a alcantarilla y a humedad. A basura. A sudor. Las eternas obras que amenazaban la estación se habían paralizado hacía decenios y, con el tiempo, las vallas y los andamios habían desaparecido. Los vecinos habían tapado algunos baches con maderos, ladrillos o con cemento. Todo ello configuraba un pavimento irregular. Gracia sorteó los obstáculos y comenzó a caminar junto a otra mujer que parecía que llevaba su misma dirección.

Cada vez que volvía al barrio sentía un arranque de rara nostalgia. Había soñado con dejar Sants durante años, abandonar la miseria y huir a la montaña. Pablo se convirtió en su salvoconducto para conseguirlo, y ahora que tenía todo lo que había soñado, al volver allí, al sortear los baches y las grietas, y al plantarse delante de las viejas barricadas de la calle Vallespir, se sentía en casa. En su verdadero hogar.

Se acercó hasta la entrada.

Junior se encontraba allí. Como siempre. Una estatua de ébano descansando sobre una desvencijada silla de madera. Los tonos descoloridos del cojín sobre el que se sentaba hacían juego con su camiseta. El vigilante la reconoció.

—¡Gracia! ¡Cuánto tiempo sin verte! Estás guapísima.

—Tú sí que estás guapo, Junior.

Su cabello negro, tan negro como su piel, hacía años que aparecía cubierto de canas. Y su cuerpo fibroso ya sólo era el de un anciano que, simplemente, se conservaba bien.

—¿Cómo está Kevin?

—Allá está. —Hizo un gesto hacia el otro extremo de la calle, hacia la salida del barrio a la calle Berlín—. La artrosis le está matando.

—¿Y mi abuela?

—¡Cómo va a estar! Como siempre. La vieja Gracia es dura como una roca, pero la procesión va por dentro. Lo de Vane ha sido un duro golpe, aunque supiésemos que tarde o temprano ocurriría. Al menos no sufrió.

A Gracia se le escapó una sonrisa.

—¿Y qué tal el barrio?

—Tranquilo. Muy tranquilo. Mienten en las noticias… Hubo revueltas en L’Hospitalet, pero no aquí. Hace años que no nos metemos en nada.

Gracia suspiró.

—Me alegro de verte, Junior.

—Y yo, nena.

Le hizo un gesto de despedida con la mano y se internó en Vallespir.

Los árboles dibujaban sombras que bailaban sobre un asfalto plagado de cicatrices. Recordó cómo, de niña, bajaba aquella calle con su traqueteante monopatín y aquel mismo Junior, entonces un hombre atractivo, maduro y musculoso, le gritaba que un día de esos se rompería la crisma. En aquellos días todavía circulaban algunos vehículos. Ella se apartaba de la calzada para dejar pasar a los híbridos e incluso, a veces, algún coche de gasolina. Ahora se podía pasear tranquilamente por el medio de las calles y los árboles se habían convertido en los dueños y señores de Vallespir. Algunos habían crecido hasta superar las casitas de dos y tres pisos, tan propias del barrio, y sus ramas arañaban las fachadas de los edificios e invadían las terrazas abandonadas.

Reconoció allá, aparcado un poco más arriba, el híbrido de Kevin junto a algunos huevos.

Gracia esquivó una bicicleta que bajaba hacia la estación y se internó en una calleja flanqueada por casitas bajas cuyas fachadas estaban pintadas con colores brillantes. Cada vez que volvía con su abuela, encontraba algún detalle diferente; un edificio tapiado, un muro derruido, una fachada repintada con algún color sorprendente.

Allí, como los girasoles, las casas buscaban la luz. Las fachadas estaban recubiertas por paneles solares en la parte superior. En la calle Badalona ya no había árboles, tan sólo algunos bidones, pintados de colores y lunares, en los que los vecinos habían plantado laureles, ficus y alguna buganvilla.

Según se acercaba a la calle Miguel Ángel, su sonrisa se fue haciendo más y más amplia. Vane había muerto. Y ella volvía a su hogar.

Ya podía reconocer cada fachada descolorida. La casa rosa de Meritxell, la amarilla de Pau… No estaba el limonero de Sergi. Su muerte dejó a los vecinos sin limones.

Gracia buscó una calleja y luego otra y otra más.

Desde lejos distinguió varias bicicletas aparcadas a la altura de la casa de su abuela. Cuando llegó hasta la puerta, tomó aire. La madera estaba seca y la pintura verde, más amarillenta. Llamó con la aldaba y esperó respuesta. Pegó la oreja a la puerta y escuchó un runrún lejano.

Volvió a llamar con más fuerza. Tuvo la sensación de que si golpease con un poco más de energía, aquella madera seca se astillaría y la aldaba se hundiría en ella como un cuerpo en un viejo colchón de lana.

Enseguida sintió unos pasos que se arrastraban al otro lado de la puerta.

—Soy yo, abuela —gritó.

La puerta se abrió rechinando y una anciana le abrió los brazos.

—¡Mi niña! ¡Cielo! —La abrazó y Gracia se dejó arropar por un manto de rancia humanidad. El olor de su abuela era el mismo de aquella casa, algo agrio y húmedo. Yeso y papel viejo. Y, por encima de todo, lejía y desinfectante. El eterno olor a desinfectante.

—Déjame que te mire. Estás guapísima…

Entró en la casa y respiró hondo de ese algo indescriptible que era el olor de su hogar.

—¿Cómo estás, abuela?

Su mirada estuvo a punto de desbordarse.

—Hecha una mierda —susurró—. Pasa, anda… Voy a echar tanto de menos a Vane… Ya la estoy echando de menos. —Su voz se rompió en las últimas sílabas.

—Te he traído… —Gracia sacó la fiambrera de la mochila.

—Qué bien —la interrumpió—. Anda, ponlo en la nevera.

Gracia fue hacia la cocina evitando mirar la primera puerta pintada de verde. Allí el olor a lejía era más fuerte. Guardó el recipiente en el frigorífico y vio cómo Carol, la vecina, salía de su antiguo dormitorio.

Dio unos pasos hasta llegar al umbral de su vieja habitación.

Afortunadamente ya no se parecía en nada al lugar que guardaba en su memoria.

Ahora había una cama muy baja y Vane reposaba sobre ella. Su abuela la había vestido con un vestido hippie de flores y una chaqueta de punto. Tenía la nariz afilada, como todos los muertos, y la piel mucho más arrugada de lo que ella recordaba.

Ya no era Vane. Nunca más. Sólo un cadáver que aún no había empezado a apestar. Habría que llevárselo pronto.

Gracia sintió que se le humedecían los ojos. Una lágrima pugnaba por escapar. Pensaba que Vane no representaba nada para ella y, sin embargo, ahora, una zozobra repentina le humedeció la mirada.

—Ay, mi niña.

La abuela la abrazó de nuevo. Y compartieron el llanto y los sollozos. Ahora, por primera vez, la abuela no era el muro de fortaleza que la consolaba de niña; su cuerpo temblaba tanto como el suyo propio. Cuando emergió de entre sus brazos, sin saber bien cómo, se encontró con que alguien le había puesto una infusión en la mano.

Se enjugó las lágrimas y se sentó en una de las sillas que quedaban libres. Contempló la taza que contenía aquella agüilla amarillenta. Era una taza blanca, un modelo eterno, que recordaba desde siempre en casa de su abuela. Aquella taza tenía más años que ella.

El primer sorbo le quemó los labios. Sabía a hinojo y a dolor de barriga. Cuando le venía la regla, cuando se le retorcían las tripas hasta exprimirla, su abuela le preparaba una de aquellas infusiones.

Dio otro trago, con cuidado para no quemarse. Y obró la magia de frenar definitivamente sus quedos suspiros.

Alrededor los vecinos hablaban de Vane: de cuando llegó al barrio con su aura de artista, de lo bien que cosía, del abrigo que le hizo a Carol y del vestido de boda de su hija.

Gracia contempló la colcha sobre la que descansaba el cuerpo. Vane la había confeccionado a partir de viejos retales con técnicas de patchwork. Ahora descansaba sobre su propia obra.

Cuando apuró la infusión, se levantó y descubrió sobre una mesa un bol de chucherías. Gominolas de colores semiocultas tras una ensalada de tomates, una tetera y varias botellas de vidrio verde rellenas de refrescos caseros.

Buscó a su abuela y la reprendió con la mirada.

«¡Azúcar!»

Ella se encogió de hombros.

Carol se le acercó y le preguntó por Pablo, por la salud y por la lluvia que parecía inminente, pero no acababa de llegar. Gracia la atendió y contestó distraída a las conversaciones en las que se vio involucrada:

—«Me alegro de verte.»

—«Estás guapísima.»

—«No somos nada.»

—«¿Cómo va la vida en el campo?»

—«¿Y tu marido?»

—«La vida sigue.»

Le sorprendió la alegría que la invadió al reencontrarse con algunas caras familiares y se preguntó por las circunstancias de todas aquellas mujeres a las que no conocía. Arrastrarían historias que podía, y no quería, imaginar. Muchas mujeres. Mujeres de Sants que llegaban a la que había sido su casa, abrazaban a su abuela y después de un par de palabras amables y de tomarse una infusión, la abrazaban y besaban de nuevo, para luego marcharse con una sonrisa triste hendida en la cara.

—Dimitri ha llegado —gritó alguien.

Cuando los de los muertos entraron, los presentes, como un grupo de palomas nerviosas, se revolvieron y se abrieron formando un pasillo.

Un par de hombres con camisetas negras, cargando con una caja, se dirigieron hacia la habitación de la puerta verde, la que olía a desinfectante, como si ya conocieran el camino.

—No, está aquí. —Gracia salió a su encuentro y les señaló su antiguo dormitorio—. Esta vez es aquí.

Tomó a su abuela de la mano y se la apretó con fuerza.

Cuando metieron el cuerpo en el ataúd, sintió cómo su abuela se envaraba. Los más viejos murmuraron unas oraciones.

Dimitri y su compañero esperaron junto a la puerta con la cabeza baja, cumpliendo con su papel de respetuosos profesionales de la muerte.

A la salida, la gente flanqueó al ataúd hasta el final de la calle. Gracia y su abuela marchaban las primeras. Cuando depositaron la caja sobre el carro, se abrazaron. Casi era de noche. Las sombras del crepúsculo empezaban a mezclarse con las de los hombres, en esa extraña hora del día en la que la vista ha de adaptarse a la nueva oscuridad.

Gracia sintió temblar el cuerpo de su abuela

—Lo siento —le susurró al oído.

—La voy a echar tanto de menos.

No quería verla llorar. No por ella.

—Nos vamos ya —le dijo Carol a su espalda—. Ahora tienes a tu nieta. Me alegra mucho volver a verte, Gracia.

Regresaron a la casa mientras se encendían las primeras luces tras las ventanas de los vecinos. Pálidas y temblequeantes se convirtieron en miradas lánguidas abiertas en fachadas aparentemente muertas.

En la cocina, un último grupo comentaba las revueltas de L’Hospitalet.

—Son los jóvenes. Por lo de los recortes en el racionamiento. Dicen que se montó una buena.

—Sacaron a los antidisturbios. Los empujaron hasta Badal. Casi llegan a nuestro barrio.

—Hace siglos que no entran en el barrio.

—No se atreverán.

Gracia se acercó a ellos buscando algo para comer.

—He oído que incumplen la ley Bermúdez. No hacen sonar el primer aviso. Arrasan con todo.

—Aquí no vendrán. No pueden pasar. Sólo conseguirían llegar hasta la estación.

Gracia cogió unos trocitos de patata cocida y buscó alguna salsa picante.

Los vecinos se repartieron en grupos aún más pequeños y enseguida se fueron despidiendo.

Cuando por fin se encontraron solas, Gracia apagó las velas y encendió la luz del recibidor que le pareció, como siempre, escasa.

—Ya barreré yo.

—Pues yo recojo esto.

—Lo que ha sobrado lo llevaré al cine.

—¿Cine? ¿Seguís con eso?

—Pasado mañana haremos una sesión especial. En recuerdo de Vane. Con dos de sus pelis favoritas.

Gracia sonrió. Todavía organizaban sesiones dobles en el barrio.

—¿Y llevarás chucherías?

—Claro.

Recordó el sabor de las gominolas en la oscuridad. Nunca le habían sabido tan buenas como cuando las devoraba viendo las viejas películas en el garaje de Sergi.

—El azúcar es un veneno. Y a tu edad…

—Es en tu mundo en el que está prohibida. —La abuela la interrumpió riendo—. En el mío es casi el único vicio que aún nos podemos permitir. Toma una.

Le alcanzó una gominola que Gracia engulló.

—Ayúdame, anda.

Su abuela cogió un retrato de Vane. Era una foto retocada que siempre había estado en el dormitorio. De esas que se habían puesto de moda a principios de siglo, en sepias y rosados, imitando los tonos de una fotografía del XIX. Vane aparecía increíblemente joven. Gracia nunca había visto su sonrisa tan radiante.

—¿Lo tienes que hacer ahora?

La abuela se encogió de hombros.

—¿Por qué no? Es mi tradición, una manía de vieja como otra cualquiera.

Lo llamaba el muro de los muertos. Como los romanos, a la entrada de la casa colgaba los retratos de los antepasados y familiares fallecidos. Los lares, los llamaba. «Los espíritus del hogar», le decía de pequeña. «Los que estuvieron antes que tú y que yo, los que nos hicieron, a los que llevamos en nuestros corazones y en nuestros cuerpos. Porque compartimos su ADN, su forma de mirar, de sonreír…» Y ella, entonces una Gracia niña, contemplaba embobada aquellos rostros que la miraban sonrientes desde marcos de colores imposibles.

Allá estaba su madre, a la que apenas recordaba. Era una foto de colores desvaídos. En ella, una chica, más joven que ella ahora, una increíble belleza clásica adornada con una melena castaña, se carcajeaba de algo o de alguien. Su madre no se parecía en nada a Gracia, que en cambio había salido a su abuela: morena y de rasgos duros. Sus labios gruesos despertaban la imaginación libidinosa de los hombres, y la nariz, tan chata, pasaba desapercibida entre unas gruesas cejas. Gracia compartía con su abuela un cuerpo plagado de curvas, la belleza gitana de sus rasgos marcados y su nombre.

Cuando Gracia dejó la casa de su abuela, Vane llegó para ocuparla. Y hoy, Vane se había ganado un lugar definitivo en la pared de la entrada.

La abuela clavó una araña en el muro y Gracia insertó en ella el retrato. Lo enderezó.

Las dos permanecieron unos segundos contemplando la galería.

Su abuelo, al que no conoció, era un chico jovencísimo vestido de militar. Su bisabuela y su bisabuelo también posaban, en blanco y negro, vestidos de boda a la puerta de una iglesia. Los ojos de su tatarabuela eran los de una niña con cara de muñeca de porcelana y ropa de domingo. La tía Pili, Josep, Meri, Carme… Todos los retratos vigilaban sus pasos y las observaban desde sus miradas muertas y sus sonrisas congeladas en el tiempo.

—¿Quieres un hinojo? —Gracia buscó los ojos vivos de su abuela—. Me voy a preparar uno.

—Sí, pero ponme azúcar de verdad, no una de esas mierdas.

—¿Te puedo pedir un favor? Vamos a tomárnoslo a la terraza, anda. Como cuando era pequeña.

—Es la mejor hora para subir. —La abuela sonrió.

Ascendieron por las estrechas escaleras hasta la azotea. Era de noche y las luces mortecinas del barrio dejaban ver un magnífico cielo estrellado. Y luego estaba el silencio. El bendito silencio. El omnipresente zumbido de los viejos paneles solares buscando la luz enmudecía de noche. Olía más a ciudad que nunca.

Los tejados y las azoteas que las rodeaban formaban un mar rojizo y brillante. Decenas de paneles ya no reflejaban el cielo, velados por la pátina del tiempo. Quedaban lejos los años en que todos se movían al unísono, olas de espejo, buscando la luz del sol y reflejando su brillo. Ahora muchos permanecían varados. Unos pocos seguían bailando de día y otros contemplaban inertes el lento peregrinar de sus vecinos.

Gracia se asomó a los muros buscando los detalles que configuraban los hitos de su mapa personal. La chimenea blanca, la campana de Anna, el huerto de Pere… La granja de gatos de Toni ya estaba abandonada. Hacía años que desaparecieron los maullidos de los sabrosos mininos.

—Echo de menos las noches aquí, contigo, abuela.

La anciana se dejó caer en una silla. Callaba lo mucho que añoraba a su niña salvaje de melena oscura y ojos de estrellas con la que compartía conversaciones y noches de hinojos y poleos. Esta otra Gracia, la de la montaña más allá de Sant Cugat, tenía otra mirada, velada por la indiferencia. Como si el resplandor del dinero de los padres de Pablo hubiese acabado cegándola.

—¿Cuánto tiempo te vas a quedar?

—Pensaba volver mañana por la tarde, para llegar a casa antes de que sea de noche. Yendo hacia allá, puedo salir más tarde.

—Ay. Tus visitas son un visto y no visto.

—Mi vida está con Pablo.

—Ya lo sé, niña.

Una mancha negra ocultó la luna.

—Son nubes de lluvia.

—Hace meses que no llueve. Ojalá se llenara el depósito.

Gracia se descalzó.

—¿Te duelen los pies?

—Son estas zapatillas… Si llevo mucho tacón, me duelen. Pero si voy tan plana como ahora, también… ¿Habrá problemas mañana para marcharme?

La abuela meneó la cabeza.

—No estoy segura. Ya no estoy al tanto de lo que pasa como antes. Preguntaré a Carol. Su hija está metida en todo eso ahora. Hace tiempo que no hay revueltas. Sólo los de L’Hospitalet continúan la lucha.

Gracia caminó por la terraza descalza. Ese silencio era sobrecogedor. A veces una voz más alta que otra llenaba de ecos los patios durante un segundo, pero luego se sumía en el mutismo de una ciudad muerta.

—Abuela, cuéntame sobre cuando Barcelona brillaba de noche.

La cara de la abuela se iluminó con una sonrisa.

—Cuando tu madre era niña, de noche, todas las calles estaban iluminadas, incluso las más estrechas y pequeñas. Barcelona desprendía tanta luz que no podían verse las estrellas.

Gracia, como siempre, intentó imaginar un cielo sin estrellas.

—Debía de ser hermoso.

—Psé. Era práctico. Recuerdo haber visto en internet imágenes del mundo en tres dimensiones desde el espacio. Todas las ciudades destacaban en la oscuridad como si fueran joyas… Era hermoso desde el cielo, sí. ¡Y las farolas! Había farolas en todas las calles, ¡en todas! Y semáforos que regulaban el tráfico, encendiéndose y apagándose de día y de noche.

—¡Qué suerte haber vivido en el Pico!

—No te creas. Suerte fue la de mis padres, que nacieron en la posguerra de la Guerra Civil, la española. Nacieron con el hambre y la miseria y vieron crecer el mundo entero. La ciencia, los aviones, los viajes, los ordenadores, tiendas repletas de todo, ¡de todo lo que no necesitábamos! Había cuatro carnicerías en Vallespir. Carne de vaca, de ternero, de cerdo, de caballo… Todo fue muy rápido. La caída del Pico nos sorprendió a todos. Sabíamos que no podía durar, y sin embargo… nos pilló por sorpresa. —La abuela hizo una pausa—. Cada vez quedamos menos de la época del Pico. Ya sólo nos queda ir cuesta abajo.

Dio un sorbo a la bebida.

—Los padres de Pablo se han puesto la Red.

—¿Y para qué la usan? ¿Se mandan fotos de gatitos?

—¿Qué?

—No me hagas caso.

—Es para su trabajo. Yo no sé bien de eso. Pero ya la tienen.

—Serán de un nivel tres, supongo. ¿Sabes que yo también tuve internet? No la Red esta de los cojones que no es ni red ni nada, sino acceso libre a internet… No supimos lo que teníamos, hasta que lo perdimos. Como todo.

La mirada de su abuela se perdió entre los tejados.

—Gracia —le dijo—, ¿te apetece aguardiente de Dimitri?

—¿Tienes?

—Guardo algo. Un poco. De cuando me paga en especie. Creo que tenemos algo que celebrar: estamos juntas de nuevo. Una noche al menos.

—¿Lo guardas donde siempre?

—En la nevera. Abajo.

—¡Voy!

Gracia desapareció por entre las escaleras. La anciana se quedó mirando la estela de la sonrisa que dejó tras ella.

Los dientes de Gracia eran como los de su madre. Los de su hija. Ella sí que había intentado combatir contra todo. Era joven, rebelde, luchadora y estúpida. Y tenía los mismos genes de mierda de su marido; ese rostro clásico, esa salud que sin medicinas minó la gripe. Cuando era niña, cuando el Pico, estuvieron los tres juntos en Londres, un fin de semana largo. Volaron en avión. Porque entonces los aviones rayaban el cielo. Como los pájaros. Fue cuando había gorriones y palomas. Quién le iba a decir a ella que acabaría añorando aquellas ratas voladoras.

La abuela volvió a sentarse reviviendo su pasado.

Su niña, la niña más bonita del mundo, se quedó embarazada de un imbécil de pelo largo y rastas.

Pero su niña le dio a Gracia. Una nieta preciosa que resultó ser su propio retrato.

Y luego se quedaron las dos Gracias solas tan pronto. Sin marido, sin hija. Y el mundo se fue a la mierda y ella siguió adelante, como una roca, tirando de esa criatura de ojos brillantes que el destino le había puesto a su lado.

Disfrutó tanto de la infancia de Gracia. Tanto. Sin hija, su nieta no fue una alegría, fue lo único, lo que la empujó a seguir adelante en los días oscuros de después del Pico. Durante la cuesta abajo… Y cuando conoció a Pablo y se casó y se fue, entonces llegó a su vida Vane. Por sorpresa. A su edad. Quién se lo hubiera dicho. La vida te sorprende cuando menos te lo esperas.

Cuando su nieta volvió, traía dos tazas llenas de un líquido transparente. Hubiese dado lo que fuera por un cubito de hielo.

—Ahora estarás acostumbrada a otras bebidas más finas.

—Me gusta el aguardiente de Sants. —Se sentó junto a ella y brindó. El sonido seco de las tazas resonó entre los patios—. Anda, cuéntame más historias de cuando mamá era pequeña. De cuando el Pico…

La abuela dio un sorbo al aguardiente. Le quemó la lengua y le acarició la garganta. Su corazón estalló en llamas. Cerró los ojos y recordó a su marido y a ella misma juntos los dos en aquella misma terraza. Su hija dio allí sus primeros pasos.

—Había niños. Muchos niños. En la calle te cruzabas con madres que paseaban a sus bebés en cochecitos. Había escuelas y colegios, y tantos niños que no era fácil conseguir plaza en el que te interesaba. Todo eso parecía importante entonces. Recuerdo los cochecitos especiales para gemelos ¡e incluso para trillizos! que no cabían por la acera. Y, huy, había todo tipo de objetos para ellos: que si chupetes con forma de personajes de dibujos animados, bañeritas, sillas ergonómicas… Ah, y otras sillitas especiales para los coches. —Cerró los ojos y la imagen de un Seat León amarillo le quemó como el aguardiente. Tomó otro trago—. Había tantos coches que en esta misma calle no se podía aparcar. Si no tenías un garaje, podías estar toda una hora dando vueltas por el barrio hasta encontrar aparcamiento. Y eran tantos los coches que el aire se llenaba de polución, las cortinas se ponían negras y cuando te limpiabas la cara con un algodón, salía todo sucio. Ay, aquella bendita contaminación. ¡Y el agua! Siempre había agua en el grifo. Todo se limpiaba y se lavaba con agua…

La grabación de las campanas de la iglesia arrancó doce tañidos a la noche.

Gracia dio un sorbito a su taza y su abuela se bebió casi la mitad de lo que le quedaba de un solo trago.

—Teníamos de todo lo que no necesitábamos. Supongo que pusimos en peligro al planeta y se vengó. La gripe terminó con la mayoría; tu abuelo, tu madre…Ya antes había empezado la cuesta abajo; la crisis de principios de siglo, los recortes, el lento declinar del estado del bienestar, la nueva realidad, el final del Pico… Pero no nos dimos cuenta. Nadie quería darse cuenta…

»Luchamos y perdimos.

Gracia acercó su taza a la suya.

—Por los barrios.

—Por los barrios de las ciudades y sus gentes.

Brindaron. La abuela apuró su taza. Gracia disfrutó del sabor a adolescencia que le calentó las tripas.

—Cuéntame de Junior y de Kevin. Y del abogado, ¿cómo se llamaba? ¿Fran?

—Francesc murió. Ahora tenemos a Ricardo. No es tan bueno. Siempre está en la puerta de la avenida del Brasil. Kevin se divorció…

La abuela pasó a contarle las últimas noticias de la gente del barrio. De los muertos, los cambios, las múltiples enfermedades y las pocas alegrías. Gracia se dejó llevar por el runrún cálido de la voz de su abuela. Le importaba poco lo que decía, pero le gustaba estar allá, acariciada por la brisa nocturna y por su voz.

Cuando el aguardiente se convirtió en el recuerdo de un vapor cálido en el estómago, continuaron charlando, simplemente disfrutando de su mutua compañía. Y sólo cuando la noche se hundió aún más en la oscuridad y sus ojos luchaban por continuar abiertos, decidieron irse a dormir. Sólo entonces, bajando a oscuras por las escaleras, la abuela se atrevió a preguntar:

—¿Pablo te hace feliz?

Gracia asintió, pero su abuela no pudo ver el gesto.

—Es un cielo.

En otros tiempos le hubiera preguntado si lo quería. Si había aprendido a quererlo. Pero estaba convencida de que la respuesta era un «no» y prefería no oírlo.

Gracia rebuscó en el armario una colcha y se acostó en el sofá. Su abuela la arropó como cuando era pequeña.

—Bona nit.

—Buenas noches, mi niña.

Pensaba que tardaría en dormirse, pero el sueño se apoderó de ella enseguida. Su cerebro reconoció el olor del hogar y la colcha deshilachada por el tiempo, y su conciencia, sencillamente, se deshizo y se dejó mecer por el pasado.

Se despertó de repente.

Algo la había arrancado del sueño. Le costó recordar dónde estaba y le sorprendió descubrir que eran las voces de su abuela las que la habían despertado.

—Voy entonces —cuchicheó al teléfono—. Sí, enseguida. Id hirviendo agua… No, sacadla de allí… Limpia la mesa como te dije. Consigue luz. Pídesela a Norton.

Gracia se incorporó.

—¿Qué? ¿Qué es? —preguntó con temor.

—Un parto —dijo su abuela mientras encendía un flexo que derramó una luz temblona y mate sobre las baldosas.

—¡Un parto! ¿Quién? ¿Cómo?

—La hija de Seve. ¿Te acuerdas de Seve? Y hay más esperando. El año pasado… —Sonrió—. El año pasado fue increíble. Como si de pronto todo volviera a florecer. Como en los viejos tiempos. ¿Te lo puedes creer…? Y ya se ha puesto de parto. Es un poco pronto.

Gracia recordó a la hija de Seve. Era más joven que ella. Unos cinco años. Y sería madre. Podría ser madre. Ya. Así. Esta noche.

—Vane ya no está… —Su abuela la interrogó con la mirada.

—Hay toque de queda. Las revueltas…

—Hace años que no entran en el barrio… Es un parto, Gracia. Un niño al que he seguido mes a mes. Un niño, una vida nueva.

Gracia bajó los ojos y se perdió en la contemplación de las rosas desvaídas que formaban un camino serpenteante a lo largo de la colcha.

—Vane no está —repitió la abuela.

—Iré —decidió—. Claro que iré.

La abuela dejó escapar un suspiro.

—Lo tengo todo preparado.

—No lo dudo. Siempre tienes todo preparado.

Gracia se estiró antes de levantarse del sofá.

La abuela se dirigió a la habitación de la puerta verde que olía a desinfectante. Cuando la abrió, los efluvios casi la hicieron vomitar. Seguía odiando aquella habitación. Su olor. Su frío suelo y sus paredes. El instrumental. El brillo de la silla metálica cortando el aire de las tardes que podían haber sido tranquilas. El eco de los gritos ahogados en el balde lleno de agua. La sangre roja, bermeja, rosada y granate resbalando en lenguas grumosas a lo largo de la silla y por el suelo. Odiaba limpiar la sangre que olía a vida, a muerte y a metal. Metal y sangre brillantes.

Cuando la abuela salió de la habitación, cargaba con un maletín.

—¿Estás preparada? —preguntó a Gracia mientras guardaba la botella de aguardiente en una bolsa.

—No. Pero ¿qué más da?

Al pasar por el muro de los lares tocó el marco desgastado de una mujer de pelo blanco.

Ella. Su tatarabuela. La primera de todas. En Madrid. En Cuatro Caminos. La partera. La comadrona. La innombrable. La que llegaba a las casas de los pobres a ayudar a morir y a nacer a otros pobres que continuarían arrastrándose entre la miseria. La que fue madrina de decenas de niños que nunca tuvieron padrinos, que ni siquiera tuvieron padres. La que colocaba sus cuerpos muertos en ollas de barro porque no había dinero para ataúdes. La que enseñó a su hija. Y esa hija a la suya. Y cuando llegó la siguiente generación, llegó una hija que pudo estudiar medicina y poner nombres latinos a todo lo que ya sabía. Y entonces llegaron los hospitales y la asepsia y la anestesia. Y una generación después, aquí estaban de nuevo, recorriendo un barrio a oscuras y pisando los ecos de la miseria. Mujeres. Cadenas de mujeres ayudando a mujeres, generación tras generación.

Gracia cargaba con la bolsa y una linterna que apenas merecía ese nombre. La abuela conocía cada irregularidad del asfalto, cada bache y cada adoquín descabalado de la acera. Gracia sólo recordaba que en aquella esquina se formaba un charco cuando llovía y que el agua podía llegar a cubrirle los tobillos.

Recorrieron la calle Miguel Ángel acompañadas tan sólo por el rumor de sus pasos. Guardaban silencio, como siempre habían hecho en sus salidas nocturnas. Atentas a los ruidos, las patrullas y los perdidos. Un ojo de luz tenue barría el suelo.

Cuando era pequeña ella no tenía miedo. Era su barrio. Su oscuridad. Su vida.

Luego fue cuando empezó a temer a las sombras. Y después… Ya no pudo hacerlo más.

Los árboles de Vallespir susurraban en el lenguaje de las hojas y del viento contándose secretos. Secretos de generaciones de mujeres arropados entre lágrimas y sonrisas. Su abuela le contaba que su bisabuela había visto plantar aquellos árboles que ahora se aferraban a la tierra que se ocultaba debajo de la capa de asfalto y de cemento.

Se adentraron en la calle Robreño y Gracia tuvo que colocarse detrás de su abuela para no tropezar. Siguió sus lentos, pero seguros pasos.

Gracia no reconoció la casa, pero supo que se acercaban por los gruñidos que se abrían camino en la noche.

La abuela llamó un par de veces a una puerta de plástico y enseguida una mujer castaña de mediana edad asomó la cabeza.

—Llevaba todo el día con contracciones —les espetó sin darles tiempo a decir nada—. Ahora ya está dilatando. Ha empezado de repente. Te hemos avisado enseguida.

Gracia y su abuela entraron al portal.

—Dilatada… ¿Cuánto?

La mujer castaña lo dibujó con un gesto de la mano.

—¡Pues vamos!

Subieron hasta el primer piso. La humedad se filtraba desde el suelo y arrancaba jirones de cal y pintura a las paredes. Aquel edificio supuraba años. Se caía a pedazos.

—¿Cada cuánto tiempo son las contracciones?

—Hace un rato, cinco minutos, pero de repente… Ha sido de repente. Menos de dos minutos. Creo que está a punto de nacer.

Entraron en la casa.

La hija de Seve estaba incorporada sobre la mesa de la cocina. Apoyaba la espalda sobre unos cojines. Solamente vestía una camiseta que en algún momento había sido azul oscura. La cocina olía a desinfectante. Y quizá, debajo de aquel olor penetrante que forzaba el olfato de Gracia y le hacía revivir viejas pesadillas, se distinguía un cierto olor a sofrito.

La chica gritó de pronto y la abuela se aproximó a ella. La examinó.

—Ya corona.

Gracia evitó mirarla directamente. Se dirigió hacia la pila.

—¿Hay agua?

La mujer castaña no tuvo tiempo de contestar. Gracia abrió el grifo y observó cómo salía un agua limpia y cristalina. Suspiró y se lavó las manos a conciencia, respiró hondo y se volvió hacia la chica.

La examinó dejando el corazón a un lado. Con mente analítica. Agradeció que la hubiesen depilado completamente el pubis. La carne abierta mostraba parte de una cabeza que luchaba por salir. La presión, dentro de su cuerpo, marcaba un bulto redondo y pequeño.

—Puja ahora… No, ahora no… ¡Ahora…! —La voz de su abuela era profunda. Fingía calma y cubría su voz con un halo de tranquilidad—. Vas a tener que empujar más.

La chica pujó y la cabeza asomó un poco más. Un borbotón de sangre acompañó el movimiento y tiñó la mesa de granate.

—Vas bien —la animó la abuela.

Gracia se colocó junto a la chica. Miró a su abuela buscando en sus gestos indicios que la guiasen en sus próximos movimientos.

—Ya estás a punto. No te queda nada —mintió con voz tranquilizadora—. Un esfuerzo más.

Gracia observó cómo la chica hacía fuerza justo cuando su abuela le indicaba que lo hiciese. Y cómo su vientre hinchado acompañaba sus movimientos. El futuro se abría paso entre la carne y la sangre, como siempre lo había hecho.

A un gesto de su abuela, se dirigió hacia la mujer castaña que observaba esperanzada a su hija.

¿Cuántas miradas como aquella se había encontrado?

—Necesitaremos un par de cordones. ¿Los tienes preparados?

La mujer desapareció en el pasillo y en ese momento la hija de Seve gritó aún más. Retrocedió sobre sus pasos para encontrarse con la cabeza de su futuro nieto ya fuera del cuerpo de su hija.

Un charco denso y borboteante resbalaba sobre la mesa de la cocina.

—Ya casi está fuera. Se ha desgarrado. No es nada… No te preocupes.

Asomó un hombro.

La mujer castaña dejó escapar un gemido y la hija, abierta de piernas sobre la mesa, chilló con todas sus fuerzas.

Gracia ayudó a su abuela a recoger el bebé.

La madre de la parturienta no podía apartar los ojos de la criatura. Su mirada era tan fría como la superficie de la mesa de la cocina de la que seguía chorreando sangre hasta el suelo.

—¿Qué pasa? —jadeó la hija de Seve—. Dime, mamá, ¿qué pasa?

Gracia esperaba la salida de la placenta mientras su abuela hablaba con la mujer castaña.

—¿Quieres enterrarlo? ¿Lo quieres para ti?

La mujer negó con un gesto.

—Llévatelo, llévatelo lejos.

La hija de Seve expulsó la placenta sin un quejido. Tenía en su mirada la misma frialdad que envenenaba los ojos de su madre.

—Lo siento —murmuró Gracia sin que la hija de Seve la oyese.

La abuela envolvió a la criatura en una toalla rosa que en algún momento estuvo adornada con el dibujo de un pato.

—La vida sigue; no lo olvides.

—No es cierto. La vida se paró hace ya tiempo.

La hija de Seve empezó a gemir sobre la mesa.

—¡Llévatelo! —gritó—. ¡¡Llévatelo!!

Gracia se dio la vuelta y se dirigió hacia la pila. Se lavó las manos muy despacio. Respiró hondo. Siendo consciente de cómo el aire entraba en su vientre y salía después, despacio, muy despacio.

—No quiero verlo —escupió la hija de Seve entre dientes—. Llévatelo —repitió.

—Vigila si tiene fiebre. —La abuela se dirigió a la mujer castaña—. Vigila la temperatura. He hecho lo posible, pero… Llámame si notas cualquier cosa fuera de lo normal. Has perdido un nieto, pero sigues teniendo a tu hija. —La criatura entre sus brazos gimió.

Gracia dio la mano a la hija de Seve. La apretó con un gesto que pretendía ser consolador. Ella sabía qué sentía. Lo sabía perfectamente.

El frío de la noche acarició su rostro. Ahora, de pronto, el aire le parecía fresco y puro.

—Era un niño —susurró la abuela.

—Es un niño.

Gracia se atrevió a mirarlo.

Aún estaba envuelto en el unto sebáceo, la sangre de su madre y la vieja toalla del pato. Sus manitas gordezuelas se apretaban en un par de puños fuertemente cerrados.

Las deformidades de su rostro se mezclaban con la sustancia gris y blancuzca que lo recubría.

—¿Vivirá?

La abuela asintió.

—¿Lo quieres?

Gracia observó sus manecitas perfectas, un ojo semiabierto, una fosa nasal en la que aún quedaban restos del cuerpo de su madre.

—No.

La abuela lo envolvió en la toalla. La apretó fuertemente contra su carita.

—¿Cómo es ahora? ¿Vale más muerto o vivo?

—Ya nadie los quiere así —murmuró la abuela sin dejar de presionar—. Los que pagan por ellos vivos, pagan poco. El coleccionista murió hace tiempo.

Hizo un poco más de fuerza. Gracia no oyó ni un ruido. Ni un gemido, ni un suspiro.

Se fue en silencio.

Sólo quedaban los ecos de sus propios pasos sobre el asfalto.

—En casa llamaré a Dimitri.

No cruzaron ni una sola palabra más.

Gracia no podía dejar de pensar en la carne tierna y fresca del bebé. Fetos y recién nacidos constituían la carne más tierna. Lechales y no formados resultaban ser los mejores. Su abuela siempre había sabido ganarse la vida.

Tragó saliva.

Los árboles de Vallespir susurraron a su paso. Al alcanzar la esquina de la calle, se asomaron para comprobar que no hubiera nadie.

—Es raro que haya patrullas. Pero siempre hay que tener cuidado.

A Gracia le recordó cuando era niña y se lo repetía tantas y tantas veces.

«Siempre vigilante. Siempre atenta. Siempre depredador. Nunca presa.»

—Adelante.

Cruzaron Vallespir y continuaron su camino entre las sombras.

Gracia susurró:

—¿Y el degenerao?

—Muerto. También muerto. Ese sí que pagaba bien. Mucho mejor que el coleccionista.

A veces, en sus pesadillas, Gracia se preguntaba si alguna de sus víctimas seguiría con vida.

—Quiero llegar a casa.

—Y yo, mi niña. Y yo.

Cuando por fin alcanzaron la calle Miguel Ángel, la noche parecía aún más densa y oscura.

Gracia abrió la puerta y su chirriar sobresaltó al profundo silencio.

La abuela aún apretaba el bulto envuelto en la toalla contra sí.

—Déjalo en la nevera, por favor.

Gracia lo tomó entre sus brazos, como si se tratase de un bebé sano y vivo, y lo guardó en el frigorífico junto a la fiambrera que había traído a su abuela por la mañana.

—Necesito dormir.

—Buenas noches, mi niña.

Gracia se dirigió hacia el sofá. La nevera zumbaba en un nivel muy bajo. Se envolvió de nuevo en la colcha deshilachada, pero se sentía demasiado excitada como para poder conciliar el sueño. El corazón le latía con rapidez. La cabeza estallaba en imágenes que era incapaz de acallar.

Sólo cuando los primeros rayos de luz comenzaron a asomar a través de los resquicios de la persiana, sintió que la conciencia le abandonaba. Con el día, llegó el descanso.

Cuando se despertó, la luz llenaba por completo el salón.

Su abuela la observó desde la cocina.

—Te he dejado dormir todo lo que necesitabas. Es muy tarde. Dimitri está a punto de llegar.

—Prefiero no verlo.

La abuela asintió.

Gracia se preparó una infusión y cuando escuchó que llamaban a la puerta, subió a la terraza. De día el paisaje era totalmente diferente. El zumbido de los paneles solares que buscaban la luz configuraba un runrún tranquilizador. Dirigió su mirada hasta las nubes y distinguió la forma del rostro de un angelote con las mejillas tan hinchadas que se convirtió, de pronto, en un ser monstruoso y terrible. Le pareció escuchar gritos a lo lejos.

La cabeza de su abuela asomó desde el hueco de las escaleras.

—Ya está. Se lo ha llevado. Tenía mucha prisa. Dice que las cosas se están poniendo feas. Lo de L’Hospitalet ha llegado hasta Badal. Han sacado de nuevo a los antidisturbios.

—¿Cuánto te ha dado?

—Más que por Vane.

A Gracia le apeteció fumarse un cigarro.

—¿Te queda aguardiente?

—Tengo una botella nueva.

El teléfono sonó con un timbre arcaico.

La abuela desapareció tragada por las escaleras.

—¡Es Pablo! ¡Para tiii!

Gracia bajó de dos en dos los escalones.

—Hola, princesa, ¿qué tal?

Gracia hizo un repaso mental de todo lo ocurrido durante el día anterior. Ya formaba parte del pasado. Quedaba lejos. Había que olvidarlo. Enterrarlo junto a la pila de recuerdos guardados en algún cajón de su memoria.

—Bien.

—¿Y tu abuela?

—Como siempre.

—Dale un beso de mi parte. —Pablo rió.

—Claro…

—¿Cuándo vuelves a casa?

—Esta tarde.

—Entonces te estaré esperando… Ten cuidado. Han dicho en las noticias que en L’Hospitalet hay revueltas y decenas de muertos.

—No te preocupes —contestó ella con voz cansada—, esto está tranquilo.

Al otro lado de la línea se oyó un suspiro.

—Tengo una buena noticia. Una sorpresa, princesa. Hablé con Puig por fin. Me lo encontré en la cantina. Había bebido más de la cuenta y, ¡adivina!, me ha pasado el teléfono de su contacto. Ya sé quién le suministra la carne. Es un tal Dimitri. Y… ¡lo he llamado! Me ha dicho que le acaba de entrar una partida fina, fina, fina… y que mañana me la puede hacer llegar. Es cara, pero vale la pena. ¿Qué te parece? —No dio tiempo a que Gracia contestase—. Mañana tendrás una cena como Dios manda. He pensado en organizar algo, ¿qué te parece si aviso a José y a Rosa María?

—No —respondió ella sin ganas—. No me apetece nada. De verdad, Pablo, no te molestes.

—¿Te encuentras bien?

—Perfectamente. Sólo un poco cansada.

—¿Quieres que lo dejemos para otro día?

Gracia cogió aire.

—Sí… Por favor. Otro día…

—De todos modos, te prepararé algo especial. Déjame pensarlo.

—No, por favor; no vale la pena.

—Quiero sorprenderte.

—No me apetece ninguna sorpresa.

—¿Seguro que estás bien?

Gracia asintió con un gesto. Entonces se dio cuenta de que hablaba desde un teléfono sin pantalla ni cámara y que Pablo no podía verla. Se obligó a contestar en voz alta.

—Sí, no te preocupes. Lo único que quiero es un gran abrazo. Que me abraces…

—Cuenta con ello.

La voz de Pablo era inusualmente animada.

Gracia lo colgó enseguida.

—Abuela, Pablo te manda saludos.

—Todo un detalle por su parte.

Gracia dejó su mirada resbalar por la puerta verde de la habitación que olía a desinfectante. Su abuela observó cómo se apoyaba en el velador.

—¿No lo has vuelto a intentar?

Era el tipo de pregunta que nunca le hacía por teléfono. Y que temía decirle en persona. Pero ahora quería saberlo.

—Ya no. Para qué.

La abuela hizo un gesto cansado.

—Nunca se sabe. Hay tantos casos. Cuando parece haberse perdido la esperanza…

—El tratamiento es demasiado caro —la interrumpió—. Ni siquiera los padres de Pablo pueden pagarlo. Y no quiero embarcarme en un préstamo que tenga que pagar mi hipotético hijo o hija. Es absurdo.

La abuela dejó escapar un suspiro.

—Hagamos una cosa: vente al cine conmigo. Vente con nosotros. Durante un rato te olvidarás de todo. El cine sirve para eso, para olvidar. Tengo una bolsa de chuches enorme. El azúcar y la ficción lo curan todo… Tenemos preparada la sesión doble en recuerdo de Vane.

Gracia sonrió a su pesar.

—No, abuela. Quiero volver a casa.

—Esta es tu casa.

—Ya no. No lo es.

La abuela buscó la mirada brillante de su nieta. Pero no la encontró.

CEREMONIA (Aitor Suárez)


En un rincón del dormitorio el robot doméstico contempla, con su visor de imágenes, lo que sucede. Es el encargado de limpiar la habitación, hacer la cama, despertar a la hora seleccionada a quienes duermen, doblar los pijamas… Está programado para todo eso.

Ahora mismo hay dos personas en la habitación. El robot, aunque está en stand-by, capta con su visor lo que allí ocurre. Esta función le permite activarse si recibe una orden. Aunque de momento ningún humano le manda nada. Están, según parece, muy ocupados entre ellos.

Los dos humanos están en la cama. Uno al otro se pasan sus manos por el cuerpo. Más deprisa, más lento. Tan pronto se frotan como se rascan, o se lamen con la lengua. Se han quitado la ropa. Uno de ellos muerde a otro en la espalda. Son bocados sin fuerza, como si no buscaran hacer daño. Ahora un humano se ha puesto encima de otro. Luego es el otro quien está encima de éste. Siguen succionándose. El pene se erige al contacto con la lengua. Ahora es él quien le lame la vulva. Ella está encima, tiene su pene dentro. Empieza a moverse, primero con suavidad, después más fuerte. Para y se dan la vuelta. El pene se ha salido. Ella vuelve a meterlo. Siguen moviéndose: arriba, abajo, a otro lado, en zigzag… Entre tanto se besan. Él chupa sus pezones y acaricia sus glúteos. De nuevo se revuelcan y restriegan. Varias veces así, en distintas posturas.

Media hora después ambos jadean. El vaivén ha acabado. Sus cuerpos se separan. El pene otra vez flácido. El hombre y la mujer se dan la mano.

El robot los observa: sudorosos, exhaustos, de pronto somnolientos.

Lo que ha visto no es lógico. Derrochan energía, se exponen a contagios, intercambian saliva y otros fluidos… Si para producir más humanos es preciso mezclar genes, hay métodos más eficientes de hacerlo.

El robot los contempla con desdén, con una especie de piedad por su arcaísmo. "Son hijos del instinto, esclavos de la animalidad", colige para sí.

Ellos, los robots, tienen medios asépticos para replicarse: piezas, circuitos, nexos autocopiantes... No han de acudir a ritos pringosos y primitivos como el que acaba de ver.


miércoles, 2 de julio de 2014

SE FUE (Anton Chéjov)

Almorzaron. Los estómagos sentían una pequeña beatitud, las bocas bostezaban, los ojos se empezaron a estrechar con la dulce soñolencia. El esposo encendió un puro, se desperezó y se arrellanó en el sofacito. La esposa se sentó a la cabecera y empezó a tararear... Ambos eran dichosos.
-Cuenta algo... -bostezó el esposo.
-¿Y qué contarte? Mm... ¡Ah, sí! ¿Oíste? Sofie Okúrkova se casó con ese... cómo se llama... ¡con von Tromb! ¡Qué escándalo!
-¿Y en qué está el escándalo ahí?
-¡Pero si Tromb es un villano! Es un canalla... ¡un hombre sin vergüenza! ¡Sin ningún principio! ¡Un monstruo moral! Era el administrador del conde, se enriqueció, ahora sirve en la vía férrea, y roba... A la hermana la despojó... Un canalla y un ladrón, en una palabra. ¡¿Y casarse con semejante hombre?! ¡¿Vivir con él?! ¡Me asombro! Una muchacha tan moral y... ¡ahí tienes! ¡Yo por nada me casaría con ese sujeto! ¡Aunque fuera millonario! ¡Aunque fuera bonito como no sé qué, lo dejaría! ¡No puedo imaginar a un esposo villano!
La esposa se levantó y, sonrojada, indignada, caminó por la habitación. Sus ojos se encendían de cólera. Su franqueza era evidente...
-¡Ese Tromb es un bicho! ¡Y las mujeres que se casan con esos señores, son mil veces estúpidas y triviales!
-Así... Tú, se supone, no te casarías... N-sí... Bueno, ¿y si tú te enteraras ahora, de que yo también... soy un canalla? ¿Qué harías?
-¿Yo? ¡Te dejaría! ¡No me quedaría contigo ni un segundo! ¡Yo puedo amar sólo a un hombre honrado! ¡Si yo me enterara de que tú hiciste, siquiera, una centésima parte de lo que hizo Tromb, yo... al instante! ¡Adieu, entonces!
-Así... Hum... Cómo me eres... Y yo no sabía... Je-je-je... ¡Miente la mujercita y no se sonroja!
-¡Yo nunca miento! ¡Prueba pues a hacer una villanía, y verás!
-¿Para qué voy a probar? Tú misma sabes... Yo aún soy más puro que tu von Tromb... Tromb es un mosquito en comparación. ¿Tú pones ojos grandes? Esto es extraño... (Pausa.) ¿Cuánto yo cobro de salario?
-Tres mil al año.
-¿Y cuánto cuesta el collar, que te compré hace una semana? Dos mil... ¿No es así? Y el vestido de ayer, quinientos... La casa de campo, dos mil... Je-je-je. Ayer tu papá me mendigó mil...
-Pero Pierre, las ganancias colaterales pues...
-Los caballos... El doctor de la casa... Las cuentas de las modistas. Hace tres días perdiste a las cartas cien rublos...
El esposo se levantó, apoyó su cabeza sobre los puños y recitó toda un acta acusatoria. Tras acercarse al escritorio, le enseñó a su esposa varias pruebas materiales...
-Ahora ves, mátushka, que tu von Tromb es una tontería, un ladroncito de bolsillo en comparación conmigo... ¡Adieu! ¡Ve, y en adelante no juzgues!
He terminado. Acaso el lector preguntará aún:
-¿Y ella, se fue del esposo?
Sí, se fue... a otra habitación.

lunes, 30 de junio de 2014

MI PRIMER AMOR (Manuel Rivas)

Gaby, Gabriela es mayor que yo. Creo que mucho mayor. Me lleva
por lo menos dos años. Después de tanto tiempo, no esperaba encontrarla en la aldea, en Aita, pero allí estaba sentada, lánguidamente en la bancada de piedra de los Brandariz, entre dos tiestos de geranios.

- Hola
- Hola
- ¿qué tal?
- Bien. ¿ Y tú?
- Bien, Muy bien. Bueno Fatal.

En realidad, era mucho mayor que yo. Tres años quizás.

- Estás muy delgada.
- Tú, también estas muy delgada.


Llevaba una falda larga y tenía los pies desnudos.
Eran unos pies grandes, de hombre.

- Estuviste fuera.
- Sí
- A lo mejor yo también me marcho.

- ¿Ah, sí?
-Sí voy a marcharme. Estoy pensando hacer un viaje. Pero muy lejos. ¿Sabes?
A Australia o aun sitio de ésos - digo yo.
- Sería fabuloso.
- Sí, casi seguro que me voy a Australia, un amigo mío tiene allí a sus padres. Se hizo radioaficionado y hablo con ellos por la noche.

- Yo estuve en Barcelona ¿Sabes? Viví con gente así.
- Ah Barcelona, claro nunca he hecho un viaje Me gustaría hacer algo importante. Australia o algo así.

- Debe ser alucinante tan lejos.
- Mi amigo dice que si hiciéramos desde aquí un agujero que atravesara toda la Tierra saldríamos a Australia. ¿Qué tal Barcelona?

Bien. Bueno, regular. Mal.
- Mi amigo me regaló un reloj. ¿Te despierta con la música de cumpleaños feliz. Happy birthday to you. También tiene la hora de Tokio, y de Londres, y de Nueva York. Y puedes anotar teléfonos y guardarlos. Es como un ordenador. Mira, mira, fijate.

-¡Oh que bien, es fantástico. En el reloj parpadean los segundos. De repente, ella dijo:
-¿Sabes? Yo tengo una hija.
-¿Una hija?
- Sí, ¿quieres verla?

Y me invitó a pasar, sonriendo, como si le doliera sonreír.

CRÓNICA PARA NO LEER POR LA NOCHE (António Lobo Antunes)


Es como si no hubiese ocurrido nada, yo aquí tan tranquilo, las cosas en el lugar de costumbre (las mismas cosas) muebles, fotografías, todo como siempre, los edificios de costumbre en la ventana, los árboles de costumbre en la otra ventana, la araña en el techo, la lámpara de metal, de pie, al lado del sofá, todo igual, sin mudanza, y a pesar de no haber ocurrido nada especial nos preguntamos

-¿Qué ha sido?

y no encontramos ninguna respuesta concreta, encontramos un malestar, una inquietud vaga, algo por dentro

(no se sabe muy bien qué)

tal vez sea un error, tal vez no sea nada, y no hay error, y algo hay, un malestar real, una inquietud real, ganas de telefonear pero a quién, de decir algo pero qué, la irritación por no comprender lo que no comprendemos y sin embargo existe, miramos la mesa, miramos el estante y la mesa y el estante idénticos, los pasos del vecino de arriba y tan remotos hoy que los queríamos más cerca, si alguien llamase a la puerta, me llamase

(no llaman)

si alguien

-Estoy aquí

y no está, si me levantase

(no me levanto)

el cuerpo pesadísimo, huesos, carne, mejor quedarse quieto, pensar que dentro de poco ya no me acordaré de lo que no me acuerdo ahora, ya he olvidado lo que no sé qué es y por no saber qué es no importa, y por no saber qué es importa, si me echasen al menos una mano

(¿al menos una mano?)

lo conseguiría, pero esto me suena raro porque conseguir no es la palabra y no encuentro la palabra, la bombilla de la lámpara de metal parpadea sin motivo, vuelve a aquietarse, continúo, observo la bombilla y no parpadea, tal vez no ha parpadeado, sólo imaginé que había parpadeado, dejo de observar la bombilla y

¡zas!

un parpadeo, observo de nuevo la lámpara y la lámpara

-No he parpadeado, lo juro

un dechado de inocencia, de asombro, una de las fotografías sonríe cuando no debería sonreír en este momento, me cuesta entender que soy yo el del cuadro, el año pasado, en agosto, la convicción de que he cambiado de todo en todo

-¿Soy yo éste?

las facciones diferentes, la nariz, los ojos, si viniese un amigo le mostraría el cuadro

-¿Conoces a éste?

y el amigo extrañado, sus cejas dos arcos en la frente

-¿Cómo?

incrédulo, desconfiado, lleno de dudas

-¿Te estás quedando conmigo?

-¿Has estado bebiendo?

-¿No te sientes bien?

las tres interrogaciones simultáneas y no me estoy quedando con él, no he bebido, en cuanto a que me sienta o no me sienta bien ya es más difícil saberlo, mejor decir

-Claro que me siento bien

cómo no sentirme bien si no ha ocurrido nada, las cosas en el lugar de costumbre

(las mismas cosas)

los edificios de costumbre en la ventana, los árboles de costumbre en la otra ventana, todo igualito, sin diferencias

-Claro que me siento bien

el cuadro serio

(-¿Y tú qué? ¿Ya no te ríes?)

advirtiéndome de lo que no comprendo, mirando fijamente, más allá de mí, un punto difuso, me concentro en el punto y el punto vacío, qué estaría mirando cuando pulsaron el botón de la cámara, el amigo arqueando las cejas de nuevo

-¿Estás seguro de que te sientes bien?

los pasos del vecino se han detenido, el timbre de la puerta mudo, el teléfono mudo, el silencio que cae, como ceniza, a mi alrededor, intento uno de esos gestos que, por no querer decir nada, lo dicen todo, y el gesto torcido, incompleto, desistiendo, regresando a la rodilla de la que ha salido la mano y en la que se apoya

(el anillo en el meñique, la cicatriz de la navaja de cuando era un niño)

no sólo una de las manos, ambas manos en las rodillas, las que me llevo a la cara con la esperanza de formar con ellas una máscara que me esconda, oculto en las manos se acabaron los muebles, las fotografías, los edificios, si las apartase de repente y me encontrase en el espejo

quién soy

no me atrevo a apartar las manos y me refugio entero en las palmas, me alarmo entero

-¿Seré yo?

con la impresión de que no soy yo y en esto la lluvia que multiplica los cristales, en esto la bombilla que parpadea y se apaga, en esto el amigo que me llama

-João

con un tono de miedo en la oscuridad, insistiendo

-João

sus manos en mis hombros, mis manos en la cara, no aparto las manos de la cara para que él no se asuste

-¿João?

yo inmóvil, inclinado hacia delante, con ganas de soltar un grito, con ganas de afirmar

-No es nada



sabiendo que desde la ventana de este apartamento hasta la calle son siete pisos, así que ni siquiera queda tiempo, a pesar de la lluvia, de mojarme un poco.

PRISCHEPA (Isaac E. Bábel)

Me dirigía a Léchniuv, en donde se había instalado el estado mayor de la división. Mi compañero de viaje continuaba siendo Prischepa, joven kubanés, pícaro incansable, depurado comunista, futuro trapero, despreocupado, sifilítico y tardo mentiroso. Llevaba un caftán circasiano carmesí confeccionado con paño fino, y un capuchón aboatado caído sobre la espalda. Por el camino me contó su vida...
Hace un año, Prischepa huyó de los blancos. Como represalia, éstos tomaron como rehenes a los padres del joven y los fusilaron en la sección de contraespionaje. Los vecinos saquearon los bienes de la casa. Al ser expulsados los blancos del Kubán, Prischepa volvió a su aldea natal.
Ocurrió por la mañana, al amanecer, cuando el sueñito del mujik suspira bajo el agriado bochorno. Prischepa enganchó un carro oficial y fue por el pueblo recogiendo su gramófono, sus tinas de kvas y las toallas bordadas por su madre. Se echó a la calle con abrigo negro y un puñal curvo en el cinto; el carro iba rodando detrás. Prischepa fue de un vecino a otro, y la huella sangrienta de sus plantas iba dejando un rastro tras él. En las casas donde el cosaco encontraba objetos de su madre o la pipa de su padre, dejaba viejas apuñaladas, perros colgados sobre el pozo, iconos emporcados con excrementos de animales. Fumando sus pipas, los aldeanos seguían sombríamente, con los ojos, el camino de Prischepa. Los cosacos jóvenes se dispersaron por la estepa y llevaron la cuenta de las víctimas. Esta cuenta iba creciendo, el pueblo callaba. Cuando hubo terminado, Prischepa volvió a la vacía casa de sus padres. Colocó los recuperados muebles en el orden que recordaba de su infancia y mandó por vodka. Encerrado en la casa, estuvo dos días bebiendo, cantando, llorando y dando sablazos sobre la mesa.
La tercera noche, el pueblo vio humo sobre la isba de Prischepa. Chamuscado, con la ropa desgarrada, Prischepa salió tambaleándose, sacó una vaca del establo, le puso el revólver en la boca y disparó. La tierra giraba bajo sus pies, un círculo de azuladas llamas salía volando por las chimeneas y se desvanecía. Un ternero abandonadlo gemía en el establo. El incendio resplandecía como un domingo. Prischepa desató el caballo, saltó sobre la silla, arrojó al fuego un mechón de sus cabellos y desapareció.

viernes, 27 de junio de 2014

LA INTRUSA (Jorge Luis Borges)

Dicen (lo cual es improbable) que la historia fue referida por Eduardo, el menor de los Nelson, en el velorio de Cristián, el mayor, que falleció de muerte natural, hacia mil ochocientos noventa y tantos, en el partido de Morón. Lo cierto es que alguien la oyó de alguien, en el decurso de esa larga noche perdida, entre mate y mate, y la repitió a Santiago Dabove, por quien la supe. Años después, volvieron a contármela en Turdera, donde había acontecido. La segunda versión, algo más prolija, confirmaba en suma la de Santiago, con las pequeñas variaciones y divergencias que son del caso. La escribo ahora porque en ella se cifra, si no me engaño, un breve y trágico cristal de la índole de los orilleros antiguos. Lo haré con probidad, pero ya preveo que cederé a la tentación literaria de acentuar o agregar algún pormenor.

En Turdera los llamaban los Nilsen. El párroco me dijo que su predecesor recordaba, no sin sorpresa, haber visto en la casa de esa gente una gastada Biblia de tapas negras, con caracteres góticos; en las últimas páginas entrevió nombres y fechas manuscritas. Era el único libro que había en la casa. La azarosa crónica de los Nilsen, perdida como todo se perderá. El caserón, que ya no existe, era de ladrillo sin revocar; desde el zaguán se divisaban un patio de baldosa colorada y otro de tierra. Pocos, por lo demás, entraron ahí; los Nilsen defendían su soledad. En las habitaciones desmanteladas dormían en catres; sus lujos eran el caballo, el apero, la daga de hojas corta, el atuendo rumboso de los sábados y el alcohol pendenciero. Sé que eran altos, de melena rojiza. Dinamarca o Irlanda, de las que nunca oirían hablar, andaban por la sangre de esos dos criollos. El barrio los temía a los Colorados; no es imposible que debieran alguna muerte. Hombro a hombro pelearon una vez a la policía. Se dice que el menor tuvo un altercado con Juan Iberra, en el que no llevó la peor parte, lo cual, según los entendidos, es mucho. Fueron troperos, cuarteadores, cuatreros y alguna vez tahúres. Tenían fama de avaros, salvo cuando la bebida y el juego los volvían generosos. De sus deudos nada se sabe y ni de dónde vinieron. Eran dueños de una carreta y una yunta de bueyes.

Físicamente diferían del compadraje que dio su apodo forajido a la Costa Brava. Esto, y lo que ignoramos, ayuda a comprender lo unidos que fueron. Malquistarse con uno era contar con dos enemigos.

Los Nilsen eran calaveras, pero sus episodios amorosos habían sido hasta entonces de zaguán o de casa mala. No faltaron, pues, comentarios cuando Cristián llevó a vivir con él a Juliana Burgos. Es verdad que ganaba así una sirvienta, pero no es menos cierto que la colmó de horrendas baratijas y que la lucía en las fiestas. En las pobres fiestas de conventillo, donde la quebrada y el corte estaban prohibidos y donde se bailaba, todavía, con mucha luz. Juliana era de tez morena y de ojos rasgados; bastaba que alguien la mirara, para que se sonriera. En un barrio modesto, donde el trabajo y el descuido gastan a las mujeres, no era mal parecida.

Eduardo los acompañaba al principio. Después emprendió un viaje a Arrecifes por no sé qué negocio; a su vuelta llevó a la casa una muchacha, que había levantado por el camino, y a los pocos días la echó. Se hizo más hosco; se emborrachaba solo en el almacén y no se daba con nadie. Estaba enamorado de la mujer de Cristián. El barrio, que tal vez lo supo antes que él, previó con alevosa alegría la rivalidad latente de los hermanos.

Una noche, al volver tarde de la esquina, Eduardo vio el oscuro de Cristián atado al palenque En el patio, el mayor estaba esperándolo con sus mejores pilchas. La mujer iba y venía con el mate en la mano. Cristián le dijo a Eduardo:

-Yo me voy a una farra en lo de Farías. Ahí la tenés a la Juliana; si la querés, usala.

El tono era entre mandón y cordial. Eduardo se quedó un tiempo mirándolo; no sabía qué hacer. Cristián se levantó, se despidió de Eduardo, no de Juliana, que era una cosa, montó a caballo y se fue al trote, sin apuro.

Desde aquella noche la compartieron. Nadie sabrá los pormenores de esa sórdida unión, que ultrajaba las decencias del arrabal. El arreglo anduvo bien por unas semanas, pero no podía durar. Entre ellos, los hermanos no pronunciaban el nombre de Juliana, ni siquiera para llamarla, pero buscaban, y encontraban razones para no estar de acuerdo. Discutían la venta de unos cueros, pero lo que discutían era otra cosa. Cristián solía alzar la voz y Eduardo callaba. Sin saberlo, estaban celándose. En el duro suburbio, un hombre no decía, ni se decía, que una mujer pudiera importarle, más allá del deseo y la posesión, pero los dos estaban enamorados. Esto, de algún modo, los humillaba.

Una tarde, en la plaza de Lomas, Eduardo se cruzó con Juan Iberra, que lo felicitó por ese primor que se había agenciado. Fue entonces, creo, que Eduardo lo injurió. Nadie, delante de él, iba a hacer burla de Cristián.

La mujer atendía a los dos con sumisión bestial; pero no podía ocultar alguna preferencia por el menor, que no había rechazado la participación, pero que no la había dispuesto.

Un día, le mandaron a la Juliana que sacara dos sillas al primer patio y que no apareciera por ahí, porque tenían que hablar. Ella esperaba un diálogo largo y se acostó a dormir la siesta, pero al rato la recordaron. Le hicieron llenar una bolsa con todo lo que tenía, sin olvidar el rosario de vidrio y la crucecita que le había dejado su madre. Sin explicarle nada la subieron a la carreta y emprendieron un silencioso y tedioso viaje. Había llovido; los caminos estaban muy pesados y serían las once de la noche cuando llegaron a Morón. Ahí la vendieron a la patrona del prostíbulo. El trato ya estaba hecho; Cristián cobró la suma y la dividió después con el otro.

En Turdera, los Nilsen, perdidos hasta entonces en la mañana (que también era una rutina) de aquel monstruoso amor, quisieron reanudar su antigua vida de hombres entre hombres. Volvieron a las trucadas, al reñidero, a las juergas casuales. Acaso, alguna vez, se creyeron salvados, pero solían incurrir, cada cual por su lado, en injustificadas o harto justificadas ausencias. Poco antes de fin de año el menor dijo que tenía que hacer en la Capital. Cristián se fue a Morón; en el palenque de la casa que sabemos reconoció al overo de Eduardo. Entró; adentro estaba el otro, esperando turno. Parece que Cristián le dijo:

-De seguir así, los vamos a cansar a los pingos. Más vale que la tengamos a mano.

Habló con la patrona, sacó unas monedas del tirador y se la llevaron. La Juliana iba con Cristián; Eduardo espoleó al overo para no verlos.

Volvieron a lo que ya se ha dicho. La infame solución había fracasado; los dos habían cedido a la tentación de hacer trampa. Caín andaba por ahí, pero el cariño entre los Nilsen era muy grande -¡quién sabe qué rigores y qué peligros habían compartido!- y prefirieron desahogar su exasperación con ajenos. Con un desconocido, con los perros, con la Juliana, que habían traído la discordia.

El mes de marzo estaba por concluir y el calor no cejaba. Un domingo (los domingos la gente suele recogerse temprano) Eduardo, que volvía del almacén, vio que Cristián uncía los bueyes. Cristián le dijo:

-Vení, tenemos que dejar unos cueros en lo del Pardo; ya los cargué; aprovechemos la fresca.

El comercio del Pardo quedaba, creo, más al Sur; tomaron por el Camino de las Tropas; después, por un desvío. El campo iba agrandándose con la noche.

Orillaron un pajonal; Cristián tiró el cigarro que había encendido y dijo sin apuro:

-A trabajar, hermano. Después nos ayudarán los caranchos. Hoy la maté. Que se quede aquí con su pilchas, ya no hará más perjuicios.

Se abrazaron, casi llorando. Ahora los ataba otro círculo: la mujer tristemente sacrificada y la obligación de olvidarla.